De como se ha formado la nacion Colombiana, capitulo noveno, publicado en 1938
CAPITULO NOVENO: EN QUE SE
ESTUDIA LA MISION HISTÓRICA DE NUESTRA NACIONALIDAD
El amor
por nuestra patria no debe ser tan exaltado que nos impida admirar y querer a
los pueblos que contribuyen al bien de la humanidad, ni tan mezquino que lo
pospongamos al de otras naciones más afortunadas en cultura o en civilización.
Debe de ser ese amor, filial en lo afectivo e intelectualmente justo a la vez.
Colombia
no es aún pueblo histórico de tan soberbias realizaciones espirituales o
materiales que subyugue la admiración universalmente. Mas si es una entidad
internacional sólida y noblemente dotada que merece de sus hijos la plenitud
de una ternura irrevocable y del extranjero aquella dulce simpatía que sugieren
los pueblos de elevadas aspiraciones y gentil conducta internacional.
Posee en
la América latina una posición que la obliga a la mesura en sus actos y a la
amplitud en la interpretación de todas sus compañeras del Continente. Ya que
no es la mayor ni por el territorio, ni por la población, ni por la riqueza, ni
por la cultura que hoy posee, debe aspirar a serlo por la conducta de sus
negocios internos y la generosidad de sus sentimientos internacionales.
Se puede
ser grande de muchas maneras, pero para serlo es preciso alcanzar la supremacía
en alguna al menos. Colombia debe aspirar a ser ejemplar en la justicia de sus
funciones internas y en la simpatía con que míre a otros pueblos. Su geografía,
su población, su historia y su propia índole le garantizan esta noble
posibilidad: Para que a ello tienda más efusivamente voy a indicarle en estas
páginas los fundamentos de mi juicio.
Colocada
en el extremo norte de la América meridional le corresponde ser lazo de unión
entre los países del centro y del sur de la gran patria iberoamericana. De un
lado mira al Océano Atlántico y del otro al Pacífico, toca por un término al
gran Orinoco y llega al gigante Amazonas en su límite austral. Estos ríos y
aquellos mares enlazan su territorio y sus
destinos al destino y al territorio de toda la tierra indolatina, Por ellos fue
en un tiempo, cuando de « más amplios dominios gozó en las riberas de aquellos
ríos caudalosos, una a modo de isla sui-generis por el Ñapo, el Amazonas, el
Ríonegro, el Casiquiare y el Orinoco que la envolvía en continua red. Aun como
está es puente geológico del mundo americano, y nadie querría desconocer, de
ello estoy seguro, que hay posiciones físrcas que determinan una misión.
Colombia por este aspecto es una síntesis americana.
Lo es
también por la gradación de climas que le dan sus cordilleras, desde la nieve
de las cumbres hasta el estío perenne de las llanuras inferiores, de tal
manera que hoy disfruta del invierno y del verano de las zonas templadas con
sólo desalojarse uno un par de horas en ferrocarril hacia cualquier dirección
o diez minutos en nave aérea. Síntesis climatológica que las diversas reg'ones
de aridez y de feracidad, de sequedad y de lluvia exagerada, de pendiente
abrupta y de extensa planicie, de mesetas, de valles y de pampas, confirman en
toda la plenitud del territorio. Es como Bolivia en alguna parte, como
Argentina en otra, como la costa peruana más allá; tiene algo de México y algo
del Brasil; mucho del Ecuador y de Venezuela, toda la americanidad, en fin, en
su suelo multiforme.
Y toda la
americanidad en sus productos también : Cafécomo el Brasil, azúcar como Cuba y
Puerto Rico, tierras de pastoreo como la Argentina, banano como Centro
América, petróleo como México y Venezuela, textiles populares como Ecuador,
cacao y tabaco como él y las islas antillanas.
El cruzar
la línea ecuatorial en su extremo sur le indica que tiene asi mismo una misión
aglutinante. Posee un significado sintético también por la índole de su
civilización, que obedece a lo que atrás me permití denominar «civilización de
vertiente», expresando con ello que sin los cultivos de laderas, de temperatura
entre los extremos del frió cordillerano y el ardor de las planicies
tropicales, no nos hubiese sido posible progresar firmemente. Ahora bien, la
vertiente es la síntesis ideal de los rigores que la zona templada sufre en
invierno y en verano, fusión primaveral, graduada en calor al ritmo ascendente
de unos cuantos metros de divergencia.
A esta
misión de síntesis le convida igualmente la composición étnica de su pueblo: El
ario que predomina en su sangre y en la orientación cultural de su historia, el
indio que le modifica tan hondamente su temperamento en la altiplanicie
oriental, el negro que afiebra su sangre en las cuencas de sus grandes ríos y
el litoral de sus océanos:
Constitución étnica que es un resumen de
la americanidad indolatina o mejor dicho, afro-latino-amerícana.
El nombre
mismo que adoptó nuestra nacionalidad es la síntesis del Continente y,
querámoslo o no, compromete nuestra discreta entidad a un esfuerzo de dignificación
y de exultación, a la manera que un apellido ilustre reclama la vigilante
atención de la conducta. Colombia no es solamente un bello nombre, también
repara ante la historia universal la injusticia de un momento de confusiones
geográficas, y devuelve homenaje ineludible al hombre alucinado y tenaz que con
tres frágiles veleros trazó sobre «la mar tenebrosa» de occidente la ruta mayor
que vieron los siglos.
Y esta
misión de síntesis le corresponde a Colombia por una convergencia de accidentes
políticos que obedecen al sino recóndito de las hermanas naciones de Ibero-
America.
México, a
quien la historia, la geografía y la magnitud encomendaron una misión de
hermana mayor viose acometida de graves dolencias interiores y de Ja ambición
disciplinada de ¡los Estados Unidos que la determinaron a concentrarse en un
programa defensivo, insoluto aún y trágico. Este noble país proclama una
cultura de basamento autóctono., una americanidad de estirpe aborigen, que no
es «lino eil veinticinco por ciento del conjunto problema continental. Vese,
además, acuciada por la indeclinable, ponderosa y
constante defensa de su índole ¡hispano-americana ante un vecino gigante que
crece y progresa
como una ebullición de lava. Esto limita su sino y lo
robustece a la vez.
El
magnífico Brasil tiene condiciones excepcionales para llevar d guión de una
cultura latinoamericana., mas ¡le retrae de «Jilo lia discreta actitud de
acordar su política al unísono de lia yanqui,, según lia fórmula de qm e;l «Bra-
siiil imira a lia América deil fcJ orte*,, lo cual s-ólo representa otro
veinticinco por ciento de ¡la amplia trayectoria ilatá- no-americaina,
Argentina.,
tan iberamente dotada, tan egregia m cultura y
civilización,, ta¡n consciente de m grandioso
porvenir., detíinió ¡hace muctoos aiftos $iu a¡ra:be¡lo cuando repiite,
consecuente con ¡su #ona y con m sangre,, «
Ar^emitiin.a ¡ntína a ¡Europa*,, red ucieíido eil ailcatnce de tu
ii:ntfil;u«ncia a tese ®<tr<© viiefflttóinco por ciento de lia conjunta
ameriicam&ad.
Ptertó,, iBoiliiviia,, Ecuador,, tbiloqiue aíidiino de
dilatado territorio y estupendas dotes de
plasticidad, asiento de firmes tradiciones, invocan el problema aborigen en
primer término, quedándose con el otro veinticinco por ciento de los destinos
de América.
