De como se ha formado la nacion Colombiana, capitulo septimo, publicado en 1938

 CAPITULO SEPTIMO: EMPRESAS CULTURALES DE NUESTRA HISTORIA

¿ Por dónde se ha de encaminar esta República para cumplir la misión histórica que le corresponde en el continente iberoamericano ?

Absolver tamaña cuestión implica quizás mucho atre­vimiento. Veamos qué nos dicen las peripecias de sus métodos educativos para tomar de su examen algunas deducciones pertinentes a la política pedagógica de hoy y de mañana.

La colonia nos trajo hasta fines del siglo XVIH con el sistema de dar instrucción muy teórica y poco exten­sa a los grupos aristocráticos del país. El doctorado en ambos derechos, civil y canónico, era el desiderátum de entonces. Un jovencito de linajuda estirpe metíase al Colegio del Rosario o al de San Bartolomé a los doce años, y a los diez y seis se examinaba pública y muy ceremoniosamente en teología y cánones, en filosofía, en derecho, abrumado por la curiosidad de extenso público, abrumado por las exóticas vestimentas que le imponían, abrumado por los agasajos que en las calles le dispen­saban y en casa paterna o en la de su tutor de estudios. Aquello asumía los caracteres de un pequeño carnaval, y para el mozo debía constituir un aturdimiento indesci­frable, entre cena de burlas y apoteosis, Presentaciones oficiales, paseo público, banquete, discursos de felicita' cíón, mensaje de los parientes allá en la provincia que distaba un mes de viaje a espaldas de un indio, a lomo de muía, o en frágil «champán» por los ríos traidores de nuestras selvas.

Luego regresar a la hacienda o al real de minas de sus mayores, o meterse en la oficina de antiguo doctor a practicar y poder subir algunos escalones en la carre­ra. Muy frecuentemente el aplicarse al servicio del rey en cualquier plaza de poca monta de la administración pública o de las milicias de la guarnición.

Un chaval así preparado entendía bastante bien su latín escolar, traducía algunos autores del buen tiempo de Augusto, comentaba las viejas leyes españolas y las especiales de Indias, filosofaba conforme a la doctrina «de las escuelas» entonces en auge, leía algún Feijoo, algún Jovellanos, el Quijote tal vez, muchos libros de piedad, y sobre todo, siempre sobre todo, a su Plutarco.

Si era muy metido en inquietud y curiosidad men­tales estudiaba «medicina* en los múltiples ratos de ocio de aquella vida colonial, o leía a hurtadillas algún libro francés de esos que el siglo xvm incubó entre llamaradas de revaluación y de escepticismo para con la religión y algunas instituciones civiles, y a una temperatura senti­mental de fusión de todos los metales para con la ciencia, última ilusión, recién nacida entónces, «plena degracia».

La clase media y las mujeres en general tenían muy someros conocimientos, más de comunicación oral que de estudios, los que pocas veces llegaban para ellas a leer, escribir o contar un poco.

De ahí abajo la dura jornada de labor, el comer y el dormir.

Estas orientaciones de la política pedagógica colo­nial estuvieron reguladas en unas 15 leyes y reglamen­tos. Ya desde 1543 la ley IV (de 29 de septiembre), dis­puso para las «Indias Occidentales» que no se consien­tan libros «profanos» y «fabulosos»; la República se vió en el caso de legislar en 1825 (18 de abril) sobre que «los hijos ilegítimos pueden recibir grados académicos»; el pensum de un colegio colonial entre nosotros era tan inadecuado y teórico como se comprende por el que se estableció en Medellín a fines del siglo XVIII: «Teología dog­mática, teología escolástica, cánones y leyes, gramática, poesía, retórica, latinidad, letras humanas y mitología».

No se crea, sin embargo, que aquellos doctorcitos fuesen todos un leve catálogo de manuales escolares ve­tustos. Los había, como en todas las épocas de la humani­dad histórica, que meditaban su libro de cabecera años y años hasta fundirse con él y reconstruirlo un poco, con cierta agilidad y una amplitud a su manera; aplicación e interpretación por donde se explayaba el asediado espí­ritu. Fueron en verdad una bomba en que se concentra­ban meditación y ensueños, y se acumulaba, comprimi­da, la tensión espiritual que hizo posible la explosión li­bertadora y la heroicidad.


Don José Celestino Mutis trajo a este reino de «La Nueva Granada» dos graves inquietudes, las matemáticas y las ciencias naturales. Aquello fue una copa de cham­paña para la juventud. Loemos al viejo gaditano ilustre.

Don Francisco Antonio Moreno y Escandón entrevió con afortunada lucidez el mérito de un nuevo mundo es­colar, y trazó la ruta. El gobierno virreinal del arzobispo Caballero y Góngora la entendió bien. El español fue es­quivo y tozudamente desconfiado. El plan vivió en las aulas dos enjutos años lectivos, y pareció morir de en­tredicho monárquico. Mas no fue así, pasó a ser callado sentimiento, que es como decir tizón de hoguera futura.

