De como se ha formado la nacion Colombiana, capitulo octavo, publicado en 1938
CAPITULO OCTAVO: DE CÓMO SE EXPRESA EN ARTE EL PUEBLO COLOMBIANO
En el
estudio del desenvolvimiento artístico de esta nación colombiana, me parece
ineludible considerar como un ciclo aparte cuanto fue realizado en la colonia,
pues lo colonial y lo republicano son géneros en sí, especies al menos, que no
se relacionan por generación sino por sucesión meramente. El arte colonial colombiano
tuvo su gestación en el alma de un pueblo que aún no había asimilado los elementos
transformadores del nuevo ambiente ni equilibrado en su fisiología los
caracteres disímiles de las razas que en su comunidad se estaban cruzando. Ese
arte tenía, pues, en la lejana Metrópoli Ibérica el cordón umbilical de su cultura,
y sólo es nuestro por procedencia y algunos vagos gérmenes de autoctonía que de
vez en cuando surge en él como un preludio de génesis por venir.
En su
discreta culminación ese arte es completo: literatura, pintura, arquitectura,
música, historiografía nacen y mueren dentro del estatuto político colonial en
un circuito cerrado que se toca tangencialmente con el arte republicano que le
sucedió, sin engendrarlo ideológica ni sentimentalmente. Cuando este último
aparece es algo infantil que balbucea la expresión de una personalidad que
comienza a difinirse.
El
aislamiento geográfico y la pobreza económica impidieron que nuestro arte
colonial se encumbrara a niveles de valor eximio, pero relativamente estimado
por la critica justiciera puede considerársele como un milagro de superación
de las dificultades ambientes, y un signo de recóndita potencia en el pueblo
que le dio vida. ¿Dónde hubo Vásquez Ceballos, ni dónde Gregorio Guiral y Miguel
de Acuña hubieron profesores y disciplina que les llevase de la mano hasta
donde alcanzan sus bellas obras? Intuición suya fue y poco más el frecuente
acierto de sus creaciones. En ellos obraron la tradición española, por las
escuelas de Andalucía principalmente, el gran sentimiento cristiano que les
impregnaba sin contradicciones alma y vida, y por último, el ambiente
patriarcal, aldeano y apacible, en que discurría su existencia. Pero el hilo
de aquella tradición de escuelas sevillanas fue siempre tan delgado que se
hace invisible el encadenamiento profesional; el sentimiento religioso nunca
encendióse conceptualmente hasta engendrar una mística autóctona, fue apenas la
repetición de elogios y plegarias que circulaban en la literatura oral o escrita
de la Metrópoli; tampoco el medio ambiente fue entonces rico en materiales de
creación, soñoliento ya, después de la conquista, y de escasa amplitud
interior. De ahí que considere a los artistas coloniales de un mérito personal
augusto en circunstancias tan impropicias y someras.
La poesía
no dejó huellas apreciables. La novela apenas se puede vislumbrar a través del
ingenio devoto y socarrón de Rodríguez Freile en esa crónica ingenua y pican*
te de El Carnero, trasunto afortunado del mundo en que nació, y especie
solitaria de su género en la América de entonces.
Más rica
fue en producciones la historiografía colonial, venero aún inagotado de
estudios. Entre ellos tenemos como del más puro solar americano al Obispo Pie-
drahita, recapitulador y continuador de la obra inédita del
Conquistador-Licenciado don Gonzalo Jiménez de Quesada. El célebre don Juan de
Castellanos vivió tan larga vida entre nosotros y tan hondamente le selló el
alma este suelo de América que podría tomarle por un modelo de escritor
colonial, si hasta sus versos saben a mundo en gestación y su sensibilidad es
todavía infantil como el ambiente.
El Padre
Alonso Garzón de Tahuste; Fray Alonso de Zamora; el Jesuíta Manuel Rodríguez;
el Padre Basilio Vi- cente.’de Oviedo, Pedro Simón, Pedro de Aguado, Alonso de
Zamora, José Gumilla, Juan Flórez de Ocáríz, Juan Rivero, Pedro Cíeza de León,
José Nicolás de la Rosa, José Cassa- ni, Antonio Julián, Hernando de Angulo,
casi todos sacer> dotes, crearon la obra literaria más firme y útil de
nuestra época colonial.
La
filosofía y la teología dieron cosecha abundante de disertadores que no añaden
cosa apreciable a la literatura universal de esa índole, pero que sí encarnan
el mundo ideológico en que actuaron: Juan Martínez de Rípalda y Juan Antonio
Ferraro, por ejemplo, de la Compañía de Jesús, profesores muy apreciados en su
época. La monja tun- jana Francisca Josefa de la Concepción (del Castillo y de
Guevara) escribió largamente sobre los afectos místicos del cristiano, con
grande unción y cierta fluidez que recuerda los clásicos, por lo que ha sido
muy considerada entre los comentadores de nuestra literatura añeja, aunque, a
decir lo cierto, hoy resulte poco agradable la lectura de sus pia- dosos
comentarios y panegíricos. Sorprende, esto sí, la fortaleza espiritual de una
mujer que en aquel medio insipiente de la Tunja de antaño, con escasísima
información literaria y ninguna base social-cultural adecuada a ello, se alzó
a lucubraciones bien tramadas sobre los deberes de piedad, los sentimientos de
sumisión y de gratitud de las criaturas para con Dios y las rutas adecuadas a
la perfección mística. Asi contemplada representa un esfuerzo sorpien- dente de
su mundo y de su hora.
La música
colonial sigue igualmente el curso de derivación española y leve impregnación
americana que caracteriza su época. La guitarra da origen al tiple popular, la
chirimía toma aspecto indiano, y un ritmo surge poco a poco que representa el
nuevo ambiente y prospera con acentos nacionales en el bambuco, la guabina y el
pasillo, el joropo y canto de los troveros. Ese ritmo florece en el bambuco,
compás de seis octavas, con una anticipación sincopada cada dos compases, hasta
constituir un hallazgo vernáculo que con los aires populares de la altiplanicie
oriental (Boyacá-Cundinamarca) se presenta digno de encomio.
La
evolución de este arte en la colonia puede trazarse de Juan Pérez Materano
(1554), maestro compositor, al profesor payanense Juan Antonio Velasco, primer
músico de la independencia, compositor, director de orquesta y banda. En ese
largo período descuella el Presbítero Juan de Herrera (1738), maestro de
capilla de la catedral bogotana, como el más eminente; el Padre José Dadey
(1604), primer profesor de música en esta comarca, domiciliado en Fontibón;
Gonzalo García Zorro y Martín Callejas, maestros de capilla; Pedro Carnearte,
organizador de la primera orquesta, que funcionó, como la primera banda
también, a fines del siglo XVIII
(1784).
La
pintura habría corrido la misma suerte de mediocridad sin la existencia de
Gregorio Vásquezde Arce y Ce- ballos (1638-1711) que improvisó una técnica de
magníficas expresiones de ternura mística y a veces de retratos de gran
carácter con materiales rústicos adecuados ingeniosamente. El de don Francisco
de Caldas Barbosa, el suyo propio, el Cristo de 1697 y media docena de cuadros
de composición religiosa (como «La Familia de Lot» y «La Huida a Egipto») entre
mil y tántos que alcanzó a pintar o
a dibujar en su larga y asendereada
vida, le colocan entre los maestros del Continente americano, y entre los
genios, si se consideran las dificultades que tuvo que vencer y la carencia de
profesores y de molelos con que luchó victoriosamente su arte.
Antes que
él hubo aficionados sin técnica ni facultades sobresalientes, como el
incógnito que pintó en 1538 el Cristo de la fundación de Bogotá; Francisco del
Pozo, autor de la Virgen del Desierto de la Candelaria (1597); Alonso
deNarváez, a quien corresponde la popularísima imagen de Nuestra Señora de
Chiquinquirá; Antonio Acero de la Cruz, recordado por su virgen de la parroquia
de Las Aguas ¿(1640); Jerónimo y Juan de Dios Acero, quienes trabajaron en el
célebre santuario de Monguí; Salvador de León Castellanos, Nicolás de Gracia,
los hermanos Bartolomé, Gaspar y Baltasar de Figueroa, maestro este último,
hasta donde le fue posible, de Vásquez Ceballos.