Chile y
el Uruguay tienen que atender a urgentes rivalidades que mucho paralizan su
preclara influencia. Paraguay está muy comprimido por las grandes nacionalidades
que le rodean. Venezuela, de tan vigorosa personalidad, tan inteligente y
guerrera a la vez. tiene demasiado complejo su sino interior que a él debe
todas sus energías por muchos años aún. Las naciones antillanas y
centroamericanas confrontan situaciones más complicadas todavía.
Por todas
estas razones me ha parecido que Colombia debe asumir la misión de un
americanismo «integral», como ahora se dice a cada paso, de un americanismo
discreto, eso sí, que se haga amar de todos los americanos por la •gentileza de
su actitud, por la veracidad de sus sentimientos, por la amplitud de su
interpretación continental. Que aún a los mismos europeos atraiga en simpático
entendimiento por la sinceridad y respetuosa actitud de sus palabras y de sus
hechos.
¿Puede
Colombia representar lealmente esta misión? ¿Hay algo en su vida que anuncie
siquiera levemente una disposición a ello adecuada o aproximada al menos?
Ella
siguió con entusiasmo la empresa de Simón Bolívar en su primer afán de
liberación de Venezuela, cuando obtuvo por boca de nuestro gran Camilo Torres
una consagración de hombre genial, en un rapto de adivinación entonces
inverosímil y un si es no es contradictorio de la realidad escueta. Y le
siguió a las remotas regiones del sur en una misión fraternal que la arruinaba
heroicamente, sin vacilar, a pesar de que sus hijos más adiestrados en la conducta
de los pueblos y en el entendimiento de tales empresas preveían graves
compromisos futuros para nuestra nacionalidad incipiente y pobre.
Deseó
constantemente la libertad del mundo latinoamericano. Quiso emprender la de
Cuba y Puerto Rico al terminar su propia guerra de emancipación, y sólo se detuvo
ante la previsiva contrariedad que interpusieron los Estados Unidos.
Firme fue
siempre su actitud en defensa de la democracia en América, como lo dije en
página anterior: Hacia 1826 aparece casi sola en el sostenimiento de las normas
electivas y representativas, aún a pesar de ciertas veleida-
des de los caudillos victoriosos de
aquella época, y cuando los grandes países de la América Latina se inclinaron
a formas imperiales, a «cesarismos democráticos* y a oligarquías de casta. Esa
misma posición asume en 1930, cuando el mundo encauza sus ilusiones en el
señuelo de las dictaduras del socialismo Je estado y de los superhombres,
cuando en casi todo el Continente se rompen los hilos de la normalidad
constitucional. Es una vocación consciente de nuestro grupo social, pues así
lo han definido todos sus conductores, desde el alba misma de la emancipación,
cuando Francisco de Paula Santander lo expresó con diafanidad impoluta: «Si las
armas nos han dado la independencia, sólo las leyes nos darán la libertad».
En varias
líneas de este estudio he hablado de uno a modo de sino geográfico de los
pueblos, y en este instante me sorprende la memoria de que en el sitio en que
se asienta Bogotá, el año de 1538 el padre de nuestra nación incipiente,
Mariscal y Jurisconsulto don Gonzalo Jiménez de Quesada, cuando en tantas'
partes tantos otros conquistadores partían el sol a estocadas, dirimió su
pleito de primacía con Belalcázary Federmann sin efusión de sangre, dentro de
la justicia y de la gentileza a que constantemente aspiraría más tarde la
República ya definida y libre.
Fue noble
en su interpretación de la soberanía de todos los países latinoamericanos:
Cuando Estados Unidos apoyaron la invasión que hizo Guillermo Walker a Nicaragua,
nuestra cancillería, entonces al cuidado de dos de nuestros más preclaros
varones, Manuel María Mallarino y Lino de Pombo, presentó a la Casa Blanca una
bella nota de protesta(1856) que con medio siglo de anticipación lamentaba
para otro país inerme y diminuto el procedimiento que Roosevelt habría de
aplicarle a ella ante el silencio casi unánime en 1903.
Llevada
de ese mismo anhelo de confraternidad decretó en 1865 honores a Benito Juárez
cuando este luchaba contra la intervención napoleónica en tierras de México,
Franca fue también su
actitud cuando a mediados del siglo XIX Espafia
amenazó de nuevo la independencia del Perú,
Ni amó
menos la libertad americana que la justicia: Veinte afios arates que Estados
Unidos alcanzasen por las armas la separación de Cuba del dominio español,
nuestro presidente Murillo Toro la trataba de obtener mediante un amistoso
compromiso en «que a cambio de eJJa el tesoro
de las naciones libres de América indemnizase
a España equitativamente. ¡ Bella redención que hubieran alabado los siglos !
Este
mismo espíritu de justicia condujo a nuestro pueblo a un acto insólito en 1870,
pues como quiera que varias naciones muy poderosas atacasen a la pequeña República
del Paraguay, remota por su situación geográfica, y como viese que la estaban
prácticamente aniquilando, declaró por la ley 78 de aquel año que los
paraguayos serían en adelante ciudadanos de Colombia. Quisieron nuestros
abuelos que si a un pueblo hermano se le privaba de su querida patria, la
tuviese en nuestro territorio sin limitación ni tramitación ningunas. Puede
ser ello un gesto romántico, mas a nosotros nos alimenta la dignidad con un
sentimiento irrevocable de orgullo. En nota memorable Rojas Garrido, entonces
ministro de Relaciones Exteriores manifestó (en 1867) estos sentimientos
colombianos al Imperio del Brasil, y fue escuchado en él con mucha estimación.
Un amor
por las normas de la americanidad que condujo a la celebración de muchos actos
para una anfictio- nía americana, según el pensamiento rector del Congreso
Internacional de Panamá de 1826, mediante el impulso de Bolívar, noble
antecedente de la actual Liga de Naciones, marchitado en cierne por la discreta
política previsora de Washington.
Vocación
de americanidad tan fírme que una centuria después nuestro presidente Marco
Fidel Suárez elevó a la categoría de doctrina ideal la preeminencia de ese sentimiento
de fraternidad sobre las disputas de territorio, dando al «uti possidetis» de
1810 una ampliación sentimental, desconcertante y bella.
Y que
nunca fue excepcional entre nosotros, pues que aparece con frecuencia en el
siglo de vida independiente que hemos andado: Anhelo de justicia tan entrañable
y puro que llevó a nuestro presidente Francisco Javier Zal- dúa a dictar a su
canciller Quijano Wallis una minuta de órdenes para nuestro representante
diplomático doctor Aníbal Galindo, en el pleito que entonces (1882) sosteníamos
con Venezuela, tan elevada que la hubiese firmado Jesucristo: «En suma, el
Presidente, como jefe de la Nación, sentiría menos por su parte la pérdida
total o parcial del pleito que el sonrojo de que la República se viera
expuesta a rectificaciones y confrontaciones que pusieran en duda la lealtad de
su palabra y de su proceder».... Medio siglo antes (1832) a tiempo de morir
exclamaba el doctor José Félix de Restrepo, maestro venerando de nuestra
legalidad: «Si es necesario cometer una injusticia para que el universo no se
trastorne, deja que el universo se trastorne». Y medio siglo después (1932)
otro presidente de la República, el señor Olaya Herrera, ante el conflicto
internacional de nuestra patria con la hermana República del Perú, reasume
esta tradición en grave documento público.
