De como se ha formado la nacion Colombiana, capitulo quinto y sexto, publicado en 1938
CAPITULO QUINTO: EVOLUCION CONSTITUCIONAL DE LA
NACIÓN COLOMBIANA
Lo
primero que impresiona al estudiante del derecho constitucional colombiano es
la línea ondulada ascendente de su evolución: De la vida colonial en que los
derechos del criollo americano eran pocos y esos pocos supeditados por el
concepto de ser una gracia regia, a más de una concesión de la raza
conquistadora, pues nunca viose el americano libre de una presunción de
superioridad española ni en lo social ni en lo político, surgió la reacción de
la independencia en que estos pueblos se embriagaron de la libertad
conceptual de que estaban sedientos, aunque no preparados para hacer de ella
una aplicación discreta y efectiva, llegóse a una serie de tanteos infantiles,
plenos de gracia, de inocencia y de contrariedades administrativas, cual fue
notorio y trágico en el período que nuestros padres llamaron de la «patria
boba», es decir, desorientada e ingenua. Fue un período de exaltación de los
derechos de la ciudadanía que perduró hasta la reacción autoritaria del
Libertador Simón Bolívar en 1826, época en que de la universalidad de las
aspiraciones liberales se desprende un partido de continencia, de organización
más severa de los deberes y de una estricta subordinación a la autoridad
central ejecutiva. Esta reacción, oscilando un poco en la constitución de
1832, abarca hasta 1849 en que regresa la ola de las libertades en un
verdadero acceso de romanticismo que nos trae a 1886. Reaparece entonces el
anhelo, más que nunca vigoroso, de autoridad, de orden, de recia organización
administrativa, que se rompe otra vez en 1909 pata dar ocasión al período en
que estamos, muy tolerante y sensatamente libre.
A cada
uno de los puntos culminantes de este ritmo corresponde una nueva carta
constitucional de la República, y a veces dos, cuando en la primera no se llegó
a la expresión más enérgica de la corriente ideológica que la produjo.He dicho
una línea ondulada, y no quebrada, porque el ascenso y descenso de estas
revoluciones es muy suave: Desde fines del siglo XVIII va subiendo lentamente
en la colonia la aspiración a un régimen más liberal, el que culmina en la
serie de constituciones que de 1811 a 1815 se dan las provincias de Nueva
Granada, Antioquia, Cartagena,Cundinamarca,Mariquita, Neiva,Pamplona y Tunja;
luego se va organizando el concepto de una más fuerte autoridad central
ejecutiva, hasta informarse en los proyectos de la boliviana y de la ocañera de
Castillo y Rada. Los graves trastornos nacionales ocurridos entre el año 28 y
el 32 desalojaron esta corriente política que, insatisfecha, fue a informarse
en la constitución del 43. La tendencia contraria va creciendo del 49 hasta
culminar en el 63 con la constitución de Rionegro. Declina ésta, de manera que
en 1878 ya es notoria su agonía, y ve aparecer su contraria en 1886, la que a
su turno pierde vigor al terminar la guerra de 1900, y se deja reformar
hondamente de 1905 a 1910.
Desde la
publicación de los «Derechos del hombre y del ciudadano» que hace Nariño en
1794 a la constitución de 1821 median 27 años de línea ascendente hacia la
«libertad»; de ese año de 1821 en adelante surgen las opiniones sobre la
conveniencia de reforzar el «orden», que en los proyectos que inspiró Bolívar
en 1826 y 1828 hallan expresión, y franca confirmación en la que fue
promulgada en 1843; por 1849 termina este ciclo, con 28 años de duración.
Aparece una orientación nueva hacia la máxima libertad, de unos 36 años, si la
extendemos hasta la revolución del poder habida en 1885, de unos treinta solamente,
admitiendo que ya desde 1880 esta tendencia había triunfado en la opinión
pública. Luégo tenemos el período de 25 años, de 1885 a 1910, fecha esta
última, en que de nuevo surge en las instituciones nacionales el predominio del
liberalismo, aunque bajo la bandera moderada de un partido transitorio llamado
«Unión republicana».
De este
estudio aparece que los movimientos de acción y de reacción de las ideas
políticas siguen en Colombia una periodicidad muy semejante al ciclo de las
generaciones. La ondulación que presentan estas corrientes ideológicas en su
devenir puede considerarse como la necesaria vaguedad y amplio margen de
incertidumbre a que están sujetos los fenómenos de la vida.
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HA FORMADO LA NACION COLOMBIANA 133
Gráfico de las acciones y reacciones políticas colombianas 1821 18Ó5 19 ..
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De 1794 a 1821 .................................... 27 años
De 1821 a 1849..................................... 28 años
De 1849 a 1885..................................... 36 años
De 1885 a 1910..................................... 25 años
De 1910 a 19........................................ (?) años
Sea de
ello lo que fuere, los legisladores colombianos de la hora inicial de nuestra
soberanía toman de cinco fuentes ideológicas toda la estructura de sus
estatutos constitucionales: Los derechos del hombre, traducidos subrepticiamente
en Bogotá desde 1794 y transcriptos letra por letra en los primeros ensayos de
nuestras cartas fundamentales, tan hondamente los impresionaron que constituyen
como una mística de aquellas generaciones, y desde las capas ilustradas fueron
bajando al pueblo hasta convertirse en un folklore o refrán jurídico de las
masas. Diez y siete granos de oro fueron esos apotegmas de una precisión
literaria sorprendente, diez y siete granos de oro que la psique popular
colombiana acuñó en monedas de circulación perdurable.
Y
fue la otra fuente conceptual de nuestros
abuelos la constitución de Filadelfia, de la cual cobraron cierta disciplina
para la arquitectura de sus proyectos, algunas verdades útiles, como la
separación de los poderes públicos, preconizada por Montesquieu, y mecanismos
de estructura, la federación v. g., que habría pronto y largamente de alterar
el orden bonancible de esta y de otras regiones hispanoamericanas.
También
encuentra uno huella clara de la ética de los Evangelios, incluida textualmente
en dos o tres principios fundamentales de conducta.
Y
hasta expresiones de la cultura greco-romana,
de la psicología de los clásicos, como aquella opinión de que «no es buen
ciudadano el que no es buen amigo», fundamental en otras edades, apenas
inteligible, si acaso, para las nuevas generaciones. Plutarco tal vez
«romantizó» un poco la vida de sus héroes, mas he aqui que mi espíritu bendice
a diez y nueve siglos de distancia la dulce ilusión del viejo arconte que con
su palabra de oro enalteció hasta la remota linde de los semidioses el carácter
justiciero y heróico
de los creadores de nuestra nacionalidad.
Se
entretejen estas cuatro novedades con la antigua malla de la legislación
española, en que se funden de inextricable modo las tradiciones jurídicas de
los arios con las normas del cristianismo medioeval.
Llama la
atención en los primeros ensayos de las constituciones colombianas el
angustiado impulso con que se previenen contra toda posible tiranía: Es el
proclamar enfáticamente la separación de los poderes para que nunca se sumen
en contra del ciudadano; el prevenir el nepotismo, las reelecciones, la
continuidad disimulada en las funciones ejucutivas; el protegerse contra la
intromisión de la autoridad eclesiástica en achaques civiles, por manera que,
rindiendo, como rinden, un exaltado homenaje a la religión, sujetan
vigorosamente al clero a las normas nacionales, le prohíben transferir su poder
espiritual en ningún tiempo y le someten a rígido patronato. De la misma manera
tratan a los militares, a pesar de que de ellos tanto necesitan entonces:
alejados les mantienen de las funciones que se apartan de su fuero peculiar, y
los honran, pero únicamente en su esfera de custodios del derecho y guardianes
de la heredad común.