De los
continuadores, y frecuentemente imitadores, de Vásquez se recuerdan Francisco
Páramo (vueltas del coro de la catedral). Francisco Sandoval (una Virgen con el
Niño', Padilla (trabajos en Santo Domingo), Gutiérrez (existen obras suyas en
la sacristía de San Juan de Dios), Posadas (La Tercera y La Candelaria),
Miguel Martínez (una Inmaculada en San Diego, pintor de cámara de Felipe V),
Pablo de la Rocha (una Virgen en San Diego), A. de Calleja (una Asunción y una
Anunciación en la Catedral Primada), Nicolás Banderas, el italiano Angelino
Me- doro, Fray Pedro Bedón, quiteño, iniciador de la Capilla del Rosario de
Tunja, Pablo Caballero etc. Termina esta nómina con el nombre prestigioso de
Francisco Javier Matiz, puente, podríamos decir, entre los pintores coloniales
y sus sucesores (que no discípulos) de la era republicana: artista de tan
grande mérito en el dibujo de flores que fue considerado como sin rival
entonces en el mundo (1800).
No fue el
Nuevo Reino de Granada suficientemente rico para prosperar una arquitectura de
primera categoría en América. Lo que de aquellos tiempos queda es, sin embargo,
digno de encomio por la continuidad del estilo, la amplitud de las formas y
alguna gracia en los detalles. Los constructores de la colonia trazaron
ciudades de modelo andaluz, mediterráneo diré más ampliamente, de calles que,
para el tránsito de entonces, fueron anchas, rectas en lo general, curvadas y
acodadas románticamente a veces, con desagües visibles que estorbaban su
función y afeaban el aspecto. Las plazas eran de doble intención: la principal
ein-
pedrada y
extensa, como para mercado público y públicas manifestaciones religiosas y
civiles; recatadas, diminutas y graciosas las demás, atrios más bien del
vecino templo, propicias al discreteo de enamorados y beatas. Tenían las casas
conspicuas algo de alquería y de convento a la vez, por sus portalones,
ventanas enrejadas y balcones de som- bradillo, por los patios claustrados en
amplia arquería, la descansada y espaciosa escalera, las alcobas y salones de
magnitud palaciana y bajo artesonado, en cuanto a lo primero, por las
dependencias de la planta inferior, patios posteriores, troje y huerto, cocina
y horno, pesebrera, en fin, que presupone lo segundo.
En
Medellín, al favor de un clima templado, siguióse una arquitectura civil de
casas de un solo piso, patio central finamente embaldosado y lleno de
floridas macetas que la intensa luz solar más enciende de colores, con fresca
y aseada piscina en el segundo patio, espaciosa sala amoblada con sillas
«mecedoras» de mimbre, que da a la calle por ventanas «arrodilladas» de
dilatado antepecho para sentarse a ellas y desde ellas mirar la calle a plena
luz o resguardándose discretamente con bien tramada celosía.
Uno y
otro estilo, el severo castellano de Bogotá y el riente andaluz de Medellin,
van desapareciendo ahora. Se justifica bien en la primera de estas ciudades la
supresión del patio interior por las condiciones desapacibles del clima en que
se halla, mas se siente alguna inquietud al presentir que tal ocurra en la
ciudad antioqueña y sus similares, donde está en su puesto la influencia
ensoñadora de Sevilla.
Y diré,
volviendo a nuestra colonia, que los hombres de aquella edad, religiosos,
«hogareños», trabajadores del agro circundante, satisfacían así las escasas
funciones de su existencia ritual pacata e ignorante. De tales funciones
destacábase la religión, suma y compendio de sus aspiraciones, de elaciones
máximas, de su misma expansión placentera. De que les vino su devoción, jamás
extinta, de construir catedrales, capillas y conventos donde dar pábulo y
perenne desahogo a su represado sentimiento del mundo. De ahí que fuese la
arquitectura de esa época tan fastuosa en la fábrica de tales monumentos, hasta
el frecuente caso de superar los recursos del medio artístico y económico, y
dejarnos piezas tan sólidas que han desafiado peripecias y siglos.
Bogotá,
Popayán y Tunja, Cartagena, Mompox y Car- tago, Santa Fe de Antioquia y
Pamplona, Monguí etc., conservan todavía restos de aquella visión religiosa de
la vida colonial. En la urbe capitana se aprecian aún joyas de real valía. Aquí
vese el patio de Santo Domingo, de espléndida amplitud y sosegados corredores
en arcadas, enaltecido por la cúpula arrogante del vecino templo; en la plaza
mayor alzó la mano maestra de Miguel de Acuña la gracia plateresca de la
Capilla del Sagrario; ahí mismo sobre el atrio donde en otros días, al caer de
la tarde y cotidianamente, platicaron de graves pensamientos los repúblicos y
eupátridas de Colombia, el valenciano José Ruig, en la nómina de su religión
Fray Domingo de Petrés, plasmó en noble estilo el primer cuerpo de la
espaciosa catedral; pocos metros más arriba, hacia oriente, sueña su ensueño
de gracia española la plazuela de Rufino J. Cuervo, en frente a San Bartolomé,
al memorable Salón de Grados y, con leve esguince, al célebre Palacio de
Bolívar, escorzo topográfico, por decirlo así, de gran parte de la historia
nacional; una cuadra hacia el oriente del Palacio de Nariño, sin tino y sin
acierto llamado hoy de «La Carrera», dignifica el repuesto ángulo de la calle
octava la evocadora arquitectura del Palacio de los Marqueses de San Jorge ;
por el norte agacha su pesada techumbre el templo de San Diego y su espadaña
juguetea a leve altura en un jardinito memorioso de arcaica historia virreinal;
y en el atrio de San Francisco la enhiesta torre y el bien curvado frontis que
diseñó Domingo Esquiaqui marcan el hito de separación entre la colonia y la
república.
Con la
arquitectura se hermana, y prendido a ella vive, el arte espiritualísimo de la
decoración, talla en madera, relieves de yeso y terracota, alfarjes, coros y
púlpitos, altares, en fin, donde la escultura dióse a la plenitud de su vuelo
místico en lujosos sagrarios y múltiples imágenes del millonario santoral
católico.
Cual si el
arte naciese de nuevo en donde quiera que surge, el colonial colombiano
apareció ingenuo en siglo XVI, floreció
en siglo XVll y decayó
luégo. Las imágenes del xvi son apacibles, regordetas, triviales, de vestido
poco o nada plegados, como de un arte infantil, a la manera de los versos de
donjuán de Castellanos, del Cristo de los Fundadores y de la Ermita del
Humilladero....
En el
siglo XVII se
encumbra ese arte a valía continental, universal tal vez, con los nombres de
Vásquez, de Acuña, de Pimentel, de Guiral (o seudo-Guiral, si así se comprueba),
que tan bellamente lo digificaron en estilo y con él interpretaron su
existencia.
