De como se ha formado la nacion Colombiana, capitulo tercero, publicado en 1938

  

CAPÍTULO TERCERO: DE LA COMPOSICIÓN E ÍNDOLE DE LOS GRUPOS RACIALES QUE PUEBLAN A COLOMBIA

 

 "El primer grupo que vamos a estudiar es el hispano- chibcha, habitante de la altiplanicie andina de los actuales departamentos de Boyacá y Cundinamarca, los cuales poseen en su conjunto una extensión de 92,300 kilóme­tros cuadrados de superficie, una población de 2.100,000 habitantes más o menos, repartidos en 237 municipios, de los cuales 51 mayores de 10,000 almas, con la ciudad capi­tal de la República, que probablemente alcanza hoy a 300,000."


LA POBLACIÓN COLOMBIANA es de unos nueve millones, que pertenecen a la raza española, a la aborigen y a la afri­cana, con sus términos de transición por lo avanzado de la mezcla en que se hallan hoy día. En términos vagos puede trazarse una línea que de Ríohacha, en la costa del Atlánti­co, cruce el territorio nacional hasta Ipiales, en la frontera con el Ecuador, y considerar la zona oriental como mestiza, y mulata la occidental, apenas si ondulando un poco y haciendo notables excepciones para aquellos sitios, como el centro de Bolívar, en donde conviven las tres razas.


La proporción de estas blendas raciales es muy varia­da, porque existen regiones en que la sangre aborigen pre­domina, como en ciertos municipios boyacenses; en que la sangre negra es casi pura, como el Chocó; y grandes zonas en Santander, oriente y sudeste de Antioquia, Caldas etc., donde la blanca prevalece. Puede calcularse «grosso modo» que el elemento africano entró en un quince por ciento al occidente de la República, y en un cinco para el oriente; y que los aborígenes, muy números al comienzo de la colo­nia, han mermado su aportación de sangre hasta no ser ahora superior a un treinta por ciento definitivo.



Total habitantes: 9.000.000

negros: 1.350.000

nativos: 3.000.000, en su mayoria en la region de Santander, Boyaca, valle y nariño. 

zambos,  mulatos, mestizos y blancos = 4.650.000





la region con mayor poblacion es Caldas, y Atlantico, le siguen boyaca, cundinamarca y antioquia. despues, valle, natiño y bolivar. 

Atlantico: 77.1 de densidad. 268.409 habitantes.
Caldas: 57.6 de densidad, 769.968 habitantes.
Cundinamarca: 49.7 de densidad, 1.174.607 habitantes. 

total: 61. de densidad y 2.221.984 habitantes. 


En las 14 capitales de departamentos para 1938 hay 1.261.208 habitantes. las mas pobladas, bogota ( 333.312), Barranquilla con 152.348, medellin con 168.266,  cartagena con 84.937  y manizales con 86.027 habitantes. en total 824.890 habitantes. 

cada municipio tuvo alrededor de 10.000 habitantes cada uno. el 80% rural y 20 % urbano aproximadamente. boyaca con un 93% de nativos en proceso de identificarse como campesinos. 
con un alfabetismo de 32 %, solo el 10% de los edificios tienen todos los servicios. del total de edificios el 60% ocupados por sus dueños y el 30% por inquilinos. 



Este dato del diez por ciento de sangre africana es el mismo que se calcula desde comienzos del siglo XIX, tal como lo enunció la Enciclopedia Británica. Se puede dedu­cir de otras fuentes de vaga indicación demográfica: así, por ejemplo, Antioquia al tiempo de la independencia anun­ciaba al gobierno nacional no poder reclutar más de mil esclavos en ese país, lo que supone una población negra de unas diez mil almas; y como la total ahí era entonces de cien mil, se tiene el resultado arriba indicado sumando los mulatos y libertos. Igual cálculo se desprende de los censos verificados por aquella época. En los litorales marítimos, sin embargo, y en la cuenca de los grandes ríos, Cauca y Magdalena inferiores, todo el Atrato y todo el San Juan, el Telembí etc., la raza se ha conservado en una mezcla invertida, apenas de un cinco a un diez por ciento de blan­ca, así como en algunos pequeños municipios de los depar­tamentos de Antioquia, Bolívar, Magdalena, Valle etc.

Total habitantes: 9.000.000 proyeccion para 1938 segun censo de 1935.

negros puro: 1.350.000, (en el pacifico colombiano, Cauca y Magdalena inferiores, todo el Atrato y todo el San Juan, el Telembí etc.,

Nativos puros: 3.000.000, en su mayoria en la region de Santander, Boyaca, valle y nariño. 

Blancos 800.000 (en Antioquia, Bolívar, Magdalena, Valle etc ),

El mulatos y zambos: 1.800.000 predominante en la costa atlantica. 

El mestizo 2.400.000 predominante en Cundinamarca donde los indigenas nativos  Chibchas eran 600.000 y cedieron su raza antes los Blancos. "ya que el solo reino chibcha se pudo calcular discretamente en unos seiscientos mil, es necesario reconocer una desaparición gradual de estos pueblos durante la colonia, pues siendo moderada la inmigración ibérica (Bogotá tendría a comienzos del siglo XIX unos veinte mil habitantes y todo Cundinamarca unos doscientos mil, muy mezclados ya), los rasgos fisonómicos, un poco la estatura también, van girando hacia el tipo criollo iberoamericano".

en el año 20222: la población indígena se localiza en 827 resguardos de propiedad colectiva legalmente constituidos hasta 2022 con una extensión de 29.917.516 hectáreas[1], De acuerdo al censo nacional de 2018, las poblaciones étnicas equivalen al 13,6 % de la población total del país (48.258.494 personas), y están representadas por 1.905.617 que se autoreconocen como indígenas de pueblos originarios diferentes, y 4.671.160 afrodescendientes, raizales, palenqueros y rrom. Aproximadamente, el 58,3 % de la población indígena se localiza en 827 resguardos de propiedad colectiva legalmente constituidos hasta 2022 con una extensión de 29.917.516 hectáreas[1], mientras que el 41,7 % restante de la población ha migrado a centros urbanos durante las últimas décadas. Por su parte, el 7,3 % de personas que se consideran afrodescencientes y hacen parte de estructuras comunitarias rurales, habita en 178 territorios colectivos de su propiedad, organizados en torno a Consejos Comunitarios.

Se puede, pues, anunciar que si cesa la inmigración, más o menos clandestina, de los afro-antillanos, ocurrirá entre nosotros una absorción lenta de la población de color por la blanca, -el mulato- con el resultado de un tipo ligeramente tri­gueño, un poco a la manera árabe, de buen porte y bellos ojos, temperamento festivo, simpatía y generosidad, como es notorio en los octavones y tipos de transición.

El crecimiento de esta población negra pudo ser sor­prendente y aun desviar el índice racial del occidente colombiano, dada la fecundidad propia de ella, pero las condiciones nosológicas de las regiones en que se radicó principalmente, hoyas de los grandes ríos, son tan graves que no pudo prosperar. Ahí vegeta afligida por el paludis­mo, la anemia tropical, el pian, la sífilis, la tuberculosis y algunos hongos, como el carate: conjunto de endemias que produce una alta mortalidad infantil y desde muy temprano inhabilita para el trabajo a gran número de sobrevivientes.

El mestizo, a su turno, parece ceder el predominio a la sangre blanca en la parte física. Si como indican cronistas y aceptan varios historiadores, este oriente colombiano tenía más de un millón de indígenas, ya que el solo reino chibcha se pudo calcular discretamente en unos seiscientos mil, es necesario reconocer una desaparición gradual de estos pueblos durante la colonia, pues siendo moderada la inmigración ibérica (Bogotá tendría a comienzos del siglo XIX unos veinte mil habitantes y todo Cundinamarca unos doscientos mil, muy mezclados ya), los rasgos fisonómicos, un poco la estatura también, van girando hacia el tipo criollo iberoamericano.

Este apocamiento de los aborígenes se verificó por miseria fisiológica, de una parte, escasa alimentación, con sustitutos de pobre valor nutritivo, como la chicha y el guarapo, bebidas fermentadas que probablemente alteran el hígado, pues se observa en ellos un prematuro color cetrino con manchas peculiares de la insuficiencia hepática, a más de gran frecuencia de reumatismos de origen gastro­intestinal y carencia de vitaminas. La ventajosa posición social, pecuniaria y estética de los iberos y su tendencia a la unión con las razas inferiores, fue motivo de una «mestización» rápida que no ha cesado todavía. La reducción a una vida de trabajo exagerado y penoso, y quizá también una depresión espiritual de vencimiento, una verdadera desgana de vivir, contribuyeron a este fenómeno, pues el suicidio individual y en masa no fue exótico en los prime­ros tiempos de la conquista y colonización; y aun sin sui­cidio ello causa una minoración de resistencia orgánica, una claudicación del impulso vegetativo. Afortunadamente el progreso de la República corrige hoy día esa decrepitud y eleva con notoria rapidez el nivel biológico y cultural de este elemento aborigen.

Los datos demográficos de este país son todavía defec­tuosos. El departamento de Antioquia se ha esmerado mucho en llegar a una mayor precisión en estas labores, y lo tomo por modelo: en él la natalidad es de 40 por 1,000, la mortalidad de 16, el coeficiente vegetativo de 27, la nup­cialidad de 5, analfabetos mayores de diez años alcanzan a un 30 por 100. En todo el territorio nacional hay que corregir estas cifras desfavorablemente, pues considero la mortalidad general al rededor del 20, el analfabetismo cerca de un 50 por 100, y la ilegitimad, que en Antioquia es de un 12 por 100, puede calcularse para toda la República en un 28; la delincuencia que ha sido en Antioquia de un 2 por 10,000 habitantes no me atrevo a calcularla para todo el territorio por deficiencia de los datos generales.

¿Cuál es el carácter del pueblo colombiano? Se me parece en líneas generales al que predomina en toda la América española, tal como lo indiqué en párrafos anterio­res. Mas pudieran establecerse diferencias regionales para ciertas características, por lo cual es mejor recorrer el país en uno a la manera de viaje ideal.

HISPANO-CHIBCHA

El primer grupo que vamos a estudiar es el hispano- chibcha, habitante de la altiplanicie andina de los actuales departamentos de Boyacá y Cundinamarca, los cuales poseen en su conjunto una extensión de 92,300 kilóme­tros cuadrados de superficie, una población de 2.100,000 habitantes más o menos, repartidos en 237 municipios, de los cuales 51 mayores de 10,000 almas, con la ciudad capi­tal de la República, que probablemente alcanza hoy a 300,000.

La primera observación interesante que se presenta al investigador es la mucha influencia que pequeñas cantida­des de sangre aborigen y africana retienen en las mezclas de nuestra población. Así es notorio en el antiguo imperio chibcha. Toda la meseta andina que va desde Ubaque a Zipacón, transversalmente, y de Fusagasugá, en Cundinamarca, a Soatá, en los límites de Santander, se revela muy uniforme en su conducta y temperamento. Sobre la base nacional de lo ibero, sobre todo andaluz, se trama aqui la psicología del aborigen andino.

Es muy pertinente anotar que en el transcurso de un siglo el nivel de cultura indígena de esta región se ha ele­vado mucho. A principios del siglo XIX el «proletariado» bogotano, y no se diga menos del pueblerino y rural de toda la camarca, era sucio, vicioso, ignorante, lerdo y poco escrupuloso moralmente. Usaba un castellano deteriorado, lleno de regionalismos indianos, con pésima conjugación y abuso de términos rastreros que daban grima. Existía enemistad de castas muy pronunciada, pues a ciertos barrios (indigenas con transicion a mestizos que sintieron su cultura atropellada por el conquistador y el colonialismo español, y que gracias a la independencia en 1842 fueron abandonando su arraigo indigena para preferir ser mestizo del siglo XX cambio ocurrido en cundinamarca inicialmente, LLENO DE REGIONALISMOS INDIANOS) no podía acercarse la gente culta sin riesgo, sobre todo en las horas de la noche. Hoy ha desaparecido este odio total­mente, y sido reemplazado por un sano sentimiento de democracia igualitaria, sobre la base del respeto reciproco. El habla popular se corrige ampliamente, aunque todavía dista mucho de la casticidad que enseñaron y practicaron nuestros puristas de la generación del 70. El pueblo se va contagiando del gusto por la limpieza de cuerpo y de ves­tido que es peculiar del hombre moderno. Y aunque la vir­tud no se enseña didácticamente, el contacto de una cultura superior ha levantado el concepto de la personalidad, haciéndole reconocer en la ética un escalón más alto de dignidad y de utilidad. La higiene alimenticia, la escuela, el estímulo social y un nivel económico superior despeja­ron mucho también, las facultades intelectuales, deprimi­das y obscurecidas antes.

En un ensayo sociológico entra por mucho el estudio de las minorías sociales que se denominan clases superio­res o aristocracia. Estas son entre nosotros muy semejantes a las refinadas de la América latina, la limeña, digamos. Sostienen, en sus mejores elementos, ciertas familias de exi­mia tradición moral, la noble estética del espíritu, la discreta distinción en el hablar y en el vestir, el encauzamiento de emociones, pasiones y sentimientos dentro de las normas universales del buen gusto; lo que pudiéramos resumir en cuatro virtudes: pulcritud moral, discreción, gentileza y filantropía. Al lado de esta capa de noble alcurnia existe el grupo social de tendencia cosmopolita, enlabiadora simpa­tía, mayor modernidad y mejores conocimientos, que intro­duce modas, deportes y un poco de «alegría» también, como es normal ocurrencia en todas las capitales del mundo.

BURQUESIA MENOR (INDUSTRIAS Y PROFESIONES LIBERALES, POLITICA, RELIGION, CIENCIA Y LOS RICOS)

Viene luégo la burguesía menor que llega a los límites del artesanato, y es un extenso grupo del que salen la mayor parte de los elementos para las industrias y profesiones li­berales, foco, además, de la capilaridad normal de las clases extremas. Y tenemos, por último, la masa popular, com­puesta del asalariado, de los oficios inferiores y de los des­validos.

En pueblos y pequeñas ciudades existe igualmente esta distribución, pero embrionaria y como de caricatura. En ta­les agrupaciones se definen cuatro entidades de estupenda función directiva: el cura, el alcalde, el médico y el gamo­nal o ricacho, que representan a su turno la religión, el go­bierno, la ciencia y la Industria. En donde no existe médico el maestro de escuela representa ese valor científico indis­pensable, aunque con menos independencia y preparación. Estas cuatro autoridades son la potencia benéfica o maléfica del respectivo vecindario, y de su fuerza casi incontrastable pudiera hacerse el motor más eficiente del progreso espiri­tual y material de la República.

CAMPESINOS

La clase campesina colombiana no puede definirse unívocamente. Entre el labriego propietario de pequeños fun­Dos en Antioquia, Caldas, Santander, por ejemplo, y el co­lono o el arrendatario de Boyacá, Nariño etc., no hay aproxi­mación psicológica posible. La función económica de tales grupos los diferencia fundamentalmente en carácter, en con­ducta, en aspiraciones, en eficacia personal, familiar y cí­vica. También las diferencias étnicas a ello contribuyen. El campesino de origen chibcha es más subordinado que el descendiente de panche o de calima; el mulato del Valle 110 puede estudiarse bajo el mismo rótulo que el concertado pastuso. Las condiciones geográficas imprimen igualmente diferencias muy apreciables: el mulato de la Costa debe entenderse por separado del antioqueño. Todo lo cual jus­tifica una investigación de la sociología colombiana por re­giones más o menos restringidas. Dentro de nuestra nacio­nalidad se impone el mismo problema de distinción y se­paración que entre los pueblos iberoamericanos, cuyo tem­peramento ofrece discrepancias de notoria magnitud: el alma trágica de México no puede apreciarse como similar de la colombiana, tan lírica de suyo, a pesar de muchos «factores» que las unen; la psicología de raza vieja que tienen los pue­blos de ascendencia incaica no puede compararse con la ju­venil de los pueblos antillanos ni con la de los costeños de Venezuela y de Colombia ni, menos aún, con la europeizante de la cuenca ríoplatense.

