De como se ha formado la nacion Colombiana, capitulo primero publicado en 1938

 

CAPÍTULO PRIMERO:           

DISERTACIÓN    SOBRE    EL     SIGNOHISTÓRICO DEL NUEVO MUNDO Y SOBRE LA ÍNDOLE GENÉRICA DE LOS PUEBLOS HISPANOAMERICANOS.


El DESCUBRIMIENTO del « Nuevo Mundo » confirmó geográficamente la teoría astronómica de la redondez de la tierra, y con ello facilitó a los sabios una ampliación audaz de su fantasía e investigaciones experimentales. Mas me parece que fue en la esfera del espíritu donde este aconte­cimiento soberano produjo consecuencias de mayor al­cance.

¿Cómo fue este enriquecerse del hombre con el hallazgo de Cristóbal Colón? El europeo del siglo XV encontrábase asfixiado material y espiritualmente. Las guerras, las perse­cuciones y el hambre traíanle ya rebelde: la religión, la cien­cia y la política más agravaban esa rebeldía que aportaban lenitivo eficaz, ni siquiera tímida esperanza. Tal inquietud, insoluble entonces, se refugiaba en el arte y la sensualidad para aquellas minorías que de uno u otra podían disfrutar, pero los más cargaban a cuestas con grande odio un mun­do en disolución moral y en disolución ideológica o íbanse de bruces al parasitismo y a la delincuencia. 


El descubri­miento de América derramó una cascada de oxígeno sobre aquella humanidad, y en ella provocó reacciones definiti­vas. El hecho generoso de una duplicación del mundo habi­table fomentóla ambición de los audaces y alivió de su car­ga a los vencidos. Para el hambre había ya suelos fecun­dos, conquistas para la ambición de poder, gemas y metales finos para la avaricia, libres comarcas para los cultos na­cientes y la estrechez de las naciones.


Vigorosas personalidades, como un Pizarro, un Cortés, un Cabot, un Jiménez de Quesada, inéditas hubiesen muerto en la Europa precolombina. 




El Antiguo Continente dominado y gobernado por minorías tuvo una base amorfa, magma de pobreza, de ignorancia y de dolor para quien la vida negábase, implacablemente injusta, tal como la cró­nica menor y la novela picaresca nos lo enseñan con la ni­tidez de un espejo irrecusable de la realidad social de en­tonces. Hombres de la altitud genial del Cervantes, del Camoens, andaban por el mundo sin un suelo propicio en qué arraigar la inquietud creadora de su espíritu. ¿Cuántos como ellos sucumbieron sin hallar la oportunidad revela­dora de su genio inventivo, de su voluntad heroica y sutil sensibilidad, arrodillados para siempre ante la vanidad hen­chida de los señores de ambas potestades, la civil y la ecle­siástica, entonces viciadas e irrestrictas?


Al surgir América en el Mar Atlántico la tierra ad­quirió una definición. Aclarado su enigma formal por Cris­tóbal Colón, Vasco Núñez de Balboa y Fernando Maga­llanes, las miradas del espíritu volviéronse al cosmos y ha­llaron rápidamente la individualidad e interdependencia de los astros: Copérnico, Keplero, Galileo y Newton; Herschel, Kant, Laplace etc., se encontraron libres para lanzarse al espacio sideral y construirnos el universo que hoy ad­miran nuestros ojos como una realidad insuperada todavía.


Hasta entonces el Mundo Occidental se diferenciaba muy poco del Oriente. Tras el siglo de los descubrimientos geográficos aparece el XVII, en que la cultura europea toma un vuelo de águila, cual nunca pudo sospecharse. Los otros continentes del Mundo Antiguo quedáronse tan atrás que pronto aparecieron semisalvajes. Las ciencias físico-quími­cas abrieron rutas prodigiosas a la actividad humana; las naturales, mediante el microscopio principalmente, crearon esferas inexploradas de portentos para la inteligencia y de utilidad para la vida práctica del hombre, entre otras la medicina y la higiene ; cobraron renovado aliento las mate­máticas, por varios siglos aletargadas ya; y con tales ins­trumentos de operación intelectiva pudo el hombre añadir a su espíritu visión tan dilatada que casi le trastorna el juicio con todas las hipótesis a que se presta su magnitud enorme.

Naturalmente la persona humana adquirió también grande amplitud y una precisión política que con el andar de los tiempos traería al mundo muchas novedades. En América puede seguirse esta evolución paso a paso:

Fragmentos del plasma social europeo, hombres sa­lidos de la gleba, como un Balboa, un Belalcázar, vieron redondearse su individualidad, adquirir una entidad aparte. Cada soldado, cada misionero, cada mujer que se lanzó a la lucha por la vida autónoma de la América viose en frente de todo un mundo adverso, y se midió con él y observó que en un momento dado era la ecuación espiritual de ese mundo. Así se definió la individualidad, adquirió precisos linderos la persona.


Y  no fue este contorno de la personalidad el mismo que ella hubiese adquirido en Europa sin la aparición de América. A mayor amplitud del espacio físico corresponde enigmáticamente una mayor amplitud de la entidad espritual. Nuestra alcoba nos reduce a mínimas proporciones fisiológicas, mientras que las vastas planicies y las cumbres de las cordilleras nos dilatan casi hasta una dilución en el paisaje ilimitado. Por tal proceso vio el hombre europeo ampliarse su espíritu en América naciente.


De qué bella manera se hace visible esta expansión en el caso de Hernán Cortés. Es uno de tántos que han ve­nido en busca de porvenir a las islas del Caribe. Diego Velásquez le contempla como posible teniente impersonal de sus ambiciones en el negocio de conquistar a México, mas he ahí que puesto en contacto con la inmensidad del Continente su espíritu se agiganta y emprende tarea de co­lonización y de administración de caracteres imperiales, do­mina la naturaleza, se impone a los hombres que le acom­pañan y quisieran traicionarle a cada paso, se enfrenta al espíritu marcial de Carlos V y le vence en conceptos de es­tado, este hijo de la multitud al hijo-resumen de todas las dinastías europeas.