Entre
todos ellos me emociona particularmente el maestro ignoto del altar de San
Francisco, enantes tenido por Fray Gregorio Guiral y Miranda, nacido en Bogotá
en 1590, considerado ahora por nuestro joven artista e historiador Luis
Alberto Acuña como un lego franciscano cuyo nombre no aparece. En su obra
tallada abundantemente en contorno del altar, hay relieves en madera que valen
por cuadros al óleo de fina y sutil ejecución. El Retorno de Egipto, uno de
ellos, es sin duda de las obras maestras del arte colombiano, por el copioso
caudal de afectos que expresa y magnifica. El San José sonriente y buen mozo
que reboza de orgullo paterno, reprime apenas una exclamación de júbilo ante
una como adivinada travesura de ingenio de su chiquillo despabilado y
regordete que marcha adelante, de la mano de la Virgen. Un ángel que sobresale
en el centro mira al padre afortunado con un delicioso signo de inteligencia
infantil, cual si preguntara: «¿Ha oído usted lo que dice?»; en tanto que la
Madre Augusta quisiera, imposible ficción, disimular la risa que le retoza en
ojos y labios. Al pie, casi al margen de la derecha, otro angelito tira del
ronzal de la borrica fatigada según los ojos y el visible resoplar de las
narices, y ese angelote está de espaldas, en escorzo de esfuerzo
deliciosamente delineado. Sin duda que los ropajes, por otra parte ejecutados
diestramente, son inverosímiles por más de un concepto; con certeza las manos
están mal definidas en su tosca cortedad y en todo se atropella un recargo de
simbolismo barroco: mas qué cantidad de vida se recoge en esos centímetros de
madera, y cuán cerca del corazón se siente la realidad ingenua de aquellos
personajes.
En el
frontispicio de la Capi'la del Rosario colocó Antonio de Pimentel, bogotano
que floreció a fines del XVII,
unos
alto-relieves en barro cocido y estucado que constituyen otra creación feliz
de nuestros artistas coloniales. Representan la Virgen del Rosario, sentada
sobre una nube de serafines, formando un hemiciclo con Santo Domingo de Guzmán,
Santo Tomás de Aquino, Santa Catalina de Siena y Fray Cristóbal de Torres. El
Niño Jesús, de pie sobre el muslo izquierdo de la Virgen, le pasa el brazo
derecho por la nuca en un equilibrio de adulto, como es de adulto la fisonomía,
por la abultada y muy amplia frente y los ojos cargados de pensamiento. Está
bien dispuesto y admirablemente plegado el ropaje de Nuestra Señora, gracioso
el peinado, suave y adolescente el óvalo facial, pero quizás un poco inadecuado
el cuello. Resaltan los ojos de estupendo arcaísmo melancólico, y la preciosa
barbilla que recuerda la que frecuentemente tienen nuestras muchachas mestizas
de esa edad juvenil.
Miguel de
Acuña, ebanista, bogotano que floreció hacia 1670, elaboró un famoso
tabernáculo para la Capilla del Sagrario y dibujó la exquisita portada de ese
templo, con las cuales obras se coloca entre los grandes maestros de su época.
Sin poder
en esta síntesis conceptual describir más ejemplos del arte de nuestra colonia,
nombraré apenas al Maestro Lugo, a Pedro Laboria, a Juan de Cabrera, escultores;
a Nicolás de Gracia, Diego Padilla, Eustaquio Caballero y Nicolás de Burgos,
orfebres; al célebre ebanista Luis Márquez; al no menos renombrado Francisco
Escobar, maestro forjador, y a Mateo Luisinch, el tallista de los altares y
coro de San Ignacio.
La era
republicana tiende a una expresión artística y peculiar, y por lo tanto nos
presenta de nuevo el fenómeno de un arte infantil que se desarrolla con todas
las peripecias de lento avance. Es un hecho digno de memoria esta mutación en
la vida del arte de un mismo pueblo al pasar de la sujeción a la plena
soberanía: Me he preguntado a veces si ello consiste en que sólo la segunda
etapa es la verdadera, considerando el primer ciclo como ingerto que floreció
en una planta demasiado joven todavía para dar frutos de su propia especie.
Cualquiera quesea la explicación, ello es que nuestro arte republicano se inicia
balbuciente otra vez y candoroso.
En el
crepúsculo de la vida colonial apareció en Santa Fe un hombre de grandes
capacidades para la arquitectura, nacido en la provincia española de Valencia:
Fray Domingo de Petrés. Guardadas las distancias de aliento creador y de medio
ambiente, representa para nosotros lo que Cristóbal Wren en la Gran Bretaña.
Sus muchas obras tienen un sello de gran vigor, pureza de concepto y adecuación
funcional que las hizo memorables. El primer cuerpo de nuestra catedral es
majestuoso ; la estructura interna del templo de Santo Domingo es de lo más
armonioso que tiene la República; el mismo observatorio se desarrolla conforme
a líneas bien conceptuadas.
Al lado de
Fray Domingo, el ingeniero Esquiaqui, contemporáneo suyo, nos dejó en la
Iglesia de San Francisco un
frontis y una torre que enorgullecen el centro de la ciudad, aunque
infortunadamente interrumpen la vista de su principal arteria.
Con estos
dos nombres, español el uno, colombiano el otro, culmina en este país la
arquitectura colonial. Durante muchos años no aparece luego obra alguna que
reclame el esfuerzo de artistas superiores. Las mediocres exigencias de
nuestra urbanización de comienzos del siglo xix fueron atendidas por maestros
albañiles que continuaron la rutina de sus antecesores. A mediados del siglo se
presentó la magna tarea de nuestro Capitolio Nacional y tuvimos que recurrirá
un artista extranjero, el ilustre danés Tomás Reed, hombre campechano, pero de
inteligencia ambiciosa, que lo proyectó de fábrica muy potente y armoniosa a
la vez, de patios abiertos «como corresponde a la casa de todos* que es y debe
de ser en tratándose de un palacio de la república, adornado el que mira al
norle y a la plaza mayor con una triple columnata de plena altura y estilo
jónico que lo define e individualiza.
En el
resto de la República el arte arquitectónico se concentra en templos y casas
residenciales de mal gusto generalmente durante el siglo XIX.
De
cuando en cuando aparece alguna estructura que atrae la vísta por un momento,
es una iglesia de aldea o villa menor que ha escapado a las falaces fantasías
de arquitectos improvisados, o la fugaz línea de un puente que roba a la
ciencia un aspecto de espontánea donosura, tal cual casita urbana o campestre,
en fin, que luce ingenua esbeltez.
El siglo XX
surge
mejor capacitado económicamente para el desenvolvimiento de este arte. El
gobierno civil inicia centenares de obras, como palacios administrativos,
estaciones centrales de vías férreas, puentes y edificios para la educación
pública; la iglesia adelanta múltiples seminarios y templos; la beneficencia
construye hospitales y asilos de vastísima extensión; sociedades anónimas levantan
fábricas y bancos; los ciudadanos enriquecidos edifican mansiones urbanas y
campestres: El maestro albañil tuvo que cederle el campo al ingeniero y el
ingeniero a su vez al constructor especializado. De este grandioso despertar
que transforma las ciudades no ha surgido aún el genio creador de un arte autóctono.
Verdad es que falta suficiente espacio de tiempo para la gestación de
semejante prodigio, pero la campana de la oportunidad lo está llamando con
urgencia.
En los
grandes edificios el estilo colonial fue sobre todo semejante al de «Misiones»
para los templos y al espa- fiol para la arquitectura doméstica. El siglo XX
ha espigado en todas las escuelas: En la arquitectura civil
construye frecuentemente conforme al trivial renacimiento francés de mansarda;
copia estampas del vasco español; imita el normando a veces o caprichos
modernistas que el cemento armado ha hecho posibles hasta la exageración
inverosímil. El constructor albañil de la burguesía menor se aferra a un rococó
de guirnaldas y florecidos capiteles que hacen de las salitas de recibo adorables
muñequeros.
En la
fábrica de los templos obsérvase la misma promiscuidad. Desde el románico
paquidermo de la catedral de Medellín y el gótico-albañil de la iglesia de
Chapinero, hasta los ensayos graciosos de una modernidad atrevida o las
creaciones alambicadas que aquí llamamos «ponqué de novia».
Esto
indica que el artista nacional se está buscando a través de las graves
dificultades con que lo inmutó la sorpresa de tan rápido surgimiento de la
demanda. Algunas realizaciones de gracia formal y de adecuación más estricta
a las funciones, como la Estación Central del Ferrocarril de la Sabana y el
Instituto de Pedagogía de Chapinero, anuncian que no está lejano el día en que
nos expresemos nacionalmente en arquitectura, y en ello trabajan con denodado
fervor jóvenes preparados dentro y fuera de la República, colaboradores y
continuadores de Gastón Le- large, Pablo de la Cruz, Mariano Santamaría, Arturo
Jara- millo y otros maestros.