No pudiendo determinarse un tipo genérico colombia­no ni en la parte física, ni en la moral, ni en la intelectual, pues que apenas sí rasgos de poca influencia para una cla­sificación, como ciertas virtudes de vivacidad mental, más de talento quede sólida inteligencia aún, de afabilidad efusiva, de curiosidad superficial o de mera información, de plasticidad en el adaptarse a las normas de la cultura, de organización cívica que respeta la autoridad y atiende al orden, de estimación de la personalidad que le hace prote­ger la libertad democrática de emitir ampliamente sus opi­niones, contentándose a veces con sólo emitirlas aunque no se remedie su queja y no se lleve a feliz cauce su entusias­mo, de un delicado romanticismo que le lleva a adherir a todas las causas que entrañan a sus ojos sólida justicia y aún asumir internacionalmente actitudes de exaltado idea­lismo, nada de esto, puede repetirse, constituye una base de definición de temperamento, ya que mucho de ello esta­ría sujeto a cambios por el contacto rudo de la realidad y por la acción de una educación diferente. Queda, eso sí, un fondo de gentileza, una vocación por las normas de la es­piritualidad, y una tendencia hacia el mejoramiento, que lo califican noblemente. Si se me pidiese un resumen de las cualidades más salientes del colombiano, diría que es idea­lista con marcada inclinación al lirismo, universalista con amor al progreso, pacifista con tendencia al orden, hospita­lario por simpatía y vocación democrática.

La población de esta zona de ascendencia chibcha se distingue por la mediana estatura, muy pequeña a veces en los tipos populares, aunque resistente al trabajo por adaptación al medio de la altiplanicie, su color amarillento o cobrizo en quienes predomina la sangre aborigen, a veces un poco manchados en pómulos y frente, y boca en algu­nos muy arqueada al modo de los peces, ojo oblicuo de po­ca expresión, salientes los malares, negro y lacio el cabe­llo y de temperamento reservado, complejo y taciturno. 

Mejor estatura en los que tienen mayor ascendencia espa­ñola, blanco y sonrosado el color, cabello castaño oscuro, como los ojos, y éstos bondadosos y vivaces. En ambos grupos es bella la dentadura, pequeños manos y pies. La «mestización» torna ovalado y suave el rostro indígena, agracia y aviva los ojos, pule la «silueta» y ennoblece notablemente el conjunto. Hace algunos años era frecuente hallar en las calles bogotanas, y más aún en poblaciones de la provincia, gentes del pueblo tan pequeñas que no pa­saban de un metro con cincuenta centímetros de estatura, las cuales vistas por detrás parecían niños aún. Así lo de­terminaban la herencia aborigen chibcha, quizá apoyada en alguna deficiencia hipófiso-tiroidiana y una alimentación centenaria, si no milenariamente defectuosa, fundada sobre todo en el maíz que toman molido en sopa que llaman «ma­zamorra», o cocido entero en otra que dicen «mute», diluido y fermentado con panela para la bebida alcohólica denomi­nada chicha, frito en forma de «tote», a la manera de tortas en los «bollos de mazorca», en sopas de «indios» o de «arepa» con poca carne, si alguna, y pocas frutas también, dejando asi escaso y monótono su régimen alimenticio. A éste se añaden papas, trigo, cebada, arroz, habas, hortali­zas, frutas, en fin, pescados y carnes, según se vaya ascen­diendo en la escala económica, hasta llegar a la burguesía que tiene un régimen alimenticio abundante, variado y aun lujoso a veces.

Es fuerza entrar en estos detalles al estudiar la vida de un pueblo, porque las investigaciones de fisiología y de psicología que últimamente hemos realizado en este país nos han conducido a la firme opinión de que cierta debili­dad de entendimiento, de desarrollo físico y de carácter en el proletario de la altiplanicie oriental estriban en la defi­ciente alimentación y en algunas enfermedades de preven­ción y corrección fáciles, como las amigdalitis, adenoides, caries dentales y perturbaciones digestivas, que combina­das con la defectuosa habitación familiar no sólo conducen a un mediocre rendimiento en la escuela, sino a la tubercu­losis y al delito. Los coeficientes de eficacia escolar y de desarrollo físico en las clases acomodadas, como lo he ob­servado personalmente y lo han estudiado a su vez los pro­fesores del Gimnasio Moderno y otros investigadores, son comparables con los mejores de Europa y Estados Unidos, y a veces demostrativos de una mayor precocidad intelec­tual y pasional.

Lo más notorio en estas gentes es su exquisita socia­bilidad, afabilidad y cortesanía, que siempren encuentran la frase oportuna y gentil para el que los visita, la hospita­lidad para el extranjero, la caridad para el indigente, la generosidad para el amigo: virtudes que a veces se defor­man hacia la hipocresía o el chisme social, muy natural­mente, pues éste último está ligado por algún cariz con la ambición de ser amenos, cuando no se tiene exquisita sen­sibilidad para la distinción oportuna.

Son espirituales, talentosos y plásticos. Se han mos­trado sólidamente inteligentes en sus grandes representati­vos, con ser tan defectuosos los recursos culturales del medio ambiente, y entre sus hombres superiores figuran muchos mestizos de sangre indígena, indicándonos con ello esta evolución que el resultado de la mezcla no es un promedio sino una verdades exaltación del elemento abo­rigen en la tercera o cuarta generación. El conjunto, sin embargo, no ha disciplinado o no ha equilibrado aún sus facultades: de ahí su curiosidad mental de información más que de organización de conocimientos, pues el estudio profundo los fatiga pronto, tal vez por carencia de un inte­rés vital, porque sus problemas personales y familiares suelen meditarlos largamente, sobre todo si en ellos preva­lece el elemento aborigen. Por la plasticidad son adapta­bles; por la plasticidad y el talento son sutiles, cambian de opinión y están sujetos a entusiasmos fugaces. En el extremo vicioso de estas cualidades van hasta el disimulo y el mimetismo del pensamiento ajeno.

La sutileza y la fácil fatiga los conduce a la ironía en el decir, al escepticismo en el pensar y en ocasiones a cier­ta falta de generosidad en la calificación de méritos extra­ños. Con estas cualidades y con el prurito de no aparecer inferiores se enlaza el chiste, cuya causalidad es intrinca­da, pues unas veces es producido por la sana intención de agradar, otras es un efugio de la mente que se escapa por ahí para evitarse el esfuerzo de entender algo difícil, otras proviene de una a la manera de cataisis de la inteligencia que busca el alivio de una situación tirante, ora es malevo­lencia en herir mejor graciosamente, fuga, en fin, y escon­dite vanidoso de la propia personalidad en apuradas con­diciones.

Correspondiendo a las inclinaciones arriba enunciadas aparece frecuentemente el escepticismo de lo humano, es decir, la emisión de dudas y restricciones mentales en el juicio de los méritos ajenos, algo que en personas de flaca educación conduce a lanzar opiniones sin fundamento y dar pábulo a la murmuración peyorativa. Porque no toda mur­muración es perjudicial: en esta materia la sociedad emplea un subterfugio para aquilatar criterio en la difícil tarea suya de conocer a sus miembros y justipreciar su valor.

Tal vez no fuera exagerado enlazar algunas cualidades en encadenamientos más sutiles: digamos que el ritmo taci­turno, la pereza mental y la cortesía por algún aspecto psi­cológico se hermanan. Desde luego la melancolía y la «bradifrenia» (o lentitud del pensamiento) van ligadas y en estrecha relación con la fácil fatiga mental; con la pereza se relaciona curiosamente la cortesía, por transposición de sentimiento del que habla al interlocutor («No se moleste usted»; «hágame el favor de sentarse» etc.), como ocurre en intoxicaciones en que ambas resultantes aparecen, en la de hachís (o beleño), v. gr., y en la psicología normal de algunos pueblos orientales.

Este exceso de cortesía les lleva a prometer sin medi­tar mucho en el cumplimiento de la palabra, de donde el descuento que siempre hay que verificar en citas, plazos y ofertas, como ya lo indiqué en la introducción de este estu­dio. No poco entra en dicho defecto también, a más de la amabilidad, la pereza que pospone el hacer lo que hoy pudiera terminarse, o ambas juntas al rehuir una explica­ción prolija (acepto, por no discutir).

Quizá el fondo taciturno de la raza (en que lo indígena prevalece sobre lo andaluz) se revela en el vestir de oscu­ro, en el hablar con suave entonación y ritmo lento, casi siempre en circunloquio, en asordinar la risa y el llanto, en reprimir la expresión de las emociones, en cultivar sus pasiones calladamente. Basta ver los enamorados de la plebe humilde retenerse de las manos largas horas sin efu­sión, sin ritmo, de vez en cuando sonriendo al impulso len­to y leve de la recóndita emoción, cual si viviesen en el ambiente desolado de un paisaje lunar.

Poco imaginativos en arte. Más especulativos que creadores en ciencias, tienden a las profesiones conserva­doras: agricultura, política, jurisprudencia, sacerdocio, burocracia. Pero como todos los colombianos buscan orga­nizar sus opiniones en buen orden y bajo la clave de la autoridad legítima.

Excelentes camaradas, buenos miembros de familia, ciudadanos bien encauzados en su democracia, cultos en su expresión y deseosos de mejorar siempre, rinden un balan­ce favorable a la desinteresada interpretación de su perso­nalidad, aunque sea tan severa como la que acabo de inten­tar hacerles.

Este cuadro tiene aspectos excepcionales por ambos extremos. En las capas inferiores de predominio aborigen, tanto en ciudades como en regiones campesinas, se observa todavía la moral relajada de un pueblo ignorante y depri­mido durante los siglos de la colonia, y tal vez no prepa­rado nunca antes para las reacciones de una ética espiritual. Los cronistas hablan de códigos tradicionales de conducta elevada entre los chibchas que ya iban camino de una con­ciencia de nación y habían alcanzado la etapa eminente de poseer caciques de visión administrativa y apóstoles de encumbrada misión, cuasi cristiana en sus lincamientos generales. Mas ello es que el alma primitiva de estas gen­tes no había interiorizado, hecho espontáneas, esas reaccio­nes de una doctrina superior, y con el relajamiento de la miseria más a menos vino aún la conducta. De ahí que sea notorio todavía un comportamiento indeseable, tal el poco respeto por la propiedad ajena, la crueldad fría, casi torpe, de sus castigos y venganzas, la incuria en sus relaciones sexuales, que va hasta el incesto, la mentira y falsedad en todas sus formas, la embriaguez que buscan para alejarse de la realidad y como única expansión de ánimo o lenitivo a su alcance. También la carencia de aseo personal, porque es actualmente notoria y quizá lo fue siempre, a pesar de respetables opiniones en contra, pues ya desde 1573 el Arzobispo Luis Zapata de Cárdenas Ies ordenaba limpieza de cuerpo y de vestido. Empero, es justo reconocer que la cultura ambiente va desterrando tamaña decrepitud moral, y que tal miseria de espíritu se reduce poco a poco en cír­culos concéntricos, agobiada por el desprecio social y el buen ejemplo de una educación más difundida.


De otro lado, como muestra de lo que la raza puede obtener en una organización armónica de su potencia, es oportuno hacer presente el altísimo nivel que han alcanzado en la historia patria algunos varones suyos: Lucas Fer­nández de Piedrahita, el primer historiógrafo nacional y varón de virtudes eminentes; Gregorio Vásquez Ceballos, pintor que con un esfuerzo aislado y tenacidad genial inicia la nómina de nuestros grandes artistas; el Arzobispo Arias de Ugarte, Rodríguez Freile, el ameno costumbrista de la colonia; la célebre monja del Castillo, primera escritora nacional; Antonio Nariño, de los grandes precursores de la independencia hispanoamericana; Antonio Ricaurte y Poli- carpa Salavarrieta, héroes de la guerra de emancipación; doña Manuela Santamaría de Manrique, naturalista y ani­madora intelectual; Mariano Ospina Rodríguez, educador eminente, consejero social, de catoniana conducta; José Ignacio de Márquez, legislador y gobernante probo; Pedro Fernández Madrid, diplomático muy culto; José Manuel Groot, acucioso investigador de la historia patria; Rufino j. Cuervo, mente lúcida para el entendimiento de la civi­lización, comentador justiciero de la historia nacional, portentoso asimilador de la intrincada índole de las len­guas en sus funciones lógica y semántica, y en la esté­tica del estilo, que en su prosa adquirió helénica sen­cillez; Miguel Antonio Caro, orgullo de la estirpe tam­bién, filólogo y humanista eximio, eminente traductor y ^ran ciudadano; Ezequiel Uricoechea, lingüista afamado; José Jerónimo Triana, sabio naturalista; Juan de Dios Ca­rrasquilla y Liborio Zerda, notables investigadores cientí­ficos; Rafael Pombo, insuperado poeta entre nosotros, de renombre continental; José Manuel Marroquín, literato de vasta ilustración y peregrina originalidad; José Joaquín Ortiz, educador y poeta de dilatado alcance; Ezequiel Ro­jas, educador; José María Vergara y Vergara, historiador diligente y animador intelectual; José Caicedo Rojas, his­toriador y literato; Joaquín Posada Gutiérrez, cronista ex­celente; Joaquín Acosta, investigador erudito; Manuel An- cizar, comentador ejemplar de nuestro medio ambiente; Ve­nancio González Manrique, lingüista de buen renombre; San­tiago Pérez, educador apostólico, periodista y político de vi­sión trascendente, de una sólida y bien organizada cultura; José María Quijano Otero, historiógrafo; Salvador Cainacho Roldan, educador, economista y sociólogo de patricia trayectoria espiritual; Francisco Javier Zaldúa, juriscon­sulto, parlamentario y gobernante muy sobresaliente; Al­berto Urdaneta, temperamento fáustico, grande animador intelectual y artista; militares de prestigio nacional y no­bles ejecutorias, como Sergio Camargo, Santos Acosta y Santos Gutiérrez; ensayistas de alta categoría, como Carlos Arturo Torres y José Camacho Carrizosa; José Asunción Silva, el poeta que representó genialmente el espíritu his­panoamericano: inquietud ideológica europea, «saudade* sentimental de la colonia, melancolía de la altiplanicie, refinamiento, delicadeza, ironía y gracia de las sociedades aristocráticas del Nuevo Mundo, expresado en fórmulas de impecable adecuación musical; julio Flórez, el poeta intui­tivo de arponazos geniales en la lírica americana; el novisimo carácter y afortunado autor de cuadros de costum­bres, Presbítero Rafael María Camargo; Julio Garavito, matemático insigne; Epiíanio Garay y Acevedo Bernal, encumbrados maestros de la pintura colombiana; Santiago Pérez Triana, mentalidad abierta a todas las inquietudes y peligros de la modernidad; Rafael María Carrasquilla, cultísimo escritor y orador sagrado; Mario Valenzuela, poeta y teólogo; Julián Restrepo Hernández, juriscon­sulto y filósofo de sagaz inteligencia; José María Vargas Vila„ paranoico tal vea, pero inteligente polígrafo, muy po­pular en la América española; Clímaco Calderón, exper­to hacendista; Rafael Reyes, vigorosa personalidad, go­bernante audaz y progresista, de indiscutible influencia en la vida democrática de esta Nación; hombres arreba­tados prematuramente a la historia patria, como Luis Vargas Tejada, Jorge Martínez Santamaría, Roberto Pi- zano y Melitón Escobar Larrazábal. Tradición sagrada que no se extingue, antes se acredita hoy con nuevas luces: Ricardo Lleras Codazzi, naturalista eminente y más eminente profesor; Antonio Gómez Restrepo, erudito comentador literario, de tan gentil personalidad; Enrique Olaya Herrera, político sagaz y muy equilibrado, de una laboriosidad administrativa sorprendente; Eduardo Santos, espíritu representativo y generoso; Agustín Nieto Caballe­ro, eximio educador; Manuel José Casas, lingüista de dila­tada ilustración.... Extensa nómina y notables hechos ya, cual corresponde a una región que es el centro medular de la cultura patria.

La limitación del antiguo imperio chibcha nos exige un vistazo a las regiones próximas. Así nos daremos cuenta de que la variación de sangre aborigen determina a su vez una sorprendente modificación del carácter, y entende­remos la índole de los pueblos que en Cundinamarca y Bo- yacá rodean en las vertientes oriental y occidental al grupo hispano-chibcha: Muzos, Calimas, Panches, tribus guerre­ras que habitaron los países que dan su frente al Magdale­na desde Santander hasta el Tolima, Caribes del levante hasta las planicies remotas del Orinoco, nos dejaron mesti­zos de recia personalidad, selvática sin duda y desorienta­da aún. mas ciertamente preñada de porvenir. Esto nos ex­plica en mucha parte la psicología del campesino que hoy habita esas regiones, su tendencia a la combatividad, sobre todo, su ánimo litigante, individualismo e indisciplina que tántas perturbaciones produce entre terratenientes y colo­nos, y a tánta delincuencia da ocasión. Muzo, Coper, Viotá, Fusagasugá, Sumapaz etc. corresponden a ese origen étni­co. Y es tan importante el estudio de tales características que aparentes contradicciones se resuelven con profundizar un poco su investigación: Así, por ejemplo, Saboyá, que tan violenta se ha mostrado últimamente en cuestiones po­líticas y en «vendettas» interminables, no es, como pudiera imaginarse a la ligera, de ascendencia chibcha, sino que ahí ya se había mezclado el caribe y determinado su tem­peramento belicoso, como parece haber ocurrido en la an­tigua Tundama y en el Valle de Tenza.