A veces
tienen ingeniosas disposiciones y aún anticipación afortunada de conceptos que
el porvenir habría de confirmar. En la de Cundinamarca del año 11 ya están las bases de nuestra futura democracia; la de
Tunja se muestra muy conceptuosa; la de Mariquita parece
tocada de socialismo cuando
dice que «la propiedad del suelo de un estado libre es uno de los derechos esenciales
del cuerpo colectivo del pueblo», cuando establece que es
«deber de la sociedad el dar
ocupación a los necesitados», y atiende con mucha devoción a «indios, es:lavos, ‘sin trabajo' y desamparados de fortuna». Es la
primera en tolerar el culto de otra religión a los extranjeros, la que más propende por la estadística, la colonización y la industrialización provinciales; la que sugiere el constituir una comisión legislativa
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ue
prepare las leyes en el intervalo de las sesiones del ongreso. La de Cartagena propone una
división dül Cuerpo
Legislativo en Sala de moción y Sala de revisión de los proyectos legales, lo
que significaría el diferenciar un poco más eficientemente las funciones del
Senado y de la Cámara. Esta misma constitución previno, y algunas otras lo
sugieren también, que no se discuta ningún proyecto de ley sin «preparación
mental» adecuada, lo que esboza una profe- sía sobre lo que con el tiempo
habrían de ser los parlamentos de este mundo seudo democrático en que hoy
vivimos.
Medio
siglo más tarde, en las constituciones seccionales del Socorro y de Vélez se
repetirá este caso de una adivinación de la trayectoria futura de la
democracia, cuando establece la primera el derecho de los ciudadanos a la asistencia
pública y educación industrial, y la segunda nada menos que el sufragio
femenino (1853).
No carece
de interés el anotar que la idea de la Gran Colombia se encuentra en nuestros
legisladores desde el año 11, muy claramente expresada por Jorge Tadeo Lozano,
entonces presidente de Cundinamarca, y luego por Camilo Torres en su proyecto
de constitución de las «Provincias Unidas de Nueva Granada». Y es muy posible
que Bolívar recogiese en la constitución de Cundinamarca del año 11 la primera
vislumbre de su «Poder moral», pues en ella se halla concebido el Senado como
un «Cuerpo censor».
En
aquellos tiempos en que la definición de funciones dejaba mucho que desear el
«Consejo de gobierno» pasa por embrolladas estructuras: Entre ellas hay una que
merece simpática consideración, y es la que se designa con el título de
«Representación nacional», en que los poderes ejecutivo, legislativo y
judicial, amén de tribunos selectos de la corporación ciudadana, constituían
una asamblea para dar consejo al Presidente de la República en casos de gravedad
notoria.
Muchas
ingenuidades encuentra el lector en la obra de nuestros primeros
constituyentes: Tal vez por encauzar un poco la opinión pública hacia las
normas democráticas representativas conciben, o al menos diseñan, una
monarquía en que el rey tiene menos de tal que un cartujo, y con seriedad que
parece irónica ofrecen a Fernando Vil el reino de Cundinamarca (que entonces
tendría doscientos mil habitantes), con la condición de que en ella resida y
sólo se ocupe en la gestión de sus incipientes negocios. Las elecciones debían
hacerse con el más complicado ceremonial litúrgico, inclusive el canto del
himno «Veni Creator Spiri- tus». Los constituyentes juraron, una vez al menos,
defender el misterio de la Inmaculada Concepción, a pesar de que aún no era
dogma confirmado solemnemente.
Un hálito
de infantil universalidad generosa palpita en algunas de sus páginas, como
cuando Frutos Joaquín Gutiérrez, secretario de la Constituyente de
Cundinamarca de 1811, dice al presentarla: «Admitir en nuestra sociedad a todas
las naciones del mundo (si son infortunadas) para que encuentren un asilo en su
desgracia»....
Y es
bella la fórmula inicial de los constituyentes de Mariquita cuando se anuncian,
con adorable ficción de personalidad: «Nos el pueblo de Mariquita»....
AI llegar
a 1832, disuelta ya la Gran Colombia, los constituyentes neogranadinos habían
acendrado bastante su experiencia en la redacción de una carta fundamental,
pues algunos conductores espirituales del orden político escaparon a las
peripecias de la guerra magna y continuaron en el servicio público: José Manuel
Restrepo, José María Castillo y Rada, Luis Eduardo Azuola, Miguel Tovar, Francisco
de Paula Santander, Félix de Restrepo, José Ignacio de Márquez, Alejandro
Osono, Vicente Azuero, Juan de la Cruz Gómez Plata, Salvador Camacho etc.,
habían asistido a la elaboración de algunas de las constituciones de las provincias
de Nueva Granada y de la Gran Colombia. De ahí que fuesen luego, repitiéndose
en mucha parte, mejor ordenadoras de las funciones fundamentales del estado,
redactadas en un tono ya estrictamente jurídico, muy atentas a la jurisdicción
de los poderes y cuidadosas de la nitidez conceptual que un documento de tal
naturaleza exige, como «alma mater» que es de la legislación nacional y
esencia, por así decirlo, del espíritu de la ciudadanía que en él expresa su
Índole y el estado cultural que alcanza.
En el
transcurso de un siglo, de 1832 hasta hoy, el Estado de Nueva Granada (1832),
la república de Nueva Granada (1843), la Confederación Granadina (1858), los
Estados Unidos de Colombia (1863) y la República de Colombia (desde 1886), se
ha dado siete constituciones, si contamos por una las modificaciones muy
importantes de 1910. Esta historia constitucional es una elaboración lenta y
penosa de la armonía entre el orden y la libertad: unas veces se robustecía
ampliamente el poder ejecutivo central para que la administración fuese más
vigorosa, se constituía la nación en provincias reciamente ligadas a la Capital
de la República, con legislación univoca y largos periodos presidenciales;
otras veces se establecía una federación de estados semi* independientes, se
restringía gravemente el Poder Ejecutivo, se ampliaba el Legislativo y dábase
rienda suelta a los derechos individuales, sin limitación ninguna o poco
menos. Fue una lucha noblemente intencionada, aunque en ocasiones conducida
con algún aturdimiento que no justificaba la exageración belicosa a que dio
lugar con tanta y tan acerba frecuencia. El sociólogo que hoy contempla en
panorama histórico aquella pugna de ideales degenerar en guerras civiles de
alcance espiritual y materialmente desolador lamenta la ceguedad de pasiones
que perturba así las más generosas aspiraciones de los hombres, las reprueba,
sin duda, pero con el corazón conturbado por un inefable sentimiento de
piedad y de gratitud.
De
aquellas constituciones dos representan los extremos límites de esta contienda
ideal: la de 1863, llamada de Rionegro, por la ciudad antioqueña de este nombre
donde tuvo su sede la «Convención nacional* que la dio forma y vida, y la
redactada por un «Consejo de Delegatarios» en 1886. Frutos ambas de sendas
reacciones políticas, ni representan el sufragio que trataron de definir, pues
fueron elaboradas por agrupaciones que el Poder Ejecutivo eligió, ni tuvieron
la representación de la nacionalidad, porque sólo fueron asambleas parciales,
del partido radical, la una, del clerical, la otra, que con los nombres más
tenues de Liberalismo y de Conservatismo asumieron abusivamente la constitución
del Estado, aportando así una prueba anticipada a la teoría que hace derivar el
derecho de un hecho establecido.
Estas dos
corrientes en que se ha dividido la elaboración del derecho constitucional
colombiano pueden resumirse como la tendencia a ampliar el radio de acción de
la ciudadanía, de una parte, y de otra la de reforzar el poder del Estado.
Cuando la una impone sus normas al país, tenemos un aluvión de libertades
individuales irrestrictas, una máxima aplicación del sufragio para la selección
de los empleados públicos, intromisión exagerada del Legislalivo en casi todas
las funciones del gobierno, reducción del período presidencial, exigente
control de las labores ejecutivas, patronato sobre la Iglesia, vigilancia de
las actividades económicas de las congregaciones religiosas, y un espíritu
intemacionalista que tiende a la reconstrucción de la Gran Colombia, a
facilitar la ciudadanía interamericana y a impulsar al país por la filosofía y
la técnica más avanzadas y recientes.