Y  es más sugerente, aunque no tan grandioso, el caso de Pedro de Gante,



 el lego que tunda en América la pri­mera escuela de artes y oficios y se hace un nombre vene­rando en el Nuevo Mundo. ¿Es acaso de la misma sangre imperial de Carlos V, su hermano tal vez? El que en su Flandes hubiera vegetado sin horizonte espiritual, el hermano lego de una casa de devoción, el retraído del mundo por ser noble y paria a un mismo tiempo, alma prensada en la prensa de una época convencional, de pronto se despierta en los espacios sin lindes de América y siente dilatarse en obras fecundas la oprimida virtud de su persona, pasar de ganga demótica a ente histórico loado por las generaciones futuras.


Definida la individualidad por la terrible oposición del medio ambiente americano combativo, ampliada la perso­na por el espacio grandioso en que aquella se encon­tró en América y con América en el mundo, otras deriva­ciones espirituales fueron llegando luego en graciosa teoría. En primer término la conciencia de capacidad y de responsabilidad inherentes a tal persona así definida y en­sanchada por el nuevo ambiente creó el tipo colonial, pun­donoroso y altivo, que quiere y busca gobernarse autonó­micamente, un poco narciso es verdad, un poco confiado en sus capacidades, y hasta dado al juego azaroso de la imprevisión y de la improvisación, cual tuvo que hacerlo ante el mar y la selva, el rio caudaloso y la empinada cum­bre o la pampa sin rutas ni posible abrigo. 


CAMINO A LA DEMOCRACIA


Vanidoso e im­previsor, pero también indomable, también heroico y re­signado al dolor de sus propias ambiciones. De ahí a la gestación oscura de una democracia no hay mucho tiempo: y así vemos que al surgir en la historia esta voz fue acogida en América con un alborozo desconcertante para el observador europeo. Tal palabra no hizo más que nom­brar un hecho espiritual americano. Calificaba una aspi­ración de las sociedades del Nuevo Continente, con él ha­bía estallado en el mundo, aunque conceptualmente ya se la conociese, porque bullía en la sangre de sus criaturas presto a convertirse en epopeya, en santidad y en crimen, mandamiento imperioso del instinto, vocacion irrecusable y sino de la estirpe. 


El que vivió a la intemperie en la cuenca del Misísipi, del Orinoco, del Amazonas o del Plata mal podía entender se le dominase desde una alcoba europea, y así vemos al colono «obedecer sin cumplir,» nombrar sus autoridades de emergencia, según sabiduría o heroísmo bien probados, contradecir muy pronto la altivez de la me­trópoli y de ella reclamar insistentemente igualdad de trato y representación política.


Igualdad y representación: he ahí la democracia que brota con la espontaneidad de la vida y después de sugerir algunos ensayos de insubordinación en cada una de las fu­turas nacionalidades del Nuevo Continente, de encandecer la imaginación de varios precursores de la independencia, arriba y abajo del Istmo de Panamá, estallar ejemplar y definitiva para la América del Norte en el siglo XVIII, martirizada y turbulenta, pero invencible también, para la América latina en el siglo XIX. En un momento dado Europa establece una reacción monárquica en coalición suprema de todas sus tradiciones; acá y allá la América ve entro­nizados cesarismos militares y despotismos vesánicos sin lograr torcer la vocación entrañable de sus pueblos, restableciendo todos a la primera oportunidad las normas repre­sentativas, proclamándolas algunos, como Colombia de 1826 a 1832, contra la admiración que rinde a sus héroes y contra el ambiente universal impropicio.


No es ya la democracia antigua de paridad ciudadana sólo para una minoría conquistadora, pero la integra, sin distingos de clase ni de estirpe. El negro esclavo ha padecido con su señor las inclemencias del trópico inhospitalario, las escaseces de una civilización incipiente, con él ha trabajado para enriquecerlo, con él ha sufrido en la derrota de sus ambiciones, a veces le ha salvado la vida o la honra en actos de silencioso heroísmo. El señor lo sabe, y en el seno del hogar le dispensa calor amigo, estimación de hombre, ternura de afecto también. Y por ello a la hora propicia lo levanta a la dignidad de ciudadano, le liberta de la ley encadenadora, y, lo que es más, le recibe en su cultura y en su sangre. 




Félix de Restrepo representa el tipo criollo de esta especie libertadora y dignificadora de hombres que construye la república sobre fundamentos de igualdad, creando en el espíritu de la raza sumisa enantes aquel mo­delo de elación, digno del epónimo Epicteto, que, según la anécdota conocida, hace decir al negro Ignacio, pregun­tado por don Joaquín Mosquera sobre lo que opinaba de la libertad que le había concedido: «Cuando fui su esclavo era libre, hoy ya libre soy su esclavo.»

Con ser buena no es tan grave de consecuencias la de­mocracia que en el mundo fomentó América y a sí misma se dio perdurablemente. Con mayor estima contemplo el sentido de universalidad que fundamenta su apreciación de lo humano, dondequiera que ello surja. Desconcierta a los sociólogos europeos nuestra «dispersión» ideológica que nos conduce a estudiar con igual interés la filosofía del oriente y del occidente, la literatura del norte y del sur. No saben ellos quizá que nosotros sentimos real y profunda­mente las lucubraciones y sentimientos más apartados del espíritu humano, sean de la India nebulosa o de Francia la geómetra, de Rusia mesiánica o de la pragmática Inglaterra. En el crisol de América se ha refundido el corazón del mun­do. Miremos este significativo episodio humano en mi tierra de Colombia : Somos Africa, América, Asia y Europa a la vez, sin grave turbación espiritual. Nos dio Asia su sentido recóndito de la vida en la sangre aborigen que pobló nues­tra cordillera oriental; nuestras costas del Atlántico y del Pacifico recogieron sangre africana, generosa y festiva; me­sura nos trajo y altivez el ario europeo; y a todas ellas transforma y une el paisaje de América.



Por lo que la sociedad y la historia me están diciendo constantemente, entiendo que el producto de español y abo­rigen colombiano, chibcha sobre todo, tiende a una cultura en profundidad: la introspección, la reserva, la larga rumia de sus propósitos, la cortesía, la parquedad del gesto, la vocación por las profesiones de mayor sutileza, jurispru­dencia, política, sacerdocio, artes manuales, su devoción a la tierra y a los partidos políticos más inclinados a la tra­dición, un no sé qué de restricción mental y de escepticis­mo que siempre vigila, y mucho estorba a veces, su pensa­miento, son caracteres de una raza que mira principalmente hacia dentro, de una raza que tiende a una cultura en pro­fundidad.