Y vino el Barón Alejandro de Humboldt con sus ca­jas de instrumentos de física, de astronomía, de botáni­ca y de cuanto era entonces la última palabra de la ciencia europea. Alelados le miraron los colonos de estos reinos de «ultramar», y más ahinco les entró por iniciar­se en esos mundos raros y fascinadores que las retortas y los telescopios del barón les anunciaban entre neblinas de magia. Hay que escuchar el grito de emoción del payanés Francisco José de Caldas! Aquello era un «fiat». Y lo fue. Entre medir montañas y danzar con las bellas criollas de este mundo, harto virginal entonces, von Hum­boldt descubrió recóndita potencia de nacionalidades en gestación y le aplicó una chispita de fósforo. jBendito sea también este don Alejandro de Humboldt!

Con tales impulsos se formó en el Virreino de Nueva Granada una institución científica e investigadora del me­dio ambiente que reúne los caracteres de una universidad difusa y popular, sin techo ni matrícula: La «Expedición botánica* que se inició al amparo del gobierno y abarcó por fin los mejores valores intelectuales de la juventud neogranadina en un dilatado período de cincuenta años. En prueba de esta mi aserción de que aquello fue una uni­versidad «suí generis» me basta publicar la nómina de los hombres que en ella actuaron, con las diferentes discipli­nas a que se aplicaban en diversas regiones del país: Mas es preciso hacer una distinción histórica, porque no se diga que modifico a la topa tolondra las fechas consagra­das o que amplío inconsultamente los nombres que adhi­rieron a aquel movimiento universitario.

Para mí la Expedición botánica, en cuanto revolución espiritual de este pa»'s, comienza con el arribo de don José Celestino Mutis a Cartagena de indias en 1760 y termina con la constitución de Cundinamarca en 1812. Al llegara playas colombianas el entonces jóven médico andaluz, co­menzó a herborizar, a platicar de ciencias, a despertar el alma adormecida de la juventud con temas de emocionan­te espiritualidad. Luégo en la urbe «capitalina®, melancólico burgo de apenas quince mil almas entonces, enseña cosas de astronomía y difunde el amor por las matemáticas, por la botánica y la zoología, por el entendimiento, en fin, de la naturaleza ambiente. De ahi que hombres como Moreno y Escandón, Félix de Restrepo, Antonio Nariño y Camilo Torres participen de esta revolución, aunque oficialmen­te la verdadera Expedición botánica diera comienzo a sus trabajos en 1782.

Mas es justo reconocer que el jóven marquetense (Ma- riquila-Marquetá-marquetense), primeramente nombrado, el famoso fiscal don Francisco Antonio Moreno y Escandón de nuestros cronistas, fue algo más que un discípulo de Mutis, que yo le colocaría gustoso entre los precursores de nuestra independencia, los precursores de nuestra cul­tura y precursores del liberalismo colombiano: Efectiva­mente este gran ciudadano recibió temprana influencia de las corrientes filosóficas y políticas que durante el reinado de Carlos III se metieron a España con algunos de sus mi­nistros y hombres de ciencia educados en la revolución filosófica del siglo XVII! francés; y no solamente le amaman­taron estas ideas a la distancia, sino que allá mismo en Europa las hubo desde muy jóven, y en su disciplinado espíritu hallaron eco, aunque aquilatada y discretamente. Su retiro del país y temprana muerte en Chile no le permi­tieron participar de lleno en las labores de la Expedición.

Sin embargo, la obra del joven Oidor no fue solamen­te la vida fugaz del plan de estudios que el Cardenal Caba­llero y Góngora patrocinó y puso en práctica durante los años de 1780 a 1782, porque su influencia perduró en el ánimo de los neogranadinos, activando soterradamente sus ambiciones culturales, hasta el punto de ser programática en el espíritu del General Santander cuarenta y cuatro años más tarde.

En su densenvolvimiento paulatino esta institución fue abarcando en variados campos las energías espirituales del país: En botánica descollaron el maestro Mutis y su sobrino Sinforoso, nuestro sabio Caldas, Francisco Antonio Zea, Eloy Valenzuela, José Joaquín Camacho, Miguel de Pombo; en zoología, Jorge Tadeo Lozano y José Angel Manrique; en quimica y física, José Maria Cabal; en astronomía y matemáticas, los ya nombrados Francis-


co José de Caldas y Félix de Restrepo, y el doctor Ale­jandro Vélez; en geografía, José Camblor, Pedro Fermin de Vargas, José Manuel Restrepo y Nicolás Manuel Tanco; en arqueología, José Domingo Duquesne; en ar­quitectura, José Ruig (el célebre Fray Domingo de Petrés); en mineralogía, José Luciano D’Elúyar, Jerónimo Torres, José Ruiz y Enrique Umaña; en dibujo y perspectiva, Salvador Rizo, Francisco Javier Matiz, Antonio y Pablo García, Javier y Nicolás Cortés, Pablo Caballero, Ber­nardo Rodríguez, José y Manuel Martínez, Vicente Sán­chez, Antonio Barrionuevo, Antonio Silva, Francisco Vi- llarroel, Mariano Hinojosa, Victorino García (hijo de An­tonio, éste a su vez discípulo del pintor Figueroa), José María Carbonell, José María Serna, Pedro Almanza, Ca­milo Quesada, José Joaquín Pérez y unos veinte discípu­los más. En esta pléyade figuran también Francisro A. Ulloa, Bruno Landete, Manuel Rodríguez Torices, José María Salazar, José Ignacio de Pombo, García Tejada, Diego Padilla, Benedicto Domínguez, José Mejía etc.