Mírese la historia patria para entender mejor la influen­cia del caribe en sus lejanos descendientes. El llanero desde el Apure hasta el Guaviare debe a su sangre aquella hombría excepcional que le hizo el héroe por antonomasia de la Magna Guerra, el guerrillero de las contiendas civiles de Venezuela y de Colombia, el luchador impertérrito con el ambiente bravio de aquellas pampas. Aun hoy, endeble ya por acción deletérea de enfermedades implacables que le tienen formado cerco de muerte hace un largo siglo, se yer­gue arrogante en su enjuta naturaleza decadente y rinde jornadas de labor y arrostra peligros de muerte que a un civilizado desconciertan, afligen y a veces derrotan. Y es de verle en las primeras horas de la noche, después de partir el sol con las fieras de su mundo ambiente, atravesar la tó­rrida llanura, vadear ríos cuajados de «caribes»,de gimnotos y de rayas, ahuyentar a tiros el cebado caimán, esquivar y cortar en dos la sierpe venenosa, tal vez otear y vencer al­gún jaguar que asecha los rebaños, desbravar, en fin, el ganado cerrero en la hermosa lucha franca de la planicie sin fronteras, es de verle, digo, en las primas horas de la noche cantar con desplantes de ironía al amor y a la muer­te, las dos temibles divinidades que cierran su horizonte espiritual con su rictus constante de inminencia.

Por un azar desconcertante vese en Colombia que no fueron las familias aborígenes más civilizadas las que me­jores productos de cruzamiento dieron a la República: Tu­vimos los Arowacks o Arhuacos (¿por qué no llamarlos más eufónicamente «araucas»?), probablemente originarios de la Guayana (o del remoto Plata, según otra opinión, por lo que se les llama también pampeanos), de que son ejem­plares los guajiros, pueblos agricultores y pastores en ia actualidad, llegados en tiempos prehistóricos, destroza­dos y dispersados por inmigraciones subsiguientes; los aborígenes de la meseta boliviana, de donde hubieron su nombre de andinos, a los cuales se considera que pertene­cen los Chibchas (con representantes en la Sierra Nevada y en Centro América,) Quimbayas y Zenúes, muy adelantados en algunas industrias, como la orfebrería, cerámica y texti­les, fundamentalmente agrícolas; los Caraibes o Caribes, venidos quizá del centro del Brasil, estado actual de Matto Grosso, navegantes, guerreros, cazadores y pescadores; los Quillacingas del Sur, súbditos del imperio incaico; los An­daquíes de San Agustín y la Cordillera Central, de confusa y atrayente historia; los Taironas y otros restos, en fin, de migraciones norteamericanas. Las dos primeras familias claudicaban ya cuando los conquistadores iberos llegaron a América, y sus descendientes no descuellan por el vigor físico ni por el carácter. En cambio los mestizos de caribe, la raza fuerte y salvaje que estaba apoderándose del país des- de hacía apenas cincuenta o cien años en tiempos de Cris­tóbal Colón, tienen formidable temperamento, aunque a ve­ces asaz indisciplinado y combativo, como lo veremos en las regiones que vamos a estudiar ahora.

Al llegar en este recorrido imaginario al límite de San­tander aparece un cambio en la psicología regional colom­biana que anoté como de pertenencia hispano-chibcha.

Los dos departamentos de Santander comprenden una superficie de cincuenta y tres mil novecientos cuarenta ki­lómetros cuadrados, con una población de un millón de ha­bitantes hoy día, repartidos en ciento catorce municipios, de los cuales treinta y seis mayores de diez mil. Bucara- manga y Cúcuta, las ciudades capitales, tienen algo mas de cincuenta mil almas cada una.              _

Grupo éste derivado principalmente de españoles, muy poco mestizado de indígena y casi nada de africano, si ex­ceptuamos las orillas del Magdalena, debiera conservar el temperamento criollo iberoamericano puro. Sin embargo, se ha hecho a una vida atormentada y combativa que le mo­difica notoriamente.        .  .

Habita una región arriscada de pocas planicies, que va de uno a otro extremo subiendo y bajando serranías abruptas, espaciándose un segundo en la hoya profunda de sus ríos o de vez en cuando en las faldas de la cordillera, para formar un recodo donde ^sentar un pueblecito. Hasta estos últimos tiempos en que ya se comunica mejor con el Magdalena, con Maracaibo y Bogotá, por caminos carrete­ros que pronto lo enlazarán en red continua, ha vivido cua­tro centurias aprisionado en sus riscos y aislado de la intensa relación que la economía y la cultura de un país requieren para progresar amplia y firmemente.

Grupo racial, este santandereano, de aventajada esta­tura, buen color, acento agradable, que no tiene la débil inflexión fonética del bogotano, el cual atenúa la «t» hasta pronunciar «dreinta» por «treinta», «Adlántico»-por «Atlán­tico» ; asordina la «i», al menos en el bajo pueblo, de modo que «Víctor» se transforma en «Véctor»; suaviza la «r», llevando la punta de la lengua a la base de los incisivos superiores, cual si quisiera desviarla hacia la «d», como en «fe(d)rroca(d)rril»; exagera la «s» casi hasta formar un fonema «ds», y construye falsos diptongos, v. gr. «Rafáel», «bául».Que no tiene el acento explosivo costeño, próxi­mamente derivado del andaluz, en que tánto predomina el fuego del paladar posterior y alguna nasalidad: supresión de la «s* y de la «d» finales y el cambio de la «s» que pre­cede a la «t» en «j», como en «miércole», por «miércoles», «vamo, puéj» por «vamos, pues», «ujtée» por «usted». At contrario, el bumangués (gentilicio de Bucaramanga, la capital de Santander del Sur), y en otras regiones, Pam­plona, por ejemplo, no muy bajamente situadas sobre el nivel del mar, tienen un ritmo fonético tan garboso y preci­so que parece arrogante cuando sólo es franco y pleno, con una recóndita musicalidad de canto.

Esta gente de nuestros dos santanderes es agricultora. Trabaja en cultivos de café, tabaco, cacao, caña, fique, piña, guayaba, plátano etc.; cuida algunos ganados, posee los ricos yacimientos de petróleo del Carare y dei Catatum- bo, amén de algunas minas de oro, enantes muy ricas, y la industria textil de tradición popular o de reciente implanta­ción,, ya más moderna y valiosa.

Pueblo romántico, que a mediados del siglo XIX ensa­yó en el gobierno teorías audaces y fue el primero en legis­lar sobre el sufragio femenino en su famosa Constitución de Vélez, cuando de ello apenas si se hablaba entonces en. di mundo.

Su temperamento figura en los anales de la República como el más altivo,, independiente, individualista, guerrero y laborioso con que cuenta el país. Un gran temperamento en verdad;, aunque no pueda llamarse un gran carácter aquél que aún. no esta disciplinado y encauzado hacia el. procomún. Un vigoroso temperamento que dará a lia histo­ria futura de Colombia motivos de mucho honor,, cuando esa su; reda voluntad se torne más maleable y diúctál, cuan­do lia inteligencia asuma el control de lias pasiones,, estimu- lie la benevolencia,, iríijja^ en. fin,, eli precio de lia vidia humana,, dilatadlo horizonte die positri lidiadles que no puede malgas­tarse a cada gesto-,, a cada paJiabra,. a cadia¡ cuarto de hora ote malí humor.. Parque día grima que pueblo, que tanto valle ante líos (¡testónos die* lia patria diernoche su¡ sangre cual! sii fiiese dk mezquino* pnedo> y desmediradia entidiad!..

Tadl vez eli adislianmiento en sus abruptas breñas, lie ha diadte)' uní hátoite» dle vallarse sóltoy die una áutairqiuía inq;uie- tante. Quizás el loable hecho de ser propietario de peque­ños fundos, solamente ante si responsable, independiente en su soledad y en su trabajo, añada validez a su personal autonomía. Mas no hay que echar al olvido que este labrie­go de código civil bajo la almohada y de rifle de precisión —y cuán tremenda precisión—tras la puerta del hogar, tie­ne una estría de sangre aborigen de guerreros indomables: cercada estuvo siempre su comarca por Muzos, Guajiros y los llaneros Achaguas; suyos son los audaces Motilones del Catatumbo, los Chitareros de Pamplona, los Agataes del Horta y los feroces Yaraguíes del Lebrija. Por sus ríos subió la raza Caribe, y los mismos Guanes, tenidos por algunos historiadores por gente chibcha, más blancos son que éstos, más esbeltos también, y en ninguna manera sumisos ni pusilánimes, si nos atenemos a lo que son toda­vía y a lo que fueron a órdenes de su heroico Chanchón en tiempo de la conquista, émulo del legendario Guanentá de Macaregua. Es posible, pues, pensar que el elemento abo­rigen que entra en la composición étnica del santandereano, por discreto que sea, traiga un vigor genético determinante que se impone en la psicología de ese pueblo. Si García Rovira, tan próxima al apacible Boyacá, se enciende a cada paso en fulgores de tragedia, siquiera abunde ahí la sangre española, al belicoso antepasado caribe, acurrucado en ase­cho en algún «gene» del cariosoma fecundante, hay que adscribirlo principalmente. Piénsese en la poca estimación que el campesino santandereano tiene por el boyacense y se entenderá que los separa todo un concepto de vida y de conducta. Y medítese cuánto se asemeja, guardadas las distancias de cultura, el modo de ser santandereano al Gua­jiro, ya que las guerras de tribu a tribu por «vendetta» que sostiene éste se parecen a las asonadas y combates de labriegos de García Rovira, de la reglón del Norte, Sala- zar, digamos, o Arboledas, Gramalote y Cucutilla.

No de otra manera puede uno explicarse la discrepan­cia de psicología del antioqueño y del santandereano: sí las tierras que habitan tanto se parecen, si de español tie­nen un mismo aglutinante racial, si la agricultura de una y otra reglón es casi idéntica, e Idéntico el aislamiento en que las dos vivieron hasta hace pocos años, si ambos pueblos miran al Magdalena en vertientes de climas similares, y hasta en tener a espaldas los lejanos golfos de Maracaibo y Urabá se asemejan.

Tengo que confesar, sin embargo, que a esta explica­ción es preciso añadir algo, Tres familias aborígenes domi­naban el futuro Estado de Santander al iniciarse la con­quista española: Andinos emparentados con los Chibchas, Arhuacos (o Araucas) venidos del remoto Paraná, y los céle­bres Caribes. Y es interesante que siendo las dos primeras familias generalmente pacifistas, en esta región se mostrasen más emprendedoras y heroicas, y que en ella adquiriesen los Caribes su máximo de belicosidad e independencia, como lo confirman los llamados Motilones (Pemenos) que habi­taban una extensa zona, desde el Lago de Maracaibo al río Magdalena, y los no menos irreductibles pobladores del Opón, el Carare, el Lebrija y Sogamoso. Tai vez la lucha incesante y el indefectible cruzamiento habrían templado el ánimo batallador de grupos menos belicosos como ios Chi- tareros de Pamplona y los Guanes del Chicamocha: ello es, sin embargo, que tal conjunto de coincidencias hacen evocar la influencia indefinible de un «sino» geográfico también.

Lo que sí no puede remitirse a duda es que a este pueblo lo está afectando profundamente la carencia de conductores espirituales que le iluminen sus virtudes para en ellas confirmarlos, y sus vicios para defenderlos de su acción aciaga. Que les impida seguir cultivando el derro­che bárbaro de sus energías en pugnas que los debilitan y deshonran. ¡No más cultivo infantil del heroísmo de arra­bal y de vereda!

Hay que romper la cadena de los desatinos. Existe hoy día en ese pueblo una irritabilidad permanente que se transmite de padres a hijos y se enciende más día a día con chicos pleitos de linderos, con la memoria de ataques ante­riores, con el culto cotidiano del valor personal elevado a la categoría de religión, diabólica en sus efectos. Cortejan la muerte como si ella tuviera mayores halagos que la vida o una hechizante fascinación ineluctable. Los sacerdotes recuestan el Crucifijo de marfil sobre un trabuco, las mu­chachas más arrogantes sonríen con mayor ternura al mo­zalbete que ensarta una bala de revólver en la punta de una aguja incrustada en la pared, y así se va formando un «cli­ma» de combatividad en que a los débiles o medrosos no les queda más recurso que la alevosa asechanza nocturna en la encrucijada de un monte....

Les falta un obispo, les falta un conductor social, Ies faltan seis muchachos de gran cultura que en vez de irse a la plaza de ferias a pronunciar un discurso polítíco funden periódicos de enaltecimiento de las costumbres y vuelvan el alma de este gran pueblo a la hermosa realidad de lo que puede ser en la historia de Colombia.

De lo que puede ser y de lo que ha sido en laudables aplicaciones de su valor. Ya desde los tiempos de la colonia, en 1560, se vio ahí el primer guerrillero colombiano en Juan Rodríguez; más tarde Pedro Chacón de Luna se alzó insu­bordinado en Vélez; la protesta de los Comuneros estalló en el Socorro; y fue Pamplona la primera en hablar de inde­pendencia absoluta en 1810. En materia de civilidad fueron más notables aún: Bastaría el nombre de Francisco de Paula Santander, gloria no bien valuada todavía, quizá el primer estadista hispano-americano de su época, en todo caso el que salvó la democracia en América hispana en una de con­fusión general, verdadero rector de pueblos, cualesquiera que hayan sido sus errores. Suyos son también los Valen- zuela Conde, muy eminente sobre todo Eloy, colaborar del sabio Mutis; los Gutiérrez de Caviedes, Frutos Joaquín en primer lugar, por sus grandes servicios de educador y hom­bre público; los próceres Acevedo Gómez y García Rovira; Sinforoso Mutis y Pedro Fermín de Vargas, naturalistas; Francisco Soto, el hacendista; Vicente Azuero y Florentino González, profesores distinguidos y en mucha parte crea­dores del liberalismo colombiano; el Obispo Juan de la Cruz Gómez Plata, gran señor, gran prelado y gran repúblico; José Eusebio Caro, de los fundadores del conservatismo nacional, poeta eminente y polemista; Ignacio Sánchez de Tejada, de los primeros y mejores diplomáticos de este país; Aquileo Parra y Eustorgio Salgar, egregios varones de vir­tudes, gobernantes distinguidos; Dámaso Zapata, el gran impulsor de la educación pública colombiana, y su herma­no Felipe, prominente hombre público; Carlos Martínez Silva, primero entre periodistas, conductor político de am­plio espíritu nacional y sagitario de la justicia; los Villami- zar Gallardo, Antonio María Pradilla, José Herrera Olarte, Guillermo Quintero Calderón, Antonio Vargas Vega etc., que como gobernantes, divulgadores de ideas, guerreros, guias de juventud, han dejado perdurable huella en la vida nacional, y que hoy piden por mi boca que volvamos el pueblo santandereano a la olvidada ruta de sus grandes destinos.

Los pueblos del litoral atlántico ofrecen algunas dife­rencias de carácter que resaltan en la rivalidad de las ciu­dades capitales y de éstas con las situadas en el interior de esos países, mas no es prudente desmenuzar tánto este ensa­yo, y vale mejor el tratar de ellos en conjunto, como pobla­ción de costa y rio, como grupo en quien prevalece la blenda racial mulata. Ya atiás quedó enunciado que puede trazarse una linea divisoria de nuestros cruzamientos que partiendo de Riohacha termine en Ipiales, y considerar la banda occi­dental de esta partición como de predominio mulato, ape­nas quebrándola un poco aquí y allá para internarse a uno u otro lado en algunas regiones.

No significa esto que en esa banda occidental haya desaparecido totalmente el elemento aborigen, pues abun­da, ya mezclado, en el centro de Bolívar; salvaje aún, en las cordilleras que van desde Urabá hasta la frontera con el Ecuador; muy asimilado en ciertos sitios de Antioquia, como Cañasgordas, Sopetrán, El Peñol etc.; típico todavía en algunas regiones ¿el Cauca. Lo que entiendo por esta división es el predominio que el tipo mulato ofrece en un lado y el mestizo en el otro, física y espiritualmente.

En la zona del oriente se esboza una tendencia a la cultura en profundidad, aunque todavía dificultada por el conflicto de la psicología aborigen, que donde esta raza pre­valece aún no puede asimilar en temperamento, sino a ella meramente aproximarse en conducta, la ética tradicional hispano-romana, pero que en las mezclas avanzadas, que ya son la generalidad, se orienta hacia la introspección y a normas espirituales definidas.