No así el mulato, tan efusivo, tan dadivoso de su pen­samiento, de su dinero, de sus pasiones; arrebatado por la danza, por la risa, por la sensualidad ; marinero y tribuno ; dilatado todo él en superficie como un mapa sentimental.


Es verdad que el clima frío de la altiplanicie predispo­ne al recogimiento; verdad es que el ardor del trópico co­munica a la sangie precoces apetitos y saca al hombre de su techo y de su yo; que el agro andino exige perseveran­te amor para rendir sus dones, y que el río y el mar invitan a peregrinar y a vivir efusivamente. Paréceme, sin embar­go, que estas influencias no crean la índole de aquellos grupos raciales, sino que a ellas se añaden para exaltarlas más aún.


La sangre europea nos comunica las normas de su cul­tura, dotándonos del sentido métrico que la distingue y de­termina a ser lo que es. En el estudio de su historia, plena de milagros de la voluntad y de la inteligencia, lo que me­jor resalta es su capacidad de medir, su facultad aritmética. No sería exagerado afirmar que ninguno de los supremos problemas que han inquietado su conciencia sutil está re­suelto. Empero, sí es verdad que ha medido casi todos los fenómenos, y que ha llevado esa mensura en las grandes magnitudes hasta circunvalar el universo, en las proporcio­nes ínfimas hasta determinar la longitud de onda de los ra­yos cósmicos, cien billonésima parte de un milímetro. 


Esta facultad métrica la capacita para imponer un ritmo acom­pasado a las exageraciones de los otros grupos raciales que integran nuestra población, a indicarles aquella parquedad de juicio y de emoción que en boca de uno de sus grandes iniciadores, el Estagirita, se llamó equilibrio racional del «justo medio», que en la conducta pondera los actos, y bien se resume en esotra socorrida palabra del emperador es­toico que invocaba la « ecuanimidad ».


A tales factores étnicos se asocia el paisaje americano. Poco me inquietan las teorías que tienden a disminuir la influencia de este medio ambiente. Tengo para mí que todo pueblo al llegar a tierra extraña lucha con ella un duelo a muerte. Se le ve enfrentarse a la fauna y a la flora con tal ímpetu destructor que en pocos años arrasa bosques, eli­mina especies animales, trastorna el curso de las aguas hasta dar a su nueva habitación un aspecto diferente, en ar­monía con sus hábitos, sus necesidades y sus gustos, es a saber, hasta hacer de su nueva morada algo semejante a sí. No de otra manera se explica uno el loco afán que se apodera del colono por destruir, a veces torpemente, el pai­saje nuevo a que ha llegado, arruinando en ocasiones ia fertilidad del suelo, minorando las fuentes, alejando espe­cies utilizables de uno y otro reino natural. Sobre lo des­truido trasplanta animales y vegetales que de luengos años han acompañado a su raza, la han alimentado, protegido o meramente satisfecho su sensibilidad estética. Es el caso del colono ibérico y del anglosajón ei tierras de América; lo fue asimismo para el romano de hace veinte siglos, para el árabe después etc.


Mas luego que el hombre ha asemejado la tierra a su sensibilidad peculiar, cuando el paisaje parece sumiso a sus normas, he aquí que influencias desconocidas de ese medio ambiente se irguen y modifican a su turno al nuevo hués­ped : del germano hace un francés, del inglés un yanqui, del español un latino-americano. La fisonomía ha cambiado, y diversas son también proporciones físicas y reacciones es­pirituales. Las fórmulas sociales, termómetro delicadísimo, nos lo dirán con una sorprendente precisión.


Es en ese instante, modificados ya raza y medio am­biente natural, cuando surge en la historia un pueblo joven, una joven nacionalidad, con un concepto nuevo de la vida y un nuevo mensaje sobre el mundo. Su ciencia, su arte, su filosofía aportarán algo inédito hasta entonces, una verdad, o un matiz desconocido en la interpretación de las nociones antaño adquiridas.


A este conjunto de circunstancias que crean un espí­ritu de universalidad en el Continente iberoamericano, hay que añadir la simiente de ello que ya traía de España, don­de, por haber sido un estuario de naciones durante treinta siglos, se había iniciado en el instinto popular. Y también enlazarlo con la tradición romana, por aquella amplitud de espíritu que le caracterizó hasta darle un sabor ecuménico a orientaciones fundamentales, como la religión, el arte, la moda etc.


Esta remota tradición hispano-romana nos fue trasmi­tida en parte por contagio directo, en mucho por el legado íntegro de sus lenguas.


En el gesto y en el habla hay no solamente un vehículo de expresión, sino, muy principalmente, un caudal de ideo­logía y de sentimiento inmensurables. La palabra y el ric­tus no visten la acción u operación espiritual, la suscitan, como germen de ella que son, semilla y no corteza, miste­rioso «gene» plasmador de razas.


A más de esto influye en el espíritu de universalidad que América está incubando un factor geográfico de sutil aprecio. Puede asírsele vagamente en el fenómeno de cautivación que poseen sus pampas y sus selvas. Quien haya vivido en «Los Llanos» orientales de Colombia queda apri­sionado por su grandeza y soledad, ya no más gustará de las ciudades, y le veremos de por vida sujeto a su hechi­zante llamamiento. Su individualidad se disolvió en lo in­menso, sintióse vagamente cósmico, irrestricto, sobrehu­mano, y esta intuición y sensación a la vez obrarán en su ánima como un ineludible canto de sirena, como un perdu­rable canto de sirena espacial.

Confirman y acentúan las anteriores cualidades del pueblo iberoamericano dos virtudes suyas de alcurnia espi­ritual muy noble: la simpatía y su congénere la hospita­lidad. La primera es notoria en el sentir y aplaudir los mé­ritos del extranjero, compadecerle en sus contrariedades, entenderle en su idealismo; la segunda va desde recibirle con efusión en sociedad y en familia, ayudarle en sus em­presas y acatarlo en sus obras, hasta imitarle muy frecuen­temente.