En 1812 se presenta un fenómeno, al parecer insigni­ficante, que denuncia una contrarrevolución en las discipli­nas docentes de la naciente República de Colombia: la constitución de Cundinamarca dispone que se suspendan las actividades de la Expedición: A mi modo de ver no solamente moría con esta innovación el célebre instituto, era asimismo un golpe de ti.r.ón a la vocación de la ju­ventud neogranadína. De ahí en adelante primarían de nuevo los estudios teóricos, la jurisprudencia y la literatura, en primer lugar. La consecuencia fue que los hombres de mediados del siglo XIX descollaran como parlamentarios y poetas, como juristas y teólogos. La huella del primer ci­clo, el técnico, digámoslo así, continúa feblemente en uno que otro aficionado, sin marcar rumbo fundamental de • orientación científica a nuestro pueblo.

Hacia mediados del siglo (ley de 1837, realización de 1849) parece renovarse con algún brío a impulsos del cartógrafo eminente Agustín Codazzí, bajo el nombre de «Comisión corográfíca». En ella trabajan con loable fe y eminentes resultados, aquel su jefe ílustrísímo, y Manuel Ancizar, para la geografía; José Jerónimo Triana, en pro­digiosa labor botánica; Carmelo Fernández, en el di­bujo; luego Santiago Pérez (en reemplazo de Ancízar), En­rique Price (continuador de Fernández) y Manuel María Paz (por separación de aquel). A la muerte de Codazzí en tierras del Valledupar se interrumpió esta comisión por

diez años, al cabo de los cuales fue reanudada con Felipe Pérez, Manuel Ponce y el nombrado Paz ("1861).

El hilo de conexión entre la generación de la Expedi­ción botánica puede establecerse con don Lino de Pombo para las matemáticas y con Matiz para las ciencias natura­les. Este fue maestro del sabio Triana y de Francisco Ba- yón, eminentes botánicos, compañeros de Ezequiel Uricoe- chea, lingüista y naturalista a la vez, en la creación de la Sociedad Neogranadina de Ciencias Naturales, al rededor de la cual descuellan Florentino Vasga, Carlos Balén, Do­mingo Esguerra, y con quienes se disciplina la generación de los naturalistas del 70, no menos rica y entusiasta, que la de los humanistas contemparáneos suyos: Liborio Zer- da, Antonio Vargas Vega, González Miranda (a. González Benito), Luis Herrera Restrepo, Luis E. Villar, Francisco Montoya, Rafael Zerda Bayón, Wenceslao Sandino Groot, Nicolás Sáenz, Santiago Cortés, Simón Muñoz Latorre, Carlos de la Torre, Carlos Cuervo Márquez, Francisco J. Tapia, Ricardo Lleras Codazzi, Aristides V. Gutiérrez, In­dalecio Liévano, Avelino Saldarriaga, Andrés Posada Aran- go, Manuel Uribe Angel, Carlos Michelsen, Ruperto Fe- rreira, Evaristo García, Juan de Dios Carrasquilla, Tulio Ospina, Joaquín Antonio Uribe, dichos así desordenada­mente, sin cuidar de las preeminencias de edad y méritos científicos.

De esta pléyade se desprende otro hilo conductor de cultura naturalista que podemos fijar al rededor de la Es­cuela de Agricultura y ciencias naturales que fundan Juan de Dios Carrasquilla y Salvador Camacho Roldán en 1880 y muere con los trastornos políticos que trajo la Regenera­ción, hacia 1886. De este grupo son Laureano Garcia Or- tiz, Rosendo Mora, Manuel Alguero, Fortunato Pereira Gamba, Emilio Santofimio, Francisco Manrique Convers, Elíseo Montaña, en quienes se atenúa el impulso técnico que el liberalismo quiso dar a la República para dar oca­sión a las actividades más teóricas del partido conservador. Con ellos llegamos a la joven generación actual, educa­dos, pudiéramos decir, esporádicamente, como son Antonio Barriga Villalba, Federico Lleras Acosta, Eduardo Lleras Codazzi, Enrique Pérez Arbeláez, Luis M. Murillo, Rafael Valencia Samper, Emilio Robledo etc.

Este hilo cultural autóctono no ha cesado de recibir la influencia bondadosa de los misioneros científicos extran­jeros que desde los tiempos de Humboldt lo han estimu­lado eficazmente. En la época contemporánea figuran notn-


bres tan prestigiosos como el de Scheibe, el ilustre geólogo; Preus el etnólogo eminente; Denemoustier, el Hermano Apolinar María y el padre Enrique Rochereau, sabios natu­ralistas; Hubbert, experto en geología; Chardon, agrónomo, y muchos más a quienes la República agradece servicios in­olvidables, aunque en su hora hayan pasado al parecer inad­vertidos, gratitud que culmina a veces en la pública con­sagración de las estatuas, como en el caso de Francisco J. Cisneros, ingeniero cubano eminentísimo.

La otra línea de orientación docente se revela con un plan de estudios en la administración .pública del general Santander, cuando se descentralizó la educación y se echaron las bases de varios centros de enseñanza, ora universita­rios, ora de bachillerato, en la capital de la República, en Cali, Cartagena, Ibagué, Medellín, Pamplona, Pasto, San Gil y Vélez. En tiempos de la «patria boba* se había le­gislado sobre la creación de sendas universidades en las cabeceras de provincia y de una escuela primaria en cada municipio. Esto fue superior por el momento a los recur­sos del país, y el plan de Santander realizó lo que era fac­tible, con tan provechoso resultado que esas instituciones creadas por él aún subsisten satisfactoriamente.

