De como se ha formado la nacion Colombiana, capitulo sexto, publicado en 1938, RELIGION Y RELIGIOSIDAD DEL PUEBLO COLOMBIANO

 CAPITULO SEXTO: RELIGION Y RELIGIOSIDAD DEL PUEBLO COLOMBIANO

En el estudio sociológico del país en que estoy empe­ñado me preocupa, sobre todo, averiguar la índole de las . cosas e investigar las funciones.

Y así me pregunto ahora cuál es la característica del pueblo colombiano en la magna esfera de la religión y de la religiosidad.

Si hacemos un análisis de la actitud de los humanos ante el fenómeno religioso, hallaremos tres variedades, a saber: el hombre religioso, el místico y el asceta.

Por hombre religioso entiendo el que «siente» el uni­verso religiosamente.

Por místico el que «intelectualmente» lo interpreta en función religiosa.

Por asceta el que disciplina su «voluntad» hacia un fin religioso.

Sentimiento, entendimiento y voluntad están cierta­mente muy ligados para que no trascienda de uno a otro campo la actitud que en uno de ellos asuma el problema religioso, mas suficientemente definidos para que se entien­da esta separación que me atrevo a formular. Un San Francisco de Asís fue a la vez religioso, místíco y asceta; un Dante fue religioso y místico; un San Pedro Alcántara fue asceta.

En cada uno de estas especies de actitud hay grados de elevación: que si un asceta disciplina su espíritu hacia el mejor servicio de la religión o si meramente disciplina la carne con rigores de penitencia gozará de un ascetimo su­perior o inferior: San Ignacio el combativo, digamos, o uno de los eremitas de la Tebaida.

Ante esta clasificación me parece que el colombiano se coloca como un ser religioso, es decir, como quien «siente» hondamente la religión, sin producir, sino excepcionalmen­te, grandes expositores del dogma ni abundantes ascetas.

Ni pudiera decirse que esta clasificacióa es válida para la universalidad de la nación, porque las regiones de raza

meztiza y las zonas altas de la cordillera son más inclina­das a la religiosidad que los mulatos y habitantes de la planicie ardiente, ya de los ríos, ya délos litorales mari­nos. Los grandes santuarios de la devoción nacional sur­gieron en Chiquinquirá, grupo racial hispano-chibcha, y en las Lajas, del grupo hispano-quillacinga, similares al que creó México con el nombre de Nuestra Señora de Gua­dalupe.

Este sentimiento religioso se apacienta morosamente en el culto de las imágenes y en la emocionante liturgia de nuestra Iglesia, por lo que dice relación a las clases infe­riores, pero en los hombres de alta cultura que se desvían de la fe tradicional católica asume un franco rumbo pan- . teísta, según se observa en frecuentes alusiones de los poe­tas nacionales.

No considero oportuno hacer en estas páginas un aná­lisis de la evolución de las distintas religiones que cultiva­ron los grupos raciales que han venido formando la pobla­ción colombiana. Tendría, para ello, que revisar múltiples estados del sentimiento religioso en que se encontraban las tribus aborígenes al tiempo de la conquista, la situación del cristianismo de los españoles en el siglo XVI y no poco de los cultos africanos que traía entonces la raza negra.

Corresponde a los etnólogos y estudiantes de la cien­cia de la religión interpretar porqué los chibchas, de cultu­ra fundamentalmente agraria, adoraban a la luna y al sol a un mismo tiempo, por que, si daban a la mujer puesto tan eminente como el que tuvo la Madre Bachué, generadora entre ellos de la especie humana, ligada al mito de la ser­piente y del agua en las lagunas de la altiplanicie, rendían culto desangre virgen al sol ardiente de las llanuras orien­tales, y rememoraban en Bochica un mesias de máscula personalidad tan vigorosa.

Ni entiendo en los guerreros caribes, pescadores y ca­zadores sin duda, adoradores del sol, el dulce emblema de Tulima, hada protectora del nevado de su nombre, si ellos sólo preciaban la sangre, la lucha a muerte y la entereza implacable ante el dolor.