Puede ser que la imitación dependa en parte de un sen­timiento de flaqueza, de lo que los psicólogos post-freudianos llaman un «complejo de inferioridad,» mas yo en­tiendo que en la hospitalidad y en la simpatía se basa prin­cipalmente esta tendencia tan común en los pueblos ibero­americanos, porque muchas razas inferiores se niegan de modo invencible a imitar lo que es extraño a sus tradi­ciones; y porque dentro de mi sentir íntimo así lo aprecio más conforme con mi experiencia. En confirmación de esto vienen dos cualidades generales del iberoamericano, la amabilidad en el trato de sus relaciones sociales, que en ocasiones alcanza a un refinamiento chino, y la genero­sidad en los obsequios, el verdadero goce que experimenta en regalar a sus amigos, aun a costa de grandes sacrificios y dificultades.


Muy hermana de estas características de nuestro pue­blo, de su tendencia a la universalidad sobre todo, es la cu­riosidad mental que manifiesta en su juventud estudiosa. De todo quisiéramos saber, no técnica, sino informativa­mente, como cumple a una mera curiosidad, a un deseo de interpretar aprisa el mundo en que vivimos. Esto forma una clase numerosa de «diletantes», pero se equivocaría quien interpretase este hecho como un «snobismo» imper­tinente, porque allá muy en lo interior de la raza se enca­dena con una sana inquietud indagadora y una agudísima conciencia de la vida: Es tan peculiar del iberoamericano como del ruso la constante inquisición del porqué de las cosas, la preocupación del destino humano y de las «in­justicias de la suerte» aun en el campesino analfabeto.


Este dón de imitación no corresponde a la cualidad si­miesca de imitar el gesto, antes indica plasticidad encomiable, muy hermana de la adaptabilidad, que siempre se ha considerado como una de las características de la vida y de la inteligencia. La mucha ironía que se observa en las so­ciedades iberoamericanas, inclusive en campos y aldeas, privilegio peligroso de una conciencia vigilante inclinada a la negación, a la duda, al menos, y a la crítica mordaz, con­firma la clasificación de la imitación de estos pueblos entre las funciones activas, entre las virtudes, para decirlo eti­mológicamente, y no entre las cualidades de adjetivación y sumisión inertes.

¿Bastarían estas cualidades, la universalidad, la sim­patía, la plasticidad, la generosidad y el sentido estético, para crear un gran pueblo histórico, es decir, un pueblo que añada algo espiritual a la evolución del linaje humano?


Antes de afirmar tal cosa debemos estudiarle asimismo sus defectos para establecer una comparación equitativa.

En primer lugar pudiera colocarse la «fatigabilidad» o cansancio prematuro que se advierte en casi todas las ac­tividades de este grupo racial iberoamericano. Es incons­tante, es desordenado, marcha por impulsos de entusias­mo y depresión en un ritmo loco que minora la eficacia de sus empresas. Capaz de encumbrados heroísmos en el ejer­cicio de la inteligencia y de la voluntad, aprende en un mes lo que corresponde a un año, pero abandona fácilmente lo que entendió con tan desesperado esfuerzo; lucha en la guerra y en el agro de labor con impulso incontenible, más no revela la tenacidad que puede sacar a su victoria los frutos más sazonados y permanentes.


¿ De dónde emana esta fácil depresión ? Muchos in­culpan al clima americano, al tropical sobre todo. Mas ello se presenta en las zonas templadas como en la tórrida, en las cordilleras como en las llanuras ardientes, en el conti­nente y en las islas. ¿La raza tal vez traiga elementos de pereza atávica, de una dejadez fisiológica? Existe una pe­reza sensual en el descendiente de español, por lo que hace al elemento arábigo-andaluz; también se encuentra en la gente de origen africano y en ciertas ramas indígenas. Pero en el ibero hay trabajadores tenaces, como el basco, el cata­lán, el gallego; en los aborígenes hubo pueblos de mucha constancia en sus labores, como el maya y el quechua, de empresas audaces, como el caribe. Y sin embargo, el crio­llo rehuye la iniciativa y la tenacidad a la vez, casi general­mente. Las excepciones son dignas de estudio: para la gue­rra el venezolano, el paraguayo, el chileno, el mexicano, por ejemplo, han probado buenas dotes de iniciativa y de tenacidad. En el esfuerzo cotidiano de la paz podemos citar pueblos laboriosos tan distanciados en raza y geo­grafía como el antioqueño y el nariñense, por lo que hace a nuestra república; el chileno y el costarricense, a largas distancias continentales.


Tal vez un factor biológico de otra índole intervenga en la génesis de esta cualidad, el cruzamiento racial. Con él se producen perturbaciones del carácter, «distimias» graves, cuando los generadores son muy desemejantes, y es de observación frecuente entre nosotros la psicastenia (las psicastenias parten de un trastorno en el sentido de la realidad, una especie de debilidad que afecta a la capacidad para atender a las experiencias cambiantes, ajustarse a ellas y hacerse una idea válida de las mismas) y la ciclotimia leves.




 La ciclotimia (bipolar), sobre todo, pudiera explicar esas caídas del ánimo, esos colapsos de la voluntad que nos acometen en lo nacional y en lo individual, esos incen­dios repentinos y fugaces de acometividad y de fervor de que está llena la vida de nuestros pueblos. Como bien lo saben los médicos, por ciclotimia se entiende una consti­tución en que alternan la exaltación y la depresión, la ale­gría y la tristeza, el deseo de vivir y el «teadium vitae. »


Hay que reconocer alguna influencia a cada uno de estos factores, pero no quisiera yo asignarles excesiva importancia en la formación del carácter criollo. Dos son las causas que mantienen la pereza, y la incuria, su her­mana, en los pueblos iberoamericanos: lo que tengan de enfermedad, pues no puede remitirse a duda que las ende­mias tropicales, tan ligadas a una anemia profunda y a la deficiencia de las glándulas endócrinas, conducen a ello. Un poco tal vez la monotonía del ambiente contribuya a ese estado de lasitud en algunas regiones, pues se ha observa­do mayor vitalidad en los americanos que aprovechan por un buen lapso las alternativas de estación en Europa y América del Norte.