En la zona occidental es de temer, y a veces se marca muy precisamente, una desviación hacia el predominio exagerado de las actividades económicas y la cultura en superficie. Entiendo por tal aquella que es al modo de un barniz de información en lo intelectual y una conducta de mera imitación en lo moral, no reacción espontánea del es­píritu, no producto de un temperamento social definitiva­mente estructurado. Esto me ha ocurrido pensarlo al medi­tar en el rumbo que puede seguir la cultura en el occidente colombiano, donde a veces gira hacia un pragmatismo eco­nómico en ciertas partes, Valle, Caldas, Antioquia; o hacia un edonismo fisiológico en otras, como ocurre en casi todo el litoral atlántico.

Anoto estas inclinaciones con gran restricción, porque en el fondo de mi espíritu les doy un alcance meramente temporal: de la simpatía costeña, de la actividad antioque* ña, de la ambición y mucha dignidad caucanas surgirán grandes revaluaciones de vocación. Hoy mismo es justo re­levar el grande y promisorio esfuerzo que Antioquia y Cal­das hacen por la educación pública, por las disciplinas de la democracia, por la técnica en sus empresas sociales y particulares y por el bienestar común. Caldas tiene un gru­po racial bastante uniforme, una sana economía en que la propiedad se distribuye generosamente, ya que para setecientos mil habitantes existen más de sesenta mil pro­piedades prediales, lo que significa que cada familia, o poco menos, posee la suya. De acuerdo con esta si­tuación equilibrada vése ahora ahí el fenómeno seductor de un grupo juvenil que persigue las nobles disciplinas del es­píritu, aunque en agraz aún y tal vez con muy exagerada inclinación a la política plebeya de las luchas partidarias, a la controversia fugaz del foro y del periodismo candente, que si robustecen la voluntad, pueden absorber la inteli­gencia y consumirla en problemas de menor cuantía o disi­mular sinuosas ambiciones....

Una cultura en superficie, cuando se extrema, confun­de la vanidad con el orgullo, la agitación con la acción, el bullicio con la alegría, el derroche con la generosidad, la sensualidad con el amor, el tuteo con la amistad, la frase con la idea, el vestido con la distinción, el grito con el va­lor personal, el ver con el entender, el oir con el escuchar, el replicar con el responder, el predicar con el practicar, el censurar con el criticar, el comer con el alimentarse, el be­ber con el refrescarse, el divagar con el pensar, el leer con el estudiar, el castigar con el corregir, la exageración con la ponderación, la zalamería con la simpatía, la abundancia con la holgura, la fantasía con la imaginación, el talento con la inteligencia, el ingenio con el genio, la virtud con la fór­mula.... dicho así desordenada y tumultuosamente.

Es muy probable que una tal desviación cultural entre nosotros, si es que no voy equivocado en mi juicio, sea en parte el producto transitorio de una inestabilidad racial, de una mezcla en evolución aún, y que luégo de haberse equi­librado la herencia de los caracteres y de haberse nivelado la correlación de la sangre con el medio ambiente aquella perturbación cultural desaparezca y dé campo libre a una mejor orientación sobre funciones normales. Y es asimismo probable que en ello entre por mucho esta índole pragmá­tica de la civilización actual, tan notoria en Estados Unidos, con su ingente afán del éxito por el éxito, rápido, alocado, inmisericorde. En Barranquilla, en Medellín, en Cali, surgen frecuentemente reacciones culturales en que a través de la mocedad angustiada esos países expresan benéfica in­quietud.

Es necesario considerar también este fenómeno de la generación o «causación» de los caracteres como una pola­ridad de las funciones de un pueblo, mediante la cual el norte se opone al mediodía (septentrionales y meridionales) o el oriente al occidente, para predominar en una región el pragmatismo y en otra el idealismo, o la meditación y el impulso, o la alegría y la melancolía etc. Esta relación de sur a norte es muy frecuente en Europa. Entre nosotros se ha establecido de Cordillera Oriental a Cordillera Central, y así se explica el poco cariño que tienen los pueblos de una por los de la otra banda del río Magdalena, pues de tal divorcio de naturalezas surgen sentimientos e interpretacio­nes de la vida que tienen que chocar. Ya a Simón Bolívar, que poseía un temperamento costeño, le fastidiaba el carácter de los «lanudos», es decir, de los habitantes de la altiplanicie andina oriental (Bogotá, Tunja, Pamplona etc.) y a los bo­gotanos les irritaba, a su vez, el modo imperativo y ejecu­tivo del Libertador. Es el origen del desprecio que por el «cachaco» o individuo del interior sienten en Santa Marta, digamos, y el fastidio que en Bogotá produce el «paisa» an- tioqueño. Y así debe de suceder: Un hispano-chibcha tiene la psique como un bulbo de cebolla, que mientras más cor­tezas se le quitan más le aparecen en la intimidad y pro­fundidad, casi indefinidamente; mientras que un costeño posee la psicología de la granada, que al primer rayo de luz se abre en dos, mostrando la totalidad de su contenido. Hé ahí por qué Bolívar, con un tatarabuelo negro, y Santander con una tatarabuela cacica de Moniquirá, tenían que interpre­tarse con muchas restricciones, a pesar de que ambos persi­guieron un mismo objetivo patriótico sincera y noblemente.

En estas variaciones de temperamento, a más de la sangre y el medio ambiente físico, influye el contagio social, pues los hijos de costeños o de antioqueños que se han trasladado a Bogotá resultan casi casi tan «santafereños* como cualquier nieto de Nariño o de don Manuel Benito de Castro; y a su turno los hijos de un bogotano criados en Medellín, reaccionan como cualquier Restrepo ojaramillo «raizal».

La transición racial de las regiones costeñas es evi­dente en la historia de la República. Los conductores espi­rituales que dieron en otra época pertenecían moralmente a la colonia, con una mentalidad un poco europea, la cual ha venido eliminando el «mestizaje», apenas en vía de sedi­mentación y, por lo tanto, de regulación de conducta. Re­cuérdese que la Costa tuvo en su población siete marque­ses, tres condes, catorce caballeros de Santiago, once de- Calatrava, diez de Carlos III, cinco de Alcántara, y se en­tenderá lo que produjeron, y por su desaparición la ausen­cia de conductores espirituales que luégo ha padecido. Lo mismo ocurre en el Cauca, donde hasta cuatro familias entroncadas con sangre real europea hubo, y hoy asiste a la formación de una nueva psicología, en la que el mulato expresa la combinación de sangres y la influencia del te­rritorio, de la economía y del medio ambiente cultural pero aún desordenada y desconcertadamente. Antioquia, distan­ciada de la influencia del mar, liberador y disipador a la vez, se defiende más de estas bruscas transiciones, y dentro de su transformación conserva algún ritmo, que no en balde es montañesa y rudamente amaestrada por la inclemente ari­dez de su suelo cordillerano.

Este grupo ibero-afro-americano del Litoral comprende los departamentos de Atlántico, Bolívar y Magdalena, con una extensión de ciento diez y nueve mil ochocientos kiló­metros cuadrados, más o menos un millón doscientos cin­cuenta mil habitantes, distribuidos en ciento nueve munici­pios, de los cuales treinta y tres con más de diez mil almas. Sus capitales son Barranquilla, Cartagena y Santa Marta, que en el censo de 1928 alcanzaron a ciento treinta y nueve mil, noventa y dos mil y treinta mil pobladores, respectiva­mente.

No prevaleció en la Costa la influencia aborigen. La ra­za es un factor indeclinable, pero el clima la vence y domina en la evolución social. A mi modo de ver, el costeño perte­nece a la psicología antillana, en que entran los factores industriales, raciales y geográficos que le son comunes con muchas islas del Mar Caribe. De la Guajira al Cabo Tibu­rón hubo, en lo que ahora son los departamentos de Mag­dalena, Atlántico y Bolívar, amén de las dos intendencias que los limitan, poblaciones indígenas de mucha importan­cia: Araucas de la Guajira, Sierra Nevada y Valle Dupar, de origen pampeano, probablemente; los Taironas, de alta estatura y ánimo guerrero, tal vez mestizos de caribe y pam­peano, que habitaban las faldas de la Sierra, u originarios del norte, emparentados con los Toltecas, quizá; los Chi­milas, al sur de Ciénaga; los Turbacos, y Machanaes del Magdalena hasta el Sinú, con centro en lo que hoy ocupa Cartagena; los Zenués (como escriben los cronistas) de ori­gen andino y más avanzada civilización, ricos en oro, tal vez hermanos de los Quimbayas; los Cunas de Urabá y al­guna tribu negroide de esa misma región, como los Chua- nés etc. De ellos quedan los indígenas de la Guajira, con sus hábitos peculiares de guerreros, actualmente dados al pastoreo, y las tribus muy dispersas del Chocó y del Da- rién. Las otras castas belicosas desaparecieron y fueron reemplazadas por el elemento africano desde los primeros dias de la colonia. Los apacibles Zenués no imprimieron a sus mestizos ningún temperamento peculiar, y hoy puede pensarse que predomina en toda aquella extensa zona la psi­cología mulata antillana que la sangre, el mar y la indus­tria han venido modelando rápidamente.

El temperamento costeño se da todo en expansivo ges­to. En poco se recata y esconde, en casi todo se pronun­cia explosivamente: en el hablar, en el reír, en el amor ful­minante y fugaz, en el fervor político de una hora, en el acento tribunicio de sus hombres, en el derroche de pala­bras, de alabanza y vituperio, de dinero, en fin, porque son

de suyo generosos, gastadores sin cuento, imprevisores....................................................................................................

y eternamente simpáticos como toda exaltación de vida.

Pueblo comerciante y marino en los litorales, agricul­tor en la Zona Bananera y algunas regiones de Bolívar don­de prosperan la caña, el maíz, el arroz, el tabaco, el coco­tero (un poco también el algodón en el Atlántico y sobre la ribera derecha del río); pastor en extensas sabanas.de Co- rozal y Ayapel y en las fecundas hoyas hidrográficas del nilótico Sinú y del San Jorge, tributario éste del rio Cauca, aquél del mar Caribe directamente; varias industrias urba­nas, como la textil, las de cervezas, jabones, licores desti­lados etc., y las correspondientes a la navegación fluvial.

Posee ciudades de estirpe esclarecida en los fastos de la historia nacional, como Santa Marta y Cartagena, madre aquella, con la ilustre Mompós, puede decirse, de la moder­nísima Barranquilla, tan amplia y bella ahora. Fueron esas pequeñas urbes litorales foco de colonización y de gobierno durante la dominación española y de ello hubieron buena gente, que más tarde sirvió a la República, dotándola de familias ejemplares e ilustres hombres. Mas, como ya lo dije, hace algún tiempo (¿dos generaciones acaso?,) que esta fecundidad parece estancada, pues no se nombran aho­ra estadistas, literatos ni educadores de los que antes solían ellas ufanarse justamente.

El observador desprevenido de la vida de este pueblo no puede dejar de sorprenderse de que se haya dejado sus­tituir en las actividades comerciales por elementos extran­jeros de sinuosa trayectoria moral, que no siempre se sujetan a las lentas y prolijas normas de la honradez. ¿ Por qué nombrarlos, si a mi propósito sólo incumbe denunciar esta minoración de energías en nuestros hermanos de la Costa para que reaccionen, nunca con xenofobia plebeya, mas sí con los arrestos hidalgos de una reivindicación de dominio espiritual?

A esto se añade un hecho más desconcertante aún, cual es el de que Bolívar (y al Magdalena pudiera también, por otras razones, aplicar este carg() no se haya colocado a la cabeza de la cultura y de la economía nacionales, teniendo, como tiene, un magnífico territorio, plano, fecundo, regado, y maravillosamente regado, por cuatro ríos navegables: el Magdalena, el Cauca, el Sinú y el San Jorge, a más del ca­nal del Dique, y del Caño Mojana, con el mar Caribe al frente y un ferrocarril y otro más en construcción, y facili­dades para tantas carreteras como rumbos tiene la rosa de los vientos.... Más y más y más todavía: con la urbe le­gendaria, evocadora y sultanesca que todas las mañanas a la luz opalina del alba con cencerro de oro, desde el cas­tillo, desde las murallas, desde el azul caliginoso del mar recuerda a sus hijos el deber de ser grandes por indecli­nable herencia de señorío. No parece sino que olvidara el glorioso ejemplo civilizador de aquel eximio Capitán don Antonio Latorre que a fines del siglo XVIII le trazó tántos y magníficos senderos de prosperidad.

El costeño es bien conformado, de torso esbelto y andar firme, color que va del blanco mate de las buenas familias al negro charolado de la marinería ribereña, ojos de altiva sombra, de rápido mirar enhiesto, ojos árabes, como es nor­mal en quienes tienen algún remoto antepasado en Guinea o Berbería. Efusivos en el habla y en la risa, amigos de la música y la danza, despreocupados en el pensar, hasta en política y religión, generosos y sociables, aunque no de verdadero espíritu público. Los pueblos del interior los acu­san de ser un poco adictos al contrabando de aduanas, a lo que ellos responden preguntando: «¿Y qué harían los del centro colocados a orillas del mar?» Son dados, esto sí de suyo, a la amatividad ferviente, hasta ser un poco común la bigamia (subrepticia, se entiende,) socialmente disculpada y teóricamente defendida como un alivio que asi puede dar­se a la legítima esposa en las rudas faenas de la maternidad y en las otras peripecias de la vida, sin que sepa yo si ellas realmente lo agradecen, aunque sí es notorio que contra ello nada arguyen ofensivo.

Como todos los pueblos litorales es muy dado a la in­terjección y a la expresión desnuda del pensamiento, calificando los hechos y las cosas con una diafanidad de balneario marino, no tan elocuente, sin embargo, como en Cuba o en España, mas lo suficientemente precisa para asustar a los timoratos «reinosos» de la altiplanicie. Su voz cación por la danza es sobresaliente: Complace ver en los salones aristocráticos del «Club Barranquilla» la esbeltes de aquella juventud, la generosidad y arrogancia de lo- hombres, la mirada fulminante y la sonrisa fresca, a borbo­tones de vida, de sus mujeres, vestidas luminosamente de blanco, de rosado o azul, en sedas ondufantes sobre los cuerpos erguidos de triunfo. Y en los suburbios puede ad­mirarse el fuego de la sangre morena en rumbas y cumbias en q¡ue Afrodita tórnase atada y rítmica para expresarse mejor en arrebatado símbolo, luciendo en la penumbra los dientes y ios ojos, cual luciérnagas fugaces del anhelo.

Viste de blanco y gusta del aseo. Su alimentación es la peculiar de la zona baja o «tierra caliente» colombiana, sobre la base del plátano, de ta yuca, arroz y ñame (Dios- corea Alatia) con tina gran predilección por los pescados de n®ar y trío, de los q¡uie prepara sus mejores platos, y en los qiue tiene urna sorprendente erudición de nomenclatura y refinamiento, culinario. A esta alimentación con base de pescado, atribuyen algunos la excelente amatividad del coste­ño-, probablemente por la mucha difusión que tuvo una conseja de Agassiz, quien hace más de medio siglo afirmó q¡ue en la carne de los peces existe gran cantidad de fós­foro— Me atrevería a opinar que aquella virtud de mis conterráneos litorales depende solamente del clima, el cual provoca la circulación periférica y tal vez enaltece las fun­ciones de algunas glándulas endocrinas adecuadas a aquel bíblico mandamiento.

La Costa Atlántica dio. a ta historia del país varones de giran valia intelectual y moral, algunos de perdurable o>riientació>n de los destinos patrios y prestigio en todo el con­tinente : El insigne matemático y estadista Lino de Pombo y José María Castillo Rada, célebres ministros y consejeros muy sabios de las primeras administraciones de la Repúbli­ca; el almirante José Padilla, de gloriosas hazañas; Manuel Ro-dníguez Tortees, José María del Real y José Fernández Madlr¡idl„ servidores públicos de la primera etapa de nuestra sotoieiramía; Juan Garda del Rio y Manuel María Madiedo, en ©.taro tiempo renombrados polígrafos; Justo y Pablo Aro- semema, jurisconsultos y parlamentarios de bella estructura BHKwrall y gran saber; Tomás Herrera y Bartolomé Calvo mandatarios dle Colo-mbia en horas muy difíciles, (uan José Nieto* Mstoriiador y político; Rafae-1 Nuñez* una de las más vigorosas mentalidades de América española; Luis A. Ro­bles, pulquérrimo parlamentario, educador y orgullo en Colombia de la raza negra, como su paisano el poeta Ca­lendario Obeso; Juan Manuel Rudas, renombrado educador; Gil Colunge, parlamentario; el Obispo Rafael Celedón; el General José Maria Campo Serrano; Diógenes Arrieta, los Gutiérrez de Piñeres, los Posadas, Angulos, Araújos, Urue- tas, Dávilas Flórez, Vélez Danies, a quienes se reconocen grandes dotes intelectuales, y cuya nómina cierra con la enhiesta categoría moral del profesor José Maria Lombana Barreneche.