Es innegable que en ciertos lugares de nuestro actual territorio se fundieron diversas culturas religiosas, y que todavía hoy se ofrecen a los sabios interesantísimas transiciones de una a otra, como ocurre en La Guajira, donde el matriarcado arawack tiende a un patriarcado de pueblo pastor en el transcurso de los pocos años que cultivan la ganadería y la pesca, pues originalmente fue­ron agricultores.

Ni nada más ameno que seguir el proceso de transfor- maciónes que el cristianismo europeo experimenta entre in­dios y negros allá en la confusa mente de las capas inferio­res, o la evolución de los restos de remotas culturas, ani­mismo, manismo, fetichismo, mitología, magia, tótem, teísmo primario y devas del bosque, como el mohán y el Patasola, en el folklore de los civilizados y acaso acaso en vagos sentimientos vivos aún.

Sea de ello lo que fuere, a mi me corresponde esta pregunta: ¿Cuál es la religión predominante en Colombia?

Hace un siglo tal cuestión no produjera indecisión ninguna, pues no parece que nuestros abuelos vacilaron en dar asentimiento irrestricto a la totalidad del dogma católi- co-apostólico-romano. Ahora mismo nos enseña el censo, lo afirman geógrafos e historiadores, ciudadanos y viajeros, que el pueblo colombiano es esencialmente católico, y he aquí que ello resulta a la vez errado y verdadero. Las normas éticas del cristianismo son acatadas con mucho fervor por la totalidad de nuestro pueblo; las ceremonias del culto ex­terno católico tienen igualmente una aceptación general; casi toda la población frecuenta también los sacramentos fundamentales de la iglesia. Y sin embargo, la ideología actual del pueblo colombiano no es estrictamente ortodoxa.

Como casi todos los que han adoptado el catolicismo éste padece de una ‘extrema vaguedad respecto del supre­mo dogma de la triple personalidad de Dios: Concibe como algo mayor, aunque difusamente, al Padre; tiene de la persona del Hijo una noción precisa, pero en su carácter de mediador y de mesías; del Espíritu Santo no sabe que pensar, y se queda entre concebirlo como una función o una persona hipotética, a la manera de entidad jurídica o de un ente de razón.

Respecto de la Virgen el sentimiento popular se atur­de con las muchas advocaciones que demanda su culto; y por lo que hace a los santos en general, los entiende como abogados de sus necesidades, atribuyéndoles obícuidad y divina amplitud de entendimiento para atender a millares de invocaciones y de ofrendas en millares de sitios sobre millares cuitas, A veces, como a San Antonio de Padua, le tratan con encantadora sencillez, regañándolo cuando no remedia pronto las aflicciones, y aún castigándole con penas de reclusión y destronamiento de la hornacina. Por lo general el pueblo iletrado confunde un poco el simbolis­mo de la imágen con el culto del icono propiamente, apli­cando su fe a uno u otro santuario con la unción de un per­durable anhelo de milagros.

De los sitios de la vida eterna que admite la fe católi­ca, nuestras gentes, aún las más sencillas, rechazan un poco el infierno. No les parece acorde con lo que sufren en la vida militante de la tierra, ni adecuada su creación al con­cepto de Padre celestial que el Evangelio asigna a Dios, tan dulce y bondadosamente. Y cabe aquí también la anotación de que entre Diablo y diablos hay una indifinición concep­tual en la mente de las multitudes, que al primero se le su­pone una personalidad de potencia semi-divina, mientras que a los otros se les mira con cierta sorna y travesura, como a chicuelos indisciplinados de mala índole.

La noción del Limbo ha desaparecido casi de la men­te popular. Es un concepto tan vago en las enseñanzas de la religión que no logra atrapar la imaginación de los cre­yentes.