Es la
preocupación constante de nuestros conducto- res de todas las etapas de la
historia nacional. El presidente Rafael Núñez, educado políticamente en
Inglaterra, y hombre tenido por escéptico y muy aplicado a las soluciones de
un pragmatismo rudo, proclamó en el documento más importante de su carrera
oficial que «si aspiramos a ser libres es preciso que comencemos por ser
justos». Y comoquiera que su orientación política asumiese el lema «Libertad y
Orden», en que la aspiración a este último opacó un tanto a la primera, otro
de nuestros presidentes, Carlos E. Restrepo, en reacción muy enérgica exclamó
un día:
«Cuentan que uno de
mis antepasados reclamó una vez de rodillas la libertad de los esclavos; yo hace mucho tiempo que estoy de pie
reclamando la libertad de los libres».
Y no
solamente por la libertad y por la justicia americanas abogaron nuestros
hombres: veces hubo que casi disolvieron el mandamiento fundamental de patria y
de ciudadanía en ingrávido idealismo. Algunas constituciones nuestras
establecen que basta la mera expresión de la voluntad de un hispanoamericano
ante la autoridad colombiana para entrar en el ejercicio de la ciudadanía ; y
el presidente Murillo Toro quisiera ceder la Bahía del Almirante a Costa Rica a
cambio de que intercalase en su constitución el artículo xv (sobre los derechos
individuales) de nuestra libérrima del ano 63, y así transigir un pleito de
límites con un gesto franciscano de evangeliza- ción política que dejaba
estupefacto al árbitro espafiol don Alfonso XII, según relato verbal de Carlos
Holguín.
Esta
vocación de justicia la condujo prestamente a propugnar avanzadas tesis
jurídicas internacionales, tal aquella del arbitraje, en que posee gloriosa
tradición, pues sentó el principio desde sus tratados con Chile y Perú de 1822;
tal esotra de la libre navegación de los ríos comunes que siempre defendió y
hasta elevó a canon político por ley de 24 de mayo de 1856; y más lejos alcanzó
todavía en esta ruta del altruismo manteniendo constantemente su propósito de internacionalizar el
canal de Panamá....cuando 2ra suyo.
Proclamó,
primero entre primeros, que la victoria no crea ningún fuero de conquista, y
para definir este hermoso postulado del derecho internacional de América fue
hasta el extremo límite cuando afirmó en su primer acto constituyente de 1831:
«No se admitirán pueblos que separándose de hecho de otros estados a que
pertenezcan, intenten incorporarse a la Nueva Granada». Lealtad y magnanimidad
conjuntas que incorporó en la historia del Continente todas las veces que se
halló victoriosa en lucha internacional: capitulación de Ayacucho de 1824,
capitulación de Tarqui de 1829, capitulación de Cuaspud de 1863.
Y no por
egoísmo racial o territorial, pues esa lealtad y magnanimidad las aplicó en la
formación y en la disolución de la Gran Colombia. Es oportuno recordar que a
esta importantísima confederación aspiraba desde 1811 nuestro presidente Jorge
Tadeo Lozano, y que Camilo Torres en su programa de constitución para «Las
Provincias Unidas de la Nueva Granada» a ella invitó discretamente. Y cuando
los conductores políticos de Ecuador y Venezuela la disolvieron, Colombia
declaró, 90 años antes que Woodrow Wilson, la libre determinación de los
pueblos, sin movilizar un fusil entonces, ni más tarde cuando su impetuoso
presidente Tomás Cipriano de Mosquera la evocaba otra vez con efusivo anhelo en
nombre de Bolívar, en nombre de América y en nombre de la humanidad.
Para
cerrar este discreto análisis de la contribución de Colombia a la génesis del
derecho internacional americano, quisiera recordar también que su
representante don Manuel Torres fue quien sugirió a la Cancillería de Washington
la declaración que con el tiempo habría de llamarse «doctrina Monroe»; y que
nuestra pequeña república fue fiel a ese principio de americanidad cuando un
poco menos de un siglo después de proclamada se negó a intervenir en el gran
conflicto europeo, y permaneció lealmente neutral, aunque muy tentadoras
perspectivas de embargos de buques tuvo en sus puertos, muy dolorosas restricciones
se le impusieron en lo que entonces se llamó «lista negra» y muy tenaces
insinuaciones de poderosísimos gobiernos.
Esta
conducta que enaltece la libertad, la justicia, la lealtad, la magnanimidad y
la americanidad consuetudinariamente durante toda su existencia de nación
soberana, la expresó en las palabras de su himno (1880), dándoles el acento de
universalidad que encauza asimismo su pensamiento, en cuanto a una comprensión
simpática se refiere, a pesar de ser una tan pobre pieza literaria.
Lo
colombiano: Soldados sin coraza
ganaron
la victoria,
De Boyacá en los campos el genio de la
gloria con cada espiga un
héroe
invicto coronó
Lo
americano: ¡Independencia! grita
el mundo
americano:
Se baña
en sangre de héroes el mundo de Colón.
Lo ideal: Mas no es completa gloría
vencer en
la batalla:
¡Que al
brazo que combate lo aníme la verdad!
Lo
universal: La humanidad entera,
que entre cadenas gime, comprende las
palabras del que murió en lia cruz.
Cualquiera
que tenga un adarme de sentido crítico me estará preguntando mentalmente:: ¿Y Ja acia
donde cree usted, 'buen seior, «que se encauce la cultura americana, dentro de
eso «que tan enfáticamecte llama usted la ame- riicanidad, si es «que todo ello
no resultare un galimatías?
V Anace
foien mi astuto lector en precaverse contra mí, ya <que yo mismo me toe
preguntado muchas veces en el curso de este tratbajjo s¡i puedo o no puedo
llegar a alguna conclusión tbásiiea, o si meramente estoy tejiendo un
comentario de iluso.
Tengo
para mí que se aproxima una nueva etapa cultural, que el desorden de la que en
que vivimos denota un período de transición, y que graves indicios permiten concebir
la venidera como una cultura de vigorosa síntesis.
Es
prudente decir alguna palabra sobre las definiciones de cultura y
civilización, aunque personalmente soy un poco escéptico sobre el alcance de la
separación ideológica tan extremada que se ha querido dar a estos vocablos,
llegando en ocasiones hasta colocarlos en pugna mortal. Tomo del ambiente
doctrinario de mi época la expresión más sencilla posible, y diré que cultura
es el conjunto de hipótesis con que un pueblo en determinado estado de desarrollo
mental interpreta el mundo; y que una civilización es el equipo de recursos con
que vive ese mismo pueblo en esas mismas circunstancias. Comprendo que una tal
difinición tan ceñida y sintética adolece de incomprensión, pero así sirve bien
a mi actual punto de vista.
Veamos
sucintamente cual es la índole de las culturas que han historiado los hombres:
Yo no
conozco sino cuatro de dilatado ambiente, a saber:
La primitiva, * la espiritual, la técnica,
y esta de
transición en que hoy nos encontramos. Cada una de ellas pudiera presentarse
en un tipo humano sobresaliente:
La
primera en el hombre de
Cro-Magnon,
la segunda en Cristo, la tercera en Newton, la cuarta en Einstein.
En cada
una de ellas se puede designar un símbolo que es a modo de su centro de
interpretación:
para la primitiva el talismán, para la
segunda el cero, para la tercera la lente para la cuarta el cinematógrafo.
La primera
cultura, la cultura del talismán, se inició en las nebulosas edades del
comiendo de la especie, un millón de aflos quuá, medio millón, tal ve*, materia
es de dubitaciones que no nos incumbe elucidar por el momento,
ni es aún posible elucidar acertadamente, y avanzó hasta persistir en civilizaciones tan vigorosas
como la egipcia, compenetrarse aún con la cultura mística de la edad media y perdurar entre nosotros todavía: tal
así es de honda su raigambre. La represento en el hombre Cro-Magnon por rendir
homenaje a un antepasado de nuestra especie en quien la inteligencia alcanzó
preludios geniales, si nos atenemos a las reliquias de arte rupestre que nos
conservó su buena fortuna.