Cuando la
otra parcialidad política asume la conducta del Estado aparece el Poder
Ejecutivo en primera línea, la
República se torna centralista, el
período presidencial se prolonga a seis y aún a ocho años, el Presidente asume
el nombramiento de casi todas las autoridades del país, ora por mandato
constitucional, ora por la influencia decisiva que para ello le obtiene su
elevada posición; el Poder Legislativo desfallece ante la mayor competencia e
información de los ministros del Despacho; las libertades individuales son
sujetadas a muchas restricciones de policía, moral y religión; el Clero
adquiere la gerencia de la educación pública y un grande incremento económico,
político y social; el Ejército es mimado con grandes consideraciones, y la República
se aísla un poco del movimiento internacional.
Para que
se vean diáfanamente estas diferencias presentaré en escorzo algunas disposiciones
de la constitución de 1863 y de la que en 1886 vino a reemplazarla.
La
primera está redactada en un estilo que aspira visiblemente a la precisión y
la pureza, logrando ser explícita sin alcanzar lo otro. Tiene la distribución
de materias en el orden consuetudinario en tales documentos, procurando la
armoniosa arquitectura de funciones en los distintos poderes en que se expresa
el Estado.
Divide la
nación en nueve estados federales con grande autonomía y amplitud de funciones
políticas, administrativas, judiciales y militares.
Contempla
la posibilidad de una federación de las repúblicas que formaron la Gran
Colombia, y garantiza la ciudadanía colombiana a los hispanoamericanos con sólo
la declaración de desearla ante una autoridad nacional.
Por primera
vez en élla aparece la disposición de que los sacerdotes no son elegibles, y
limita a las comunidades religiosas el acaparamiento y estancamiento de la
propiedad raíz.
Proclama
la libertad de cultos, pero los somete a la inspección oficial ya que sean
sostenidos sólo por las limosnas de sus afiliados.
Libertad
individual sólo limitada por el daño a otro; libertad de imprenta, de palabra y
de pensamiento, de migración y tránsito, de industria que no afecte la salud,
de enseñanza, de asociación, de comercio y de armas, de cultos que no
perturben la paz pública.
Igualdad
efectiva de todos los ciudadanos ante la república; amplio derecho de
petición; seguridad personal e inviolabilidad del domicilio con la sola
limitación que las leyes previamente sancionadas justifiquen;
protegida la propiedad
y únicamente
restringida por la pública conveniencia, y esto mediante acción judicial e
indemnización; castigos limitados a diez años de máxima condena, y por ende
abrogada la pena de muerte.
Las
asambleas de los estados pueden suspender y anular por mayoría los actos del
Legislativo y del Ejecutivo federales que Ies conciernan.
Tres
senadores por cada estado, que formarán un «Senado de plenipotenciarios»; y un
representante porcada cincuenta mil ciudadanos para constituir la Cámara de representantes:
Las dos integran el Congreso, el cual goza de noventa días de sesiones
ordinarias, puede prorrogarse a si mismo y domiciliarse donde quiera. A él
corresponde la elección de designados que han de reemplazar al Presidente de
la República en caso de falta, así como elegir jefe del Ejército nacional. Al
Senado corresponde aprobar los nombramientos que el Ejecutivo haga de
ministros de su Despacho, de diplomáticos, de jefes de administración y de altos
oficiales del Ejército, además de las funciones de juez supremo del Presidente
de la República, de los designados para reemplazarle, de los ministros, Corte
Suprema, Procurador general de la Nación y de la validez de los actos legislativos
de las asambleas provinciales.
Y si a
todo esto se añade que el período del Presidente de la República se establece
por sólo dos años, puede afirmarse que esta constitución hizo de Colombia una
república parlamentaria de un individualismo exagerado, y tan idealista que
incorporó el Derecho de gentes entre sus disposiciones orgánicas.
En su
temor de caer en tiranías debilitó hasta donde pudo al Poder Ejecutivo, al
Clero y al Ejército nacional, y para ello agigantó la competencia del
Legislativo, tanto nacional como departamental, fomentó el regionalismo y llevó
a las cumbres su confianza en la competencia y honradez del ciudadano. Esto
dió lugar a graves trastornos, de donde el que conductores espirituales del
Partido Liberal, gobernante entonces, como Rafael Núñez, Francisco Eustaquio
Alvarez, Francisco Juvier Zaldúa etc. se inquietaran muy pronto y buscaran el
reformar una situación que allá en sus orígenes no fue tan romántica como se
cree, sino consecuencia de una previsión contra el ascendiente peligroso que
políticos y militares de la índole del general Mosquera pudieran ejercer en la
conducción de la República. Pasado ese peligro ya era prudente encauzar la reforma
del estatuto conforme al pensamiento de Núñez cuando proclamó «que la
democracia consiste en elegir a nuestros mandatarios, no en maniatarlos ».
Desgraciadamente
esta revolución ideológica tomó el rumbo de una enconada lucha de partidos, por
lo que, en lugar de una reforma correctiva, o sustitutiva, ciertamente
necesaria entonces, de la carta fundamental, se obtuvo una reacción
inconducente al bien que buscaron sus iniciadores.
Y así fue
como la constitución de 1886 apareció en la historia de Colombia. En busca de
mayor orden reforzó ampliamente la autoridad en cuatro direcciones fundamentales:
mediante un riguroso centralismo, un régimen presidencial muy fuerte, la
restricción enérgica del individualismo romántico y la exaltación de la
autoridad eclesiástica.
La Nación
se divide en departamentos (14 hoy día), al frente de cuya administración está
un gobernante nombrado y removido libremente por el jefe del Ejecutivo nacional.
El
período presidencial comprende seis años. A más de administrador político del
País, es colegislador por medio de sus ministros, un poco también patrono del
Poder judicial, pues que a él corresponde el nombramiento de los magistrados de
la Corte Suprema y de los tribunales superiores, general en jefe del Ejército,
director y dispensador del servicio diplomático, orientador industrial de la
Repúbl:ca, banquero, pedagogo, y un si es no es pontífice máximo por
su derecho de presentar las ternas de candidatos para las vacantes en el
episcopado.
Declara
protegida la Religión Católica, le encomienda la superintendencia de la
educación pública y le garantiza amplia posibilidad de expansión pecuniaria.
Somete
las libertades del individuo a enérgicas restricciones: la Prensa debe cuidar
la honra ajena, la tranquilidad social y el orden público; el derecho de
reunión queda igualmente limitado, prohibido el comercio de armas, la industria
vigilada en cuanto a salubridad, moralidad y seguridad; establece siete causas
de pena de muerte.
Define
mejor los conceptos de nacionalidad y ciudadanía, ampliándolo con relación a
las personas juiídicas y restringiéndolo de como lo había establecido la
precedente- para los hispanoamericanos.
Dispone
el nombramiento de magistrados de la Corte- Suprema de justicia por el Poder
Ejecutivo, mediante aprobación del Senado, y los declara vitalicios mientras
observen buena conducta.
Conserva
y define con algunas variantes las otras instituciones fundamentales de
nuestra democracia, Poder
Legislativo, Consejo de Estado,
asambleas departamenta- les, cabildos, Ejército etc. Naturalmente a las
asambleas les suspende la función legislativa, dejándolas como organismo de
administración seccional.
En
desarrollo de su espíritu se celebró con la Curia Romana el concordato de 31 de
diciembre de 1887, por el cual la Iglesia Católica adquirió en Colombia la
situación jurídica de un estado dentro del Estado, con fuero independiente en
lo disciplinario y penal, en lo administrativo y económico, en lo militar y
político, en la regencia de la educación pública, en la legitimación de la
familia, en la imposición de tributos etc. Extraña legislación que si se
cumpliera estrictamente nos retrotraería al siglo Xlll de la cultura europea. Afortunadamente
la vida es más hábil que los legisladores y las cosas ocurren con un saludable
descuido de tan aberrado y candoroso criterio institucional.