Regresando al centro de la República por Bolívar y el Darién topamos con Antioquia, enclavada en la rugosa Cor­dillera del Quindío, entre el Cauca y el Magdalena, y en la Occidental, desde aquel mismo su fragoso Cauca hasta el Atrato lagunoso y profundo.

La región antioqueña comprende los departamentos de Antioquia y Caldas. Etnicamente debiera clasificarse como la anterior de ibero-afro-americana, pero el medio físico ha modificado tan hondamente este grupo racial que en nada se asemeja al precedente, y de todos los restantes de la Re­pública se distingue con absoluta nitidez. Ocupa un área de setenta y nueve mil kilómetros cuadrados, tiene una pobla­ción, corregido el censo de 1928, de un millón ochocientos mil habitantes, a los cuales habría que añadir una buena cantidad de emigrantes dispersos por toda la haz de la Re­pública y fuéra de ella. Sus municipios suman ciento cua­renta y siete, de los cuales sesenta y seis ciudades mayores de diez mil habitantes. Medellin, la capital de Antioquia, tenía ciento veinte mil, y Manizales, capital de Caldas, ochenta y un mil, en 1928.

No tiene la tierra antioqueña en sus más pobladas re­giones abundante suelo rico para la ngiicultura. Apenas si algunas vertientes propicias al cafeto, que ahi se produce insuperable, y unas cuantas hondonadas y vallecitos de di­minuta extensión pudieran decirse fértiles en verdad. Lo más son arriscadas alturas de pobre vegetación, laderas de vertiginosa pendiente, verdaderos paredones a veces, que del fondo de los ríos torturados por las rocas trepan sin dar asilo a ningún animal doméstico ni cultivo aprovecha­ble. Con todo, el esfuerzo de la población saca de tan po­bres circunstancias el alimento para un millón cien mil ha­bitantes y una excelente exportación de café. Tiene además minas de oro, enantes muy valiosas, aún hoy explotadas con provecho, é industrias textiles etc., que vigorosamente avanzan, a pesar de la escasez de las materias primas.

El departamento de Caldas, que es una prolongación suya, étnica y geográficamente, posee mejores condiciones agrícolas, sobre todo en la porción de la cordillera Central que lleva el nombre de Quindío (asiento de la antigua civi­lización quimbaya) hoy una de las más ricas fuentes de ex­portación de café, y despensa, además, de muchos géneros alimenticios de mercado interno.

Pueblo emprendedor, migrador y comerciante, ha dado lugar a que se le considere judio. Y como tiene de ello me­dia docena de apellidos sospechosos y mucho nombre pro­pio dt bíblica procedencia (menos ahora que los eslavos y germano-sajones los sustituyen abundantemente) aquello se convirtió en un pleito nacional. Los historiadores lo nie­gan rotundamente, apoyados en el estudio cuidadoso de las genealogías y en la estricta vigilancia de la Casa de Contra­tación de Sevilla, que siempre ejerció funciones de tamiz migratorio para evitar el que viniesen a América los pacien­tes y sagaces Beni-lsrael. Alguno de aquellos historiadores ha avanzado la opinión de que en la ascendencia .catía (los aborígenes Catíos habitaban al norte y al occidente del ac­tual territorio antioqueño) se encuentra la explicación de las características «hebreas» de ese. pueblo, por haber sido los tales indígenas igualmente andariegos y comerciantes.

Tengan o no de una u otra raza, o de las dos a la vez, creo que mucho de lo que son los antioqueños depende de tas condiciones económicas en que han vivido. Ello es que el trabajo lucrativo escasea en aquellas regiones: a las fa­milias numerosas que allí nacen no puede ofrecerles ade­cuado porvenir, y comoquiera que son activos, ambiciosos y fuertes, se dan a lo único que hallan a la mano en su tie­rra, que es el comercio en divisiones y subdivisiones inde­finidas, o se van por esos mundos de Dios en busca de mayor espacio y más desahogado vivir. Esto es lo que yo entendí en el ánimo de ellos cuando interpretaba et motivo de sus andanzas y negocios. ¿Ni qué otra razón creó en el atea jjiitdeo-iisraeliita su cosmopolitismo y sus dotes de trafi­cante que lia angustia territorial y económica en que les colioeói el mundo ?

Los iindügenas del suelo antioquefito pertenecían en su mayoir parte a Da casta caribe, que había desalojado y ab­sorbido) pirobaMermente alguna población anterior de cepa andina,, pariiemtes de Quirrabayas y Zenúes. Dividíanse era Cataosy habitantes de ta siiemra de Ab>i¡be y un poco de la

Occidental, donde aún quedan restos aislados. Eran estos aborígenes de mucha actividad en tiempos de la conquista y guerreros, como lo atestiguan los episodios del cacique Toné en las regiones que hoy ocupa el pueblo de Frontino, y las más notables todavía del Nutibara, ingenioso y audaz. Entre el Cauca y el Porce, los Nutabes, más apacibles y cultos. Del Porce al Magdalena habitaban los Tahamíes, andariegos y traficantes, de índole pacífica, al decir de los historiadores. En el Valle de Medellín los Bitagüies, Abu- rraes y Niquías; más al sur los Omagaes (Amagá), los Sini- fanaes (Fredonia); los llamados Armas o Armados por los conquistadores, de la banda meridional del rio de ese mis­mo nombre; los, por aquel tiempo, súbditos del cacique Matamae, entre los actuales municipios de Abejorral y Son- són; los Carrapas, situados en lo que ahora corresponde a Filadelfia; los Pozos, no lejos de la actual Salamina etc.

Algunos investigadores modernos no se adhieren a estas clasificaciones de los viejos cronistas y tratan de establecer nueva interpretación: Tulio Ospina supuso que el actual territorio de Antioquia fue a la manera de un puente migratorio entre las familias aborígenes del norte de América y las del sur,aquellas de procedencia «se­mita» o «hamita», éstas de ascendientes «mongoles», cruza­das ahí con un tipo autóctono americano. Sin dar asenti­miento a estas opiniones, reconozco que los indios de aquel país no fueron bien estudiados, y que hoy día es ya muy difícil emprender su clasificación por haberse extinguido.

No debieron de ser muy numerosos estos aborígenes, pues que asi desaparecieron ante el impulso de un puñado de iberos: Durante el primer siglo de conquista y pobla­ción llegarían a ese país unos mil españoles y unos cuantos negros: En 1600 los «civilizados», ya en su mayor parte mestizos y mulatos, alcanzaban apenas a unos 6,000. La inmigración debió proseguirse muy parcamente, porque un siglo más tarde (1700) el censo indica sólo 35,0U0habitantes.

En la parte sur, del río Arma hasta el actual departa­mento del Valle, hubo algunas tribus más belicosas, lujosa­mente armadas y vestidas, pero en lo general no creo mu­cho en las dotes militares de estos indios de Antioquia (¿etimológicamente Antiocha o Antioquia?), pues no deja de ser inquietante que el Licenciado Badillo recorriera de norte a sur el territorio con doscientos inválidos que ya le queda­rían de su alocada expedición, y que el Mariscal Robledo lo conquistara de sur a norte con menos déla mitad. Mucho han debido mentir efusivamente nuestros abuelos andalu­ces de la epopeya americana cuando nos hablan de diez mil y de veinte mil combatientes indígenas a cada paso, pero aunque descontemos por el prudente sistema decimal siem­pre es que resultan algo tímidos esos ejércitos que huían a la vista de cuarenta espadas, ya que los arcabuces no eran de fácil aprovechamiento en tales «guazábaras», como en­tonces se decía. Si a esto añadimos la población negra que en mucha parte reemplazó a los aborígenes, llegada ahí len­tamente desde el siglo XVI, entendemos las pocas disposi­ciones guerreras que el pueblo antioqueño posee, aunque de cuando en vez envíe a Garrapata al doctor Marceliano Vélez y a las Sabanas de Bolívar al doctor Carlos E. Res- trepo. Guerreros no son: por una fantasía de la herencia dieron a la independencia hispanoamericana esos tres mu­chachos heroicos de nombre José María Córdoba, Atanasio Girardot y Liborio Mejía. El elemento africano tiene algu­nos descendientes valerosos en el Telembí y costa del Pa­cifico, mas no creo, en tesis general, que el mulato sea muy guerrero: la fantasía, la sensualidad y la pereza no se her­manan frecuentemente con el heroísmo.

Por lo que hace al inmigrante español, Antioquia le tuvo de buena calidad, del norte de la Península en un treinta por ciento más o menos, con andaluces, castellanos etc. Ahí fueron gentes de mucha empresa, porque el ais­larse en tales desfiladeros, secuestrados del mundo por sel­vas y lomas abruptas no era aperitivo de pusilánimes.

Esto explica la relativa homogeneidad del pueblo an­tioqueño en carácter y costumbres: unos centenares de fa­milias, de las cuales más de ciento eran vascongadas, lo formaron en el transcurso de cuatro siglos. A mediados del XVIII apenas si contaba la provincia cincuenta mil habitan­tes, lo que presupone la desaparición casi total de los abo­rígenes. Al comenzar el XIX la población alcanzaba a cien mil. Al iniciarse el XX era de un millón. Hoy día monta a más de dos millones, si computamos la intensa migración que ha dado para toda la República y algunas más remotas comarcas del mundo. Se puede decir que la población an- tioqueña era sólo el seis por ciento de la colombiana en el siglo XVIII y que ahora pasa del veinte por ciento de esa proporción.

El antioqueño está definiendo un tipo peculiar. Si a otro grupo de raza se asemeja es quizá al del sirio monte- libanés, aunque en las capas inferiores se encuentra muy frecuentemente el mulato, y a las superiores va llegando asimismo, porque es muy demócrata en sus relaciones so­ciales y da amplia preferencia a las circunstancias morales e intelectuales de sus presuntos allegados, y a las de amor y conveniencia económica, como es norma casi genérica de toda la República en los últimos tiempos.

En lo físico el antioqueño es de buena estatura, poco elegante de movimientos, ojos pardos, de párpados bella­mente dibujados en leve ondulación que les da dulzura, sobre todo a las mujeres (que muy esbeltas son además,) no tan amplios como en el costeño ni de cejas tan enarca­das y airosas, pero de mirar más aterciopelado e intimo. Por acción del ambiente campesino, tal vez, cara y manos se arrugan pronto. Su acento es desapacible, aunque sabe y suele darle inflexiones de ternura; ingrato al oído por care­cer de ritmo variado, ahuecar un poco la voz hacia la tona­lidad de viejo, acentuar dejativamente la frase y articular mal algunos fonemas, como la «s», que pronuncia llevando la punta de la lengua algo hacia atrás, lo que la aproxima levemente a la «ch», sonido éste el más antipático de nues­tra lengua. Carece de la «11», y como todos los americanos de la «c» y de la «z». Habla por lo general en voz alta y acciona abundantemente. En esto de la acción o gesticula­ción hay para todo un análisis, pues cada región de nues­tro país tiene su manera y ritmo, que nunca confundiría uno a la distancia bogotano con costeño o antioqueño si les ve la expresión de las manos, en la cual mete cada provincia toda su urbanidad y temperamento.

En la alimentación del pueblo antioqueño entran como bases fundamentales las papas y yucas, el arroz, los fríjoles, el maíz y la panela (azúcar sin retinar), de los cuales puede decirse que 110 falta ningún día en casa alguna, preparán­dolos de varios modos, pues de los fríjoles hace sopas de cuatro o cinco variedades y platos secos de otras tantas; del maíz fabrica el pan de todos los días, apropiado a cada alimento, porque no es uno mismo el que acompaña a la sopa que el tomado con el chocolate, ni el de «mazorca* o choclo (chócolo dicen ellos,) que el de maíz decorticado por ebullición con lejía (maíz pelado, en su nomenclatura,) ni éstos se asemejan al fino bizcocho que cuece en «cayana* (especie de muy grande plato o fuente de barro cocido;) en fin, con él prepara la «mazamorra* (o «peto», como di­cen los bogotanos,) bebida refrescante y alimento a la vez de muy alta potencia nutritiva; la natilla y los buñuelos de nochebuena; postres, en fin, de refinada industria ya.

Con estos cinco alimentos estaría bien el proletario antioqueño, y piácticamente a ellos solos se acoge en sus clases más menesterosas, pero en habiendo para mayores recursos añade a su mesa ordinaria el cacao, la carne de cerdo, en mucha parte, laticinios, frutas y legumbres varia­das, sobre todo en los últimos días en que va aprendiendo por divulgación médica el valor higiénico, nutritivo y esti­mulante de las muchas ensaladas que entran en la base de la alimentación europea.

El vestido del antioqueño era antes muy regionalmente característico: ningún caUado, pantalón de paño o dril, se­gún la categoría económica, camisa blanca muy bien aplan­chada, ruana (que dicen «poncho» en otros países ameri­canos) de lana o de algodón, de la mejor calidad que podía obtenerse, y sombrero de Suaza, de «jipijapa» o de Panamá (que de todas estas maneras se nombra el de paja «toqui­lla» finamente confeccionado en varios lugares del país). Debajo de la «ruana», y llevado al sesgo del hombro iz­quierdo a la derecha de la cintura, un guarniel de piel de nutria completaba el ajuar del aldeano y del campesino an­tioqueño hasta hace poco tiempo. Ahora se ha difundido la moda europea y ya la descrita indumentaria va siendo rele­gada como de montañeses («montañeros» o «montunos») a las clases más humildes.

Tímido y orgulloso a la vez es el antioqueño, mezcla que le perjudica grandemente, porque le priva de la flexi­bilidad del bogotano y de la agradable franqueza del cos­teño. Aventurero también, gusta de conocer el mundo, y es observador de mucha inquietud mental, aunque de informa­ción y en superficie todavía. No posee «humour», siquiera se le reconoce fama de chistoso, pues su gracejo es por exageración, al revés del bogotano que busca siempre el retruécano y el juego de las alusiones sutiles. Abusa del diminutivo para calificar las personas y las cosas, y sin em­bargo le embaraza expresar públicamente la ternura de sus íntimos afectos.

Conserva buena tradición de honradez, pero es ambi­cioso y un poco tahúr en los negocios. Progresista y civi­lista, ama la paz y la civilización material, presentando en esto un contraste insólito con el santandereano, porque siendo los dos tan semejantes en historia y medio am­biente el uno, según lo anoté antes, es individualista, y el otro muy inclinado a un socialismo de estado, a un subor­dinarse a la autoridad, a la comunidad municipal, a su de­partamento, hasta el punto de que tiene «socializados* casi todos los servicios públicos de alguna entidad: ferrocarri­les, tranvías, luz, teléfonos etc. Y en cuanto a pacifista, es fama en todo el país que no acoge guerra en su territorio, yendo, cuando circunstancias excepcionales a ello lo deter­minan, a pelear a otias regiones.

En estas materias es oportuno decir que la República no ha uniformado su situación social. El siglo XIX fue de reivindicaciones individualistas, un largo esfuerzo por ad­quirir los «derechos individuales»; el XX se distingue por una imposición de los «deberes sociales»; el período de nuestra vida colonial por su oligarquía económica. De ahí se desprende, en mucha parte, aunque ello ya toca a su fin, que Nariño y Boyacá sean en este sentido coloniales ; que Santander ande por el siglo XIX; Antioquia, en esto al menos, se muestra muy contemporánea; y que la Costa vacile en el caos todavía.

Por lo que a Antioquia respecta, ello consiste en un temperamento que le viene de muy atrás. Es, y siempre lo ha sido, pueblo de fácil gobernación, porque ama el bien público, el servicio social, la mancomunidad cívica. De ahí que fuera afortunada en sus gobernantes, desde el muy gentil y generoso don Gaspar de Rodas, el muy hábil y hon­rado don Francisco Silvestre, el diligente y severo esta­dista don Antonio Mon y Velarde, en la colonia, hasta el doctor Pedro Justo Berrío, epónimo de la estirpe.