Como escuelas normales dispuso la creación respecti­va en las tres capitales de la entonces Gran Colombia: Bo­gotá, Caracas y Quito. Eran pasos decisivos en la tarea de reformar los sistemas pedagógicos en la colonia, anhelo tan ardiente de la joven nacionalidad que en todas las constituciones seccionales aparece encarecido, aunque lu­chando casi contra lo imposible. Naturalmente los conoci­mientos que presuponía la escuela elemental de aquel pri­mer período apenas atendían a los más escasos rudimen­tos: la constitución de Cartagena, tan conceptuosa de suyo, sólo indicaba lectura, escritura, nociones de geometria y de dibujo, algo de educación cívica y religiosa. Para las «uni­versidades» establecieron los gobernantes anteriores a Santander una enseñanza teórica y elementalísima de «de­recho civil y canónico, gramática castellana y latina y un poco de religión». Santander avanza más y organiza mejor, ciertamente.

Para contrarrestar, siquiera en algo, la tendencia es­peculativa de la corriente que sucedió a la Expedición Bo­tánica, propuso la formación de un museo y estableció la «Academia Colombiana* de varias ciencias y artes, a modo del Instituto Francés, con los pocos hombres ilustra­dos de aquella época: José Manuel Restrepo, Vicente Azue-


ro, |osé María del Castillo y Rada, Pedro Gual etc. Entre las secciones de dicha Academia descollaba la de Ciencias Jurídicas, con 21 miembros de lo más selecto de entonces, Francisco Soto, Jerónimo Torres, Joaquín Gori, Sabastián Esguerra, Juan de la Cruz Gómez Plata, José María Esfé- vea, Diego Fernando Gómez, v. g. Como esta Academia no prosperara, Santander la instituyó de nuevo en 1832 con el nombre de «Granadina», añadiendo algunos elementos del prestigio de Joaquín Mosquera, Lino de Pombo, Rufino Cuervo, Joaquín Acpsta, sin resultado perdurable.

Era una lucha de nobles ambiciones y de insolubles desfallecimientos esta de la creación de tantos centros de cultura. Principiaban con un alborozo casi nacional, recuér­dese el despertado años más tarde por el «Ateneo* que iniciaron José A, Soffia y Quijano Wallis, notable por un discurso de don Santiago Pérez, también de efímera dura­ción, Cuando morían estas empresas oficiales, surgía el esfuerzo particular en las famosas «tertulias* bogotanas4 centros sociales y culturales a la vez, plenos de amenidad y de elación: La «Futrapélica* de Manuel del Socorro Ro­driguen, la «Del Buen Gusto* de doña Manuela Santamaría de Manrique, la «Sociedad Filológica1», el grupo de «El Mo­saico*, la redacción del «Papel Periódico Ilustrado* de Alberto ürdaneta, del «Repertorio* de Carlos Martines Silva* d$ la «Biblioteca Popular» de Jorge Roa, de «La Re- vista Contemporánea* y de «Trofeos», de «El Nuevo Tiien^o», el grupo de «Cultura», y no pocas más de la ciu­dad capital y otras de provincias,, como la notable de Me- d¡e-l;i;ín que sé formó al rededor de «Alpha* y déla librería de A^ttonio J. Cano,, la no menos interesante de «Voces* m torra#,quilfe, con centro en la librería de Yinyes, y m tai* externar de «Sociedades literarias*, difundidas por ttodío. eí¡ gafe..

Esta liarga taeta por vencer las dificultades de lia educar- <t\¡ó*?) eíjitae- niosottrros; s^ condensa y define eifo aíguinia& etapas qjUie-Ipaiji sidiQ, cliasifeadias como «plianes de estudio», l¡a¡s q,u#

ew¿wcwr& e-ii sistema coiiowiaii qjUie iiiiega fra&tai

fjjiros sj^iiO) lia                                                  ^oyectada   por; eii Fi&caii

dpííi tarasco, An.tojii i o, Moreno y Esca^dióiív q,^.e ofi^li o>

swM-^iiftiiair^n;^ d& l;W ^ y- q^e

<?.oííitrrai $i v^iiwiiiiistíiíio di$ lia» ^tte/rijorr y tirata <¿& giwafr iiai ifofwr- WÍR& íprr <tm& di^ lias, qí&i&cí&S; eXa^s y- Qj| d#i    WiCW^Ii;.                                ttr^s,    rn QWMQi q^ti^o», Ift or^mr-