Esta
constitución no fue del agrado del Partido Liberal, ni siquiera del
Conservador unánimemente, por la cual hubo veinticuatro años de intranquilidad
política, hasta que ambos grupos, casi de común acuerdo, le introdujeron serias
reformas: Descentralización administrativa más amplia, mayor seguridad
personal, representación de las minorías (1905), que luego evolucionó (1932)
hasta una representación proporcional de los partidos, reducción del periodo
presidencial a cuatro años y el de los magistrados de la Corte a cinco, que el
Congreso elige de ternas que ha de presentarle el Poder Ejecutivo, disposición
que esta en vía de ser reformada en busca de mayor independencia para el
Judicial. Se eliminó la pena de muerte, se practica gran tolerancia política,
se tiende a la pureza del sufragio, se abolió el abuso del papel moneda y se
entró por las normas del patrón de oro para el mayor equilibrio de la economía
nacional etc.; con todo lo cual la República llegó a su edad adulta, por
decirlo así, viviendo constitucional y muy legalmente sus naturales luchas
partidarias, su preparación para la riqueza, la cultura y la dignidad,
definiendo su territorio, uniformando su población, elaborando, en fin, su
misión histórica dentro del radio de la cristiandad y de la civilización a que
pertenece.
Desde
esta cumbre de sosiego político en que nos encontramos ahora se pueden
discernir algunas desconcertantes consecuencias de nuestra evolución
constitucional.
Con
buenas y con malas constituciones hubo discutibles y buenos gobernantes. Una
misma amparó la administración de José María Obando y la de Manuel María
Mallarino, con otra gobernaron Tomás Cipriano de Mosquera y Manuel Murillo
Toro, la última escudó a Rafael Reyes y a Carlos E. Restrepo. Es, pues, el
hombre el factor fundamental en achaques de gobierno. Monarcas hubo, tiranos
si se quiere, de tan grata memoria en el corazón de la humanidad como los
mejores repúblicos de las más puras democracias.
A esto se
añade que la ambición del poder ha hecho más revoluciones que la sed de
justicia, con ser Colombia esencialmente legalista e idealista y muy devota del
gobierno representativo y justiciero.
Los
partidos políticos activan la democracia tanto como la pervierten, pero
constituyen uno de aquellos callejones sin efugio de la naturaleza humana que
es preciso aceptar y maldecir a la vez. En ellos triunfan fácilmente los
audaces, a veces los ignorantes, en ocasiones los que traicionan un poco las
gentiles normas del espíritu. Em- baúcan al pueblo con candidatos que ellos
secretamente forjan y públicamente acreditan. Tienen una grande actuación y
muy débil responsabilidad. De ahí que los gobiernos por respetar una fuerza
partidaria cometen indecentes transacciones morales, sobre todo cuando esos
gobiernos están servidos por hombres educados en la dudosa mitología de la
sagacidad.
Esto
recuerda que, desventuradamente, la selección por elección y por nombramiento
casi se equilibran en bondad y en desacierto, porque ambas se vician de
falsificación del criterio que las rige.
De ahí se
desprende que la acción básica del estadista sea formar hombres más bien que
ingeniarse en dudosas combinaciones.
Al
contemplar en la historia constitucional colombiana el esfuerzo heroico, de
sangre y de espíritu, de riqueza y dulce paz, hallamos que una vez adquirido el
triunfo de los derechos esenciales de la democracia representativa los cedemos
negligentemente al primer postor: El sufragio se ha convertido en un pesado
deber que las gentes rehuyen cumplir; la palabra libre es tan temida que en
las aglomeraciones reivindicativas del pueblo todo intelectual se aleja para
eludir que se le llame a la tribuna; la prensa libre ha inventado el fabricante
polivalente de editoriales que redima al director de periódico de la tarea
abrumadora de expresar todos los dias su fatigado pensamiento; al Cabildo, a
la Asamblea departamental, al Congreso de la República asisten destacadamente
los que de esas instituciones derivan proventos o en ellas obtienen la base de
sustentación de más encumbradas ambiciones. Es la bancarrota de una ilusión
que nos cuesta ya doscientos mil galones de sangre.
¿Engaño
quizás del idealismo republicano? Ciertamente no. La razón íntima de esta
paradoja consiste el que el hombre ama la posesión como insignia de su
capacidad de dominio, no para ejercerla. El millonario y el caudillo estarán
constantemente abrumados de tedio ante la tarea que implica el conservar su
posición, al parecer privilegiada, engañosamente privilegiada, mas no pueden
desprenderse de tamaña esclavitud por el instintivo ;«nhelo de dominación, de
vencimiento de las dificultades, y de la coquetería de hacerse admirar.
Esta
requisitoria contra el esfuerzo de un siglo de hazañas y de dolorosos
sacrificios, este ver que el margen de bondad de las instituciones humanas es
muy corto, parece justificar una actividad displicente y escéptica ante las alocadas
arquitecturas del pensamiento humano. Y no es éste mi concepto íntimo: La
importancia de los derechos y de las libertades que el ciudadano busca
ahincadamente en su sociedad es algo efectivo y muy honroso y grandioso también.
Consiste en la dignidad moral que ellas y ellos garantizan y representan, Lo
que el hombre ama sobre todas cosas no es la realidad, es, fundamentalmente, la
posibilidad.
Y
así se entienden, como dignidad moral y como
posibilidad de acción, los sacrificios heroicos, y muchas veces desordenados,
que nuestros padres y nuestros abuelos hubieron de realizar para darnos lo que
hoy tenemos protocolizado en las instituciones republicanas de Colombia.
Y
así se explica, igualmente, la actitud de una
generación universitaria. «La Generación del Centenario*, cuando se declaró
tolerante, justiciera, parca de pasiones y severa de justicia. Ella entendió
haber llegado Colombia a la edad adulta de la serenidad, y fue serena. Entendió
que el estudio genético de la realidad nacional debía ya suceder a la crónica
narrativa y al eucologio guerrero, y ahí está en el obrador tratando de
interpretar el sino de la República, austera y lealmente.
La índole
constitucional de Colombia durante su vida independiente hasta hoy ha sido,
según se colige del vaivén de rectificaciones que uno y otro partido le han impuesto
a su derecho 'fundamental, la de un liberalismo moderado. En la hora de
efusión patriótica los conservadores sostienen que ellos representan la
libertad «bien entendida*, la más pura democracia; los liberales, a su vez proclaman
constantemente que la norma de su credo atiende a las funciones restrictivas de
la religión, de la moral, y de la autoridad civil con el más exigente
acatamiento. Cuando en la embriaguez de la victoria uno de los dos partidos
exagera la aplicación de su temperamento se ve indefectiblemente destacarse
del seno mismo de su comunidad un grupo moderador que impone el triunfo de la
justicia con el aplauso irrestricto de la nación entera.
En larga
meditación sobre la índole política del pueblo colombiano he comprendido, y así
lo escribí en otras ocasiones, que él tiene un adarme de sajón en sus más
destacados conductores, pues que a pesar de la comunión intensa que le une a
España y sus instituciones, a Francia y su cultura, es la ecuanimidad inglesa y
la altitud del pensamiento político inglés lo que mejor cautiva la admiración
de los colombianos: En Santander, Lino de Pombo, Pedro Fernández Madrid,
Mariano Ospina Rodríguez, Santiago Pérez, Rafael Núñez, Rafael Pombo, Carlos
Arturo Torres, Pérez Triana, Tomás O. Eastman, Pinzón Warlosten, Florentino
González, Julio Arboleda, José Eusebio Caro, Diego Fallón, Salvador Camacho
Roldán, Tomás Herrán, Miguel Antonio Caro, Marco Fidel Suárez, Pedro Nel
Ospina, se percibe la huella de educación inglesa o del estudio autodidacto de
la cultura anglosajona que en los comienzos de nuestra nacionalidad completa y
enaltece el temperamento de un Andrés Bello y en nuestros días influye
poderosamente en conductores de tánto prestigio como Baldomero Sanín Cano,
Alejandro y Alfonso López, Enrique Olaya Herrera_________
¿Perdurará esta índole?