AI
despertar a la conciencia de su ser el hombre ha- 1 lóae en medio de una
naturaleza enemiga, vio que en torno suyo todo tendía a destruirle y concibió
«eres ocultos en cada ente natural y en cada
fenómeno, desde la cima de ¡los montes hasta e¡l curso de líos ríos, desde las
plantas hasta ¡los animales, desde ¡los meteoros hasta las cons^ telaciones.
Animó la naturalezaconjuntay fragmentariamen- te. Y ¡por lógica polaridad del
entetadiimento buscó protección en la materia misma inventando el amuleto que contrarrestase la intervención adversa
del ambiente. iDté- ibil ;aún ¡la criatura humana, «s¡te ciclo eulturall lia
retpre- asenta sumisa a las fuerzas naturailes, ahogada en el turbión de ¡los
fenómenos del mundo circundante, anona- <dada casi en lia naciente
conciencia de su poquedad.
Mas !hé
aquí que poco a -poco cobra bríos su (dignidad de ¡hombre, siéntese dominador
de múltiples enemigos, creador de bellos y muy
útiles aiMactos, sofiador de raros mundos; algo ¡hay en él que !lo encumbra
encima idel mineral y ée ¡la
¡planta, del animal y de !la fuerza ¡bmu- tta. Compara \y mide,
¡interpreta e imagina: en «él biuUle aligo su¡perior, iun «quid divinum» q¡ue
lie ¡hace exclamar con iProtágoras de Atadera : «tEil hombre es lia ¡medida ide
to- (das ¡las cosas»
¡Bl espíritu iha aparecido, y con tál
¡la cuiltura esfpí¡rii- itual. Todo
el ¡universo se subordinará a esita concgpoiórn. [Dios es ¡un
emte ¡universal., lias ¡leyes (de lia ¡nattwnaile^a son (Obra suya, y £l ¡hijo
del ¡hombre es teil ihíjo ide ©ios. El cconaejpto 4e gracia se a-podera <de
líos ídesttinos ¡humanos: ■si lia gracia <de iDKos ¡nos coloca a su (derecha
gozaremos .de ¡una eternidad Miz,, «i ,a sai ¡teqiuiertda, tendremos urna
eterna rte¡pro^ación. iEro¡pero lia grieta es aligo ogme se ¡nos
atlade, qiue se (da, iflite ¡no inos [pertenece.
(Entonces íSircge el ¡símbolo exaflto: «I £&«>, eifaa (de
¡posíición, tenigma de lia cantidad, ¿©loguémoslo a lia (derecha y
¡mulíftiltea .a lia iwnidad, a lia ¡U<pierda
y
lia disminuye,
lia ¡unidad encima ide ál es lia ¡plenitud, cdckwyo cde $1 es
lia ¡nada, lllumina los problemas, como la gracia ilumina
los destinos. Es nada y es todo. Es inigmático como el espíritu. Invisible como
él, poderoso como él. Y surgió asimismo en el Asia soñadora. Uno y otro aspiran
a la infinitud. Tiene que existir algún signo cabalístico, alguna taumaturgia,
alguna santidad que sujete las leyes del cosmos, ya que el ta lismán fue
vencido ante la implacable experiencia de la vida, el milagro sí triunfará
definitivamente. Y prospera el milagro. Todo es un milagro. Todo se puede
subsanar por medio de un milagro.
Sólo que
una mañana, en Pisa, un hombre se da a medir la constancia de las leyes del
peso de la materia, y poco a poco de ese al parecer juego inocente de visionario
surge un nuevo mundo conceptual. Hay que medirlo todo, y comprobarlo todo y
todo ello disociarlo hasta la última fracción. Y aparece el nuevo símbolo, la
lente. Con ella vendrán el telescopio, el microscopio, el espectroscopio, los
magnos disociadores de la realidad. El espíritu 110 lo pudo
todo, y como el talismán, cedió su puesto. Ahí estaba la tenacidad de las leyes
naturales irreductibles ante el shaman, irreductibles ante el asceta: ¿Se
dejarían cautivar por el sabio, nuevo ídolo de la novísima cultura?
La lente
abrió campos casi infinitos a esta orientación, llegóse a límites
microscópicos que confinan con la longitud de onda de la luz, y a límites
telescópicos que ayudados por la fotografía trascienden a las nebulosas espirales.
El espectroscopio confirmaba estas visiones a larga o a ínfima distancia.
Apareció la ilusión de resolver los enigmas del ser y de la vida. Mas de pronto
surgieron raras incógnitas. El mundo podía ser de una o de otra manera según se
le contemplase con esta o aquella geometría; se dilataba como una esponja
húmeda, curvándose para 110 llegar a
lo infinito en su prodigiosa ilimitación. La variedad de los cuerpos era debida
a combinaciones de número y de posición de una misma unidad. Esa unidad podía
ser un grano o una mera vibración. Espacio, tiempo, velocidad, todo era
limitado, correlativo, «inasible». El sabio entrevió que pronto llegaría al
muro cerrado a todo nuevo avance, y comenzó un período cultural de transición
que Einstein representa con su teoría de la relatividad, y que el cinematógrafo
simboliza con su reproducción ilusoria de la realidad estéreo-crónica.
Y así
tenemos una remota cultura en que predominó la fatalidad; la siguiente en que
prosperó el milagro; la tercera en que la experimentación se llevó las palmas;
la cuarta en que sólo la estadística tiene algún vago mérito. Durante la
primera todo se aceptaba indiscriminada y dis- locadamente; en la segunda todo
se sintetizó en un mundo trascendente; la otra fue fundamentalmente analítica;
y la etapa de transición en que vivimos no ofrece al pobre espíritu humano base
de sustentación ninguna, y por ende la podemos calificar de fantasmagórica.
Fatalidad, síntesis, análisis y fantasmagoría.
Releo lo
anterior y me asalta la inquietud de haber concentrado perjudicialmente mi
pensamiento. No quisiera, sin embargo, escribir cuatro infolios para expresar
tan someras concepciones ideológicas. La vida es muy corta y demasiado compleja
para recargar un indefenso lector con el peso de nuestras lucubraciones.
Quisiera, no obstante, repetir todo esto en otras, igualmente cortas frases,
por ver si ello se precisa mejor en una variante comparativa.
CULTURA
MAGICA. Cuando la humanidad apareció ante el hombre del paleolítico y la
conciencia le fue diferenciando de la realidad ambiente, encontróse sometido a
fenómenos indomeñables para él, a fuerzas superiores a toda previsión e ingenio
suyos. Ante él ocurrían fenómenos como surgidos por aparente conexión de otros
fenómenos irrisoriamente insignificantes hoy para nosotros: Podía el canto de
un ave determinar la muerte de alguien o el contacto de un trozo de materia
inerte atraer la bienaventuranza. Subyugado aún por las fuerzas naturales,
inerme de cuerpo y de espíritu, el hombre de la cultura mágica veía,
desconcertado, nacer prodigiosas realidades de un leve objeto o de un signo
fugaz. El hambre, la peste, la inundación y el incendio, terremotos y eclipses
podían obedecer al guiño de unos ojos, al hálito fugaz de una palabia, al
canto agorero de una ave y hasta la orientación espacial de un pedrusco.