En cambio el purgatorio tinen amplia acogida de pie­dad y de asentimiento en el corazón de las multitudes. El culto de las «Animas Benditas* es uno de los más extendi­dos, y sin disputa de los más tiernos y generosos. Tiene dos valores, de una sutil «comunión de los santos»: los de aquí impetran de la divinidad la remisión de pena de los que allá estén padeciendo; las almas redimidas intervienen a su turno para que Dios socorra a los que en este mundo padecen las penalidades de la vida. Son las gentes humil­des las más adictas a este culto, y sobre todo entre las cor­tesanas asume los caracteres de un refugio de sentimientos angustiados y de recóndita ternura, De este campo brotan las mil leyendas de «aparecidos», y en el se entrecruzan remotos y casi esfumados recuerdos del culto de los ma­nes. Ligado a este credo manista debe considerarse la di­fundida creencia en el «Anima sola*, aquel espectro sólita* rio, sufrido y bondadoso que gentes humildes aseveran ha­ber reconocido en dramáticas circunstancias de soledad y de noche. Porque es entendido, en achaques de la otra vida, que todas las comunicaciones ocurren en la angustiosa en­voltura de las sombras y el silencio, cual si la actividad en «1 otro mundo tuviese un ritmo «nictemeraK

Lo que llaman civilización ha traido un grave disol­vente a las candorosas costumbres medioevales en cuanto a ritos y procesiones. Nada más encantador e ingenuo que las ceremonias de semana santa que a principio del siglo XIX en las ciudades, y todavia a fines de él en las aldeas, ofrecían ocasión a regocijado acontecimiento. Eran unos a la manera de autos sacramentales en que todo el pueblo con sus plazas y calles servía de escenario: grupos de mozal­betes disfrazados de centuriones romanos hacían de judíos, algunos niños ataviados con los ornamantos sacerdotales de la misa representaban a los doce apóstoles, en diferen­tes balcones de la plaza principal constituíanse los tribu­nales de Pilatos, Anás y Herodes, sin que faltara Claudia con su sueño sibilino. La alegría del domingo de ramos, del domingo de resurrección, las largas procesiones triun­fales o dolorosas en que todo el pueblo a la luz meridiana y al compás de la música marchaba en un culto a cielo abier­to al «Dios de sus padres y su eterno Dios». Ni menos emocionantes resultaban los altares del Corpus Christi en que se representaban escenas del Edén y de la vida de los patriarcas bíblicos, «monumentos* que se alzaban en las cuatro esquinas de la plaza mayor, relucientes de dorados, de frutas y de flores, con bella peaña o graciosa hornacina para recibir por unos minutos la custodia rutilante de la Eucaristía: bajo el palio azul de un cielo luminoso la mu­chedumbre arrodillada, el son argentino de las campanillas, la música quejosa del armonio transportada ad-hoc, el in­cienso y el murmullo de las preces daban al conjunto un tono de sagrada comunicación con la Divinidad y un vago recuerdo de las escenas a campo raso del Garitzin isreali- ta. Dulce y memorable también el espectáculo de la nove­na de María Inmaculada, por diciembre, con sus salves, el sermón de los misioneros que traían de la ciudad lejana una oratoria de amplio período y zigzagueantes apóstrofes, rematados en un trémolo de voz que quedaba tamblando en los recodos del templo o anudado en la garganta ansio­sa de los fieles; y la murga que alternaba con la chirimía en la noche encendida de fuegos artificiales, por sus «casti­llos* simbólicos, sus «tiroteos» de luces, girándulas y mi­llares de cohetes con lluvia polícroma de estrellas. Y luégo la Navidad, fiesta adorable de los hogares felices, alborada de la vida, suave yugo de amor y de recuerdos.

Ignoro si por coincidencia o acaso como reliquia de un paganismo que arraiga en la penumbra de lejanos tiempos, vese en ciertos lugares, al menos de CunJinamarca, un rito de grata ingenuidad y dulcedumbre: ello es que a los cadáveres que traen del campo les colocan cirios encendídos antes de entrarlos al templo, «porque es muy oscuro el tránsito». Suponen estas sencillas gentes que en ese preciso instante de pasar los umbrales del templo ocurre el introducirse el ánima en la otra vida, y que lo hace por uno a manera de laberinto o subterráneo. Trae ello a la memoria reminiscencias de la Grecia antigua y el Egipto faraónico: y así apiovechando del viaje de este viajero hacia el ignoto mundo le colocan sobre el pecho o en ani­llos sobre los dedos recados y mensajes a los que ha tiempo ya murieron y aún se recuerda con ternura.