^ftijáfO! dft esM!$iO$ d]^J| g^Tt^li fr^qjiSíqo, d£ Ifa^la Safiitftilr- dftr,. qjMft d&sd$ lfo l|^- <& \% dft mtm d§ lfc$stei Ifo ley de 21 de mayo de 1842., en que entra a funcionar el ¡pflan de (estudios del doctor Mariano Ospina Rodríguez. [Fue aquella una evolución de creación, .de reglamenta­ción, de descentralización y de impulso que merece gran­de encomio, aunque en verdad poco aprovechó a¡las .cien­cias matemático-naturales que la República había descuida­do desde 18:0. ¡La segunda, osea el plan de estudios del doctor Ospina ¡Rodríguez es iuna ¡labor intensa de organi­zación, disciplina \y orden, cual (Cumplía a la índole persa- nal de su gestor, que se tradujo en ¡benéficos resultados,, aunque un ¡poquito estirada y rígida. Vino luégo una eta­pa reaccionaria con :1a ¡ley de 15 de imayo de 1,^50, por ¡la cual se abolieron ¡los grados académicos y se desbarató ttoda jerarquía escolar en nombre de m romanticismo po­lítico ¡muy simpát ico y descabellado que ¡por entonces Ma­só a ¡nuestros abuelos. Contra -este desbarajuste se ¡levanta ¡la ¡nueva generación ¡liberal que actuó al rededor de WQ ((Ley 2 de ese afio y deoneto orgánico de ella., 'firmado por el [Presidente Salgar y don [F.eli¡pe Za¡pata¡), en torno de [Li­mazo Zapata y de Manuel Marta MaUarino, ¡molimiento ya ¡iniciado desde ¡la administración dteil general Mosquera., acentuado .en ¡la [presidencia del general dantos Aconta, ruándose organizó ¡la [Universidad ¡nacional (Cel itá> .de sep­tiembre de ]1W¡) y q ue culminó .en lia ¡fundación ¿le [pendas .escuelas ¡normales a cargo de ¡prqtesor.es alemanes,,

¿en ¡la [publicación de ¡la ¡famosa ¡revista «¡Escuela 'Normad,, ien ¡la ¡brillante ^parición de ¡la Academia Colombiana .de ¡la íLengua .con iun ¡personal ^ue ¡la ¡República ¡no ¡ha ¡podido r.e- ¡petir aún. ¡Podemos, ¡pues, ¡Hamar .esttaila .etapa .educación inista .del HO-

(Querrás ¿civiles <y .el ¡movimiento ¡poético denominado altivamente «¡La [Regeneración^ ¿acabaron .con ttodo .este ¡im­pulso. ¡La ¡nueva -orientación ttiene su ápice en ¡la .constitu­ción cde ¡1^86 ^ue subordine ;U .educación ¡pública al ¡patto- ¡nato ¡moral y a ¡la perene i e .electiva .del,clero católico, ¡pero ^ya desde antes se ¡mictó ¡la contrarrevolución .<lo<#nte .con ^.establecimiento .de ¡la ^Universidad Leat0tica^ y de.cqte.- ígios.deiíndqleecasirrqiigiosa, $ue $ ¡i? ¡maneta (de ¡lo ¡tocho ¡por .qi .doctor ^pina [Ro^ripuejz ,en \W2 .cnanto,, .anticipán­dose ,a ¡la ríe.vqiviqipn .eseq^ica .de ikeOn M\\> .estableció

¡la ífilosqfte.calcica .flRe,nw Lprqntp ¡había tde qrientar&e ¡por ila .obra ¡interesantísima .tfe liadme Calmes,, seguido .enfte ¡no- sotcos .desde ¡muclio .antes .de .cobrar su .gran ¡precio m- Tf^peo,,a 1 (a¡manera ¿je¡|p.cual, ^igo, se.cncawO .en .el ¡wo.-

\V( miento Lpu.e ,ni&s ¡tar^ tqi (Cárdena* ftlercicr tttatyáa                                                              ¿on*

solidar ,<m ila i^.ciwla .i*e ilovaina,»

Esta etapa que tuvo su centro de irradación en 1886 fue fatal a la República en el orden educativo, pues desa­pareció todo impulso a la vocación técnica del pueblo y se apoderó de él una trivial enseñanza de humanidades a la violeta. El doctor Liborio Zerda trató de reglamentar esta mediocridad en un esfuerzo de sistematización y puso, si­quiera, un pensum de estudios para ir viviendo mientras tanto. La «incomprensión» del problema nacional de la cul­tura por parte de los conductores de «La Regeneración* fue pagada tan rudamente que no creo haya nadie en Colom­bia que quiera repetir ese explicable, pero detestable descuido: La carencia de conductores espirituales de la nación de que actualmente padecemos a ello se debe, y la caida bochornosa de aquel régimen administrativo a ello se puede imputar también. El actual gobierno libe­ral no desea entenderlo asi, embriagado, sin duda, por la influencia de una cultura estadounidense, mal entendida y peor asimilada, de base económica y «efectista* que no comprende el alma verdadera de Norte América ni menos aún el espíritu tradicional de nuestro pueblo colombiano. ¡Quiera Dios iluminarnos más atinadamente otra vez!

Hacia 1903 el doctor Antonio José Uribe, entonces ministro de Educación nacional, emprendió una grandiosa tarea de organización de este ramo y en ley de ese año, en decreto reglamentario del siguiente y en una larga se­rie posterior de disposiciones legislativas y de publica­ciones ha venido desarrollando un plan docente y una co­dificación de nuestra política pedagógica que merecen res­peto y noble aplauso.

Esta labor del Dr. Uribe careció de aplicaciones ade­cuadas» y por ende surtió escasos efectos durante algunos años. Agustín Nieto Caballero comprendió muy pronto la deficiencia práctica fundamental de nuestra educación pú­blica y se lanzó audazmente a la revolución con hechos: Fundó el «Gimnasio Moderno* en 1914, sobre bases de una escuela activa que desde el jardín de niños hasta la culminación en el bachillerato fuese una adecuación de las más recientes conquistas de la técnica pedagógica al medio ambiente colombiano. Su primera labor* este Gimnasio Moderno, tuvo un resultado prodigioso como ejemplo, muchas veces superior al que justamente le co­rresponde como instituto singular, es decir, aisladamen- te considerado, Sus normas fueron contagiosas, valedero su entusiasmo y su espíritu confirmado en dilatadas pro­yecciones. De entre los muros de aquella escuela irradió


la segunda etapa de Nieto Caballero al pasar a la direc­ción de un movimiento oficial en el puesto de Inspector Na­cional de Educación que ahora sirve con noble empeño. Creo que aún llegará a la tercera etapa cuando el país esté maduro para media docena de audacias que es ya preciso cometer.