Y todo esto
aue ahora se nos hace incongruente tuvo, y tiene todavía donde existe, una
arquitectura ideológica: el individuo, la sociedad, la naturaleza, la vida
post-mortem se sistematizaban al rededor de este sub- concepto de potencias
intencionadas y tenebrosas, como lógicamente debieron aparecérsele al hombre
recíen salido del instinto ante la crueldad del bosque o la somera protección
de la caverna primitiva. De él derivaron su organización familia y tribu,
ritos religiosos y ordenanzas
morales, cosmogonía, biología, fisico-química,
industria y comercio, con errores prácticos que a veces aniquilaban la especie,
a la manera que ocurre en el seno de nuestra propia cultura y se vio también en
las anteriores. Dilatado mundo en verdad que perduró por centenas de milenios
hasta el que precede a la aparición de Cristo. Con ligeras insinuaciones de la
intuición de algunos hombres geniales fue esbozándose entonces el señorío del
espíritu humano sobre toda realidad ambiente. Lucha severa y prolongada que se
intensificó durante el siglo quinto ante- Cristo y puede decirse que se
prolongó hasta el quinto de la era cristiana, como quien dice desde Anaxágoras
hasta San Agustín.
De este
hombre subyugado aún por la naturaleza, que incesantemente avizora con pavura
todo movimiento, todo indicio, hasta la vaga ensoñación de sus noches asediadas
por endriagos de furia incoherente, que invoca un leño o una pedrezuela para
defenderse contra el hambre, la peste y el infortunio sentimental, y azorado
humilla temblando la cabeza ante el fatum iitiplicable que entrevé por todas
partes, justifica la doliente definción de Pindaro : «El hombre es el sueño de
una sombra*.
CULTURA
ESPIRITUAL. La cultura espiritual surgió en el lejano Oriente, en el Oriente
medio y en el anterior, asi como en las regiones entonces civilizadas de
Europa, con una simultaneidad que desconcierta al sociólogo. Al ver como en
China y en Grecia y en Judea la voz del hombre adquiere un acento de responsabilidad
moral, desafia estoicamente al hado y habla cara a cara con un Dios personal,
se siente uno tocado por la opinión de que ni fue ello mera coincidencia ni
sólo un contagio, Parece como si el tiempo no fuera esta dimensión que se crea
en un campo de fenómenos, ni aquella medida del movimiento que con el
movimiento se produce, ni un demiurgo o dei~ dad, sino un campo de acción que
determina algunos acae’ cimientos. En todo caso que más se asemeja a una
entidad que a una sumisa consecuencia de fenómenos,
En este
periodo de la historia del espíritu humano el hombre se coloca por encima de la
naturaleaa, se hace artista creador, filósofo intérprete, místico o moralista
conductor de humanidad, desafiador de infoitunios y despre* dador de las
enantes temidas fuerzas recónditas de la na* turaleta, Su lema es vario. Puede
tomar el de Protágo* ras, cuando dijo que el hombre es el metro fundamental de
todas las cosas, o el de Cristo cuando expuso nuevamente la paternidad de
Dios.
Revela su
arrogancia en Jas frases de un Séneca; «Muestra que eres hombre*, de un San
Ambrosio; *.Sé Jo que eres», en la desafiante espiritualidad de estoicos y cristianos.
Crece hacia dentro, ahondando los fueros y la
■responsabilidad de la conciencia,y se extiende en el espacio saliéndose del
concepto demasiado circunscrito de la ciudad—estado para dilatarse con el
estado—imperio, se alija del dios local para remontar esferas de indiscernible
¡lejanía con una deidad cosmopolita. ¡Los astros toman parte en el destino del
hombre y los elementos obedecen a su voz imperativa, así el huracán como _e¡l tajo
silencioso de :1a m uerte.
Es la
época fecunda para la formación de nuevas re» ¡ligiones y de una
nueva moral. [Dentro de su corazón cada hontbre es ya un sacerdote en constante
entendimiento ,cou lia deidad mfini-ta. ¡El mundo ^constituye una mística ciudad
de dios ion un gobierno de vicarios. [De :ahí la tfiloso- rtía, ila
¡psicología, lia jfeti.ca subordinadas a una descollante teodicea; de ahí un
gobierno de (Categorías descendentes, de ordenación ¡indis}pensab!le, una
organización social en celases y gremios, lias mismas (ciencias, artes ,e
industrias ‘funcionan ¡bajo el [régimen de conceptos concatenados con tel
espíritu. Él gobernante, el sabio \ytel santo tdisfautan de una
gracia especial y específica que transforma su .enúdad ¡humana para la
representación <de ¡poderes abseÓndHos¿»n ■una casi ¡transubstaaciación:
[derecho (divino cdeilos r*eyes ocon tratamiento de «mai6^*1».,
derecho (divino ,d« ¡los¡pa- ipas y sacerdotes con tratamiento (de
«rtAverencte», (derecho (divino de ¡los sabios Lcon tratamiento (de
*magistcr inat^- rao». [Estados (de gracia ¡que Vvienen a ser
expresados y rie- ijwesentados añilas ¡matemáticas¡por ¡la^parición 4d&erq,
Lesa indefinible rpotencia que sin ser ¡nada ¡puede elevar cualquier
^cuantía ihastailo infinito,,como ilo ihace celiC^pw- itu.con el ser
¡humano,,como iloihace ¡labrada ccon tdsan- tto,Lcomoilo ihace ¡la LcienciacCon
<ei¿alquimista.
ÍTIER9ER iPBRIQDQ (QmuHÍUR^L:: (Culturattécnica.
Ecuación Antre, materia >y energía- i Ruede decirse Lpue eco-
¡mwiwaila imaflana ^en ifiuecQalUeo ¡hacesus ^experimentos ísotore Lei
^peso <en i la ttotre i inclinada ^de i Risa, ¡peroles i inn.<íga- ible (9 ue; alca U:?a s u i más ,a f o? t m
n ad a ^presión cen! la tfórm^- iteede Wewton sobre ¡la atfacción i universa!.
®i
^pmtu !no|pudocdar.^i íhomfrre itii (.el rr^poso:ni¡la
ffeltcifíaíi:n¡ i la ¡per tección s ip u iera tteósica #ne ¡le prometió.
Había cauces «indesviables» en el
devenir de las cosas concernientes a la humanidad y a la naturaleza que se negaban
a obedecer a la voz del espíritu. Eran a la manera de leyes de conducta, y se
las llamó leyes naturales. Entre causa y fenómeno había una relación de
maternidad cuantitativa y caulitativa que era necesario investigar experimentalmente.
La materia se comunicaba con la materia por misioneros de energía. Era preciso
conocer la existencia y las rutas de esos misioneros. Se formó un mundo de
ecuación indestructible entre materia y fuerza que en su funcionamiento
producía acciones, una de las cuales seríamos nosotros los humanos. La química
halló el átomo con sus leyes de afinidad creadora; la física captó el calor y
la electricidad, la biología vio en un atesoramiento paulatino y constante de
la energía el paso del hombre desde las humildes esferas de la vida elemental
a su culminación en el «homo sapiens»; la astrofísica propuso que «la materia atrae
a la materia en razón directa de la masa ...»
En un
mundo de este orden las matemáticas tenían que predominar, como reveladoras de
los caminos que la energía ha de seguir. En la ecuación materia-fuerza la mayor
fuerza indicaba la entidad más responsable: De ahí el capitalismo, la
democracia, el sufragio universal, la prensa periódica, el parlamento
representativo: mayorías, masas, cantidad ... Y cosas tan alejadas como la
medicina, la teoría pasteuriana, por ejemplo, la fisiología de las hormonas y
hormozonas, la hipótesis del neurón para el sistema nervioso; la arquitectura,
la literatura novelesca, los ferrocarriles....