En ctras regiones, el Tolima, por ejemplo, se hacen grandes ceremonias a la muerte de los niños, danzas, festi­nes, ritos fantásticos. Muerto el infante se le atavía con sus mejores ropas, a ellas se prenden adornos de mucho cole­rín y cuanto brille pródigamente. Así decorado se le enhiesta en la horquilla de una rama de árbol para poder­lo pasear en triunfo por el patizuelo de la cabaña a la hora del baile: el niño se ha hecho ángel de mi Dios y es natu­ral que todos se muestren alegres, dancen uno, dos o tres días en torno suyo, le vitoreen y canten en su loor cuanto sepan y resistan.

Algo así ocurre también a la muerte de un mayor: Los trabajadores del contorno notifican a los jefes de hacienda que «Mano Merejo», es decir, «el hermano Hermenegildo», está grave o que ya ha muerto, y sin que nadie logre rete­nerles con promesas ni amenazas, vanse derechamente a casa de este, llevando cada cual algunas provisiones ora de comer, ora de beber, o de cualquier otra utilidad, como bujías v. g., según los recursos de cada cual, pues que si todos son paupérrimos, ninguno quiere aparecer desatento o parásito. Se reza mucho por el alma del difunto, se toma alguna copita de «mistela * o aguardiente aromatizado con hierbas de grato olor, y se come del banquete funera­rio, ni más ni menos que en Rusia suele hacerse todavía y antes en Grecia y otras naciones del mediterráneo.

El exorcismo que la Iglesia católica practica hoy con mucha discreción y hasta timidez, es ampliamente usado por peritos legos en la materia: nadie arrancará a los cam­pesinos la fe en el tratamiento de los ganados enfermos de parásitos («gusanos» o cresas, que ellos dicen «queresas», es a saber larvas de* Dermatobia Cyaniventris»)por el «rezo» o sea la oración a distancia, con fórmulas un poco cabalís­ticas, impregnadas de un fuerte sabor mágico por el mis--

terio con que se pronuncian y el vago temor que inspi­ran. «Todo será», dice el aldeano, «pero ello es que yo he visto con mis propios ojos curar así a reses muy enfermas: Naturalmente, es preciso saber aplicar bien la fórmula».... «Animal maligno, yo te conjuro para que de ahí salgas de uno en uno, de ciento en ciento, hasta que no quede nin­guno».... La superstición se enlaza con el dogma católico casi siempre : En la oración anterior se invoca a la Santísi­ma Trinidad y se añade un «credo». En la fórmula para he­chizar de amor a las mujeres se hace alguna reminiscencia de Cristo; así, por ejemplo, en el sortilegio de los alfileres: «Con dos te miro, con tres te acato, la sangre te bebo y el corazón te parto; mansa y humilde te pongas para mi, como Cristo ante Pílatos»....Como los alfileres son once, supongo que los últimos sirvan de margen de seguridad. A veces ocurre un tinte de ternura y oscuro simbolismo en estas hibridaciones de fe y superchería: Los negros del Cauca inferior que tienen un Crucificado milagroso en la antigua Zaragoza del Nechí, le meten los pies entre el agua del río cuando crecientes suyas amenazan llevarse el pueblo, y ahí lo dejan a la orilla peligrosa con esta o pa­recida irreverente admonición: «Sinos fregamos nosotros te fregás vos también ». Estos mismos silvestres conciu­dadanos rinden culto a la Magdalena, confusamente me­morando quizá la liberación que a ella impuso la palabra de Jesús, mas no se la representan rubia y /arca como es costumbre entre nosotros, sino negra y de cie. to ritmo tro­pical.

Se recurre algunas veces a un exorcismo entre piado­so y demoníaco: La fórmula siguiente es de una eficacia tal que no se puede rezar a caballo sin que muera la caba­llería, ni aplicar a animales débiles; por otra parte es de tan gran secreto que sólo mi ilimitada deferencia por el lector de estas apuntaciones me permite confiársela en la mayor intimidad: «Desde que el mundo es mundo seca la he visto: que muera esta seca y que viva Cristo. Válgame San Juan de Dios y válganme todos los santos...- y si acaso ellos no me valen, ¡válganme todos los Diablos!» Se escu­pe en dirección a la res enferma, se arrojan tres piedrecí- tas, una en pos de otra, siempre en la susodicha orientación, meditando intensamente, y el animal queda curado de por vida. (Advierto, después de haber conferenciado largamen­te con Quijano Mantilla y Noel Ramírez, que no hay testi­monio en contra de estas revelaciones).