Y es muy
rico el panorama que ha de contemplar entre nosotros este arte, pues la
variedad de nuestros climas exige una visión perspicua y bien amaestrada que dé
para las altiplanicies una planta abrigada y sobria, que se entreabra un poco
a la manera de un capullo en las vertientes; que se expanda, en fin, en amplias
arquerías, claustros y jardines en la zona ardiente de nuestras llanuras
tropicales. ¿Qué hace en nuestras ciudades de «tierra caliente» un templo
gótico, en lugar de alzarlo sobre columnas, sin muro que lo agobíe, en un
enrejado parque de naranjos y palmeras, de aromáticos jazmines y buganvilias?
¿Por qué no propagar modelos de chozas al alcance del labriego humilde de las
distintas zonas, y de alquerías adecuadas a la higiene, y de escuelas aldeanas
y rurales y de jardines pigmeos, y de.... cuanto embellezca, ennoblezca y
favorezca la vida de un pueblo que se está formando con prisa de decenios y de
lustros?
Entre la
arquitectura y la pintura se colocan la escultura y la decoración.
A
mediados del siglo XIX Pedro
Caballero se dio a la obra de decorar el templo de «La Tercera» con tan extraordinaria
consagración que arruinóse en el cumplimiento de sus compromisos y al fin se
enloqueció. A pesar de estos accidentes perdura de él un trabajo muy
apreciable.
Otro gran
místico de esa época fue Eugenio Bernabé Martínez, quien esculpió el Cristo de
la Capilla del Sagrario. Fue tanta su devoción por el arte, que asistía a las
batallas para estudiar la fisonomía de los moribundos, y tanta su piedad que
trabajó de rodillas la obra antes mencionada.
Al
comenzar el siglo XIX floreció
un gran artista, de nombre Esteban Montoya, quien realizó una serie de esculturas
en madera de estupenda sinceridad, no obstante ser un autodidacto de muy
escasos medios de «studio. Su Cristo de Guasca es una obra de valor, y el grupo
de San Antonio con el Niño y un rapazuelo mendicante es digno de alabanza.
Marco
Tobón Mejia, muerto hace poco en París, dejó varios estudios en mármol que lo
acreditan.como aventajado cincelador de formas ideales de noble ambición simbolista
en las intenciones y de pureza clásica, con trazos de modernidad, que sostienen
con prestigio su nombre, a más de una larga serie de medallas en bronce que le
colocan muy altamente ante la crítica universal.
Francisco
A. Cano, Rómulo Rozo, José Domingo Rodríguez, Eugenio de la Cerda, Gustavo
Arcila Uribe, Dionisio Cortés, Luis Alberto Acuña, Carlos J. Gómez, José Ramón
Montejo y algunos más, han trabajado con buen éxito en monumentos públicos,
estatuas y ensayos de taller que no es de este sitio el analizar aisladamente.
Algunos de ellos, como Rozo y Rodríguez, buscan la expresión de un regionalismo
e «indigenismo» que sea la base de una escuela nacional autóctona. El primero
estiliza audazmente lo que ve, y tiene gran capacidad decorativa; Rodríguez
recoge en sus tallas de madera la acción y la intención con sorprendente
intuición de la realidad y firme contextura, Pertenecen ambos a la gestación
espontánea de un movimiento escultórico que a pesar del pobre estímulo
pecuniario que este arte disfruta aún entre nosotros, vale como lo más
entrañable y «raizal» que producimos en esta hora, Ena Rodrigues y Josefina
Albarraetn pertenecen con honora este grupo,
Los
dibujantes de la Expedición Botánica conservaron alguna tradición pictórica en
la República naciente: Antonio García, Mariano Hinojosa, José María Triana y
Francisco Javier Matiz enseñaron lo poco que sabían a algunos aficionados,
entre los cuales se recuerda al miniaturista Espinosa y al historiador Groot.
Mas puede decirse que sólo a mediados del siglo XIX
surge
un artista bien definido en la obra original e ingenua de Ramón Torres Méndez,
en algún modo semejante a Rousseau el aduanero por la espontaneidad de su
técnica y el candor de sus creaciones, no «carecientes», sin embargo, en
nuestro pintor, de cierto «humour» campesino y sui generis. La merienda
campestre, que él denominó «Torbellino a misa», quizá en
memoria de un céleb.e bambuco de su época, es un cuadro de amplia concepción y
finos detalles que a pesar del deterioro de los colores que ha padecido, aún
revela impresionantes dotes. El «Interior santaferefio» es de un realismo
holandés por la precisión de los objetos, pero muy bogotano, y bogotano
de aquella hora, por la romántica melancolía de la dama que representa la intención
del conjunto, Más célebres son sus cuadros de costumbres, hoy de un precioso
alcance documental, en que interpretó, a veces socarronamente, la vida colombiana
de mediados del sigilo, con una estupenda vocación para captar la psique de
líos gremios y el movimiento
de ¡los personajes qiue interpreta,
¡La
situación 4e lia pintura naciionail era, no obstante «estos esfuerzos
esporádicos,, francamente inoperante y «desmayada. iP.oir entonces, lúiltiiisno (tercio
<deí sigilo XHX, viin¡ifi' ron a animarla iun poco Enrique Recio y <Giiil., pintor y
¡protfesor
español., ¡Felipe (Gutiérrez, pinítor realista ijiicano., anttor «del «Mendigo
chillen©* y «¡La Aguadora»; Luis ¿e
¡Llanos,, 4¡p;lom ático español y ¡pintor \que (tu v o
itn^poirttan;te influjo «oibre ¡los «paisajistas» colombianos qm lluego aparecieron,
Tamibiiéiíi Antonio ¡Rodríguez., grabadoir m madera., y .Alberto lUrdaneta,,
¿¡üibiujjanite y ¿raro per-lo- Visita,, merecen
iuna menfiión entusiasta por d estimulo (¡diierron >ail
.ante m aquellos días,
.A
testos Mistas extranjeros es (de ¡grattittwd y nofale jjiusticiia añadir ¡la ¡roeinfitátt
t<4e ¡ittaittaiMvs ,pe mqs mísí- itíwiqn m $ius .oibr^s; (GtaM,, $1 (pinttor,, y el esQWlttQr Teneraml. iRejl ipriimeiío
^conservamos con <orgwlilo m ttetát» ule ¡boca (M Teatro de <£oil<¡# de esta
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(Sattftafl t&QWlca., <y de tma
ttan aiHa ¿ns^irMón,,
que
honrarían a cualquier museo europeo. Son ellas una lección constante de buen
gusto que, a mi modo de ver, valen por un curso libre de crítica de arte, por
un curso silencioso de estupenda composición y elevado concepto, ricas y
sobrias a la vez, decidoras y sugerentes de mucho más, cual es norma constante
en los milagros de la vida.
Luégo apareció la gran figura artística de Epifanio Garay,
el verdadero creador de nuestra escuela, henchido de ideal y de arrogancia,
técnico y agraciado por la inspiración a la vez, quien dotó a la República con
obras perdurables, algunas suficientemente nobles para resistir un paralelo
afortunado con sus similares de paises de antigua tradición. Por ese mismo
tiempo se formó, casi espontáneamente, Ricardo Acevedo Bernal, y con ellos
descolló Andrés de Santa María. El primero es todo pujanza, heroico impulso,
prodigioso acierto en los ropajes, en la gradación del colorido, majestad,
pudiéramos decir, en algunos de sus retratos, precisión del dibujo y una chispa
de tragedia en el cuadro de composición. Acevedo Bernal tuvo un pincel de
gentilísima dulcedumbre, hasta por los tonos de azulado gris que prefirió para
sus obras, entre las que culminan el retrato a pastel de doña Blanca Tenorio,
su primera esposa, de una cabeza soberanamente bien modelada y de un manto
azul perfecto, el «San Marcos» de las pechinas de nuestra catedral bogotana,
arábigo patriarca con algo de Plotino en la idealidad de la actitud,
desgraciadamente acompañado por un león de muñequera, que más que un pretendido
símbolo fue un desfallecimiento de la inspiración del artista. Garay le enfrenta
un «San Juan* apolíneo, arrebatado de poesía, como su autor, y que parece un
Alejandro de Mace- donia en coloquio con «su padre» Amón el egipcíaco. Y qué
gloriosa certidumbre artística la de este Garay en los retratos de doña Isabel
Gaviria de Restrepo, qué negrura más penetrada la de ese corpifio, ni qué
vellón más suave y aereado la del suntuoso manto que enmarca la pío- cera
efigie. Y no fue, de cierto, la gloria de un cuerpo femenino en plena evocación
de cantos lo que ennoblece dicha obra» que similarmente descuellan los rasgos
sigilosos y pensantes de la masculina fealdad de Rafael Nú* Jiea» por ejemplo»
o en la de don Manuel José Pardo, en que culminó su maestría.