El otro elemento de producción de esta desidia es el hábito: la carencia de una disciplina adecuada y de lo que hoy llamamos en lenguaje deportivo un «entrenamiento» constituye fuente principal de nuestra dejadez y pereza de iniciativa. En el criollo de la colonia ello fue muy visible, y aun es notable en nuestras damas del «gran mundo.»


Así se explican los movimientos contradictorios que ofrece a consideración la historia de nuestras naciones, la guerra de independencia en primer término, epopeya de quince años, cuajada de dificultades en lo material y en lo espiritual, en que la raza derrochó un caudal prodigioso de energía, de constancia y de resistencia moral y física, cual muy pocos pueblos de la tierra han dado de sí. Ni puede opinarse que tal acontecimiento fuera esporádico y aislado en el alma de estas gentes, porque en tiempos posteriores también rindieron trabajos de mucha cuantía, nuestra guerra civil de 1900, digamos, o el esfuerzo prolongado y eficaz de la creación de la industria colombiana del café por ele­mentos de los más mimados y refinados de nuestra sociedad, antioqueña, cundinamarquesa, santandereana etc.

De ahí se desprende que si la pereza criolla está con­dicionada por elementos dominables, cuales son la flaca salud y la indisciplina, no debe aquella considerarse in­conveniente fundamental para la constitución de una raza histórica.

Veamos otro de los defectos que presenta nuestra po­blación, por si fuere más definitivo en contra de una mi­sión espiritual iberoamericana. Quiero hablar de la me­lancolía de su conversación, de su arte y de las inclinacio­nes filosóficas que ofrece a nuestro estudio. La influencia negativa de esta cualidad sobre la gestación de una sólida cultura no puede desconocerse, que es la melancolía no sólo un estado de ánimo quejoso, sino también una inferio­ridad de todas las funciones del organismo, afectivas, voli­tivas e intelectuales, por decirlo en el lenguaje trivial de la vieja psicología.

El comentario social que oímos cotidianamente está te­ñido de un pesimismo depresor de toda empresa, de toda esperanza, de toda sublimación de la voluntad. Nuestro arte se embriagó de romanticismo gemebundo por el acuer­do indudable que tal escuela literaria tiene con un estado de alma orgulloso y afligido cual era, y aun es, peculiar del criollo iberoamericano. Nuestra filosofía gusta del escepti­cismo francés, del pesimismo alemán, del fatalismo eslavo.


Rastreemos los orígenes de esta dolencia, por ver si nos ha de acompañar definitivamente y estorbarnos la crea­ción de un sano concepto de la vida.


Hay uno muy principal en la constitución de esta ano­malía, y es la depresión de ánimo que trae consigo toda in­satisfacción de una actividad, todo impulso ahogado coer­citivamente. Es la melancolía de la adolescencia, en que las ambiciones de amor, de prestigio, de libertad etc., no hallan cauce, y van, reprimidas, a formar sueños angustia­dos, proyectos sin órbita, misticismo, lirismo, y psicosis in­cipientes (esbozos de psicastenia, de megalomanía paranoide, de delirio de persecución). Y así digo, aunque pa­rezca estrafalario, que nada hay más comprimido y estre­cho que la vida del criollo en las aldeas y ciudades menores de nuestra América hispana, donde ni el amor, ni la ambi­ción, ni el trabajo siquiera, hallan satisfacción oportuna. Ahí la mente va conturbada por una sensación de vacío, de donde la pregunta constante que se oye en esos lugares: «¿Qué hago?» «¿Qué liaremos?», signo de una des­orientación personal angustiosa.

Porque no hay en tales sitios empleo satisfactorio para el joven que se inicia en la vida, ni manera de ins­truirse conforme a sus ambiciones, hasta el punto de que la lectura está restringida por la escasez de libros, por la selección arbitraria de ellos que ejercen las autoridades eclesiásticas. Y del amor no se diga, pues sólo tiene ali­ciente en interminables conversaciones.

Y así se crea una melancolía por vagancia de funciones, a que vienen a reforzar otras circunstancias, como es el caso de la religión, que entre nosotros se desvió del am­biente paráclito y redentorista, que el cristianismo primi­tivo y el anglosajón tuvieron, para propugnar un grave me­nosprecio de la vida humana, hija y madre del pecado; un cristianismo que se alimenta del Eclesiastés, de la amenaza del infierno y de un ascetismo lacerante del cuerpo y espi­ritualmente doloroso, a lo Pedro de Alcántara. En nombre de esta religión va el niño formándose en el concepto de que «Este es un valle de lágrimas,  de que «El justo peca siete veces,» de que «Más fácilmente pasa un camello por el ojo de una aguja,de que entrar al reino de Dios el que en esta tierra come y viste con algunas comodidades».


Por esta parte es un deprimido. Lo es igualmente en la escuela primaria y en el colegio, donde poco se cul­tivan los motivos de expansión espiritual y, hasta hace al­gún tiempo, ninguno de los deportes que desarrollan su anhelo de acción y su orgullo de ser, tan peculiares del niño y del adolescente.


Estudíese la queja que la música, la pintura y la lite­ratura iberoamericanas encierran y se descubrirá a primera vista un sollozo de soledad; ni la divinidad, ni el amor, ni la gloria le acompañan en sus aspiraciones; y su canto, cualquiera que sea el arte en que lo exprese, es el gemido de un errabundo en el vacío.

Una alimentación defectuosa, algunas deficiencias fun­cionales, como la flaqueza frecuente del hígado entre nos­otros, la carencia de deportes y un medio social eterna­mente pesimista, pudieran, pues, dar ocasión a un tempe­ramento hipocondríaco: ello es que los niños hispanoame­ricanos educados en Norte América son más optimistas y emprendedores, de mayor estatura también y voluntad me­jor organizada. Lo que indica que hemos formado un am­biente familiar, escolar, y social deprimente y contagioso que debemos y podemos corregir.

Me queda una grave duda, sin embargo, por lo que hace al medio físico geográfico: el neotrópico fue siempre ingrato a los mamíferos en general, al menos en la época geológica más reciente. Los congéneres americanos de los grandes mamíferos de Asia, Africa y Europa no pueden com­parárseles en vigor y en estatura. Basta recordar los carni­ceros y muy especialmente los simios superiores. El hom­bre mismo presenta inferioridad indiscutible: los conquis­tadores observaron la debilidad del aborigen americano, aun del caribe, tan guerrero y andarín. Desde entonces pu­do verse en él un ánimo melancólico que ha persistido, agravándose, en sus descendientes.