En las regiones selváticas, entre mineros principal­mente, y más aun en negros y mulatos, vense arraigadas supersticiones, de abolengo fetichista Son los objetos de virtudes diabólicas para tener buena suerte, defenderse de enemigos, hacerse propicio el amor de las mujeres etc., y que son de muy variada procedencia: los hay de origen animal, vegetal y mineral, como la uña de la gran bestia, colmillos de caimán, crótalos de cascabel, polvos de raras sustancias, muñequitos de madera o «monicongos», pie- drecitas, como la «tonga» y anillos bimetálicos denuncia­dores de malificio. Se llevan ocultos en el pliegue más re­cóndito del « guarniel», y no se usa de ellos sino en ca­sos muy difíciles. Los sacerdotes persiguen tenazmente esta hechicería, aunque con poco resultado. De su eficacia dice mucho el episodio de «ña» Juana, la primera bruja que conocí. Ello fue que en los campos donde ella vivía está situada la hacienda de don |osé C. Gómez, y ocurrió que éste se lamentase un día delante de la vieja de que hermo­sísimo y corpulento roble que por ahí había no estuviese en el patio de la casa. «Si el amo me promete irse delante de mi y no mirar atrás, «pues» yo se lo llevaría». Trato hecho, don José vase adelante, azorado un poco, de cuando en vez escuchando la fatigada respiración de la anciana, cual si llavase a cuestas algo superior a sus fuerzas. Y en llegando a la casa vuélvese a mirar el señor y ve a la hechicera descansando ya en el patio al pie del bello roble.

Según entiendo estas son las cosas que se llaman «evidentes». Aquello ocurrió en Antioquia. En otras regio­nes son más frecuentes, digamos en la frontera colombo-ve- nezolana etc.

Aquí en Cundinamarca he obtenido muchas confiden­cias de «males» que les han hacho a mis pacientes del sis­tema nervioso: son los terribles «bebedizos» y «males físi­cos por los cuales pierden la razón» y quedan como alela­dos (dementes precoces) o reciben imprevistamente algún animal en el estómago, culebra, v. g.: («con seguridad que fue la tal por cual que nos hizo este daño», me confian los parientes del afectado o afectada, con gran sigilo).

Toda esta magia, hechicería y fetichismo ocurre entre gentes ignorantes. Algunos ejemplos existen de encumbra­do origen, tal vez. La ceremonia de «cortarle a alguien la tela» es de ilustre alcurnia, y más complicada. Se hace por venganza. Surte efectos graduados, según el rito que se aplique: los hay para pequeños quebrantos, los hay de ruina y también de muerte violenta. Se verifica la ceremo­nia en cuarto oscuro: Colócase en el suelo una tela negra extendida, que se corta, de ahí su nombre, del largo y an­cho aproximados de la presunta víctima, luégo se ponen en los cuatro extremos ladrillos para retenerla y soportar a la vez sendos candiles, que se encienden a la hora de la invocación. Esta es musitada pensando intensamente en el ajusticiado, a tiempo que con un puñal o cosa semejante se desgarra la tela en el sitio que corresponde al órgano que se quiere afectar. (Mire usted, a X.X. se la aplicamos una vez, y ahí le tienen renqueando; al Z.Z. se la cortamos también por traicionero, y está en la «lata*).

¡Y luégo vaya usted a dudar de los hechos!