Santa María es pintor de
grande escuela» más euro* peo que americano» pero nacional sin duda por otras
mu- ctoas tases de su vida y de su obra. Maestro se le puede
llamar, porque realizó cuadros
de técnica tan firme como «Los lavaderos del Sena» y algunos retratos de
acertada modernidad. No «trabajó» mucno nuestro paisaje, pero en las
«Segadoras» de la Altiplanicie aparece intérprete afortunado y digno de
memoria.
Con estos
artistas se abre ampliamente la ruta de la escuela pictórica contemporánea. A
ellos se unen en potencia primicial no desarrollada Pantaleón Mendoza, cuya
tela de la «Plaza antigua de Mercado» es de un realismo holandés delicioso, y
Salvador Moreno, de genio ambos prematuramente roto por la enajenación mental;
el Padre Santiago Páramo, de tan suave misticismo; Francisco A. Cano, maestro
de las nuevas generaciones, quien buscó en el retrato, el paisaje y el cuadro
de composición la expresión del arte y de la vida, regalándonos a veces con
«El Páramo de Pisba* en que la epopeya de la emancipación surge evocada en un
ambiente de angustia heroica, donde el frío escarchado de la neblosa cordillera
parece barrer la última
esperanza de las huestes libertadoras del Continente americano entre los
yermos riscos de la serranía orientad o recoge la
migración colonizadora del pueblo antío- queño en «Horizontes» en el hijo y en
el hacha con que el
matrimonio labriego que dibuja se adelanta a vencer una remota Canaan montuosa
y baldía, de la cual parece aislada porción el cuadro de «Nieblas y Cumbres»
azulinas que en otra tela nos ofrece su modalidad de melancolía ineluctable,
Estallla
luego en la República un grato fervor por este ane, hasta el punto quesería
difícil estudiar individualmente los muchos que hoy lo profesan y enaltecen,
Roberto Pizano, muerto hace pocos afios en plena juventud, fue un entusiasta
animador de esta corriente, y nos dejó en su * Autorretrato» una muestra
notable de gran sensibilidad artística, Riicardo Barrero, también desaparecido
ya, fue m
¡paisajista putero, de una
estupenda habilidad para el retrato de la naturaleza en cuadros de minuciosa
honra- dez, Ricardo Rendón, afortunado en sus acuarelas «cos- tumibristas»,
ocupó eJ primer puesto entre los cultivadores «íaciionailes de la caricatura.
En los
que flaoy están en plenitud de sus labores predomina eil Ciuilito del paisaje,
etapa, a mi modo de ver, siig- niiiSicaitiiva de «que este arte no Isa salido
aún erntre nosotros (de lia a4o!lescenciia, brillante sin duda, mas no
suicíiente ¡para lia liiwterpretaciiión
del alma naciionail,
Estudiamos lia tora,, y lia
toemos
goinsuiltado en varios de sus aspeaos*
13
con gran fortuna a veces, pero el
carácter de nuestro pueblo, las múltiples modalidades que presenta en las
diferentes regiones que componen el país y en las diversas funciones que
integran su actividad no han sido analizadas pictóricamente. El labriego, sobre
todo, base de nuestra población, el artesano, el párroco de aldea, el burócrata
etc., son temas inéditos que aguardan el genio revelador de su índole. Dentro del
mismo paisaje carecemos de una visión adecuada de muchos de sus elementos, ya
que tan variados son y ricos en cualidades distintivas. La Sabana de Bogotá,
algunos aspectos de la «vertiente», las riberas del Magdalena y del Cauca, los
Llanos Orientales, por ejemplo, tienen representación, pero ni el páramo, ni la
selva virgen, ni la alquería, ni los plantíos de tierra caliente, bananeras,
cañauzales, cocotales, ni las minas de oro, ni la navegación, ni el mar.... han
sido contemplados en su bello cromatismo, en el símbolo del esfuerzo humano, de
la fatiga y del triunfo o la derrota, que implican y sustentan. El mismo
ambiente, tonalidades del cielo, sugestión de temperatura, gravedad y
movimiento de las nubes y gradaciones de colorido de sus masas, levedad o
saturación del aire, en fin, esos mil pormenores que'diferencian las distintas
zonas de nuestra naturaleza irregular, no han sido calificadas suficientemente.
La función misma de los objetos materiales y su armonía en la sustentación y
composición del paisaje, la intimidad de su misión, una roca, v. g., no
debieran retratarse, sino interpretarse intencionalmente.
Pueblo en
formación, no es posible que dé aún la plenitud de su contenido, de un
contenido que fluctúa todavía y desconcierta al artista intérprete. Ya vendrá
la hora de la madurez, y hasta puede decirse que ya se anuncia en las audacias
de algunos jóvenes cuyos bocetos de ensayo se encaminan hacia esta futura
creación. Seria bueno decirles que el dibujo, tan descuidado entre nosotros, es
el más poderoso auxilio, y quizás el puente, para el advenimiento de la imaginación
creadora, etapa cimera del desenvolvimiento de la cultura artística de un
pueblo.
Y en plenitud de justicia tengo que afladir que, no
obstante la afirmación sensata de que estamos en un periodo de tanteos, ya se
precisa la existencia de una escuela colombiana de pintura en la vaga
expresión de una «manera» sui generis, presentación de atmósfera, colorido,
temas de predilección, emotividad que subtiende el
ritmo
evocador de los pinceles. Algo inefable en cierto modo, que en tan variados
procedimientos cromáticos, el idealismo de un Zamora, la objetividad y
precisión de un Borrero, la estupenda diafanidad de Ricardo Gómez Cam- puzano,
el suave tinte de Peña, el vigoroso conceptismo de Leudo, la delectación con
que trata la figura y asocia los colores Miguel Díaz, la loca luz que casi
disuelve la corporeidad de los seres en Efraím Martínez, el esquema bizantino
y revolucionario de Gomer Medina, el dibujo acertado de Rodríguez Acevedo, los
notables «bodegones» de Rodríguez Naranjo, las acuarelas y miniaturas
poemáticas de Restrepo Rivera, firmemente evocadoras de Eladio Vélez,
noblemente sensitivas de Pedro Quijano, el carbón magistral de Moreno Otero,
los bellos dibujos de Enrique Gómez Campuzano.... la obra múltiple, en fin,
difícil de calificar individualmente en un párrafo, de Roberto Páramo, Federico
Rodríguez y Ricardo Moros, de Nepomuceno Santa María, Félix Otálo- ra, Salas
Vega, Cano el menor, Pedro Nel Gómez, Delio Ramírez, Eugenio de la Cerda,
Rafael Tavera y muchos más que con tanta fe trabajan e incesantemente se disciplinan
en pro de
su arte egregio. Algo inefable, decía, pues, que en cierto modo coincide en tan, al parecer,
apartadas modalidades y determina un carácter típico de la pintura colombiana que la distingue de la argentina, por ejemplo, de la mexicana o chilena; algo que bien encauzado engendrará muy pronto una
escuela propia.