Este
mundo que ha sido llamado del maqumismo, del materialismo, de la industria
etc.; y que alcanzó a dar a la historia un siglo de tántas sorpresas de
invención que lleva el feérico nombre de «siglo de las luces», muere legalmente
en 1918, aunque los microbios de su última enfermedad lo traían maltrecho
desde antes según lo dicho en párrafos anteriores. Lo que mejor lo caracteriza
me parece a mí que fue la ley de la gravitación universal.
LA CUARTA ETAPA O CULTURA DE TRANSICION.
Apareció
aquella mañana de 1896 en que Henri Bec- querel entrevió la radioactividad en
la perturbación que sufrieron unas placas fotográficas en presencia de ciertos
minerales de elevado peso atómico que guardaba en una alacena de su gabinete
de estudio pero puede representarse mejor en la tesis de la relatividad
einsteineana que vio la luz pública algunos años después. Ya antes hubo graves
indicios de esta transformación en la obra de los matemáticos del siglo XIX
que ponía amenazante incertidumbre en los viejos teoremas de la geometría
euclidiana, y en el celebérrimo experimento de Morley-Michelson que encauzó la
mente de los sabios hacia la realidad científica.
¿En qué
estamos hoy? Nuestro mundo es una fantasmagoría, el cinematógrafo lo
representa ante la historia. Es un campo de acción en que el fenómeno se
impuso a la sustancia, se puso como sustancia misma. ¿Ven ustedes esa hermosa
mujer que pasa por la pantalla, oyen su voz, contemplan su lucha? A su
alrededor se extiende un dilatado paisaje, hay vegetación viva, animales
inquietos que cruzan en varias direcciones, quizás un trozo de mar también que
a ratos se encrespa en vigoroso oleaje de tempestad. Pasiones humanas surcan
de emoción palpitante esa escena, y al canto o al lloro de los seres que ahi
combaten el rudo combate de sus vidas nos estremecemos nosotros y los seguimos
arrastrados por su realidad hasta que un leve giro de la llave eléctrica
desvía la luz y se disuelve en la nada aquella poco antes realidad opresora:
Una vez iba por el Caribe en un pequeño barco de la Grace Line: a la noche, en
el templado ambiente tropical, los viajeros nos reunimos en el puente de popa para
asistir a la representación cinematográfica que se proyectaba en un pequeño
telón suspendido de las grúas, entre el mar y el cielo. El plenilunio nos
iluminaba románticamente en tenue niebla opalina. Todo era silencio en las
alturas estelares y en la oceánica planicie. De pronto se iluminó un mundo
agitado de ciudades, llenóse el ambiente de ritmos sonoros y de un turbulento
afán de vida. Campos y rutas, plazas y calles, palacios y salones donde una
humanidad afiebrada por las luchas del amor y del dinero hablaba en alta voz,
gesticulando. Rápidamente se sucedieron los episodios de una vida. Y cesó la
luz, calló el motor, entre el cielo y el mar reapareció el silencio de los
espacios mudos. La gente del buque fuese poco a poco, en tanto que yo permanecí
en soñolienta divagación, casi casi en una fantasía de imágenes hipnagógicas:
¿No es acaso así la vida del hombre, intermezzo bullicioso de unos segundos
entre dos silencios de eternidad? ¿El drama apasionante de la existencia, no es
como esa ficción cinematográfica, vivida e irreal a la vez, fugaz e
indifinible?
Tomemos
el teatro y veamos que en él, como en la novela, como en la pintura, en la
escultura, en la historia misma, y en la psicología, filosofía, a donde uno
quiera mirar, halla fenómenos sin un núcleo de entidad normativa del conjunto.
Es el ululante vocerío del jazz-band, delirio de la emoción desligada del
sujeto musical, el vuelo del avión que nos descarrila en los rumbos infinitos
del espacio, las voces remotas que aprisiona la radiotelefonía, la intimidad de
los órganos que retratan los rayos X. Ahí el fenómeno agobia a sus presuntas
causas con la milagrosa amplitud de sus consecuencias: Es un nuevo mundo mágico
en esta disparidad de los valores entre causa y efecto, como si del contacto de
una varilla encantada surgiese un palacio de cristal. La diferencia de poder
darnos hoy «alguna» explicación del hecho no es suficiente para destruir el
paralelo ni el enigma.
El
proceso de esta desintegración de la entidad es muy notable en la envestigación
físico-química de este primer tercio del siglo XX. Habíamos recibido un cosmos
armoniosamente estructurado en átomos y moléculas, en mice- las, coloides y
cristaloides que se parecía «parí passu» a la clasificación de las ciencias
naturales, de individuo a raza, de raza a especie, de especie a género etc., y
al más conspicuo de planeta a sistema solar, a constelación, a galaxia. De
pronto ese átomo se diferencia en nuevo mundo, que en un esfuerzo de lógica se
organiza cuasi estelarmente. Más tarde aquella arquitectura de protones y de
electrones que sustentan en último análisis la corporeidad del universo anuncia
que puede disolverse en radiaciones de onda corta y quedar palpitando en un
espacio mítico, confundiendo al fin en una sola expresión materia y energía,
fenómeno y sustancia. Es ya un mundo de imaginación, un escenario de
cinematógrafo.
En
biología están ocurriendo novedades que siguen al margen esta misma
orientación. Muy contentos se hallaron nuestros abuelos con el descubrimiento
de una entidad biológica, la entidad elemental que desde el siglo XVII se denominó
célula. Era un mundo sólidamente asentado sobre una diminuta y seductora
realidad de donde emanaban acciones sorprendentes, pero dentro de una
arquitectura de materia y fuerza que permitía a la mente soluciones de reposo
ideal. El siglo XIX fragmentó esa célula en elementos vitales más diminutos,
aunque todavía coherentes dentro de la unidad de sus funciones: tuvimos el
núcleo, los cromosomas, por ejemplo; mas he aquí que en esta nueva etapa de la
cultura se han descubierto elementos imponderablemente diminutos que con el
nombre de «genes» representan nada menos que las bases de los caracteres
hereditarios, y que en el campo liliputiense de unos cuantos cromosomas se
cuentan por miles. Granos de materia viva que habrán de decidir de nuestra
estatura, de nuestro color, de nuestra inteligencia y de nuestra conducta
moral. Es ya lo infinitesimal con funciones gigantescas, ese mundo mágico del
que vengo anunciando a ustedes la reaparición desconcertante.
Así
ocurre también en la evolución de la teoría pas- teuriana. Del día feliz en que
hallamos que un granito lanceolado era el apache audaz que a la salida de los
teatros o en la encrucijada de las vías públicas nos asaltaba con una puñalada
en el costado para hacernos morir intempestivamente de pneumonía, hasta la
hora en que hallamos diez, veinte, treinta tipos diferentes de aquella calaña,
no media un avance, sino una revolución. Ya el microbio no es el flechero de la
muerte, su individualidad se fragmenta en vagas unidades que desafían los
filtros de más difícil tránsito, y hasta se metamorfosea en sumos nefarios,
a la antigua manera mágica, que entran invisiblemente a Ja casa de nuestra fisiología sin necesidad de escalar los muros ni romper las puertas. ¿Y no cambian también de
naturaleza, al modo sapiente de los duendes antiguos, y de un mero hongo saprofito se hacen el huésped temible de la peste blanca ?