Ello en
verdad no es fácil de predecir. Asistimos a un cambio de rumbo en todas las
actividades del hombre, desde lo económico hasta lo sentimental. Se deslíen
los conceptos como greda en este diluvio de contradicciones de la vida. Débil
lámpara, la razón alumbra el choque trágico de los elementos desatados en
furia, sin poder, testigo apenas, encauzar el ciclón ni amortiguar el rayo.
{Débil lámpara apenas!
Drama
delicioso de severa magnitud bíblica cuando se le contempla; fatídicamente
esquiliano cuando nos envuelve en su vórtice sombrío.
En
pequeño asistimos nosotros a esta contradicción espeluznante y trágicamente
amena de la vida. En nuestras instituciones se ven venir derrumbamientos que
tal vez orillaríamos con veinte palabras de sensatez oportuna. Y sin embargo, a
ellos vamos vertiginosamente. Quiero decir esto en relación con la decrepitud
que aqueja hace días a nuestro Congreso Nacional.
El Senado
y la Cámara de Representantes se distinguen apenas por aquella ley de
polaridad que automáticamente distribuye las funciones: el uno representa la
serenidad del juicio provecto, la otra recoge la emotividad juvenil: pero en
el fondo pudiera desaparecer una de las dos Cámaras sin que la República
sufriese grave perturbación, ya que esa polaridad surgiría inmediatamente en el
seno mismo de la restante.
Y aún
pudieran recogerse automáticamente en el Congreso ciertas capacidades que la
elección popular descuida casi siempre: hacer miembros natos de él a los
ex-presi- dentes de la República, de la Corte Suprema de Justicia, a los
ex-procuradores generales de la Nación, a los arzobispos y a los rectores de
la Universidad, a tres capitanes de industria que representen la banca, la
agricultura y el comercio: en fin, capitalizar de algún modo la selección espontánea
que ha hecho ya la vida de la potencia intelectual y moral del país.
Tal como
está constituido el Congreso colombiano da ocasión a que cada proyecto de ley
sufra nueve debates: seis ordinarios en las dos Cámaras, dos en las respectivas
comisiones y uno en el Poder Ejecutivo. Estos debates pueden elevarse a doce o
quince cuando el Congreso se clausura sin darles fin, pues el reglamento
tradicional establece una discontinuidad parlamentaria por la cual lo
discutido en un año no vale para el siguiente.
La Cámara
de Representantes está constituida en la proporción de uno por cada cincuenta
mil habitantes. Esta base aritmética es un error. La Cámara debe contener tán-
tos miembros cuantos correspondan a sus funciones y volumen de trabajo. Lo
demás es un tanteo infantil. La Cámara tiene establecidas trece comisiones: a cinco
miembros cada una, para no pecar por avaricia, son sesenta y cinco
representantes, de los cuales, naturalmente, quedarán más o menos ociosos
cincuenta y dos, ya que todo el trabajo de las comisiones se le deja al más
capacitado o adicto a sus deberes.
El
Congreso entre nosotros adoptó la costumbre de multiplicar los empleados de su
dependencia hasta un límite que trae irritada a toda la Nación.
Y
lentamente va dejando al Poder Ejecutivo el
cuidado de la iniciativa y el acopio de la documentación en los temas
fundamentales de nuestra democracia, aceptando regocijadamente una menor edad
mental, policromada, si se quiere, con las fulguraciones de una elocuencia
deliciosa y efímera. Se puede decir que la índole de nuestro pueblo acepta y
hasta necesita un gobierno presidencial de muy amplio poder administrativo, a
la manera del ideado por el constituyente de 1886; pero de ahí a eliminar
discreta y amablemente el Poder Legislativo hay para un buen rato de
meditación. El sistema parlamentario en que este poder se informó hace mucho
tiempo vese en todo el mundo atacado de decrepitud alarmante; mas como aún no
surge otro que le sustituya con ventajas, aunque de ello se gloríen los
regímines facistas y pro-facistas que llenan la historia contemporánea, es un deber
intentar por el momento, siquiera, aliviarlo de sus dolamas más perniciosas y
alejarlo, si posible fuere, del rumbo suicida en que se ha metido tan sin
alteza, probidad ni tiento.
Cuatro
son, pues, los motivos de esterilidad de nuestro Congreso: Vicio de
constitución, vicio de reglamentación, vicio de pulcritud, y vicio de
competencia intelectual. Con ser suficientes para matar a un imperio, subsiste,
sin embargo, nuestra querida institución, por aquella preciosa ley de la
inercia que hace que las cosas y los hechos sigan obrando largo espacio después
de recibido el impulso que les dió acción y movimiento.
El
enmendar este caso seria labor de poco momento, grata y sencilla. No obstante,
nunca se realizará. Las instituciones caen también en demencia senil, para la
cual ningún Voronoff ha nacido todavía. Ante la decrepitud de ellas, como ante
la fugacidad de los seres, la vida optó siempre por reemplazarlas con nuevas
creaciones.
Y
quizá ello sea así mejor.
CAPITULO SEXTO: RELIGION Y RELIGIOSIDAD
DEL PUEBLO COLOMBIANO
En el
estudio sociológico del país en que estoy empeñado me preocupa, sobre todo,
averiguar la índole de las . cosas e investigar las funciones.
Y así me
pregunto ahora cuál es la característica del pueblo colombiano en la magna
esfera de la religión y de la religiosidad.
Si
hacemos un análisis de la actitud de los humanos ante el fenómeno religioso,
hallaremos tres variedades, a saber: el hombre religioso, el místico y el
asceta.
Por
hombre religioso entiendo el que «siente» el universo religiosamente.
Por
místico el que «intelectualmente» lo interpreta en función religiosa.
Por
asceta el que disciplina su «voluntad» hacia un fin religioso.
Sentimiento,
entendimiento y voluntad están ciertamente muy ligados para que no trascienda
de uno a otro campo la actitud que en uno de ellos asuma el problema religioso,
mas suficientemente definidos para que se entienda esta separación que me
atrevo a formular. Un San Francisco de Asís fue a la vez religioso, místíco y
asceta; un Dante fue religioso y místico; un San Pedro Alcántara fue asceta.
En cada
uno de estas especies de actitud hay grados de elevación: que si un asceta
disciplina su espíritu hacia el mejor servicio de la religión o si meramente
disciplina la carne con rigores de penitencia gozará de un ascetimo superior o
inferior: San Ignacio el combativo, digamos, o uno de los eremitas de la
Tebaida.
Ante esta
clasificación me parece que el colombiano se coloca como un ser religioso, es
decir, como quien «siente» hondamente la religión, sin producir, sino
excepcionalmente, grandes expositores del dogma ni abundantes ascetas.
Ni
pudiera decirse que esta clasificacióa es válida para la universalidad de la
nación, porque las regiones de raza
meztiza y las zonas altas de la
cordillera son más inclinadas a la religiosidad que los mulatos y habitantes
de la planicie ardiente, ya de los ríos, ya délos litorales marinos. Los
grandes santuarios de la devoción nacional surgieron en Chiquinquirá, grupo racial
hispano-chibcha, y en las Lajas, del grupo hispano-quillacinga, similares al
que creó México con el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe.
Este
sentimiento religioso se apacienta morosamente en el culto de las imágenes y en
la emocionante liturgia de nuestra Iglesia, por lo que dice relación a las
clases inferiores, pero en los hombres de alta cultura que se desvían de la fe
tradicional católica asume un franco rumbo pan- . teísta, según se observa en
frecuentes alusiones de los poetas nacionales.