Ocurre en
la música algo muy semejante a la evolución de nuestra pintura. En el alba de
la soberanía nacional surgen algunos maestros, más notorios por las
circunstancias del medio ambiente que notables por su genio artístico, como el
payanense Juan Antonio Velás- quez, el antioqueño Joaquín Lemus y el venezolano
Nicolás Quevedo Rachadel. En el segundo tercio del siglo aparecen varios
artistas extranjeros que aumentan la vocación y los recursos de nuestra
sociedad en esta disciplina, ya creando institutos de enseñanza, ora
sociedades de aficionados o, en fin, ejerciendo privadamente un profesorado
activo. De tales son el español Francisco Víllal- ba (1836), compositor de
nuestro primer himno patrio; Enrique Price y su hijo Jorge fundadores de las
primeras academias de este arte en Bogotá, y autor el primero de otro himno (en
1847); Fernando Gregory, quizá de los i ni- dadores de la enseñanza técnica de la música en
Antio- quia; Carlos Van Arcken, quien interpretó otro canto nacional por los
años de 1873; Orestes Sindici, célebre autor del himno nacional definitivo
(1880); Emilio Contt, Pedro D’Achiardi, Arturo Malenchin:, Augusto Azzali etc.,
llegados en el último tercio del siglo XIX.
De ios
músicos nacionales descuellan en la breve historia de este arte entre
nosotros, Julio Quevedo, hijo bogotano (1829) de Quevedo y Rachadel,
atrabiliario y asceta, autor de la «Misa negra* y de algunos descabellados
atropellos contra si mismo, artista bien dotado y bien preparado,
infortunadamente sujeto a ataques de grave melancolía;; Manuel M. Párraga,
memorable por haber «estilizado* el primero un bambuco nacional; Eugenio Salas,
profesor de la materia y letrado además; José María Ponce die León (1845-1882),
compositor de dos óperas con libretos de Rafael Pombo; el eminentísimo poeta
Diego Fallón, autor de un sistema ingenioso de notación musical; Joaqjuín
Guarín, de los fundadores de la «Filarmónica*' en 1848, director de la
«Sociedad Lírica* y compositor del hiiicimrto patrio de José Caicedo Rojas (!
849), Daniel Fíigueroa, autor de otro himno (1883) et sie de caeteris.
En este
siglo XX tas
actividades musicales lian sido intensas en el Conservatorio nacional, en el
estudio de las to»andas oficiales y de las orquestas privadas, y se lian difundido
a todla la República con distinguidos profesores.. NI©) puedo* afirmar que
hayamos producido compositores tan eminentes en esta materia como en el arte
literario, pero sí «virtuosos * de una esmerada educación, profesores de
capacidad! indiscutible, loados, algunos en centros europeos de giran renombre,
y aficionados a la composición con Itouenas dotes y eximia virtud «vocaciional
*. Recuerdo' aí azar de lia memoria a Honorio Alarcon y Teresa Tanco de Herrera,
culltiivado>res del piano ; a Carlos Umafta» notable maestro de capilla; a
Santos Ciifuentes» Federico Corrales y Eliiseo Mlernámdez» profesores afamados;
a Guillermo. Híriltee Hollguíu» Gonzalo Vidal y Andrés Martínez Montoya»
profesores y compositores ilustrados» muy destacadamente eli primero; a muchos Jóvenes de por venir coimo
Antonio Mam|a Valencia»
José Rozo Contreras» Gustavo Escobar La- nrasalbal; y por iMtimo» más no en mérito» a los
«folkloristas* de lia notorte especie de Emilio Muriililo» de
Guillermo Que- "vedo,, ¡¡Ilustre descendiente de Quevedo Racltoade!» y de
Luis A. Callvo^ motadles reveladores de temas
papulares..
En los
últimos tiempos, como en las otras artes también, se ha presentado una recia
pugna entre los nacionalistas y los técnicos de tradición europea. Aquellos
propugnan la necesidad de prosperar audazmente la música autóctona mediante el
cultivo intenso de los aires nacionales, y sostienen con ahinco que poseemos
capacidad y folklore suficientes para ello, bien diferenciado y noble. Estos desean
la misma evolución artística, sino que siguiendo las normas avanzadas que el
desenvolvimiento universal del arte ha consolidado.
Tal vez
no haya motivo para tal enconia. Los indígenas americanos de esta parte del
Continente no dejaron una tradición musical definible. La escala pentatónica de
los Incas es pobre para informar obras de grande aliento: y en dilatadas
extensiones del Nuevo Mundo nunca pasó ese arte de la mera percusión rítmica,
aunque Emilio Mu- rillo encuentra ahora entre los Huítotos del alto Caquetá
escalas cromáticas y diatónicas que denuncian un avanzado sentido musical. El
fotuto, el caramillo y la doble flauta, el guaraná y el tambor, la maraca y el
chucho, el tiple y la marimba no bastan para instrumentar un elevado tema, ni
son todos ellos de procedencia americana. Los restos de música aborigen que
pueden recogerse en las tribus aún existentes son en verdad muy pobres, y poco
sabemos de la que pudo existir a tiempo de la conquista, si es que ha' lióse
alguna mejor. Empero, seria alocada testarudez negar la existencia de un ritmo
regional mestizo, principalmente notable entre los labriegos boyacenses, Este
aire, tan bien estructurado en el bambuco y en el pasillo, es lo que constituye el germen de la música
colombiana. Ritmo en que el alma nacional vierte sus variados sentimientos, principalmente
melancólicos, como la raza india que lo impone a través del criollismo que hoy la continúa y representa.
Siguiendo
esa doble vertiente de nuestra génesis musical llegará un
día de estos el creador genuino que nos dote de escuda propia, y exprese nuestra psique en tan delicado y sutilísimo arte.
Entre
nosotros fue siempre la literatura la más rica de las artes, en cuanto al
período republicano se refiere. Aquí se halla la confirmación de algunas
opiniones emitidas en otra parte de este estudio sobre la necesidad de que se
funden primero los elementos raciales de un pueblo y se conjuguen radicalmente la psique suya y el
paisaje en que vive antes de revelar la potencia de cultura que lo haga
histórico.
En la
aurora de su vida independiente hallamos en nuestro país las manifestaciones
artísticas que corresponden a una infancia cultural: Gestación de un mito
épico y de una epopeya en que la nueva entidad histórica plasme los contornos
de su espíritu, y abundante vena lírica que dé cauce a la exaltación emotiva de
esa juventud.
De ahí la
caudalosa cosecha de leyendas, de crónicas, de biografías e historia general
que produjo Colombia en el breve lapso de un siglo. De ahí, también, la mucha
cantidad y calidad estupenda de su producción lírica Sorprende el hecho
indeclinable de que al lado de endeble situación técnica, cuando los elementos
de civilización eran tan escasos y la misma sociedad se presentaba incipiente
todavía y poco trabajaba aún por un adecuado refinamiento, produjese cantos de
tan noble alcurnia espiritual, elaborase conceptos y emociones dignísimos con
una perfección formal cimera.
Otra
observación que debo repetir en este aparte es la que concierne a la
influencia, hoy definida, aünque no sé si transitoria, del variado paisaje
colombiano sobre su expresión literaria; El Valle del Cauca produce el poema
bucólico en sus mejores representativos; Antioquia ha creado una escuela
novelista de un recio realismo regional perdurable; a Bogotá le imprime su
altiplanicie sosegada un ritmo evanescente de intimidad lírica y asordinado
escepticismo; Santander incuba el canto épico del porvenir; los Llanos de
Oriente acarician la copla del amor y del combate; la Costa sonríe al mar y
unlversaliza su inspiración.
Dadas estas
circunstancias biológicas es natural que nuestra producción en filosofía, en
sociología, en jurisprudencia, en cuanto, en fin, demanda una madurez
cultural, sea esporádica y de escaso fundamento. Apenas hoy, cuando ya toca la
República la severa linde de ia madurez, asoman esos estudios aquí y allá, en
un tanteo de revisión de valores, en un «balbuceo» de la propia conciencia.