La diferencia entre la obra del Dr. Uribe y la de Nie­to Caballero no es contradictoria, sino complementaria: Aquél tomó del Extranjero una estructura que fuese ideal­mente armoniosa, y en años de paciente labor legislativa ha venido completando un edificio ideal El segundo orientó sus preocupaciones hacia la plena realidad colom­biana, la estudió palmo a palmo en las dilatadas excur­siones e investigaciones y a ella aplicó los fundamentos de la escuela activa, pero no de una escuela activa me­ramente europea, sino originalmente adaptada: y así pu­diera afirmarse que su obra es fundamentalmente colombia­na dentro de las orientaciones genéricas de la moderna pe­dagogía.

Y no está solo Agustín Nieto Caballero: Muchos le acompañan desde la cátedra, el periódico y el libro, como Germán Arciniegas, Rafael Bernal Jiménez, Miguel Jiménez López,, Julio Carrizosa, Tomás Rueda Vargas, Daniel Sam- per, Carlos García Prada, Gustavo Santos, Tomás Cada- vid Restrepo, julio César García, Luís Enrique Osorio y un grupo selecto de jóvenes sacerdotes que en funciones docentes o apoyo moral a esta magna empresa contribuyen. De otros,, a quien Ja muerte ya detuvo, como Pedro Pablo Betancur y Diego Mendoza Pérez, pudiera hablar en cuanto fueron precursores fervientes.

A lias dií ¡ciencias anotadas de Ja educación pública que «ucedió a la «Regeneración» se debe ía inquietud in­cesante de la juventud universitaria en pos de una reforma que revolucione eil plan de estudios y el espíritu rector de ditos De alM surgieron también las tentativas de univer­sidades autónomas, corno *|E1 Externado», la «Universidad Kepuibiliicana», lia •Universidad Libre», el nuevo «Externa­do*,, ila -Universidad javeriana» y ¿jué sé yo mis, siempre «tocadas » de «wientaei'ón teórica, a pesar de sus progra­mas en fiontrariio y de sus magnificos anídelos,

Ail liado de este desenvolvimiento pedagógico toan aparecido (instituciones «que son culminación suya, Acade­mia Coikwibiiana de ta Lengua, Academia de Medicina, de Hii«ter¡ia, de jurisprudencia, de Bellas Artes, Sociedad de Geografía, de Ciencias Naturales, de Agronomía etc,, en las que sigue triunfando el misino espíritu especulativo y dialéctico, a pesar de vigorosas corrientes que tratan de sofrenarlo. Basta anotar que la más distinguida es la Academia de Historia, con una continuidad y sorprendente labor que no desmaya: Es que en ella se cumple a ma­ravilla la vocación de nuestro pueblo por la justicia, la literatura y la sutileza.

Así lo confirma también lo ocurrido a nuestra Escue­la de Medicina: fuimos en esta facultad de los primeros en America en tanto que a su estudio y ejercicio presidió la clínica, en que una capacidad discursiva y alguna imaginación apoyaban la experiencia para obtener bue­nos resultados; y dejamos la primacia a otros cuando la métrica, la dosificación y la experimentación prolija se apoderaron de su contenido fundamental.

En estas dos corrientes de aplicación cultural, las hu­manidades y la técnica, hubo sendos ápices de triunfo; ha­cia 1809 las ciencias máíemático-naturales aparecen entre nosotros con un prestigio continental de sólido basamento; hacia 1870 las disciplinas literarias coronan una labor de mérito sobresaliente que alcanza a la universalidad con Ru­fino José Cuervo, Jorge Isaacs, Rafael Pombo y Miguel Antonio Caro. Con ellos luce una pléyade de escritores célebres de la eminente altura de José Manuel Marroquín, Santiago y Felipe Pérez, José Joaquín Ortiz, Manuel Uribe Angel, José María Vergara y Vergara, Rafael Núñea, José María Samper Agtidelo, Manuel Murillo Toro, Manuel An­cizar, Diego Fallón, Gregorio Gutiéirez González, Epifanio Mejía, Ezequiel Rojas, Eugenio Díaz, Sergio Arboleda, Ri­vera y Garrido, José Caicedo Rojas, Justo Arosemena, José María Rojas Garrido, Carlos Holguín, Ricardo Ca­rrasquilla, Angel Cuervo, Salvador Camacho Roldán, Miguel Samper etc., algunos de ellos muy jóvenes todavía, pero ya iniciados en las labores culturales de esa hora brillante de la intelectualidad colombiana.