El hacerse uno brujo no es tan fácil como pudieran creerlo los civilizados. Es preciso pasar por muchas prue­bas y seguir largo proceso de iniciación. En esto existen también órdenes menores, como el diaconado, otras más elevadas, a manera de sacerdocio, y hasta cierta excelsitud episcopal. En el Cauca inferior cuando un negro, un si es no es cimarrón y ladino, quiere aplicarse a esta difícil pro­fesión vase selva adentro, y muy a solas, en la espesura, enciende una fogata, sobre ella coloca un gran perol con agua, y en ésta, cuando está hirviendo, mete un gato negro, prisionero en una mochila de fique (el lector sabe muy bien la preferencia que el diablo tiene por el gato negro cuando quiere aparecerse discretamente). Se le cuece ahí hasta que los huesos quedan bien mondados. Entonces comienza lo fundamental de la ceremonia: el presunto hechicero saca de la mochila un hueso, preguntando en voz alta ¿«Este?«, y alguien le responde entre la selva «No*; repite la cues­tión con otro y otros más hasta que acierta y le replican • Sí*. Entonces surge en el bosque un tremendo ruido de huracán, se obscurece un poco el ambiente y se escuchan ex­trañas voces. El oficiante corre desalado, porque si se deja atrapar «se lo lleva el Maligno*; más si regresa a poblado o domicilio ya tiene para siempre un pacto de alianza sim~ bolizado en el hueso mágico o «familiar* por el cual ob­tiene protección cuando quiera que lo invoque. Con el tiempo irá avanzando en la iniciación, mediante otros ritos que no sería discreto denunciar en estas páginas de esquemática narración y muy respetuoso comentario.

Por épocas surgen leves epidemias de masonería, espiritismo, protestantismo, teosofía etc., que conmueven por un cuarto de hora la vigilancia del episcopado ca­tólico, dan margen a una campafta oratoria de los jesuítas y motivo a visitas y refrescos nocturnos entre los felices iniciados de la nueva emoción. La más tenaz de todas estas instituciones ha sido siempre la del «Gran Arquitecto del Universo», que en ciertos periodos de la historia nacional, digamos en tiempos de la independen­cia, a mediados del siglo y en los días que corren, se generalizó hasta hacerse casi sinónima de espíritu cul­tivado y progresista. En aquella primera época las logias fueron concurridas hasta por el alto clero nacio­nal. Los brotes de espiritismo son más esporádicos, pero aparecen de cuando en vez por Bogotá, Medellín, Bu- caramanga etc., como siempre bondadosos y sumisos a la evidencia de las penumbrosas evocaciones. El credo protestante se insinúa en ocasiones por medio de la be­neficencia en ciertas capas sociales de escasos haberes, sin que arraigue mucho, a pesar de las nobilísimas vir­tudes de algunos pastores que nos han visitado y que a media lengua, como San Pablo en el Areópago, hacían antes discursos deliciosos: «Mister Jesuciisto no ‘co­queteaba’ la mujer ajena, ni su buey ni su asna*. La teo­sofía y su gemela los Rosa Cruz, atrapan buen golpe de enamorados del exotismo seudo-oriental, y hasta les in­funden una fé de primavera religiosa que cautiva el áni­mo desprevenido del observador.

Al fin de cuentas, creo que nuestro pueblo no perse­vera en estas apostasías: Cuando se convence de que Lutero le hizo trampas a la castidad eclesiástica, de que Víctor Hugo en lo mejor de las evocaciones hace présta­mos de mal gusto a la mediocridad ambiente, de que los videntes Rosa-Cruz no adivinan el «karma» de un po­llo frito, y de que el «Gran Arquitecto del Universo» no le enmienda la escuadra a ningún hermano 33, va desfi­lando hacia la misa de doce y los ejercicios espirituales del célebre capitan Iñigo de Loyola.

La personificación de estas entidades tenebrosas es un proceso encantador y no poco instructivo de las creencias populares:

De la linea demoníaca del cristianismo nos vienen Diablo, Maligno y Mandingas (que no son propiamente Lucifer, sino una abstracción personificada de lo diabó­lico), deva universal; el Anima Sola, emanación del con­cepto de las Benditas Animas del Purgatorio, deva bon­dadosa de la soledad y de la penumbra ; el Patasola, derivado de la creencia en aparecidos, deva de campos y aldeas; el Poira, deva de las aguas, guardador de te­soros: el Mohán (Muan o Mojan, como se quiera), deva de los bosques, derivado de la tradición religiosa abo­rigen, como el anterior, pésimamente reputado, el Duende, el Coco (Cundinamarca) y el Chucho (Antioquia), devas domésticos, por decirlo así, que asustan a los párvulos y gentes sencillas.

Algunos más existen, igualmente instructivos en cuanto definen la trayectoria de lo abstracto a lo concre­to, del concepto a la «personalización», sino que no hallo oportuno hacer esta disertación más prolija.