Al anotar la inquietante correlación entre la inferiori­dad de los placentarios neo-tropicales, la debilidad y me­lancolía del indio con la tristeza del hispanoamericano com­prendo el grave alcance de este «factor». Pero confío mucho en la enmienda que pueden aportar la educación, la higiene, los deportes y, eminentemente, la incesante corrección del contagio social y familiar en que incurrimos haciéndonos unos a otros un perenne ambiente de queja, y hasta un rictus hipocondríaco de mal gusto.


Porque es urgente ya que dominemos este «inferiority complex », esta abrumadora certidumbre de inferiordad en que vivimos, corrigiéndola racionalmente o, si fuere preciso, superándola en un acto de atrevida afirmación ra­cial, creando un mito redentor, si la bella realidad en que vivimos no bastare a salvarnos de tan dañoso criterio de melancolía, mentirosa y funesta.

Hay otras máculas, graves sin duda en cuanto dicen relación a la estética de la personalidad, pero que no com­prometen fundamentalmente la gestación de una cultura au­tónoma. Y asi se anota, con buenas razones, que estos grupos raciales iberoamericanos son poco adictos a una veracidad estricta, que deforman con frecuencia la realidad, aumentándola, disminuyéndola o desvirtuando su signifi­cación, a veces sin motivo.


La deformación de la realidad por énfasis es una ten­dencia andaluza, y en general mediterránea, que parece li­gada al deseo normal de retener la atención del auditorio, de hipertrofiar el interés del tema. Puede definirse como una resultante de la inclinación natural a enfocar nuestro yo por mera vanidad innocua. Colorida de gracia, es atrac­tiva a veces y hasta útil cuando aporta amenidad a ciertas horas de la vida, pero en haciéndose hábito permanente resta ponderación, dignidad y, en muchas ocasiones, equi­librio a las relaciones sociales. Es inconveniente y des­agradable vivir descontando las frases que oímos, esta­bleciendo un nuevo código de interpretaciones: «he ido mil veces», vale por «he ido tres o cuatro ocasiones»; «grande como una cordillera», significa «de algunos metros de altura »; «infinito placer», es sólo la vaga complacencia de encontrar a alguien conocido. Esto ha llevado a la prensa periódica a introducir términos desconcertantes, como «cataclísmico», «astronómico», «abracadabrante» et sic de caeteris.


Otra deformación de la verdad es causada por un ex­ceso de cortesía. Aunque parezca exagerado el decirlo, ocu­rre en algunos centros sociales de gran refinamiento, Bo­gotá, v. g., que es difícil distinguir la intención de quien nos habla y sus íntimos sentimientos por disimularlos com­pletamente bajo fórmulas amables: «Lo que usted hace siempre está bien hecho »; « Ha acertado usted como nunca»; « Me haría un favor con no marcharse aún. Amabilidad habitual graciosa que a veces desconcierta un poco a quie­nes no tienen un tacto aguzado para interpretarla en su sig­nificación estricta.


Algunos hábitos son ya francamente perturbadores de la organización del trabajo: El dar promesas sin intención de atender a ellas, en que la timidez, la amabilidad mal entendida y el poco respeto por la estimación ajena cau­san uno a la manera de descuento de la personalidad.

Por suspicacia unas veces, por escepticismo extre­mado la mayor parte de las ocasiones, se suele desviar la intención de los actos ajenos, dando lugar a torcidas sugestiones y a interpretaciones falsas que afligen el áni­mo de quien así tan injustamente las padece, y hasta crean una reacción rencorosa de la conducta hacia la inacción, y quién sabe si hasta la malevolencia.


También, como en todo el mundo, existen los mitómanos patológicos, aquellos que se dejan arrebatar por una fantasía exuberante y dan por realidades del mundo exterior las mismas creaciones de su mente. Inventores de noticias, conocedores de cuanto se les pregunta, vanidosos inocentes que quisieran hacer de su persona el centro del cosmos, causando muchos males sin conciencia clara del alcance de su discurso.


La mentira es considerada un signo de flaqueza de las razas y de los individuos, a la manera de los animales in­feriores que se disfrazan con el medio ambiente o en él se esconden para rehuir la lucha. No sabe uno en cuanto este juicio es la exacta representación de la realidad, pues dice la experiencia que pueblos de un vigoroso carácter, hasta de un temperamento reconocidamente audaz, son da­dos al engaño en sus palabras, al disimulo de sus intencio­nes, a la hipocresía en sus actos, y aun a la perfidia cuan­do el interés los fuerza a ello.


Cualquiera que sea la modalidad que el embuste asuma en las relaciones sociales, dos verdades se pueden hacer resaltar: es la primera, que desluce la persona, rompe la estética del espíritu ; y es la segunda, que ello nada tiene que ver con la organización de una cultura eminente.


El poco respeto a la propiedad ajena que puede observarse en algunas regiones iberoamericanas daría asi­dero para una seria disquisición sobre la historia de la mo­ral. Me reduzco a muy lacónicas insinuaciones. Este de­fecto de cultura está en relación con una etapa primitiva de las sociedades. Cuando el espíritu de sociabilidad crece, decrece a su turno la inseguridad de los bienes ajenos. Dí­galo el gitano, desligado de todo vínculo de sociedad per­durable. Digalo el judío del « ghetto » que va por el mundo quebrando fraudulentamente dos o tres veces en pequeñas urbes antes de «socializarse» en cualquier gran metrópoli dentro de las normas más exquisitas de la cultura de oc­cidente. El aborigen americano fue siempre adicto a la usur­pación de la propiedad ajena, mas cuando los incas lo aso­ciaron surgió en esta esfera de su conducta loable pulcritud. Obsérvase hoy mucha delicadeza moral entre los escandi­navos en esto de la propiedad privada. Diez mil bicicletas vense abandonadas constantemente en las calles de Copen­hague sin que se registre un robo. En los campos y aldeas de Dinamarca se vive en una confianza patriarcal que na­die turba. Y sin embargo son los descendientes de aquellos vikingos que en el siglo noveno robaban como una rata gris a los pobladores de las orillas del Sena y del Loira. El po­derío de Albión, hoy tan honorable, lo hicieron sus piratas de mar y tierra, sus piratas de Europa, Amehca, Asia, Africa y Oceanía. El romano, que nos legó las instituciones civiles y un concepto de erguida dignidad ciudadana, fue depredador asiduo de tres continentes.