¿Es inteligente el pueblo antioqueño? Por tal se le tiene en Colombia. Y hombres ha producido que bien le califican: José Félix de Restrepo en la jurisprudencia, educador, pre­cursor y una de las vidas de más bella trayectoria en nues­tra América; don José Manuel Restrepo, el primer histo­riador de la República, en quien la ciencia y la prudencia se aunaron siempre; Francisco Antonio Zea, el prócer ima­ginativo y romántico, naturalista a ratos, legislador a veces, culto, eso si, en todas ocasiones; Juan de Dios Morales, de los próceres del Ecuador; Juan de Dios Aranzazu, gran go­bernante de su provincia y buen gobernante de toda la na­ción, estoico en su dolor hasta el heroísmo; Alejandro Vélez y José María Salazar, eficaces servidores públicos; los tres jóvenes guerreros ya nombrados, Córdoba, Mejía, y Girar- dot; Pedro Justo Berrio, de índole patria» cal, modelador de su pueblo, gobernante digno de figurar al lado de los mejo­res Presidentes de Colombia; Manuel Uribe Angel, en quien el patriotismo, la bondad y la ciencia se conjugaron para hacer de su vida una bella parábola espiritual; Pedro Uribe Restrepo, médico y filántropo; Gregorio Gutiérrez González, poeta de primera categoría ; Vicente Arbeláez, pastor, tal vez el más ecuánime, de la Iglesia colombiana ; Emiro Kastos (Juan de Dios Restrepo) notable escritor de costum­bres nacionales; José María Villa, afamado ingeniero; Manuel Uribe Velásquez, Antonio M. Restrepo, F. Jara- millo Medina y Arcesio Escobar, cuatro jóvenes agra­ciados por el numen poético, a quienes temprano nos en­mudeció la muerte; Marco Fidel Suárez, hispanista de renombre continental, intemacionalista de estupenda am­plitud ; Andrés Posada Arango y Tulio Ospina, hombres de ciencia y educadores eminentes; Epifanio Mejía, dulce can­tor de su comarca; Francisco de Paula Rendón, costum­brista muy acertado; Juan de Dios Unbe, libelista comba­tivo, de una bella y rica prosa; Rafael Uribe Uribe, perio­dista y parlamentario sobresaliente, político y guerrero de impresionantes audacias, gran servidor de la República en otras esferas también; Fidel Cano, periodista de sobresa­liente influencia nacional y acrisolada ciudadanía; Antonio José Restrepo, espíritu vivaz y escritor de eximias cualida­des; Tomás O. Eatsman, de privilegiado entendimiento; Antonio José Cadavid, jurisconsulto notable; Emiliano Isaza, distinguido gramático y lexicógrafo; Pedro Nel Ospina, en fin: Nómina que se prolonga entre los contemporáneos con tanta solidez y brillo que apena el tener que cortarla sin calificar como se lo merecen a Juan Bautista Montoya y Flórez, Tomás Carrasquilla, Baldomero Sanín Cano, Carlos E. Restrepo, José Ignacio Escobar, Antonio J. Uribe, Joa­quín Antonio Uribe, Fernando Vélez, Juan de la Cruz Po­sada, Alejandro López y otros, muchos otros, que por ahí andan sirviendo y honrando a Colombia.

Y sin embargo, aún faltan para el perfecto servicio de lia comunidad más abundante cosecha de científicos y mayor cantidad de hombres dados a la especulación, porque es innegable la pobreza de verdaderos ensayistas y ta ausen­cia de filósofos que interpreten el. mundo y eí espíritu a través del; temperamento del grupo racial! y de las suges­tiones que a ello aporta el medio ambiente; como faltan, asimismo,, técnicos de más ahondada especia!ización y rne- jjoirorganizadio'estudio^. Loque existe es loable en justicia sii paramos mientes en el! esfuerzo asombroso que ello ha costasdlo. a este pueblo,, arraigado entre riscos casii inacce­sibles,. dürante cuatro, centurias aislado por extensos bos> qiues. su ú¡niica víía die comunicación, q¡ue es eli Río Mag­da! fcnai,, y alejadlo dieJl imir cosa die nuil; kilómetros die d'jftíciill tránsito :: Esta- es el milagro, die- aquellas; gentes,. q¡ue así; tan pobres y solitarias guardaron la lumbre de indeficiente as­piración a la remota cultura madre de que su ideal se nu­trió casi por instinto. Siempre he preciado mucho esta vo­cación admirable del pueblo antioqueño a ennoblecer su es­tirpe con dones de espiritualidad a través de un sino adverso.

Y me he preguntado algunas veces: ¿Cómo fue aque­llo? En el siglo XVIII era casi apenas una tribu bárbara: No tenía moneda, no existia en toda la comarca una im­prenta, ni universidad, normal o colegio de segunda ense­ñanza (excepción hecha de uno, prontamente extinguido, de los Padres Jesuítas.) Pasaban generaciones sin recibir la visita de un Obispo, porque entre ellos no lo hubo; el clero parroquial se ordenaba donde podia y con los rudimentos teológicos y litúrgicos que lograba atrapar a la buena de Dios; un médico herbolario para toda la provincia o nin­guno a veces; y algún licenciado en leyes quizás. Los ca­minos eran unos despeñaderos de cabras por donde los viajeros aristocráticos transitaban a «lomo de indio», el comercio exterior seguía la ruta inverosímil de Juntas del Ñus y de Islitas, a buscar el Magdalena en frágiles ca­noas que surcaban milagrosamente el rio Nare, de incierto caudal, o intentaban abrirse paso por Victoria, San Barto­lomé, Zaragoza o Cáceres, de mayores dificultades aún. An­tioquia, Rionegro, Medellin y Marinilla eran cuatro aldeas con el generoso nombre de villas y ciudades, donde casi to­das las gentes iban descalzas y comían elementales platos de una cocina tradicional, muy igual para todos, sino es en costosos festivales y nochebuenas en que salían a lucir al­gunas golosinas y vinos traídos de España o criollamente improvisados mediante el ingenio de tias rezanderas y grá­vidas mamás. ¿Comunicación intelectual, libros, periódicos, institutores, viajeros, correos, en fin, noticias siquiera? Muy raros debian de ser y lo fueron seguramente. La lengua, la religión, el cabildo y el hogar, el hogar sobre todo, ajuicio de sagaces observadores de aquellos días coloniales, a la manera de un rescoldo protector de la chispa bondadosa, le salvaron de caer en la salvaje* que le amenazaba desde el vecino bosque virgen y las hondonadas de los ríos rugientes.

Durante el siglo XIX le guiaron seis hombres que fue' ron a modo de seis columnas de su arquitectura espiritual, aunque dos de ellos no nacieran en sus riscos; Félix de Res^ trepo, Juan de Dios Aransazu, Mariano Qspina Rodrigues, Juan de la Crua Góme* Plata, Pedro Justo Berrío y Manuel Uribe Angel, citados anteriormente, mas aquí diferenciados en su augusta misión de escultores de un pueblo que al crecer los encumbra más y más arriba en el horizonte de la patria. Mucho se destaca en nuestra admiración la obra de Berrío. Organizó constitucionalmente un estado rebelde. Atendió a la justicia, al progreso material y a la educación, sacando para ello recursos casi de la nada y administrán­dolos con pureza eximia. Instaló el telégrafo en 1867; la Escuela de Artes y Oficios en 1870; la Universidad en 1871; la Escuela Normal en 1872; emprendió la primera carretera del departamento; acuñó bellísima moneda de oro que aún luce en collares y brazaletes de las muchachas bonitas y en las arras de los desposados; armó el departamento de las mejores armas que entonces se conocían en Europa, no para la guerra, sino para defender la constitución y la liber­tad de la República; fue mentor de la juventud inteligente, mecenas, profesor universitario, censor de las buenas cos­tumbres y ejemplo vivo de caridad y de santidad: Y tan hondamente dejó impresa su acción en el pueblo que go­bernó por diez años que muchos labriegos de Antioquia po­drán olvidar quiénes fueron sus abuelos, mas ninguno cier­tamente ignora quién fue el doctor Pedro Justo Berrío.

Y sí ya no de lo adquirido hablamos, sino de las ten­dencias que preparan el futuro, ¿le será a este pueblo igual­mente favorable el balance de su inteligencia? Al occidente colombiano ensombrece un poco hoy día la orientación con­temporánea hacia una civilización económica, edonista y sobre todo enamorada del buen éxito fulminante, del triunfo por el triunfo a veces, como realización de la personalidad, y del triunfo como obtención de las comodidades que «sen- sualicen * la vida, hasta ese límite de extravagancia con que gentes de otros lares, sin exacta noción de su entidad, doran y barnizan la angustia de sus instintos apremiados y enfermos. No que el Occidente colombiano toque, ni con mucho, a tales extremos, sino que parece enamorarse más de la riqueza pecuniaria que del espíritu, siquiera indivi­dualidades prestantes y avizoras inteligencias lo prevengan y amonesten.

Espero, no obstante que dicha desviación obedezca a orientaciones fugaces, un algo «inasible», imponderable ideal o aroma, se advierte en la vocación y en las labores de ese pueblo que lo señala con noble estigma para elevada misión. Rotas las adversidades de su vida material, equi­librada su sangre más aún entre los muchos «factores* étnicos que lo están constituyendo y armonizando a su ma­nera con el ambiente en que funciona dará de sí buenos frutos espirituales.

Que enaltezca su misión tiene grande importancia para todo el país dados su alto coeficiente de natalidad, su posición en el centro de la República y su tendencia migra­toria que le llevó primero a poblar el departamento de Cal­das y luégo la zona del Quindío en las «vertientes» que miran al Valle y al Tolima, y en fin, a avanzar por las faldas de la Cordillera de Occidente, creando ricos y her­mosos pueblecitos de mucha esperanza. Aún le queda por hacer en esas dos cordilleras, sobie todo en lo que va del Quindío a las fuentes del Caquetá, en donde le aguardan para cruzarse con el tolimense terrenos de primera catego­ría, y en la otra cordillera, por las regiones que conducen al Chocó, donde algunos sitios hay, también, propicios a la agricultura y los ganados, al arroz en las tierras bajas, al algodón en las más abrigadas contra la humedad etc.

El grupo caucano que hoy día comprende algo más de novecientos mil descendientes de españoles, africanos y aborígenes de América, con tendencia al predominio de la blenda mulata, ocupa una región de cuarenta y nueve mil ciento sesenta y cinco kilómetros cuadrados, dividida en setenta y dos municipios, de los cuales veinticuatro son ciudades mayores de diez mil habitantes. Cali, que aparece en el censo de 1928 con ciento veintidós mil, cifra proba­blemente algo exagerada, y Popayán con treinta y un mil, presiden la función administrativa.

Los departamentos del Valle y del Cauca dan por tra­dición el gentilicio univoco de caucano a un grupo de nues­tra población que ha regalado a la República con hombres de primera magnitud en su evolución histórica. Suyos fue­ron Francisco José de Caldas, espíritu elevado y candoroso a la vez, pleno de una vocación mística por las ciencias, y en ellas perito como pocos en la América de su tiempo; Camilo Torres, jurisconsulto que entabló pleito de cuantía espiritual a la Madre España por su conducta aturdida para con el criollo de estas latitudes, y que a las puertas de nuestra soberanía vigila por las virtudes de la estirpe con su prestancia moral incólume; el gran don Joaquín Mosquera, bello de cuerpo y de alma, alto en su saber ju­rídico y en el dón de consejo, diplomático de exquisita dis­tinción, educador y servidor público por mero amor de la patria, cabeza y guión de una familia que nació para las más encumbradas jefaturas, tal ese hermano suyo, alocado y complejo, que fue presidente de Colombia con el pere­grino nombre de «gran General Mosquera»; tal otro, pri­mado de la Iglesia colombiana, puro, ilustrado y arrogante, a quien decimos « El Arzobispo Mártir»; diplomáticos, le­gisladores, en fin, en larga serie de parientes en que des­cuellan sus primos los Mosqueras Figueroas, de altísima posición social y política aquí y en la España de Fernando VII. Hombres de bella trayectoria intelectual, José María Cabal y Julio Arboleda, por ejemplo; escritores y gober­nantes del alto nivel de Manuel María Mallarino, Manuel Antonio Sanclemente, Sergio Arboleda y Luciano Rivera Garrido; ingenios de sorprendente habilidad, de la índole de Carlos y Jorge Holguín, Carlos Albán y César Conto; guerreros ilustres de la altura marcial de Benjamín Herrera y José Hilario López; científicos de grandes virtudes so­ciales, de la talla del doctor Evaristo García; glorias con­tinentales, como Jorge Isaacs y Guillermo Valencia, amén de una larga serie de letrados y servidores públicos, nietos casi todos dél conquistador Sebastián de Belalcázar, que el lector colombiano nunca olvida.

Tres zonas ofrece aquel territorio a nuestra conside­ración: la litoral, que toca el Océano Pacifico; la serrana, que comprende grandes extensiones de las cordilleras Cen­tral y Occidental; y la bella planicie del Río Cauca. Poco aprovechable la primera, sino es en discretas porciones, cubiertas de manglares, muy enfermiza y quiiás poco fér­til. La segunda tiene terrenos de primera calidad en el al­tiplano de ambas cordilleras y a las orillas de algunos ríos, como el Timbiquí, fuentes del Caquetá etc. La última es el orgullo de nuestros panoramas por su belleza impresio­nante, y una de las regiones de más porvenir para algunos cultivos, como la caña de azúcar, el algodón, el cacao, finos pastos y palmeras, árboles frutales, en fin, que todo ello produce de calidad excelente.

Los declives de ambas cordilleras van desarrollando cultivos correspondientes a su clima, sobre todo el café. Otras riquezas, el carbón, por ejemplo, aguardan circuns­tancias propicias para realizar en el mercado su enorme po­tencia industrial.

Los elementos raciales que pueblan esta variada re­gión, son tres asimismo : Un cinturón costeño de raza afri­cana que se interna por las hoyas de los ríos, y remonta hasta Dagua, en el Ferrocarril de Buenaventura; la zona trigueña que abarca toda la serranía y se extiende luégo por el Valle hasta el Zarzal; la región mestiza que co­mienza en las estribaciones de la cordillera del Quindío y se confunde al fin con la población tolimense.

La evolución de estos grupos raciales es socialmente muy instructiva: En la colonia y durante los primeros ochenta años de nuestra vida republicana predominó en el antiguo Cauca una aristocrática minoría, noble de sangre y de conducta, de la cual son ejemplares sobresalientes los personajes antes mencionados como glorias del país ; ocu­rrió luégo una pausa racial, un silencio del espíritu, tal vez mientras se efectúa la blenda y se armonizan los elementos en un carácter uniforme, y ahora se ve surgir poco a poco el nuevo producto con muy diversa psicología. El antiguo señor caucano, cuyo centro genealógico se halla en Po- payán, con rizomas de buenas familias en las ciudades del resto del Valle, digamos Buga, Cali, Palmira etc., diose a matrimonios endogámicos que acumularon las deficiencias que en su constitución fue arraigando la acción deletérea del clima, hasta debilitar notoriamente las nobles cepas ra­ciales; aplicóse a un régimen económico de pastoreo, nada propicio al desenvolvimiento de la riqueza regional y no muy apropiado a la exaltación de un vigoroso tempera­mento, pues no fue ahí, como en Los Llanos de Casanare, de lucha brava con la naturaleza, sino de muelle «absen­tismo» de los patrones y de floja actividad en los adminis­tradores y asaliariados de la clase inferior.

El negro de tales zonas se doblegó también a la ín­dole desidiosa de su ánimo y fue constantemente perezoso, casi vegetativo, conformándose con el fácil sustento de la pesca y del banano a orillas del Cauca y de sus afluentes, como el Jamundí y el Bolo.

El mulato reaccionó contra estas dos suicidas tenden­cias vegetativas de sus progenitores, y con una fantasía muy peculiar suya y una vanidad provechosa quiso es­calar posiciones sociales y económicas que descuidaron aquellos, y muy pronto les arrebató el predominio, con la ayuda, y ayuda ingente, de los colonos de raza antioqueña que fueron acercándose al Valle en círculos concéntricos de vigorosa dominación. A este nuevo inmigrante se le opuso primero una enemiga a muerte, una verdadera excomunión social. Más tarde se le reconoció un papel de primera mag­nitud en la vida económica regional, y hoy ya han desapa­recido las rivalidades, y antioqueños y caucanos fraternizan en las plazas de Cali, Cartago, Palmira, Pereira y, más aún, en las hermosas poblaciones que aquellos han fundado en Darién, Sevilla, Restrepo etc.

La nueva civilización del Cauca será, pues, trigueña: Los «Indostanes», como ellos mismos tienden a llamarse en una interesante reacción de orgullo racial, hermana más altiva de la otra de los mestizos de la altiplanicie chibcha que a la literatura asomose con el nombre de los «Ba- chúes», cabriolas de inconformidad con el predominio de la vieja cepa española minorada y débil, son una imagen oportuna.