Estas
actividades del pensamiento colombiano estuvieron representadas en un
periodismo ideológico que durante el siglo XIX fue de
primera calidad en la América Latina. A él contribuyeron hombres de trayectoria
mental muy bien definida y amaestrada, como Francisco de Paula Santander y
Florentino González, José Eusebio Caro y Mariano Ospina Rodríguez, Manuel
Murillo Toro y Santiago
Pérez, José Joaquín Ortiz y Miguel
Antonio Caro, Fidel Cano y Carlos Martínez Silva, Salvador Camacho Roldán y
Felipe Zapata, Rafael Núñez y Carlos Holguín, Manuel Ancizar y Miguel Samper,
Juan de Dios Uribe y Antonio José Restrepo, Carlos Arturo Torres y José Camacho
Ca- rrizosa, José Vicente Concha y Rafael Uribe Uribe etc., con estudios de los
problemas nacionales, y universales a veces, que son ensayos verdaderos en que
se resumen la sociología y la filosofía colombianas de entonces: Tradición
prestante que no desfallece en nuestra república, pues aún tenemos en Luís Cano
y Eduardo Santos, Baldomero Sanín Cano y Max Grillo, Armando Solano y Laureano
Gómez, Luis Eduardo Nieto Caballero, Silvio y Aquilino Villegas, Germán
Arciniegasy José Mar, Alfonso Villegas Res- trepo y Miguel Santiago Valencia,
Enrique Santos y Jaime Barrera Parra, Francisco Umaña Bernal y otros muchos,
eficaces sostenedores de tan augusta misión.
Los
estudios filológicos en que descolló la generación precedente iniciaron una
afirmación racial, predicaron un abolengo que señala y signa nuestra índole de
pueblo encauzado hacia el orden y constituyen el más alto orgullo <ie la
literatura colombiana.
No creo
que hayamos producido obra dramática perdurable, a pesar de la promisoria
iniciación de Luís Vargas Tejada, Alejandro Mesa Nicholls y Antonio Alvarez
Lleras: La que conozco tiene fugaces aciertos, pero tan grave in- perfeccíón
técnica y tan flaca medula de universalidad, de conflictos humanos de realidad
permanente, que me atrevería a calificar de deleznable y pobre.
La épica,
anticuada hoy, ha sido acometida con en- comíable arrogancia, mas sin acierto
en cuanto dice a la «escogencía» del asunto, o a la concentración plasmática de
él* Así la vemos solicitar temas de remotos e indecisos personajes, cuando
ardida es y está en plena ebullición de sentimientos la gesta de los
libertadores. Alguna vez asoman estos en un canto de ambiciosa amplitud, pero
sin nú- cleo de acción, sin guía conceptual ni elementos posíona- les y
terrígenos que enmarquen el conjunto y le den amenidad sabrosa y sólido
fundamento. José Joaquín Ortiz, de tan arrogante y castiza inspiración, cantor
epónimo de la bandera nacional, parecía destinado a la encumbrada empresa, y
sabemos que muchas veces la contempló su noble pensamiento; Miguel Antonio
Caro, gran perito en historia patria, gran devoto de Colombia y de Bolívar, y
verdadero «scholar» además, nos mostró en su oda a la estatua de
Tenerani una sorprendente capacidad para
este señoril empeño; y más que ninguno, Rafael Pombo, el milto- neano cantor
del Niágara, gran señor en todas las modalidades déla poesía, pudo realizar la
magna obra. No importa, sin embargo, esta falla de la poesía colombiana; ya la
epopeya existe, un poco dispersa, es verdad, en el alma y en la literatura
nacionales y, como en los Nibelungos, irá tomando una información corporal al
correr de los tiempos.
La
historiografía que tuvo en José Manuel Restrepo eminente iniciador, a la manera
de un Tucídides criollo por la gran copia de materiales de primera mano y la
serenidad del juicio, fue desarrollándose profusamente y depurando métodos
hasta llegar, con los hombres de las nuevas generaciones, Raimundo Rivas,
Enrique Otero D'Costa, digamos, a muy envidiable nivel de modernidad. Es ésta
la disciplina literaria de mayor orden y volumen de nuestro país, y con ella
han prosperado los cronistas y los biógrafos, género delicioso en que
descollaron José Manuel Groot, Pedro Maria Ibañez, Joaquín Posada Gutiérrez y
José María Cordovez Moure, entre un buen centenar, cuyo centro de labores es
hoy día la Academia Colombiana de Historia, digna de inrrestricto encomio.
Entre la
crónica y la novela cabe muy bien la simpática especie literaria «cuadro de costumbres», que nuestros
abuelos del 60 cultivaron con memorable devoción. Desde Eugenio Díaz hasta
Pimentel y Vargas hubo más de una docena de escritores que descollaron
en el estudio, severo a veces, regocijado casi siempre, del carácter nacional
en este molde artístico, tan ingenuo y sutil a un mismo tiempo. Casi todos
fueron y siguen siendo muy alabados. Hoy nos inquieta un poco la impericia de
los más y la simplicidad de algunos, pero es justo reconocer el alto valor de
documento social que tienen aquellos trabajos y una que otra realización
excelente. No siempre las costumbres son bien caracterizadas: El Moro de José
Manuel Marroquln es quiza de lo mejor en este sentido, monografía de un
caballo» en apariencia, resulta un «espécimen» colombiano del género picaresco
español» castizamente escrito en su sabrosa naturalidad. El Alférez Real de
Eustaquio Palacios es una crónica notable de nuestro siglo XVIII, aunque novelada
muy románticamente. Pax de Lorenzo Marroqufn, en colaboración con José Maria
Rivas Groot, que aspira a ser «novela de costumbres hispanoamericanas»,
representa una caricutura artificiosa, a pesar de algunos trazos bellamente
descriptivos. Ahondando más en la novela histórica Tomás Carrasquilla escribió
la Marquesa de Yolom- bó,
afectada infortunadamente por un desfallecimiento final: y Daniel Samper Ortega
noveló en Zoraya la vida interesante del Virrey Solís, con el pequeño pecado de
dejar muy perceptible el esfuerzo artístico (¡Ay de mí, que también he caído
en estas redes varias ocasiones!)
Por lo que
respecta a la novela colombiana puede afirmarse que fue muy pobre hasta fines
del siglo XIX. La
celebérrima María de Jorge Isaacs, delicada y gentilísima creación del
romanticismo y gloría perdurable de nuestro arle nacional, debiera considerarse
más propiamente como un poema en prosa. Tránsito de Luis Segundo de Sílves'
tre, menor en calidad y en extensión, corresponde a esta misma índole.