Míren
ustedes en la economía de las naciones como también se ha instalado este genio
sibilino, arruinando a las gentes en medio de la máxima producción, haciendo de
un pobre de ayer el billonario de hoy, de un billonario de la mañana un suicida
arruinado de la tarde. Y todo ello por la acción de diminutas cifras que
registran máquinas sutiles con un tic-tac imperceptible, mediante flujos y
reflujos de confusa procedencia que se denomina «factores psicológicos» del
mercado, o por la incongruencia mental de unos hombres que viendo los abismos
no logran apartarse de la ribera que les produce el vértigo suicida: La transformación
de las nociones de crédito nos lo dice a su manera: Al comenzar el siglo XIX
todavía entendíase en el mundo el crédito como una virtud espiritual del
hombre, y bastaba la palabra sin caución, bastaba la voz sin escritura para que
el comercio marchase honesta y armoniosamente. Nadie quebraba para siempre,
porque con el trabajo de su restante vida o con el trabajo de hijos, y hasta de
nietos, se redimían las deudas, se restablecía el crédito, esa virtud
espiritual que, como la castidad, constituía un tesoro inalienable. Concepto
emanado de la antigua cultura espiritual del cristianismo, de la filosofía
post-socrática, vivido en la edad media europea, en la colonia
hispanoamericana, legislado en el derecho hispano-romano, galo-romano, germano-romano
etc. Pues bien, en ese siglo XIX surge una nueva noción del crédito que emana
del equilibrio de las cuantías, de la ecuación materia-fuerza, del capitalismo
y de la estadística, que establece que un individuo no tiene más crédito que el
puramente material, el «un tanto por ciento» de sus haberes. ¿Ven ustedes? Aquí
el capital es la materia, el crédito la energía: hay que objetivar su relación
en el mercado. Con ese concepto, elevado a la categoría de hecho jurídico en
la ordenación legal de las sociedades anónimas, las sociedades limitadas etc.,
el deudor no tiene que vigilar su prestigio sino su capital, no le importa la
pureza de su conducta más sí le incumbe el triunfo inmediato y aún violento de
su fortuna pecuniaria. Es la instigación incesante al buen éxito, no importa
si con el puñal o con el ingenio.
Este
mundo económico está a punto de romperse. Ahora surge una rara noción del
crédito, no ya función espiritual, ni función de los haberes del deudor, sino
función del acreedor mismo, necesidad de su capital o de su indus* tria, que
habilita a un tercero para la vida económica y «le obsequia» el crédito. Otro
revuelo hacia el mundo mágico en que un desposeído de hoy puede recoger mañana
de un hado gentil inesperada prestancia. Este nuevo mundo económico se ha
visto aparecer en las relaciones de nación a nación, como entre Alemania y
Estados Unidos, y tendrá que ocurrir entre Estados Unidos y algunos países de
la América Latina, en donde la nación norteamericana aplica confusamente estos
tres criterios económicos al exigir de sus deudores un cumplimiento a la manera
del crédito-virtud, darles conforme al crédito-cuantía y necesitar del tercero,
crédito-función del acreedor, para aprovechar del gran desarrollo futuro que
esos mercados pueden tener.
La
estructura de los gobiernos no escapa a este desalojamiento del centro de
gravedad del mundo contemporáneo. Los reinos y feudalismos que sucedieron al
mago -guerrero- juez de la cultura neolítica dejaron el puesto a la democracia
de éstas últimas épocas. Y todo anuncia que la democracia está muriendo. Desde
el instante en que los derechos a que aspiró y por la existencia jurídica de
los cuales hizo derramar ingente caudal de sangre se han convertido en
irrecusable deber, su encanto vital desaparece. Ninguno de nosotros acepta esta
palabra libre, sino es
angustiadamente por una imposición moral
o una compensación pecuniaria; ni la prensa libre vive de otra cosa que de un
trabajo asalariado que abruma y deprime; ni el sufragio es distinto de una
molestia absurda que secretas combinaciones de políticos imponen engañosamente
a las multitudes; el parlamento es una feria de ambiciones; las contribuciones
desconciertan la industria privada; la justicia y la paz son ahora tan
discutibles como en épocas mal calificadas por el orgullo de los últimos
tiempos. Las nuevas generaciones no esperan salir de tamaño colapso por la
suave ruta de las enmiendas y ahí están de pie en todo el mundo avizorando una
revolución, alguna revolución, realista, comunista, cesarista, la palabra es
sólo un adjetivo de ocasión para un sentimiento nuevo que las coloque en el
plano de la cultura naciente.
Hase
visto también llegar la disolución de esta cultura de la materia-fuerza hasta
el seno de las instituciones más resistentes, como lo fue siempre la familia.
Las formas de unión héterosexual aún se apoyan en el matrimonio en cuanto no
hallan por el momento más hacedera solución a sus inclinaciones, pero es justo
afirmar que el matrimonio no conserva ya el significado que tuviera, pues es un
mismo nombre para muy diverso contenido. Tampoco son semejantes las relaciones
entre padres e hijos, ni ante el estado, ni ante el corazón de las novísimas
generaciones, que en aquellos ven etapas de un proceso natural en el decurso de
la vida, sujeto como tantos otros a una potestad de renunciación y no raras
veces al extrañamiento del odio. En el plano de esta cultura asomaron su cabeza
enigmática ciertos hechos que denuncian los más sagrados sentimientos como
mutable producto de jugos orgánicos, abriendo así un trágico paréntesis al
porvenir de la humanidad.
SUCESION
DE LAS CULTURAS. ¿Mueren en verdad las culturas? No podría uno afirmarlo de un
modo categórico, puesto que tántos elementos de ellas subsisten en las etapas
posteriores, con una vitalidad sorprendente. Existen en el seno de las
sociedades más refinadas del presente residuos de magia, de fetichismo, de
manismo y de fatalismo de la cultura primitiva: ¿Qué otra cosa son los agüeros,
el espiritismo y las joyas talismanes etc.? La cultura espiritualista de la
Edad Media agita aún nuestros corazones. Y nada es preciso añadir sobre el
imperio de fascinación que todavía goza la ciencia de la última etapa cultural.
Las
culturas no parecen morir: se suceden solamente. El porqué de sucederse estriba
en un defecto de su poder de interpretación. Cuando no aciertan a explicar el
mundo ceden su posición normativa a otra orientación intelectual. No pudo la
cultura primitiva entender el «quid* de las fuerzas ocultas que con rigor de
fatalidad y de misterio asediaron el alma humana de aquellas edades y cedió su
puesto a la noción de una providencia universal, creadora y conservadora del
mundo. No acertó la cultura espiritual a definir a Dios, y hubo de dar paso a
la técnica que husmeaba el misterio en las leyes de la materia y de la energía.
Mas tampoco ésta logró interpretar la intimidad de las substancias, y ahí anda
maltrecha en transición hacia otros rumbos.
Son las
culturas a la manera de los ensayos que ha hecho la vida en las diversas ramas
de la zoología en su «evolución filogenética»: se detiene en una orientación
porque se agotan sus posibilidades, digamos los zoófitos, y emprende otra, los
peces, v. g., y luego una más, hasta llegar a los placentarios y por ellos al
hombre. Las diversas ramas subsisten, aunque agotado su desenvolvimiento ante
leyes físicas de imposible transposición. ¿Cómo pudieran los moluscos
apoderarse del planeta con su defectuosa estructura, ni cómo podían crecer más
los insectos sin aparatos de mejor ventilación ni palancas internas de
equilibrio?