No
considero oportuno hacer en estas páginas un análisis de la evolución de las
distintas religiones que cultivaron los grupos raciales que han venido
formando la población colombiana. Tendría, para ello, que revisar múltiples
estados del sentimiento religioso en que se encontraban las tribus aborígenes
al tiempo de la conquista, la situación del cristianismo de los españoles en el siglo XVI y no poco de los cultos africanos que
traía entonces la raza negra.
Corresponde
a los etnólogos y estudiantes de la ciencia de la
religión interpretar porqué los chibchas, de cultura fundamentalmente agraria,
adoraban a la luna y al sol a un mismo tiempo, por que, si
daban a la mujer puesto tan eminente como el que tuvo la Madre Bachué,
generadora entre ellos de la especie humana, ligada al mito de la serpiente y del agua en las lagunas de la
altiplanicie, rendían culto desangre virgen al sol ardiente de las llanuras
orientales, y rememoraban
en Bochica un mesias de máscula personalidad tan vigorosa.
Ni
entiendo en los guerreros caribes, pescadores y cazadores sin duda, adoradores del sol,
el dulce emblema de Tulima, hada protectora del nevado de su nombre, si ellos
sólo preciaban la sangre, la lucha a muerte y la entereza implacable ante el dolor.
Es innegable que en ciertos lugares de
nuestro actual territorio se fundieron diversas culturas religiosas, y que todavía hoy se ofrecen a los sabios interesantísimas transiciones de una a otra, como
ocurre en La
Guajira, donde el matriarcado arawack tiende a un patriarcado de
Ni nada
más ameno que seguir el proceso de transfor- maciónes que el cristianismo
europeo experimenta entre indios y negros allá en la confusa mente de las
capas inferiores, o la evolución de los restos de remotas culturas, animismo,
manismo, fetichismo, mitología, magia, tótem, teísmo primario y devas del
bosque, como el mohán y el Patasola, en el folklore de los civilizados y acaso
acaso en vagos sentimientos vivos aún.
Sea de
ello lo que fuere, a mi me corresponde esta pregunta: ¿Cuál es la religión
predominante en Colombia?
Hace un
siglo tal cuestión no produjera indecisión ninguna, pues no parece que nuestros
abuelos vacilaron en dar asentimiento irrestricto a la totalidad del dogma
católi- co-apostólico-romano. Ahora mismo nos enseña el censo, lo afirman
geógrafos e historiadores, ciudadanos y viajeros, que el pueblo colombiano es
esencialmente católico, y he aquí que ello resulta a la vez errado y verdadero.
Las normas éticas del cristianismo son acatadas con mucho fervor por la
totalidad de nuestro pueblo; las ceremonias del culto externo católico tienen
igualmente una aceptación general; casi toda la población frecuenta también los
sacramentos fundamentales de la iglesia. Y sin embargo, la ideología actual del
pueblo colombiano no es estrictamente ortodoxa.
Como casi
todos los que han adoptado el catolicismo éste padece de una ‘extrema vaguedad
respecto del supremo dogma de la triple personalidad de Dios: Concibe como
algo mayor, aunque difusamente, al Padre; tiene de la persona del Hijo una
noción precisa, pero en su carácter de mediador y de mesías; del Espíritu Santo
no sabe que pensar, y se queda entre concebirlo como una función o una persona
hipotética, a la manera de entidad jurídica o de un ente de razón.
Respecto
de la Virgen el sentimiento popular se aturde con las muchas advocaciones que
demanda su culto; y por lo que hace a los santos en general, los entiende como
abogados de sus necesidades, atribuyéndoles obícuidad y divina amplitud de
entendimiento para atender a millares de invocaciones y de ofrendas en millares
de sitios sobre millares cuitas, A veces, como a San Antonio de Padua, le
tratan con encantadora sencillez, regañándolo cuando no remedia pronto las
aflicciones, y aún castigándole con penas de reclusión y destronamiento de la
hornacina. Por lo general el pueblo iletrado confunde un poco el simbolismo de
la imágen con el culto del icono propiamente, aplicando su fe a uno u otro
santuario con la unción de un perdurable anhelo de milagros.
De los
sitios de la vida eterna que admite la fe católica, nuestras gentes, aún las
más sencillas, rechazan un poco el infierno. No les parece acorde con lo que
sufren en la vida militante de la tierra, ni adecuada su creación al concepto
de Padre celestial que el Evangelio asigna a Dios, tan dulce y bondadosamente.
Y cabe aquí también la anotación de que entre Diablo y diablos hay una
indifinición conceptual en la mente de las multitudes, que al primero se le supone
una personalidad de potencia semi-divina, mientras que a los otros se les mira
con cierta sorna y travesura, como a chicuelos indisciplinados de mala índole.
La noción
del Limbo ha desaparecido casi de la mente popular. Es un concepto tan vago en
las enseñanzas de la religión que no logra atrapar la imaginación de los creyentes.
En cambio
el purgatorio tinen amplia acogida de piedad y de asentimiento en el corazón
de las multitudes. El culto de las «Animas Benditas* es uno de los más extendidos,
y sin disputa de los más tiernos y generosos. Tiene dos valores, de una sutil
«comunión de los santos»: los de aquí impetran de la divinidad la remisión de
pena de los que allá estén padeciendo; las almas redimidas intervienen a su
turno para que Dios socorra a los que en este mundo padecen las penalidades de
la vida. Son las gentes humildes las más adictas a este culto, y sobre todo
entre las cortesanas asume los caracteres de un refugio de sentimientos
angustiados y de recóndita ternura, De este campo brotan las mil leyendas de
«aparecidos», y en el se entrecruzan remotos y casi esfumados recuerdos del
culto de los manes. Ligado a este credo manista debe considerarse la difundida
creencia en el «Anima sola*, aquel espectro sólita* rio, sufrido y bondadoso
que gentes humildes aseveran haber reconocido en dramáticas circunstancias de
soledad y de noche. Porque es entendido, en achaques de la otra vida, que todas
las comunicaciones ocurren en la angustiosa envoltura de las sombras y el silencio,
cual si la actividad en «1 otro mundo tuviese un ritmo «nictemeraK
Lo que
llaman civilización ha traido un grave disolvente a las candorosas costumbres
medioevales en cuanto a ritos y procesiones. Nada más encantador e ingenuo que
las ceremonias de semana santa que a principio del siglo XIX en las ciudades, y todavia a fines de él
en las aldeas, ofrecían ocasión a regocijado acontecimiento. Eran unos a la
manera de autos sacramentales en que todo el pueblo con sus plazas y calles
servía de escenario: grupos de mozalbetes disfrazados de centuriones romanos
hacían de judíos, algunos niños ataviados con los ornamantos sacerdotales de la
misa representaban a los doce apóstoles, en diferentes balcones de la plaza
principal constituíanse los tribunales de Pilatos, Anás y Herodes, sin que
faltara Claudia con su sueño sibilino. La alegría del domingo de ramos, del
domingo de resurrección, las largas procesiones triunfales o dolorosas en que
todo el pueblo a la luz meridiana y al compás de la música marchaba en un culto
a cielo abierto al «Dios de sus padres y su eterno Dios». Ni menos
emocionantes resultaban los altares del Corpus Christi en que se representaban
escenas del Edén y de la vida de los patriarcas bíblicos, «monumentos* que se
alzaban en las cuatro esquinas de la plaza mayor, relucientes de dorados, de
frutas y de flores, con bella peaña o graciosa hornacina para recibir por unos
minutos la custodia rutilante de la Eucaristía: bajo el palio azul de un cielo
luminoso la muchedumbre arrodillada, el son argentino de las campanillas, la
música quejosa del armonio transportada ad-hoc, el incienso y el murmullo de
las preces daban al conjunto un tono de sagrada comunicación con la Divinidad y
un vago recuerdo de las escenas a campo raso del Garitzin isreali- ta. Dulce y
memorable también el espectáculo de la novena de María Inmaculada, por
diciembre, con sus salves, el sermón de los misioneros que traían de la ciudad
lejana una oratoria de amplio período y zigzagueantes apóstrofes, rematados en
un trémolo de voz que quedaba tamblando en los recodos del templo o anudado en
la garganta ansiosa de los fieles; y la murga que alternaba con la chirimía en
la noche encendida de fuegos artificiales, por sus «castillos* simbólicos, sus
«tiroteos» de luces, girándulas y millares de cohetes con lluvia polícroma de
estrellas. Y luégo la Navidad, fiesta adorable de los hogares felices, alborada
de la vida, suave yugo de amor y de recuerdos.