Estas dos corrientes culturales se parten un poco en consonancia con los partidos políticos. Los conservadores impulsan la labor principalmente especulativa, gramática, retórica, jurisprudencia, teología; y los liberales se incli­nan a la técnica: la Comisión corográfica fue instalada du­rante la administración del general José Hilario López; Tomás Cipriano de Mosquera estudia geografía y funda una academia militar muy científica; Santos Acosta orga­niza la Universidad Nacional; Dámaso Zapata emprende una labor educacionista de solidez técnica ejemplar; la

Escuela de Minas de Medellín se funda en 1882 y en 1877 la Escuela de Ingeniería Civil y Militar de Bogotá; las uni­versidades autóctonas de filiación liberal se apoyan en el estudio de la biología, de la psicología, y de la sociología; la misma Escuela de Medicina, en oposición a la Nacional de Jurisprudencia, muy inclinada al conservatismo, ha sido calificada de «liberalizante»; la reacción contra el derrotero político conservador que implanta el general Rafael Reyes se viste también técnicamente: vías de comunicación, in­dustrias, reforma militar, por ejemplo.

Gráfico aproximado de los ciclos de predominio de la especulación y de la técnica en la política pedagógica de Colombia desde 1760


 

A más de estas iniciativas pedagógicas que han influi­do en el desenvolvimiento cultural de Colombia es justo reconocer el mérito educativo de dos grandes fuerzas so­ciales: la del sacerdocio católico que ha sido una escuela de acción permanente, sobre todo en el orden moral, muy efectiva en algunas regiones, como Antioquia y Nariño, y sin la cual la función refrenadora del estado hubiese sido excesivamente ardua.

La segunda fuerza social educativa corresponde a la prensa periódica. El periódico en Colombia sirve, como en todas partes, tres funciones de muy diversa índole: el que atiende a un interés particular, una industria, digamos, o una asociación; el que representa las pasiones o intere­ses de un individuo, el periódico-diatriba, el periódico- «chantage*, el periódico-trampolín; y el tercero, el periódi­co-función-social. Este último ha tenido entre nosotros re­presentantes eminentes, casi del orden apostólico por la consagración, la intención y las capacidades. La influencia que algunos de estos periódicos han ejercido en la con­ciencia nacional me parece tan educadora que no vacilaría


172 LUÍS LOPEZ DE MESA:           DE CÓMO SE

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en calificarlos de «universidad popular». Aún vense en las alacenas y baúles de casas humildes, por aldeas y campos, colecciones de semanarios que a esos rincones llevaron el único alimento espiritual de una o dos generaciones. ¡Loado sea muchas veces este magisterio insigne !

Y en llegando aquí es oportuno ya que nos pregunte­mos si de este resumen de las orientaciones de la educa­ción nacional se puede deducir alguna enseñanza para el presente o el futuro de nuestra política pedagógica.

Hemos visto las dos vocaciones que se han disputado sordamente la rectoría de la cultura colombiana, la literaria, de clásica índole, y la técnico-científica. Corresponde va­gamente a esa división que en los últimos tiempos tanto ha dado que decir, de civilización y de cultura.

Parece que la primera, la disciplina cultural, ha teni­do entre nosotros mejores éxitos hasta hoy, pero que el ambiente pragmático del mundo contemporáneo tienda a conducirnos ahora por la otra vía. Es indeclinable confesar que ambas requieren seria revaluación para que cumplan adecuadamente sus funciones. La extinción de la Facultad de Filosofía y Letras del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario y la muerte prematura de la que ahí mismo se inició en días pasados para las Ciencias Naturales indican hasta donde los estudios especulativos y meramente cul­turales son abandonados por la juventud contemporánea. La queja unánime de los rectores de facultades universita­rias de la poca vocación para el estudio que ahora demues­tra esa misma juventud, deseosa de una fortuna de menor esfuerzo que la de la sabiduría, aunque poco dignificadora y hasta inmoral, es otro hito para la meditación. El tercer signo es más alarmante, sin duda: La carencia visible de suficiente personal preparado para las altas funciones gu­bernamentales que contempla el país a corto plazo, presi­dentes de la república, ministros del despacho, legislado­res, periodistas, profesores etc. plantea un problema de «emergencia», como ahora decimos a cada trique.

Ante este resumen: La juventud no está preparándose eficazmente para regir los destinos de este pueblo, ni tiene apetito intelectual de hacer esa preparación, ante este resu­men desagradable, digo, es necesario imaginar alguna so­lución.

Hemos discutido ampliamente «la* reforma universi­taria: vamos a emprender«una» reforma universitaria.

Seamos elementales en nuestra aspiración inmediata. Por el momento Colombia requiere un «equipo» de hombres que la conduzcan, un estado mayor cultural. ¿De qué ma­nera podemos dárselo oportunamente, en un término de diez años, por ejemplo?

Por el camino real del sentido común. Por la calle real de la sencillez.

Veamos una de tantas maneras de alcanzarlo.

Un país que aspire a vivir civilizadamente requiere el cultivo de las dos orientaciones pedagógicas que he venido comentando. Este es el primer postulado elemental.

Para obtenerlo le es preciso aprovechar la vocación y buenas capacidades de su juventud, mediante la selección y el estímulo adecuado. Y este me parece constituir el pos­tulado siguiente.

A aquella selección debe corresponder un medio es­colar que la encauce y nutra bien. Creo que es la tercera perogrullada.

Para formar un «equipo» cultural de emergencia se so­licita de los rectores de colegio que hay en la República el nombre de uno o dos muchachos que hayan terminado el bachillerato con mayor lucimiento, para ofrecerles el si­guiente compromiso: La Universidad Nacional les costeará su educación profesional durante diez años y al cabo de ellos les dará un diploma diferencial que se denomine de primera categoría o categoría A., con significación de que el nuevo doctor ha seguido una carrera profesional-cultu­ral, distinta de la categoría B., «conferible» a los que sólo sigan una carrera profesional-económica ordinaria, tal cual hoy existe.