Es que la buena conducta en achaques de propiedad pertenece a una función de las sociedades avanzadas en el comercio, en la industria fabril, en la agricultura intensa. Es la resultante de una necesidad de equilibrio, como la paz, como la cortesanía, como la beneficencia. Los pueblos no están aún a la altura de una civilización basada sobre las normas inefables de una « estética de la personalidad y las religiones mismas actúan apenas creando un remor­dimiento tardío.


Plebeya cosa es la improbidad, y signo de barbarie, estigma, digamos, de una alma que asi misma se valora en poco, mas no se opone a la gestación de una cultura, ni es dolama racial permanente. Por grave y difícil de analizar llego en última instancia al problema de nuestra falta de imaginación. Facultad se- ñora, fundamental en la génesis de toda cultura autóctona, madre de la religión, de la ciencia y del arte, riqueza que se añade al instinto para elevarnos a las encumbradas regiones espirituales, tesoro y maravilla del hombre, sin ella mal podríamos aspirar a ser grandes en la historia.

Y es una verdad ineludible el que carecemos de una rica imaginación aún: En cuatro siglos no hemos inspirado una religión, una filosofía, un drama universal, un poema épico, ni en pintura un cuadro de composición original, ni en música una interpretación eminente de lo humano. Hasta hoy vivimos de prestado en grandes proporciones. Esta es una acusación que frecuentemente nos hacen los intelec­tuales europeos cuando quieren zarandearnos un poco.


Es muy difícil establecer la existencia de imaginación creadora en un pueblo o la carencia definitiva de tal virtud. Sorprende el mucho tiempo que necesitaron los alemanes para engendrar su filosofía, su literatura, su música etc.; y hasta pudo decirse antes del siglo XVIII que su espíritu sería incapaz de ello, ya que tan raros hombres de imagi­nación, un Lutero, digamos, había producido en veinte cen­turias de contacto con la civilización mediterránea; y es un fenómeno de primera magnitud el vigor intelectual, ju­venil y creador que ese pueblo ofrece actualmente a nues­tro estudio. Más aún pudiera decirse de otras naciones. Fue el caso de la cartaginesa, que murió sin dar de sí la fórmula cultural de su espíritu, por lo que le negamos la potencia correspondiente: apenas sí el romanizado Terencio, apenas si el romano-númida Agustín nos atestiguan un caudal ignoto de posibilidades. No menos de mil años gas­taba entonces una raza para expresarse culturalmente, in­clusive la helena, genitora de prodigios.


Tal vez el fenómeno de aceleración que es visible en el desarrollo de los pueblos modernos acorte ese plazo para los de América. Estados Unidos comienzan a elaborar una cultura autóctona, de que su arquitectura, su literatura, sus ciencias etc., dan ejemplo que sólo algunos intelectuales europeos, cegados por un rencor infantil, quisieran desco­nocer. A ese pueblo se le negó en el siglo anterior toda capacidad de desenvolvimiento artístico, porque apenas por excepción producía un Poe o un Whitman. Hoy posee buen acopio de obras culturales y un impulso creador de estu­pendo porvenir.

¿Qué ocurre entonces?

Atrás queda dicho que cuando un pueblo o una raza ha impuesto a la tierra donde se asentó las modificaciones que tienden a adaptarla a su sensibilidad, a sus hábitos y a sus necesidades, y cuando las influencias específicas de ésta han obrado a su vez sobre la nueva población, se pre­senta en la historia, si otros factores de crecimiento a ello contribuyen, un espíritu joven apto para interpretar los con­flictos fundamentales de la especie en fórmulas más o me­nos inéditas. Antes de verificarse esta correlación dicha raza vivirá como un apéndice de la cultura original de que se nutriera.


Este ha sido el proceso de los pueblos iberoamerica­nos con relación a Europa. Ellos no han terminado aún de modificar el medio ambiente en que viven. Extensas selvas, cordilleras arriscadas, dilatados ríos permanecen intactos, aguardando, muy agresivos ciertamente, el choque de la ci­vilización.


A más de todo esto, las razas que pueblan nuestro terri­torio no se han cruzado suficientemente para definir un tem­peramento uniforme. Asi, pues, sería una exageración, una extravagancia, suponer que en tales condiciones produzcan obras de cierta madurez cultural. El sociólogo que tales exigencias formule no está calificado para interpretar la historia.


En tanto que un grupo étnico no haya armonizado su sensibilidad con el medio ambiente físico o no haya armo­nizado las tendencias disímiles de la herencia que diferen­tes sangres aportan a su personalidad de mestizo no podrá encauzar su afectividad hacia una creación perdurable: su proceso afectivo-ideativo se disgregará en conflictos ince­santes. Podrá aprehender imágenes, disociarlas analítica­mente, mas en el curso de las nuevas síntesis de la asocia­ción creadora un día predominará un elemento, una imagen enaltecida por afecto fugaz, y al siguiente día surgirá otra al impulso de contradictorio afecto. Será un caos que para­lizará la gestación propicia por el perenne choque de ten­dencias en pugna. Mucha de esta labor se disolverá en es­tados de angustia y en un sentimiento de inferioridad, con demostraciones consecuentes de irritación y de esceptisismo a la vez. De ahí se colige que si los estados de conflic­to externo, de raza, de cultura, v. g., fomentan la creación genial, los conflictos internos la desvían o cohíben.