En ctras
regiones, el Tolima, por ejemplo, se hacen grandes ceremonias a la muerte de
los niños, danzas, festines, ritos fantásticos. Muerto el infante se le atavía
con sus mejores ropas, a ellas se prenden adornos de mucho colerín y cuanto
brille pródigamente. Así decorado se le enhiesta en la horquilla de una rama de
árbol para poderlo pasear en triunfo por el patizuelo de la cabaña a la hora
del baile: el niño se ha hecho ángel de mi Dios y es natural que todos se
muestren alegres, dancen uno, dos o tres días en torno suyo, le vitoreen y
canten en su loor cuanto sepan y resistan.
Algo así
ocurre también a la muerte de un mayor: Los trabajadores del contorno notifican
a los jefes de hacienda que «Mano Merejo», es decir, «el hermano Hermenegildo»,
está grave o que ya ha muerto, y sin que nadie logre retenerles con promesas
ni amenazas, vanse derechamente a casa de este, llevando cada cual algunas
provisiones ora de comer, ora de beber, o de cualquier otra utilidad, como
bujías v. g., según los recursos de cada cual, pues que si todos son
paupérrimos, ninguno quiere aparecer desatento o parásito. Se reza mucho por el
alma del difunto, se toma alguna copita de «mistela * o aguardiente aromatizado
con hierbas de grato olor, y se come del banquete funerario, ni más ni menos
que en Rusia suele hacerse todavía y antes en Grecia y otras naciones del
mediterráneo.
El
exorcismo que la Iglesia católica practica hoy con mucha discreción y hasta timidez,
es ampliamente usado por peritos legos en la materia: nadie arrancará a los campesinos
la fe en el tratamiento de los ganados enfermos de parásitos («gusanos» o
cresas, que ellos dicen «queresas», es a saber larvas de* Dermatobia
Cyaniventris»)por el «rezo» o sea la oración a distancia, con fórmulas un poco
cabalísticas, impregnadas de un fuerte sabor mágico por el mis--
terio con que se pronuncian y el vago
temor que inspiran. «Todo será», dice el aldeano, «pero ello es que yo he
visto con mis propios ojos curar así a reses muy enfermas: Naturalmente, es
preciso saber aplicar bien la fórmula».... «Animal maligno, yo te conjuro para
que de ahí salgas de uno en uno, de ciento en ciento, hasta que no quede ninguno»....
La superstición se enlaza con el dogma católico casi siempre : En la oración
anterior se invoca a la Santísima Trinidad y se añade un «credo». En la
fórmula para hechizar de amor a las mujeres se hace alguna reminiscencia de
Cristo; así, por ejemplo, en el sortilegio de los alfileres: «Con dos te miro,
con tres te acato, la sangre te bebo y el corazón te parto; mansa y humilde te
pongas para mi, como Cristo ante Pílatos»....Como los alfileres son once,
supongo que los últimos sirvan de margen de seguridad. A veces ocurre un tinte de
ternura y oscuro simbolismo en estas hibridaciones de fe y superchería: Los
negros del Cauca inferior que tienen un Crucificado milagroso en la antigua
Zaragoza del Nechí, le meten los pies entre el agua del río cuando crecientes
suyas amenazan llevarse el pueblo, y ahí lo dejan a la orilla peligrosa con
esta o parecida irreverente admonición: «Sinos fregamos nosotros te fregás vos
también ». Estos mismos silvestres conciudadanos rinden culto a la Magdalena,
confusamente memorando quizá la liberación que a ella impuso la palabra de
Jesús, mas no se la representan rubia y /arca como es costumbre entre nosotros,
sino negra y de cie. to ritmo tropical.
Se
recurre algunas veces a un exorcismo entre piadoso y demoníaco: La fórmula
siguiente es de una eficacia tal que no se puede rezar a caballo sin que muera
la caballería, ni aplicar a animales débiles; por otra parte es de tan gran
secreto que sólo mi ilimitada deferencia por el lector de estas apuntaciones me
permite confiársela en la mayor intimidad: «Desde que el mundo es mundo seca la
he visto: que muera esta seca y que viva Cristo. Válgame San Juan de Dios y
válganme todos los santos...- y si acaso ellos no me valen, ¡válganme todos los
Diablos!» Se escupe en dirección a la res enferma, se arrojan tres piedrecí-
tas, una en pos de otra, siempre en la susodicha orientación, meditando
intensamente, y el animal queda curado de por vida. (Advierto, después de haber
conferenciado largamente con Quijano Mantilla y Noel Ramírez, que no hay testimonio
en contra de estas revelaciones).
En las
regiones selváticas, entre mineros principalmente, y más aun en negros y
mulatos, vense arraigadas supersticiones, de abolengo fetichista Son los
objetos de virtudes diabólicas para tener buena suerte, defenderse de enemigos,
hacerse propicio el amor de las mujeres etc., y que son de muy variada
procedencia: los hay de origen animal, vegetal y mineral, como la uña de la
gran bestia, colmillos de caimán, crótalos de cascabel, polvos de raras
sustancias, muñequitos de madera o «monicongos», pie- drecitas, como la «tonga»
y anillos bimetálicos denunciadores de malificio. Se llevan ocultos en el
pliegue más recóndito del « guarniel», y no se usa de ellos sino en casos muy
difíciles. Los sacerdotes persiguen tenazmente esta hechicería, aunque con poco
resultado. De su eficacia dice mucho el episodio de «ña» Juana, la primera
bruja que conocí. Ello fue que en los campos donde ella vivía está situada la
hacienda de don |osé C. Gómez, y ocurrió que éste se lamentase un día delante
de la vieja de que hermosísimo y corpulento roble que por ahí había no
estuviese en el patio de la casa. «Si el amo me promete irse delante de mi y no
mirar atrás, «pues» yo se lo llevaría». Trato hecho, don José vase adelante,
azorado un poco, de cuando en vez escuchando la fatigada respiración de la
anciana, cual si llavase a cuestas algo superior a sus fuerzas. Y en llegando a
la casa vuélvese a mirar el señor y ve a la hechicera descansando ya en el
patio al pie del bello roble.
Según entiendo
estas son las cosas que se llaman «evidentes». Aquello ocurrió en Antioquia. En
otras regiones son más frecuentes, digamos en la frontera colombo-ve- nezolana
etc.
Aquí en
Cundinamarca he obtenido muchas confidencias de «males» que les han hacho a
mis pacientes del sistema nervioso: son los terribles «bebedizos» y «males
físicos por los cuales pierden la razón» y quedan como alelados (dementes
precoces) o reciben imprevistamente algún animal en el estómago, culebra, v.
g.: («con seguridad que fue la tal por cual que nos hizo este daño», me confian
los parientes del afectado o afectada, con gran sigilo).
Toda esta
magia, hechicería y fetichismo ocurre entre gentes ignorantes. Algunos ejemplos
existen de encumbrado origen, tal vez. La ceremonia de «cortarle a alguien la
tela» es de ilustre alcurnia, y más complicada. Se hace por venganza. Surte
efectos graduados, según el rito que se aplique: los hay para pequeños
quebrantos, los hay de ruina y también de muerte violenta. Se verifica la
ceremonia en cuarto oscuro: Colócase en el suelo una tela negra extendida, que
se corta, de ahí su nombre, del largo y ancho aproximados de la presunta
víctima, luégo se ponen en los cuatro extremos ladrillos para retenerla y
soportar a la vez sendos candiles, que se encienden a la hora de la invocación.