¿Se nos va también la religión? No se hasta donde mis preocupaciones me están desorientando: mas ello es que medito con frecuencia en la fuga ineluctable de mu­chos sentimientos que antes fueron compañeros, conse­jeros y consoladores del hombre, y hoy apenas vense como vanas sombras errantes, voces vacías, signos en­cubridores, digámoslo así, de un contrabando espiritual. La amistad y el matrimonio han cambiado de sentido, la caridad también: ¿Podremos decir cosa semejante de la religión? El solo hecho de dudarlo ya lo afirma. Con me­ridiana evidencia abservamos que no es ya lo que an­taño fuera. Aquel mundo de la mística y de la ascesis, aquel mundo del dogma irrevocable, eje del alma y mé­dula de la vida, no es el en que hoy vivimos, este raro enigma de la contradicción y de la fantasmagoría, irreal y pungente, inverosímil y trágico a la vez.

El alma moderna no tiene eclíptica de rotación, es un conjunto errático de instintos, de «obsesiones» y de ideologías desenlazadas que se disuelve en vibración inútil. Antes pudo la fe mediar entre el hombre y su destino, añadirse en grave suma a sus virtudes, contra­ponerse a sus pecados para ajustar el fiel de la balan­za moral y producir un equilibrio de conciencia, un cen­tro de gravedad del yo, de que la generación contempo­ránea carece en mucha parte.

Aun el hombre antehistórico, el primitivo a quien sujeta la magia, en ella resuelve conflictos espirituales. Ciertamente que de muy diverso modo. Una y otra, la emoción religiosa y la mágica me son ampliamente co­nocidas: el alma religiosa que busca comunicación con la divinidad siéntese deprimida por su propia pequeñez, angustiada por su indignidad, aterrada ante lo ignoto e inconmensurable que hay en Dios, pero se siente acom-


panada con él, y esta «sensación de presencia» es una base preciosa de sustentación del pensamiento y de la personalidad. Ante el rito mágico, ante el fetiche, ante el signo de las fuerzas ocultas, experiméntase un escalofrío mayor, la sombra informe de lo desconocido, el «espan­to», el murmullo sigiloso de la asechanza enemiga se aúnan a un presentimiento de perturbación tenebrosa, impersonal e irreductible. Angustia, es verdad, pero el alma se siente «en relación con algo», mientras que el pensamiento del hombre actual es puente de una sola orilla que avanza adelgazándose más y más sobre el abismo.

La imprecisión que denotan datos anteriores sobre la situación religiosa del pueblo colombiano correspon­de a una etapa universal de este sentimiento, y convie­ne advertir que en ninguna manera confunde el que es­cribe estas observaciones la religión con la religiosidad, pues esta última no parece fundamentalmente afectada en los colombianos. Existen todavía entre nosotros los creyentes del tipo antiguo, católicos que profesan «la fe del carbonero*: sacerdotes de la vieja escuela, campesi­nos piadosos, hombres ilustrados que no gustan de ana­lizar ni, menos aún, de revisar sus convicciones. Los hay que, tocados por el modernismo, se han construido opi­niones muy personales sobre la base de un cristianismo filosófico, tan elástico que no admite clasificación, y son los más en las filas de los hombres cultos. La masa ig­norante mezcla, al igual que sus congéneres de todo el orbe, fragmentos de dogma religioso con supersticiones de varia índole.

Mas es justo hacer una observación complementaria: casi todos los que se dan a lucubraciones filosóficas y teológicas entre nosotros van muy presto a rendir home­naje a un vagaroso y poético penteismo. Los sajones adhieren a infinidad de credos de tinte ético-social muy marcado, los latinos se encaraman prontamente a las ne­bulosas de una comunión con la naturaleza universal po­blada de vagos símbolos musicales y poéticos, con un triz de Heráclito y de Pitágoras, o inefable y cordial, al modo caritativo de Francisco de Asís y de Marco Aurelio,

Y cuando es irreparable la quiebra del dogma en espíritus de enhiesta idealidad se acogen gallardamente al culto y cultivo aristocrático de una «estética de la personalidad», reservada y generosa a la ve*, trinchera indeficiente de pulcritud.

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