LOS
PERIODOS DE TRANSICION SON DOLOROSOS. El paso de una a otra cultura se hace
siempre con un extraño proceso de dolor, guerras nacionales e internacionales
que van casi h?.sta el exterminio, hambres, epidemias, criminalidad odiosa: es
decir, por fenómenos que indican un desconcierto en el organismo del hombre, y
aún en la naturaleza física en que él vive. Son como impuestas por algún ritmo
de procedencia exterior, de orden cósmico más bien que humano, pues en tales
épocas se ha observado una lucha entre la voluntad y el entendimiento, entre
un claro discurrir y un instintivo obrar que pudiera explicarse como la
resultante de un conflicto de tendencias contraproducentes. Con esta
orientación ya se ha hablado de ritmos solares que trastornan de cuando en vez
el funcionamiento normal de la vida, incluso la mental del hombre, y
pudiéramos prestar a estas investigaciones algún mérito, aunque, el lector lo
estará pensando, es casi volver a la astrología, siquiera lo conduzcan por los
caminos discretos de la ciencia experimental y de la estadística. ¿Ganaríamos
algo con diagnosticar el proceso patológico de la última guerra y de la actual
crisis de valores? Al menos no nos es dado desconocer aue existe un raro goce
en la
invención,
que justifica el donativo de martirizantes esfuerzos. Y después de todo ¿quién
sabe? Hay en la ciencia físico-química una explicación del proceso de la
energía que establece en ésta una obra por discontinuo impulso, no actuar sino
cuando un «quantum» lo permite, y entonces verificarse en la operación una
difusión de energía radiante. Tal así en lo humano pudiéramos imaginar, tomando
otra vía de estudio, que las ideas y los sentimientos van acumulándose con el
transcurso del tiempo hasta un «quantum» de saturación en que ocurre la
transición, como de una cultura a otra cultura, con una difusión de energía
radiante que fuese este fenómeno peregrino y trágico del dolor inútil de la
guerra. Desde luego la acumulación de ideas y de sentimientos enemigos de las
culturas es un hecho bastante elemental. Lo otro, el que eso conduzca a un
desequilibrio guerrero, necesita todavía más dilatada meditación.
LA NUEVA
CULTURA REGRESARA A LAS GRANDES SINTESIS. Algunos hechos han aparecido en los
últimos años que permiten prever la formación de una cultura de tipo
sintético. Los trabajos de físico-química que tienden a unificar la entidad
última de los noventa y dos cuerpos simples; la tentativa de reunir en un solo
campo los grandes fenómenos de la luz, la electricidad, la gravedad etc.; la
tendencia a formarse un tipo común de hombre, un hombre medio, con una moral
media, una ideología media, gobiernos, alimentación, vestido, deportes, vicios
y virtudes «standard», la aspiración a la unidad de mando en cesarismos y
socialismos de estado y a una democracia universal; la uniformidad dentro del
«taylorismo» de la industria; la difusión misma del arte y la formación de un
gusto estético cosmopolita son indicios de una orientación hacia la síntesis.
Suponen
algunos que el mundo universo está formado por «infinitesimales» partículas de
luz, nodos de energía granular, substancia y fundamento de toda la materia, permitiéndonos
así entender el cosmos cual un inmenso océano de luz. Tan bella hipótesis me
sugiere que dicho átomo radiante o «fotón», como ya se le nombra, pudiera ser
el símbolo de la cultura sintética por venir.
Uno se
atreve a pensar que la humanidad de hoy está fatigada de análisis y desea efusivamente
un sistema de conocimientos menos complicado. Por este aspecto la nueva
cultura pudiera asemejarse un poco a la medioeval, en cuanto aquella tuvo de
sencillez arquitectónica.
¿Será
también una cultura de contenido espiritualista? El espíritu tal como nosotros
lo entendemos no parece poder conservar su posición en el concierto de las
ideas contemporáneas; quizás tengamos que admitir muy pronto la hipótesis de
una conciencia cósmica, de la cual haga parte la individual humana, o mejor
aún, que actúe en forma de conciencia humana.
No se ve
en el universo ningún fenómeno superior en interés ni en significado a esta
conciencia del hombre, ni aún objetivándola como un hecho extrahumano en una
ficción de estudio. Pudiera ser que nosotros careciésemos de sentido apto para
captar entes y fenómenos de la natura- za que, al ser percibidos, trastornarán
cielo abajo cuanto ahora creemos saber: mas con sólo lo que ya sabemos el mundo
no entrega otras explicaciones.
Naturalmente
esto conduce a aproximar al hombre conceptualmente a lo que en el panteísmo se
da por dios. ¿No pudiéramos invertir los términos de una vieja discusión y
decir dubitativamente, que la humanidad está creando el dios personal con que
soñó desde su infancia? En este sentido este dios se estaría, pues, creando a
sí mismo. El ser ya una entidad consciente de la realidad le coloca en el
camino del devenir teomórfico. Le falta el poder. Sin embargo, se vislumbra un
crecimiento de la potencia de transformación de la materia que el hombre va
adquiriendo, grávido de ilimitado augurio. El día en que fuere posible aunar
las inteligencias individuales o exaltar su desarrollo en selección específica
abriremos una nueva ventana al universo por donde pueda iniciarse el orto de
una deidad definitiva.
PRODUCCION COLOMBIANA DE ORO Y
PLATA EN 1933
(Corrección del dato
publicado en la página 124)
|
DEPARTA MENTOS |
Oro |
Plata |
VALORES |
||
|
Gramos |
Gramos |
Dólares |
Primas |
En pesos |
|
|
Antioquia............ |
5.762,545 |
2.527,272 |
3.815,675 |
2.049,809 |
5.865,484 |
|
Atlántico............. |
107,645 |
48,550 |
71,093 |
32,334 |
103,427 |
|
Bolívar................ |
40,008 |
16,986 |
26,319 |
23,753 |
50,072 |
|
Cundinamarca |
10,577 |
1,997 |
6,996 |
3,838 |
10,834 |
|
Caldas................ |
645,868 |
262,711 |
428,876 |
235,946 |
664,822 |
|
Cauca................. |
145,141 |
15,731 |
96,761 |
50,169 |
146,930 |
|
Putumayo.......... |
8,106 |
2,220 |
5,355 |
1,127 |
6,482 |
|
Chocó................. |
1.220,834 |
196,946 |
807,260 |
374,179 |
1.181,439 |
|
Huila................... |
14,622 |
5,329 |
9,994 |
4,317 |
14,311 |
|
Magdalena......... |
7,371 |
3,101 |
4.849 |
4,332 |
9,181 |
|
Narifio................. |
403,415 |
50,887 |
265,998 |
128,415 |
394,413 |
|
Santander.......... |
32,922 |
62,279 |
22,093 |
13,123 |
35,216 |
|
Tolima................. |
193,313 |
71,083 |
127,850 |
68,089 |
195,939 |
|
Valle.................... |
249,058 |
41,195 |
164,333 |
104,738 |
269,071 |
|
Defensa
Nal.... |
225,367 |
47,813 |
148,945 |
30,531 |
179,476 |
|
Totales............. |
9.066,792 |
3.354,100 |
6.002,397 |
3.124,700 |
9.127,097 |
|
Varios.
(1).... |
209,616 |
5,242 |
138,765 |
180,394 |
319,159 |
|
Gran
total......... |
9.276,408 |
3.359,342 |
6.141,162 |
3.305,094 |
9.446,256 |
|
IMPRENTA
DEL DEPARTAMENTO |
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