Esta es musitada pensando intensamente en el ajusticiado, a tiempo que con un
puñal o cosa semejante se desgarra la tela en el sitio que corresponde al
órgano que se quiere afectar. (Mire usted, a X.X. se la aplicamos una vez, y
ahí le tienen renqueando; al Z.Z. se la cortamos también por traicionero, y
está en la «lata*).
¡Y luégo vaya usted a dudar de los
hechos!
El
hacerse uno brujo no es tan fácil como pudieran creerlo los civilizados. Es
preciso pasar por muchas pruebas y seguir largo proceso de iniciación. En esto
existen también órdenes menores, como el diaconado, otras más elevadas, a
manera de sacerdocio, y hasta cierta excelsitud episcopal. En el Cauca inferior
cuando un negro, un si es no es cimarrón y ladino, quiere aplicarse a esta
difícil profesión vase selva adentro, y muy a solas, en la espesura, enciende
una fogata, sobre ella coloca un gran perol con agua, y en ésta, cuando está
hirviendo, mete un gato negro, prisionero en una mochila de fique (el lector
sabe muy bien la preferencia que el diablo tiene por el gato negro cuando
quiere aparecerse discretamente). Se le cuece ahí hasta que los huesos quedan
bien mondados. Entonces comienza lo fundamental de la ceremonia: el presunto
hechicero saca de la mochila un hueso, preguntando en voz alta ¿«Este?«, y
alguien le responde entre la selva «No*; repite la cuestión con otro y otros
más hasta que acierta y le replican • Sí*. Entonces surge en el bosque un
tremendo ruido de huracán, se obscurece un poco el ambiente y se escuchan extrañas
voces. El oficiante corre desalado, porque si se deja atrapar «se lo lleva el
Maligno*; más si regresa a poblado o domicilio ya tiene para siempre un pacto
de alianza sim~ bolizado en el hueso mágico o «familiar* por el cual obtiene
protección cuando quiera que lo invoque. Con el tiempo irá avanzando en la
iniciación, mediante otros ritos que no sería discreto denunciar en estas
páginas de esquemática narración y muy respetuoso comentario.
Al fin de
cuentas, creo que nuestro pueblo no persevera en estas apostasías: Cuando se
convence de que Lutero le hizo trampas a la castidad eclesiástica, de que
Víctor Hugo en lo mejor de las evocaciones hace préstamos de mal gusto a la
mediocridad ambiente, de que los videntes Rosa-Cruz no adivinan el «karma» de
un pollo frito, y de que el «Gran Arquitecto del Universo» no le enmienda la
escuadra a ningún hermano 33, va desfilando hacia la misa de doce y los
ejercicios espirituales del célebre capitan Iñigo de Loyola.
La
personificación de estas entidades tenebrosas es un proceso encantador y no
poco instructivo de las creencias populares:
De la
linea demoníaca del cristianismo nos vienen Diablo, Maligno y Mandingas (que no
son propiamente Lucifer, sino una abstracción personificada de lo diabólico),
deva universal; el Anima Sola, emanación del concepto de las Benditas Animas
del Purgatorio, deva bondadosa de la soledad y de la penumbra ; el Patasola,
derivado de la creencia en aparecidos, deva de campos y aldeas; el Poira, deva
de las aguas, guardador de tesoros: el Mohán (Muan o Mojan, como se quiera),
deva de los bosques, derivado de la tradición religiosa aborigen, como el
anterior, pésimamente reputado, el Duende, el Coco (Cundinamarca) y el Chucho
(Antioquia), devas domésticos, por decirlo así, que asustan a los párvulos y
gentes sencillas.
Algunos
más existen, igualmente instructivos en cuanto definen la trayectoria de lo
abstracto a lo concreto, del concepto a la «personalización», sino que no
hallo oportuno hacer esta disertación más prolija.
¿Se nos
va también la religión? No se hasta donde mis preocupaciones me están
desorientando: mas ello es que medito con frecuencia en la fuga ineluctable de
muchos sentimientos que antes fueron compañeros, consejeros y consoladores
del hombre, y hoy apenas vense como vanas sombras errantes, voces vacías,
signos encubridores, digámoslo así, de un contrabando espiritual. La amistad y
el matrimonio han cambiado de sentido, la caridad también: ¿Podremos decir cosa
semejante de la religión? El solo hecho de dudarlo ya lo afirma. Con meridiana
evidencia abservamos que no es ya lo que antaño fuera. Aquel mundo de la
mística y de la ascesis, aquel mundo del dogma irrevocable, eje del alma y médula
de la vida, no es el en que hoy vivimos, este raro enigma de la contradicción y
de la fantasmagoría, irreal y pungente, inverosímil y trágico a la vez.
El alma
moderna no tiene eclíptica de rotación, es un conjunto errático de instintos,
de «obsesiones» y de ideologías desenlazadas que se disuelve en vibración
inútil. Antes pudo la fe mediar entre el hombre y su destino, añadirse en grave
suma a sus virtudes, contraponerse a sus pecados para ajustar el fiel de la
balanza moral y producir un equilibrio de conciencia, un centro de gravedad
del yo, de que la generación contemporánea carece en mucha parte.
Aun el
hombre antehistórico, el primitivo a quien sujeta la magia, en ella resuelve
conflictos espirituales. Ciertamente que de muy diverso modo. Una y otra, la
emoción religiosa y la mágica me son ampliamente conocidas: el alma religiosa
que busca comunicación con la divinidad siéntese deprimida por su propia
pequeñez, angustiada por su indignidad, aterrada ante lo ignoto e
inconmensurable que hay en Dios, pero se siente acom-
panada con él, y esta «sensación de
presencia» es una base preciosa de sustentación del pensamiento y de la
personalidad. Ante el rito mágico, ante el fetiche, ante el signo de las
fuerzas ocultas, experiméntase un escalofrío mayor, la sombra informe de lo
desconocido, el «espanto», el murmullo sigiloso de la asechanza enemiga se
aúnan a un presentimiento de perturbación tenebrosa, impersonal e irreductible.
Angustia, es verdad, pero el alma se siente «en relación con algo», mientras
que el pensamiento del hombre actual es puente de una sola orilla que avanza
adelgazándose más y más sobre el abismo.
La
imprecisión que denotan datos anteriores sobre la situación religiosa del
pueblo colombiano corresponde a una etapa universal de este sentimiento, y
conviene advertir que en ninguna manera confunde el que escribe estas
observaciones la religión con la religiosidad, pues esta última no parece
fundamentalmente afectada en los colombianos. Existen todavía entre nosotros
los creyentes del tipo antiguo, católicos que profesan «la fe del carbonero*:
sacerdotes de la vieja escuela, campesinos piadosos, hombres ilustrados que no
gustan de analizar ni, menos aún, de revisar sus convicciones. Los hay que,
tocados por el modernismo, se han construido opiniones muy personales sobre la
base de un cristianismo filosófico, tan elástico que no admite clasificación, y
son los más en las filas de los hombres cultos. La masa ignorante mezcla, al
igual que sus congéneres de todo el orbe, fragmentos de dogma religioso con
supersticiones de varia índole.
Mas es
justo hacer una observación complementaria: casi todos los que se dan a
lucubraciones filosóficas y teológicas entre nosotros van muy presto a rendir
homenaje a un vagaroso y poético penteismo. Los sajones adhieren a infinidad
de credos de tinte ético-social muy marcado, los latinos se encaraman
prontamente a las nebulosas de una comunión con la naturaleza universal poblada
de vagos símbolos musicales y poéticos, con un triz de Heráclito y de Pitágoras, o inefable y
cordial, al modo caritativo de Francisco de Asís y de Marco Aurelio,
Y cuando es
irreparable la quiebra del dogma en espíritus de enhiesta idealidad se acogen
gallardamente al culto y cultivo aristocrático de una «estética de la
personalidad», reservada y generosa a la ve*, trinchera indeficiente de
pulcritud.

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