Esta sorda contrariedad que las razas dominantes presentan en aquel crisol del Cauca es muy notoria en la psicología diferente que desarrollan las dos ciudades capi­tales de Popayán y Cali. Recinto aquella de una cultura evocadora, un poco apergaminada, clásica y latinista, poé­tica y almenada espiritualmente, con un acento más caste­llano en la conducta y la fonética; criolla, económica y febril la segunda, de mayor vitalidad e inquietud emotiva y un acento sin «11», con suave dejo tropical muy tenue y perceptiblemente altivo.

Con una hábil conducción por parte de sus hombres más discretos en lo social y administrativo esta región co­lombiana puede producir nuevamente un admirable rendi­miento si no se deja asfixiar por el impulso materialista que la asedia, y logra para la fusión de razas que está ope­rando un ritmo de cordura espiritual, un pulimentó de aris­tas, mediante el cual la acción orgánica desplante la agi­tación de la mera fantasía, y a los elementos de color que van avanzando y retinándose Ies transforme la vanidad de parecer por el orgullo de ser, mutación de esencia que ha de sufrir el criollo del Caribe para coronar el triunfo que la naturaleza le está brindando en donación espontá­nea y gentilísima.

Y es precisamente en el Cauca donde ha de verificarse esta revolución sustantiva, pues ninguna otra región del país ofrece mejores circunstancias étnicas, agrícolas y geo­gráficas para este experimento de una civilización tropical. La inmensidad de esta misión y su inminencia en el espacio y en el tiempo me dan audacia para presentar desnudo y trémulo de vida este problema nacional a la nueva gene­ración caucana, que tan hondamente atrae mi simpatía y mi esperanza.

Bondadosa, la tierra del Valle ha puesto siempre en el alma de sus hijos una elación de elevados sentimientos, eclógica en verdad y suavemente panteista, cual es no­torio en el canto de sus poetas y en los idilios patriarcales de sus novelistas. Esto no morirá, antes la veremos surgir remozado y fresco, eficaz y fecundo en nobles creaciones cuando el alma de ese grupo racial equilibre sus conflictos de sangre en un temperamento definido. El paisaje enso­ñador de aquella dulce planicie fluvial se enseñoreará de sus privilegiados poseedores y los modelará a su imagen edénica, perdurablemente espiritualizadora. El paisaje es «congenitor» de razas, plasmador de sensibilidades : Allá en los Llanos de la Orinoquia bravia canta nuestro mes­tizo ante el pasmo de la agresiva inmensidad un rudo de­safío fatalista e irónico a las dos deidades que rigen su mundo con implacable imperio, la muerte y el amor; a ellas enlaza con caricias dolorosas y rugientes de felino en la hora de la plenitud y en sus brazos sucumbe silencio­samente heroico; la apeñuscada serranía antioqueña im­pone su altiveza inquisidora en el alma de sus hijos y engendra una literatura de recio realismo autóctono; su­giere en la Sabana un discreto ritmo evocador, ondulante y místico como una leve espiral de perfumado incienso: ahí en el Valle las praderas y colinas, la limpia fuente de los ríos, las palmeras doradas por la rubia luz de las au­roras, ungirá con poesía bucólica el labio de la estirpe.

En el exlremo sur de Colombia está situado el Depar­tamento de Narino, tan distante y aislado del resto de la nación que bien pudiera decirse que es un islote mediterrá­neo, aun bajo el sino espiritual de la vecina República del Ecuador. Las vías de comunicación que ya le están articu­lando en todas direcciones le transformarán muy pronto, hasta el punto, tal vez, que poco de lo que intento comentar de sus costumbres, cultura y economía subsistirá dentro de veinte años.

En territorio de 31,235 kilómetros cuadrados posee una población de 500,000 habitantes, descendientes de coloniza­dores españoles, principalmente vascos, castellanos y anda­luces; de aborígenes quillacingas, caribes y pampeanos ; y de africanos en el litoral del Pacifico y cuencas hidrográfi­cas de los ríos que allá desembocan, en un «mestizaje» en que predomina notoriamente la sangre indígena.

La capital de esta región es Pasto, con unos 45,000 habitantes hoy día. El departamento está dividido en cua­renta y nueve municipios, de los cuales once ciudades con más de 10,000 pobladores.

Por los caracteres predominantes denomiraré «hispano- quillacinga» a este grupo racial.

La topografía del terreno se distribuye a la manera muy general de Colombia, en altas mesetas frías, «vertientes» de temperatura media y zona baja de los grandes ríos y del mar. Al llegar los Andes ecuatorianos a la frontera de los dos países, forman una elevada y fértil planicie, aproxima­damente de 600 kilómetros cuadrados, que por Túquerres é Ipiales dominan las cumbres nevadas del Cumbal y Chi­les y el volcán apagado d¿l Azufral, separada por el cañón del Guáitara de un recodo más pequeño que domina la cum­bre del Galeras, volcán activo todavía, a cuyo pie está edi­ficada la ciudad capital, antiguamente llamada Villaviciosa de los Pastos, hoy simplemente Pasto (del quechua «Pastu») sobre el risueño vallecito de Atriz. A estas alturas de la meseta, que alcanzan a 3,000 metros sobre el océano, el cli­ma es frió y los cultivos correspondientes de papa, muy afamada ciertamente, de cebada, que sirve de base a la ali­mentación de las clases pobres en fo»rna de «chara» para la sopa, de «acó» (mezclada con maíz, para diluir y formar una bebida refrescante); de abundante trigo también, de maíz y hortalizas muy variadas; y entre los animales do­mésticos el curí o cobaya, que contribuye por mucho a la alimentación del pueblo de aquella altiplanicie. Los pastos de esa región son reputados como de excelente calidad nu­tritiva, y se dice del suelo que es bien aereado, constituido por detritus volcánicos fertilizantes y capa suficiente de hu­mus vegetal en las zonas propicias. En esa elevada plani­cie se goza de bellas perspectivas por lo ya dicho de sus cumbres nevadas y praderas, con un fenómeno de reflejos verdegueantes de la luz sobre las nubes, que es muy origi­nal y seductor.

De uno y otro lado de aquella altiplanicie descienden los contrafuertes: al Océano Pacífico con los ríos Patía, de 450 kilómetros de curso, aproximadamente, y Telembí, afluente suyo de difícil navegación, colectores de las aguas de ese declive; y otros al sudeste con el gran Putumayo, de 2,000 kilómetros de recorrido más o menos, y su afluente el Guamués, como arterias fluviales de mayor magnitud. Esas «vertientes» producen anís, plátano, café, yuca, fique etc., y en las riberas de los ríos occidentales, en terrenos de in­ferior calidad agrícola, existen minas de oro, como las muy notables de Barbacoas, de 975 quilates de pureza, y las inexploradas aún de otras fuentes, el Patía y el Magüí, por ejemplo. El litoral es de escasa importancia actualmente (sí no es por la existencia del puerto de Tumaco), cubierto de manglares, pantanoso, enfermizo, y habitado por una po­blación agobiada por las endemias peculiares a nuestro tró­pico, como el pian, el paludismo, las verminosis intestina­les, algo de sífilis y de tuberculosis, sin duda, a más de la pobreza e ignorancia que es normal en esos remotos y es­condidos lugares. Un núcleo de aquella población se dife­rencia y aísla de la general, y tiene mayor orgullo de su es­tirpe, en la región de Iscuandé. También es útil anotar que en las márgenes del Mira, del Rosario, del Telembí y aun en la playa salobre del océano, surgen ahora, y ya prospe­ran, cultivos de arroz, de cacao (destruido enantes por la «escoba de bruja»,) y que los geógrafos hablan de una zona fértil entre las vertientes de la cordilla y los manglares de la costa, hasta de treinta kilómetros de anchura.

Del otro lado, hacia la pendiente amazónica, baldía y salvaje, escasamente poblada por tribus de descendencia caribe y pampeana que hablan dialectos derivados del que­chua, viven pobremente, diezmados por la inmisericordia de los antiguos caucheros de nacionalidad extranjera que usufructuaron las grandes selvas del Ñapo, del Putumayo y del Caquetá con tan sanguinario instinto y depredatorias costumbres que en veinte años de su régimen deshonraron a la humanidad y casi extirparon la población aborigen, linda con la dilatada Amazonia, en la cual últimamente el gobierno colombiano, después de encomendar la civiliza­ción de esas regiones (hoy repartidas en intendencias y co­misarías por lo que hace al régimen civil,) a misiones reli­giosas de muy discutible eficacia, adelanta una acción civil y militar al parecer más enérgici.

Sobre estas materias de la civilización de los aborí- genes americanos la historia y la sociología tienen una pa­labra que añadir: y es que sólo el cruzamiento con las razas superiores saca al indígena de su postración cultuial y fisiológica. De ahi que el esfuerzo catequista de varios siglos en nuestras selvas del sur y en las estepas del oriente, con un gasto que ya monta a muchos millones desde el tiempo de la colonia hasta nuestros dias, no está represen­tado por nada, por absolutamente nada que no sea el relato anual de los inmensos sacrificios que hacen los misioneros en meterse a esas desoladas regiones de cuando en cuando para bautizar por la décima vez a los mismos salvajes que eternamente permanecen salvajes. Son cincuenta mil indios que allá viven, que allá han vivido, y cuya educación total en Oxford habría costado a la República menos tal vez que la secular tarea de evangelizarlos cada año nuevamente. Las misiones Jesuítas del Paraguay tuvieron «civilizados» a los guaraníes durante ciento cincuenta años, pero sin cru­zarse con ellos, sin desarrollar la personalidad: y no obs­tante la rigurosa disciplina que les impusieron a través de cinco generaciones, a pesar de la riqueza comunal que crea­ron, al día siguiente de la expulsión de las misiones los indios volvieron a ser tan salvajes como si San Ignacio de Loyola no hubiera nacido aún. Nosotros tenemos en pe­queño una experiencia semejante con todos los catequistas que la caridad cristiana ha creado en el mundo y traído a nuestras selvas.

Las familias de proceden:ia española que retuvieron el orgullo de sus antepasados constituyen en Pasto, ¡piales, Túquerres y Barbacoas una minoría aristocrática al rede­dor de los Zaramas, Villotas, Santa Cruces, Astorguizas, Zambranos, Rodríguez, Angulos etc. que enquistados en una consanguinidad prolongada acumularon flaquezas hasta deteriorar un poco la estirpe.

Los aborígenes son de buena índole, muy laboriosos y hospitalarios, aunque sujetos a las dolamas de una excesi­va pobreza, cuales son la mugre, la embriaguez, el hurto (abigeato especialmente,) la mentira, la carencia de ini­ciativa cultural etc. Viven en sus parcelas de los «repartos » de indios, las que trabajan en las primeras horas del dia y al caer de la tarde, y se alquilan o «conciertan * en las próximas haciendas para una jornada de las nueve de la mañana a las cuatro post meridiem por un sueldo 1e diez a veinte centavos, comprometido de antemano en anticipos, que a veces cubren dos generaciones. A pesar de su pobreza hacen honorable vida familiar, y no son tan crueles, tan melancólicos ni tan dados a los delitos de sangre como los chibchas ( quizá porque su bebida fermentada no es tan al­cohólica ni tan viciada de tomainas (?) como la chicha cun dinamarquesa y boyacense.)

Encerrado en su territorio el nariñense ha tenido que bastarse solo, produciendo casi todo lo que consume: ha­ciéndose su vestido en telares rudimentarios, fabricando su sombrero, hasta hace poco de una borra de lana prensada, ahora de paja «toquilla»; enantes su calzado de cuero cru­do en forma de abarcas o «quimbas», hoy alpargatas de lana y fique; llevando la tradicional «ruana» pastusa, e iniciando ahora el uso de la chaqueta y de la americana; en todo lo cual demuestra mucho arte, como lo atestiguan, en otro sector industrial, sus célebres lacados.

En su lenguaje tiene una buena copia de indigenismos (tomados principalmente del quechua,) algún abuso del ge­rundio, cual es de regla entre aborígenes que no manejan bien el castellano, y una de las más interesantes perturbaciones del idioma de que yo tengo noticia, el empleo del in­finitivo verbal en desinencia diminutiva. Y así dicen, v. g.: * Vendrisme trayendo un cuy», por «tráeme un curí »; « ha- cerisme el favor de andarcito de la acera, guagua *, lo que equivale a «niño, bájate de la acera ». Y aún con una estu­penda variante de conjugación: «Subiriste al cucho para que no te humedades», lo que significa : « Súbete al cuaito para que no te humedezcas ».

Entre el indígena puro y el descendiente de encomen­deros españoles no hay linde precisa, porque desde la plaza mayor de Pasto al Valle de Sibundoy, vamos al decir, se observan todas las transiciones posibles.

Considerado en su conjunto, el pueblo nariñense es amable, sobrio, delicado de maneras, suave de trato, vale­roso en la guerra, laborioso en la paz, respetuoso de la tra­dición y del derecho, conservador y un poco fanático, cual es frecuente en aquellos grupos de nuestra población en quienes predomina la sangre aborigen, al revés de los en que supera el elemento de color, adheridos de preferencia al partido liberal por gratitud (en parte) a la liberación absoluta de la esclavitud que éste instituyó a mediados del siglo XIX (l.o de enero de 1852). En la lucha por la inde­pendencia inostrose asiduo defensor del gobierno penin­sular, o más bien de su clero y caudillos regionales, y fue heroico en varias ocasiones. Guerrillero temible entonces y en las revueltas civiles más tarde, uno se pregunta de dónde le viene aquella cualidad, si tan humilde parece en la vida cotidiana y sosegado. En el indígena nariñense hay dos ele­mentos distintos, a saber: El quillacinga, súbdito del anti­guo Imperio Incaico, aunque no de su raza, guerrillero tenaz que no retrocede, que no calcula peligros, que se adjetiva a sus capitanes, llámense Agualongo, Villota u Obando;y el «guaicoso» (del quechua «huaicos*, barrancas) habi­tante de las hoyas hidrográficas, más belicoso todavía, el patíano v. g., célebre en nuestras campañas del Sur, segu­ramente emparentado con los caribes.

Dado a las ceremonias religiosas, como pueblo que no tiene otro ideal que la fe ni otra expansión del ánimo que la liturgia y las escenas populares del culto, asiste frecuente­mente a procesiones, peregrinaciones y fiestas de esa índole; y hasta posee, a la manera del indígena boyacense, imáge­nes religiosas de renombre nacional. Por sus remembranzas españolas gusta también de becerradas, y en todo mezcla un poco de música popular, murgas aldeanas de clarinete, flauta y tamboril, a más de la «marimba», predilecta de sus antepasados aborígenes.

Pueblo todavía patriarcal, conserva costumbres pinto­rescas, como el presentar los amigos en comunidad el pé­same a los deudos del recién fallecido; el ayudarse en « minga * a veces (trabajo gratuito de varios en servicio de un particular ); el dejar en los campos de labranza un poco de la cosecha de calidad inferior para que la recojan los pobres (o « chachacuadores»), imitando inconscientemente a Booz, aunque sin las consecuencias de Rut; el regalarse, en fin, con las primicias frutales desús campos etc. «Et caetera » en que cabe la delicada muestra de estimación y de simpatía con que las bellas serranillas y mozas suburbanas, que allí dicen « ñapangas », se dan, sin disgusto de sus pa­dres, en matrimonio subrepticio, aunque leal y duradero, a los mocetones de buena estirpe, de que surgen familias de una selección muy técnica, si hemos de creer a los euge- nistas, y que en todo caso constituye un episodio envidiable para más de un don Luis de Manara que vegete entre las anémicas aristocracias del mundo civilizado, aunque temo dar la noticia un poco tarde, pues el cinematógrafo y las vías de comunicación nos están trastrocardo nuestrapsico- logía antañera.

Esta región del país aún no ha dado a la República el «equipo» de hombres notables que le corresponde por su po­blación. Ello no es causado por deficiencia mental o de ca­rácter: Dentro desús recursos de vida produjo al Padre Juan Lorenzo Lucero, misionero apostólico de la Amazonia; a los Villotas, el guerrillero y santo Padre Francisco, gran perturbador de la República naciente, y Elíseo, jesuita eru­dito ; a Agustín Agualongo, el más célebre guerrero de aquella comarca, de puro abolengo indígena (Longo signi­fica indio); a Monseñor Antonio Burbano, primer obispo de la Diócesis nariñense; a Manuel de Guzmán, sacerdote de mucho prestigio regional como orador sagrado; a Rafael Sarasti, general de la República, ministro de guerra en el Ecuador; a Tomás Hidalgo, perito en prehistoria ameri­cana, al decir de sus conocedores; a Adolfo Gómez, reputa­do por sociólogo en su medio ambiente ; a Pedro Rodríguez, en fin, y a José Francisco Zarama, Medardo Bucheli, Juan E. Moncayo, Manuel M. Garzón, Antonio Chaves, José An­tonio Llórente hombres de mérito en la administración

pública seccional, en la judicatura o en el parlamento, y al­gunos otros que actualmente se distinguen en el país y en el extranjero como ciudadanos de fama nacional.