Fue en
Antioquia donde surgió la novela realista en una extraña florescencia
anticipada. Un grupo de aficionados a la literatura formó en el pueblo de
Santo Domingo, a una jornada de Medellín sobre la Cordillera Central, un
círculo de lectura en que campeaban las buenas obras de Pereda y de Galdós, de
Clarin y de Palacio Valdés, los clásicos de ¡Rívadeneíra y los estudios de
Menéndez Pelayo, amén de eximios autores extranjeros. Y dióse el buen milagro
de que algunos de estos lectores estuviesen dotados de la chispa creadora. Por
ese mismo tiempo prosperaba en Me- dellín otro grupo de cultores del arle,
luchando a brazo partido con la esquivez del ambiente. De la conjunción de esos
dos ceñiros nació Ja novela anti ©quena, con Tomás Carrasquilla y Francisco de
Paula ¡Rendón a la vanguardia. De tal movimiento literario nos quedan obras de
indiscutible
maestría, algunas de ellas poco asequibles ai lector extraño a los modismos del
lenguaje regional y poco ducho en
el conocimiento de las costumbres peculiares ■de aquel país. Alas no se crea
que tales obras fueron escritas en jerigonza y desmamado estilo, porque sin
duda las enriquece purísima casticidad y son venero de giros y voces de
la más noble cepa castellana. Cierto es que para
gozar de su plenitud artística se requiere laaíber nacido en lia
sierra antioqueíia, y asi poder sentir Ja ¡hondura
del toa- nállisiis psicológico, ¡la estupenda
descripción del
paisaje, la trama sutil del enredo, disimulados,
unos
y otros,
bajo la especie de fáciles narraciones ¡lugarafias,
Luégo ¡ha
venido lia aportación novelista de otras regiones de la ¡R.epúlblio, Hoy se
ensayan en esta latoor literaria, con muclb© íbrío y notables capacidades,
artista* del centro y de lia periferia
de todo el país. A esta segunda (o
tercera
etapa diría mejor), pertenece la Vorágine de José Eustasio Rivera, tan
justamente afamada por sus descripciones del mundo selvático y bravio de
nuestra Amazonia, siquiera flaquee en la interpretación del elemento humano por
un momentáneo daltonismo sentimental de su autor. Los nuevos escritores se
esfuerzan por dar a sus obras el carácter de «reciedumbre» que hoy está de
moda, sin llegar afortunamente a los extremos de la literatura europea
contemporánea, que en sus más audaces cultivadores se ha puesto bajo el signo
cabalístico de Capricornio, exaltando como insignia de vigor estético la
coprolalia y el culto fálico: creyendo tal vez que son estupendamente
originales, cuando sólo sirven de instinto al reino naciente del proletario,
rudo y procaz todavía.
Entre
nosotros corresponde a la lírica el primer puesto literario. Como ya lo hemos
visto, en nuestra etapa colonial fueron muy escasas, si algunas, las
producciones de esta índole, y así se prolongó la situación hasta el primer
tercio del siglo XIX. Entonces
algunos poetas menores, como José Maria Salazar y Fernández Madrid, iniciaron
la República en estas actividades con obras de un mérito relativo que tuvieron
la virtud de suscitar -la vocación de nuestra gente. En el segundo tercio de
aquella centuria aparece la constelación de los grandes soles de la lírica
colombiana, José Eusebio Caro, José Joaquín Ortiz, Jorge Isaacs, Gregorio
Gutiérrez González, Diego Fallón y Rafael Pombo, de primera posición en el
Continente; Julio Arboleda, Rafael Núñez, Miguel Antonio Caro, con muchos
otros, que descollaron también en estas nobles disciplinas, aunque no tan
soberanamente inspirados. En un escorzo historial no es posible seguir el
análisis de cada uno de ellos, mas si es llegada ocasión de inclinarse con
reverente pleitesía ante la obra genial de Pombo, quien recoge los últimos
destellos del romanticismo y preludia, y aún pudiera decirse que enalba, la
ruta de la lírica moderna, pues que tan luminosa sale de sus manos y tan
ardiente. Ya en la congojosa senectud se empina de pronto en un canto digno de
los genios mayores: «Es la vejez viajera de la noche», dice, «Las mágicas
visiones de otros dias».... «¡Sileneio! Unas no son, otras me niegan». *Las
quejas, el raproche son ceguedad. Feliz el que consulta oráculos más altos que
su duelo!» En los catorce versos de u.i soneto no cabe más humano dolor ni más
divina templanza.
El último tercio del siglo XIX que asiste entre nosotros a la
ampliación de nuestro mundo literario hacia la universalidad, que ve la influencia de
germanos, eslavos, italianos, escandinavos e ingleses etc., obrar en la
juventud estudiosa y solicitar la atención crítica de unos cuantos espíritus
avisores, comprende asimismo un caudal mayor de producciones líricas, por
manera que lo que fue discreto ángulo al iniciarse en los albores del siglo se
nos aparece como un extenso delta fluvial en sus postrimerías. De ahí que
resulte punto menos que extravagante el pretender resumir aquella ingente
obra. Tres nombres la rigen: José Asunción Silva, Julio Flórez y Guillermo
Valencia ; pero ¿ cómo olvidar a Víctor M. Londo- ño, Ismael Enrique Arciniegas
y Eduardo Castillo, entre los orfebres parnasianos del verso, o a Porfirio
Barba Jacob y Rafael Maya, artistas modernos de un mensaje tan inquietante y
bien expresado; ni a José Joaquín Casas, Antonio Gómez Restrepo y Luis María
Mora, afortunados maestros de la lengua? Tampoco sería justo pasar inadvertido
a Luis Carlos López, de tan peregrina personalidad, ni a esos muchachos de
leal inspiración, Germán Pardo Garría, José Umaña Bernal, Juan Lozano, Aurelio
Arturo, v. gr. Y piensa uno en José Eustasio Rivera y Miguel Rash Isla, en
Ricardo Nieto y Angel María Céspedes, en Aurelio Martínez Mutis, Delio
Se.aville, Federico Martínez Rivas, Antonio J. Cano, León de Greiff, Alberto
Angel Montoya, Antonio Llanos y.... Tantos son y de mérito tan firme que el
silencio se impone, por fuerza mayor, en estas páginas efímeras.
Conturba
el alma, sin embargo, pasar de prisa ante el nombre de José Asunción Silva,
representante eximio del espíritu colombiano, de exquisita sensibilidad, moderno
por el alma y por la forma, clásico en la perfección de sus ritmos, universal
por la música sutil de sus palabras y la inquietud cautivadora del
pensamiento. Pasar de prisa ante Julio Flórez, el inspirado que emocionó tan
hondamente las muchedumbres. ¡De prisa ante Valencia, el adolescente que en
1896 dio a Colombia un monumento de perfección, insuperado aún !
Muchos a
quienes la fama corteja más directamente dejaron, no obstante, joyas
imperiales. Enrique Alvarez Henao, para citar un nombre de aquella falange,
firmó un día el soneto de «La Abeja», madrigal, digan lo que gusten las
retóricas, madrigal virgilíano que no se eclipsará en el breve tránsito de una
generación.
En el
siglo XX asistimos al despertar literario de la mujer hispanoamericana. Por el
momento satisface ella su inquietud en el cultivo de una lírica exaltada, pero
ya se esboza la orientación hacia el cuento, la novela corta y aun el ensayo,
como es ocurrencia normal en los países sajones, sobre todo Estados Unidos. Es
éste un fenómeno normal en el curso del proceso liberatorio del espíritu
femenino. La ampliación del sufragio, la difusión de la educación pública, el
contagio social, en fin, tenían que llegar hasta ella y conmoverle sus dormidas
potencias de expresión de sus sentimientos y de interpretación del mundo:
evolución social que parece conducirnos a un renacimiento del matriarcado, ya
muy visible en algunas naciones. No ha escapado ella a la lógica indeclinable
de estos procesos de generación artística y tuvo de comenzar sus labores, como
ocurre normalmente en la conciencia del niño, por descubrir su propio cuerpo.
Y así la vemos cantar dondequiera el jubiloso llamamiento de sus formas, la
insaciada sed de su ternura, el indeleble dolor que le causan las travesuras
fugaces de Eros infiel.
No ha
logrado aún la mujer escapar al derrotero amoroso que le impuso el varón: su
poesía refleja la otra en una inversión especular de imágenes. Al reclamo
masculino de la lírica tradicional. «Dame tus ojos, dame tus labios, dame tu
cuerpo», ella responde, «Toma mis ojos, toma mis labios, toma mi cuerpo hasta
la íntima saciedad». «Tú eres la estrella, tú eres la rosa, el lirio...»: «Yo
soy la estrella, el lirio y la rosa... *
Hay un
buen quilate de órfica liturgia en sus cantos. Esto pasará, aunque no
totalmente, para dar ocasión a la segunda etapa de la liberación femenina, el
descubrimiento de su propia índole. Entonces nacerá sin duda la interpretación
que ella invente del universo en que vivimos, de este universo que el hombre
ha humanizado tanto y tanto analizó que ya no sabemos lo que fue de él, ni si
acaso existe; de este universo que la ciencia construye, demuele y reconstruye
al revés cada diez años, dejándonos el alma espectadora en el vacío.
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