A un período caótico de fusión racial y de esfuerzos casi desesperados de adaptación como los en que se en­cuentran estas jóvenes nacionalidades corresponde un pre­dominio de la emotividad, una mera inquietud de tanteo, una desorientación ideológica. Cuando el medio natural es­té adecuado y el temperamento de la población definido la raza sabrá entonces lo que desea, tenderá a ello con ímpe­tu de expresión, con voluntad de dominio. En la etapa en que hoy se encuentran estos pueblos, etapa de emotividad adolescente, sólo es posible el canto, la lírica, sobre to­do, y la germinación lenta de una mitología nacional. ¿ Y no es, acaso, lo que está sucediendo entre nosotros ? Pro­ducimos un alud de poesía. Casi no existe un intelectual iberoamericano que no se haya iniciado con un soneto al amor. En tal disciplina literaria hemos creado una cosecha de mérito universal, una labor que resiste comparaciones con lo similar de Europa. En sólo esta República, patria mía, Rafael Pombo, José Asunción Silva, Guillermo Valen­cia, entre una pléyade, pudieron escribir en el Viejo Conti­nente sin descender de su encumbrada alcurnia. Y hubo lí­ricos de secunda escala, esto es, ni siquiera continentales, un Alvarez Henao, vamos al decir, que crearon joyas de un valor fundamental en cualquier literatura.


Por lo que hace a la formación de una epopeya, el exa­men resulta más favorable aún. Grande fue, como pocas en el mundo, la gesta del heroísmo americano en su guerra de emancipación. Por sí, sin la exultación de los ho- méridas, sostendría puesto de cumbre en la historia de los hombres. Y esto es un valor espiritual. Mas es pre­ciso añadirle la fecunda gestación de mito, de épica palpi­tante que alrededor de esta hazaña de nuestros pueblos ha venido tejiendo la imaginación de sucesivas generaciones. Comienza en su primer cantor, Simón Bolívar, y muy cerca de él, como una diana de la victoria de Junín, irrumpe el ecuatoriano Olmedo, a quien secunda en Colombia Miguel Antonio Caro con su oda de sonoro bronce al bronce seve­ro de Tenerani, y otra media centuria después, en Venezue­la, Carlos Borges canta en prosa hialina el hogar del prócer. Con ellos, jalones de la inspiración, se enlazan en la vastedad del continente indolatino crónicas, cantos, exégesis, historia y biografías, que al depurarse y exaltarse en firme ascenso culminan ya en una epopeya de alcance uni­versal, saturada de grandiosas realidades y colorida por la magia de innumerables leyendas, signo y síntesis de la emoción de una raza naciente.


Es verdad que en otras ramas de la espiritualidad so­mos todavía pobres de imaginación. Apenas si esporádi­camente un cuadro, una estatua, un palacio, una hipótesis científica dejan adivinar recónditas posibilidades. No bas­tan para calificar el porvenir cultural de un pueblo. No nos autorizan para emitir un juicio anticipado sobre la orienta­ción que pueda él darse. Mas aquellas otras realizaciones y algunas que luégo se irán presentando a nuestro examen en el orden social y político, y hasta en el derecho de las naciones, prueban que en estos pueblos de la América lati­na hay simiente de buena índole para la formación de una cultura aborigen.


Cuando se cumplan los procesos que la condicionan, no será tampoco una prolongación de la europea. No ten­dremos a Kant o a Newton, ni repetiremos un Dante, un Shakespeare: muy otro será nuestro mundo ideal. El que hasta hoy sigamos las rutas culturales del Viejo Continente nos trae ineludiblemente mediocres, pues no damos, ni dar podemos, la totalidad de nuestro espíritu en moldes que se hicieron para otras emociones, para otras ambiciones, para otras intuiciones del mundo y de la vida, en otras zo­nas, en otros suelos, en muy otras edades. Cierta ocasión, de ello hará seis años, escuché de labios de un profesor emi­nente de la Universidad de París que todo el paisaje de la literatura latinoamericana estaba virtualmente contenido en Rousseau, Bernardin de Saint-Pierre y Chateaubriand. Al oirlo cerré los ojos, revisé los bosques y praderas de mi América india, recordé lo que en ellas sentí, lo que en ellas sintieron también los novelistas y poetas nativos, y adiviné entonces la imposibilidad de que un europeo interprete nuestra psique. La formación de esta mitología heroica nos enseña que un fermento adecuado a la inspiración puede despertar en los pueblos como en los individuos facultades dormidas largo tiempo.


Asimismo se puede deducir de este examen rápido de las cualidades y defectos del grupo racial iberoamericano que no está remoto el día en que aliente una cultura propia, probablemente más intuitiva, más generosa y poética, más universal tal vez, que la europea que hasta hoy le ha ser­vido de mentor espiritual. Estos pueblos no desconocen el valor de la técnica ario-europea, y entienden asimismo el mérito indiscutible del esfuerzo que Europa hace por desci­frar mediante su orientación métrica y el incesante y casi milagroso empeño de revisión crítica y de reconstrucción mental de todas las etapas de la civilización por que ha pa­sado el hombre en su eterna lucha de vivir y de interpretarse, de prolongarse en el tiempo y de sublimar su significación, pero se puede advertir desde ahora que no seguirá la misma ruta. Ni parece, tampoco, que repita el experimento reli­gioso de los pueblos orientales, pues no veo en parte al­guna del mundo iberoamericano una vocación mística de precisos lineamentos.


¿Nos dejaremos embriagar por una cultura en super­ficie, un poco mágica y sensual, una cultura negroide? Las cualidades de ironia, de escepticismo, de rápida compren­sión de los problemas, y la circunstancia de haber sido edu­cados en las normas matemáticas de la ciencia europea nos alejarán de ello.


Es muy difícil avanzar una opinión sobre la resultante de la fusión de tántos temperamentos como hoy conviven en la América latina. La vastedad del paisaje impone un sentimiento de dilución del ánima en el mundo y convida a una divagación panteísta, tan frecuente ya en la literatura de estas jóvenes nacionalidades. La mucha sensibilidad que tienen para el fenómeno enigmático, la preocupación auto­crítica del yo, el tinte melancólico de su espíritu, pudie­ran permitir el anuncio de una cultura de introspección, más de intuición que de análisis cuantitativo, más próxima tal vez a la función poética, conjunta, emocionada, fulgurante, que a la severa y «dicotomizadora» tecnología. Pero imaginar que tan dilatado y fecundo Continente no produzca algo original en la alta esfera del espíritu no es admisible dentro de la normalidad del mundo.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hoja de Vida Cesar Montaña #78

Educacion

Fenomelogía del Espiritu, Hegel. prologo, [II. EL DESARROLLO DE LA CONCIENCIA HACIA LA CIENCIA]