En realidad Nariño no tuvo antes medios de cultivo in­telectual para poder sobresalir, ni campo de acción estimuIante de dichas empresas, porque en descollando ahí uno de sus naturales íbase muy presto a la vecina República del Ecuador, adonde su débil calidad de extranjería no vedaba totalmente el arribo a las carreras de más renombre, como la parlamentaria y la administrativa, y menos aún las pro­fesionales, al menos durante el siglo XIX. Aquella defi­ciencia del medio cultural la ilustra el caso del señor Be­nigno Orbegoso, institutor trashumante (bogotano tal vez,) y pedagogo ilustre, aunque sin el concepto moderno de estas disciplinas, quien en pocos años de labor, sin auxi­liares, educó un buen centenar de muchachos de entonces ( hacia 1880,) con un bello resultado que perdura todavía. Por lo cual puede enunciarse que dentro de poco tiempo, deshechas las dificultades de tránsito que antes aislaban aquel país, y holgado con el desarrollo de sus industrias, nos regalará abundante cosecha de conductores espiri­tuales, renovará su ambiente social más aún, depurará, en fin, hasta las graciosas perturbaciones que hoy aquejan su lenguaje.

Cerrando la curva de este viaje imaginario llegamos al antiguo departamento del Tolima, que forman las tierras regadas por el Magdalena desde los rápidos de Honda has­ta sus fuentes y las de sus tributarios de una y otra cordi­llera (Central y Oriental), con un extenso valle de pobre vegetación en su mayor parte, constituido por un suelo de grava desprendida de las vertientes próximas, muy poroso y sujeto a la sequedad. Son fértiles algunas zonas mejor re­gadas, como las vegas del Lagunilla y del Guarinó, cabe­ceras del Saldaña y del Cucuana, cuencas del San Juanito y del Paece, valle de Pitalito, las altiplanicies de Roncesva- lles, las vertientes del Líbano etc., y hay opiniones favora­bles sobre la posibilidad de hacer feraces otras zonas en la llanura mediante el riego adecuado de algunos ríos.

Este es el séptimo grupo racial colombiano, de origen hispano-caribe, como el de Santander, comprendido ahora en los departamentos de Huila y Tolima, de 44,485 kilóme­tros, con una población de 700,000 habitantes, enmarcada en setenta y siete municipios, de los cuales diez y siete ma­yores de 10,000. Ibagué y Neiva son sus ciudades capitales con unos sesenta y treinta mil almas respectivamente, si ha­cemos la corrección del censo de 1928.

Rico en otro tiempo en minerales de oro y plata y en algunas industrias, como la del tabaco de Ambalema y los sombreros de Suaza, amén de los cultivos peculiares de la tierra tropical (tierra caliente, que decimos nosotros) en pe­queña escala para el consumo interno, tiene en su mayor parte un régimen de pastoreo de escaso rendimiento por la mala calidad de los ganados y la pobreza de los pastos, si no es en afortunadas y discretas porciones, como ya lo expuse.

Esta precaria situación del Tolima ha creado un pro­blema de población, a mi ver, que consiste en su relativo es­tancamiento. A esto se añaden las temibles endemias que siempre lo azotaron, y que desde la época del descubrimien­to dieron tan triste renombre al Valle de Neiva, y en la de la República a las regiones de Honda, Ambalema y la Do­rada. Todo ello mejora rápidamente, que hasta parece ha­berse verificado un cambio en la nosología de tales sitios con la desaparición de la fiebre amarilla, disminución de la perniciosa, de la hemoglobinúrica, de la recurrente, en fin, atenuadas por la higiene y quizás también por alguna cir­cunstancia telúrica, como desmontes y disminución de aguas quietas. Aún padece, sin embargo, de paludismo, de ane­mia tropical, de bocio, de carate. Y hasta es muy digno de anotarse que los descendientes de tolimenses y dé santan- dereanos (como ellos atacados en algunas regiones de dege­neración de la glándula tiroides) presentan a veces, y no raras veces, en la altiplanicie fría, aún al cabo de varias ge­neraciones, hipertiroidismos y distiroidismos graves.

Físicamente presenta algunos rasgos muy diversos del mestizo hispano-chibcha, pues es de más aventajada esta­tura y posee una fisonomía aguileña, con ojos redondos, a veces de ave rapaz y nariz, que si no muy alta, sí se curva en altivo gesto, franca y combativa.

Es la población tolimense mestiza de español y de ca­ribe el más guerrero : Tamas, Paeces, Andaquíes y otras na­ciones emparentadas con éstas, como los Pijaos, Hondas, Poincos y Pantágoras etc., lo que explica en mucha parte el temperamento de este grupo, que si es patriarcal, hospi­talario, honesto, sencillo, como cumple a un pueblo pastor de tradición cultural ibérica, es, sin embargo, altivo y gue­rrero indomable en horas de conflicto, franco y leal siempre, amén de liberal en política y muy amigo de la igualdad y la justicia, como era de esperarse en descendientes de tan altiva estirpe guerrera aborigen. De ahí que sus grandes hombres se hayan destacado en nuestra historia por su al­teza moral y su apego a la democracia. El Fiscal Moreno y Escandón, que tan fuertemente sacudió el lastre colonial a afines del siglo XVIII, amante de la educación pública, pre­cursor moral de la independencia ; Murillo Toro, politico sutil, gobernante progresista, justiciero y hábil ; Francisco Eustaquio Alvarez, parlamentario de enhiesta altitud jurí­dica; José María Rojas Garrido, el orador de la democracia, disciplinado en letras e impetuoso tribuno a la vez; Aníbal Galindo, escritor y diplomático de aventajadas dotes; To­más Cuenca.de preclara inteligencia; José María Samper Agudelo, polígrafo de vasta información, e inquietud mental; su hermano don Miguel « que nació en Guaduas,) llamado por aclamación «el gran ciudadano», perito en ciencias so­ciales y políticas, varón de raras perfecciones ; Nicolás Es- guerra (que aunque nació en Bogotá, al Tolima pertenece también,) parlamentario, jurista y político de envidiable pulcritud espiritual, erguido y elocuente tribuno de bellas causas nacionales. Del Tolima fueron también el guerrero Nicolás Perdomo y el heroico guerrillero Tulio Varón, y a él se dio perdurablemente Manuel Casabianca, de tanto re­nombre en las contiendas civiles del último cuarto del siglo XIX por su valor e hidalga conducta beligerante; Diego Fallón, músico, matemático y poeta enamorado mística­mente de la perfección formal, grandioso en su originalidad, sencillo y sereno en su grandeza; josé Eustasio Rivera, el lírico que estigmatizó la impiedad de los hombres en la sal­vaje Amazonia internacional y reveló la tierra patria con pupila de Kodac y aletazos de cóndor.

Pueblo suave que en el dejo quejoso de su acento arrulla la dignidad del hombre libre, el magisterio de la propia conciencia y el amor inefable de la patria: bajo su aparente debilidad encubre uno de los grandes caracteres de la República y de ella es y será vértebra de perdurable articulación nacional.

De ahí que al verle minorado su impulso de crecimien­to aspire yo a que se le dé en las cordilleras que le sepa­ran del Cauca, del Caquetá y del Ariari sendos Quindíos en donde vigorizar su sangre empobrecida, multiplicar su gente, enriquecer su hacienda, adquirir una dilatada enti­dad que asiente en el riñón de Colombia el lastre racial co­hesivo de su gran temperamento.

Aquí se presenta la oportunidad de reasumir la tesis de que Colombia sigue una civilización de «vertientes» e indi­car, en consecuencia, que no son los extensos bosques de la Amazonia y de la Orinoquia, ni aún los de la Magda- lenia, sitios adecuados por el momento para una coloniza­ción, sino los declives, hondonadas fluviales y vallecitos de las cordilleras Central, Oriental, y aún de la Occidental, los que deben ser explorados para ahí localizar la nueva po­blación en cultivos adecuados al clima, a los mercados in­terno y exterior, desde los productos de la zona alta y fría, las laderas propicias al café, al plátano, a la caña de azúcar, hasta los terrenos inferiores donde se produce el cacao, el tabaco, el arroz, para llegar, en último término, a la plani­cie aplicable al pastoreo, explotación de bosques, pesquería y comercio.

Este régimen de colonización garantiza la salud del pueblo, su mantenimiento mediante la variedad de arlículos alimenticios, y más que todo permite investigarlas riquezas minerales que las nombradas regiones ocultan todavía, tal el oro de las fuentes del Ariari, ya conocido, del Caguán y y de otros ríos que, por arrastrar bloques de sienita, arenas micaceas y feldespato, denuncian la posibilidad de filones auríferos en sus cabeceras; las fuentes saladas de la decli­nación amazónica, que por las conocidas de Yunguilla, Po- zonegro, Quicaya y de las ríos Hacha y San Pedro, se pu­diera prever que existen en relativa abundancia; el carbón, en fin, el petróleo etc., para iniciar el dominio económico de aquellas vastas soledades, en donde nuestra nacionalidad tiene un deber, más que un derecho, de sacrificar muchos de sus recursos en beneficio de la especie. Porque esa gran­diosa extensión de tierras es considerada, y por tal debe ser entendida, como una despensa humana cosmopolita, cierta­mente no muy promisoria, que más reclama por el momen­to, y muy largo momento, el martirio de la población y el consumo de la riqueza de los países que hoy la dominan y jurídicamente la poseen. Otra consideración es producto de imaginación tropical, inadecuada e infantil.

¿Debe de hacerse esta colonización con elementos me­ramente nacionales o pedir a Europa una contribución de sangre a este delicado problema continental y universal a la vez? Nuestro país posee buenos elementos de colonización, ya probados en arduas faenas de un siglo, con un resultado que es justo alabar ampliamente. Tiene, también, cierta con­gestión de proletarios en sus centros más populosos, recha­zados por la competencia urbana o por la probreza de al­gunos suelos que no pueden dar sustento adecuado a la po­blación creciente. Tal exceso vive como un parásito, quiéra­lo o nó, de la economía nacional, y contribuye a la burocra­cia inepta, a la mendicidad urbana, a la delincuencia en muchas ocasiones y al vicio en general. Pudiera dársele algún auxilio y colocarlo en zonas de avanzada que abriesen poco a poco nuevos mercados y centros de producción a la industria.

Hasta colonias de corrección penal deberían fomentar­se, si el gobierno emprendiera la movilización de los delin­cuentes reincidentes, rateros,digamos, vagabundos, mendi­gos falsos etc., con sus familias, porque esto de castigarlos durante un año o dos en colonias como la de Acacias no hace más que arruinarles la salud y empeorarles el espíritu. Con el aliciente de la propiedad y al abrigo de sus propios hogares trasplantados algo mejor se obtendría tal vez.

Empero la inmigración europea de buena calidad ten­dería a enriquecer las cualidades de nuestra fusión racial. La inmigración es hoy día un negocio de mucha técnica. En nuestra historia americana tenemos que reconocer la bon­dad del elemento español como poblador muy resistente y asimilable. Los canarios dieron resultado favorable en Ve­nezuela; los vascos en Chile y nuestra región antioqueña, los gallegos en Costa Rica y Cuba se han mostrado muy la­boriosos. Ampliando el radio de visión debemos mirar con simpatía el buen éxito de los italianos en Argentina y Es­tados Unidos.

Esto por lo que hace a la adecuación de inmigrantes a climas y trabajos que demandan gran resistencia. Para las zonas y profesiones que presentan menos dificultades bueno sería atraer sangre aria del norte, digamos escandinava, alemana e inglesa. No es ocioso recordar que las dos peque­ñas inmigraciones de más benéficos resultados entre nos­otros fueron la inglesa que a comienzos del siglo XIX vino a las minas de oro de varios lugares de la República, y la ale­mana de 1870 para la educación. El europeo de cierta cultu­ra sólo busca en nuestro país fortuna en las muelles pro­fesiones urbanas, como el comercio. Atraído hacia la agri­cultura en función de mayordomos, de técnicos de granjas, horticultura, floricultura, arboricultura, lechería, veterinaria etc., se le podría aprovechar mejor,siempre que se le selec­cionase por medio de oficinas de consulta y no al azar de las ofertas, casi siempre ocasionadas por situaciones insolubles, por vocaciones que pudiéramos llamar de emergen­cia. En misiones pedagógicas oficiales o particulares, profe­sores agregados de la Universidad, profesores de las escue­las normales, para institutos de especialización, como ins­titutores e institutrices de familias, en fin, constituirían una inmigración selecta.

Es lo que podemos llamar inmigración celular. Una en mayor escala, inmigración en masas, la he propuesto en alguna otra ocasión para que fuese ampliamente discutida. Audaz por lo muy propicia a desconcertantes resultados, merece, con todo, ser tenida en cuenta, dadas las dificulta­des de colonización que algunas regiones oponen al mero esfuerzo colombiano. Y asi se pregunta uno si no sería con­veniente asumir un acto de audacia y ofrecer amplias zo­nas de colonización a entidades europeas que comercial­mente a ello se dedicaran, atrayéndolas con la donación de la tierra, la exención de derechos para la exportación e inmportación durante cierto período, a la vez que obligándolas a la conservación de la soberanía colombiana y al trata­miento en paridad de condiciones al colono nacional, que el gobierno llevaría para fomentar la asimilación de los in­migrantes, conservación del idioma, amor patrio, fusión de sangres, ajuste de caracteres etc.

Vastas regiones poseemos donde las materias primas que Alemania, Inglaterra, Escandinavia, vamos al decir, re­quieren para sus industrias podrían suministrar abundante­mente: Fibras como algodón, pita y platanillo; resinas de espléndida variedad, principiando por el caucho; alimentos como el banano, el cacao, el café y las carnes; desahogo de la población excedente; ampliación de los mercados de con­sumo; comunidad de los caracteres nacionales que solidari­ce mejor la paz y la cultura universales.

Empero, tal ensayo es peligroso para un pueblo como Colombia que, si de un lado prospera el enriquecimiento de su buena estirpe y así adquiere un tipo de transición ra­cial más esbelto y noblemente ambicioso, de otro atrae el grave conflicto de la inestabilidad del temperamento a que por largos lustros da ocasión el cruce de sangres muy dis­tanciadas. Colombia ha logrado hoy día un cierto equilibrio, precario aún, de carácter, una relativa estabilidad institu­cional, una mejor comprensión de sus regionalismos, un há­lito de cultura autóctona que emanan del avance de su adaptación al medio geográfico y de la lenta nivelación de su gente. Mas queda en pie un interrogante: ¿El limite final de esta nivelación será propicio a una elevada espirituali­dad, o sólo a una civilización «de superficie», de un edonis- mo «mulatoide»?

Es probable que tengamos que aceptar la presencia de ambos peligros: Que una inmigración abundante nos des­concierte otra vez y retrotraiga al período de revueltas ci­viles, del que no escapan pueblos de gran vitalidad como Argentina y Brasil, y que en Estados Unidos es manifiesta en la alta criminalidad de regiones como Chicago, Nueva York etc.; y que el espontáneo curso de nuestra “mestiza­ción” conduzca a una mediocridad cultural, como ya asoma en ciertas regiones del pais donde las funciones especulati­vas del espíritu son miradas como expresión de tempera­mentos débiles, y aún calificadas con sonriente ironía, si no desprecio.

Tal situación exige gran prudencia de parte de los con­ductores espirituales de este pueblo. Estimular la inmigra­ción dentro de los límites de la capacidad absorbente de nuestra población o acomodarla, cuando fuere muy abun­dante, si es que algún día llegare a serlo, a especiales con­diciones de fusión organizada. Los productos de la primera generación del cruzamiento son por lo general medianamen­te equilibrados, mas de segunda y tercera ya se adaptan al terreno y estabilizan funciones dentro de un nivel social y racial más uniforme. Y orientar, hasta donde ello sea posi­ble, el tipo espontáneo de nuestra población hacia un refi­namiento espiritual, creándole una vocación en la escuela, un estímulo social, una selección para el gobierno, sobre todo el legislativo, en quien se está atrincherando la medio­cridad audaz e inescrupulosa con el inexcusable regocijo, suicida a la larga, de las más encumbradas autoridades ad­ministrativas y de los directorios partidarios, que así hallan por el momento fácil la dominación y expedito el triunfo in­cidental.


 


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