De esta manera el graduando ve compensado el esfuer­zo mayor con el alivio económico de una beca y el honor final de una posición distinguida.

Este alumno en lugar de seguir inmediatamente los cursos de la profesión para que tiene vocación demostrada, entra primero a prepararse para un doctorado en filosofía y letras o en matemáticas o en ciencias naturales, según su inclinación, y en esto emplea los años que han de añadirse al estudio reglamentario de las profesiones comunes a nues­tra universidad, medicina, jurisprudencia, ingeniería, sa- cerdocio, v. g.

Un jurisconsulto que haya seguido previamente la no­ble disciplina de un doctorado en filosofía y letras no será nunca un picapleitos; el médico o el ingeniero que se haya preparado en ciencias naturales tendrá un espíritu de in­vestigación muy útil a la sociedad; y no se diga de un sa- sacerdote que a sus conocimientos especiales añada una de aquellas disciplinas: seguramente no patrocinará gue­rrillas en el Páramo del Almorzadero.

Y                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         no me mueve a tanto alborozo la cantidad de los co­nocimientos así adquiridos, desde luego muy enaltecedores de la dignidad profesional, sino la exaltación espiritual que esa larga disciplina habrá de imponer como un sello inde­leble en la nueva juventud.

Y                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         será una selección espontánea de los más aptos. Que si algún rector, por azar, diera prelación al favoritis­mo, digamos, o al parentesco, o a las pasiones partidarias, o a prejuicios religiosos, de casta o de provincia, cosa muy posible, será fácil corregirlo con cualquier sanción, cual sería el desposeer en adelante al respectivo colegio del goce de esta selección honrosa para él y útilísima para la región correspondiente.

Realizado este primer escogimiento, la Universidad tiene que aprovecharlo del mejor modo que esté a su al­cance.

Como ella no puede en estos momentos alzar las trein­ta materias de que consta más o menos el estudio de cada institución a un nivel de primer rango pedagógico, busque un subterfugio que equilibre aquella difidencia: averigüe cuáles son las materias medulares, los centros de interés, de cada facultad y exalte el estudio de tales a una prodi­giosa altura.

Se verá que esta materia así enseñada de un modo pri­vilegiado constituye una disciplina de la mente, una norma de comparación, y que por contagio eleva el nivel de las restantes.

¿Y cuáles son esas asignaturas nodales o medulares de nuestra Universidad? Las que corresponden a la función básica de cada facultad, como el dibujo en las bellas artes: La fisiología es el centro de la medicina, porque todo lo que en ella se trata es un predicado de aquella; la so­ciología lo es para la jurisprudencia, porque el derecho es un predicado de la sociedad; la aritmética corresponde a la ingeniería, pues en tal disciplina se fundamenta todo en la ciencia de las cantidades; la filosofía de la historia en la facultad de filosofía y letras; la psicología ( psico­logía moderna, se entiende) el «primum movens» del sa­cerdocio, ya que todo en él subtiende un problema es­piritual.

A estas asignaturas se Ies dotará de cuantos recursos de tiempo, material docente y profesorado sea posible aplicarles.

A las otras se les puede auxiliar con una «revolu­ción universitaria» que no demanda discusión de concor­dato, ni de presupuesto, ni renovación de consejos direc­tivos : basta con aplicarles la ley de las tres concentra­ciones: concentración funcional, concentración de material docente y concentración mental de los profesores.

Esto se explica así:

Que la asignatura esté colocada en el pensum de tal manera que se beneficie de todas las otras. Cosa que no ocurre siempre.

Que al llegar a clase el profesor disponga del «caso» previsto, de dibujos, fotografías, placas microscópicas o radiológicas, moldes representativos y aparatos en gene­ral que le permitan exponer demostrando a un mismo tiempo.

Que el profesor tenga una síntesis de lo que es fun­damental en su enseñanza para no diluirse en pormeno­res que desconectan la mente del alumno y hacen estrecho todo pensum con las incesantes bifurcaciones de cursos «a Iaterae» que ya ahogan nuestras universidades.

En una conferencia podría cualquier profesor de la Normal demostrar a los profesores universitarios la orga­nización de un tema que haya de ser transmitido a los alumnos en una o varias lecciones, pues conceptúo que la carencia de disciplina pedagógica del profesorado de la universidad constituye grave inconveniente para el buen éxito de sus funciones.

Aquellos que por don especial de la naturaleza, o ins­tintivamente, por decirlo así, poseen un método docente bien adecuado logran en las aulas triunfos definitivos. En cambio, son muchas las lecciones que no tienen contenido, y muchos los contenidos que no se organizan en lección.

Esta concentración docente y la amenidad que deba acompañarla para mantener activas las facultades del alum­no, presuponen un trabajo previo de orientación de estu­dios en la escuela primaria y en el colegio. Es ineludible despertar en el estudiante un verdadero apetito intelec­tual por los conocimientos y una buena dosis de obser­vación.

Estaríamos muy lejos de acertar si en la educación de nuestro pueblo nos atuviésemos a la enseñanza esco­lar meramente. La índole agraria de nuestra cultura que determina una orientación en tal sentido, y el hecho, al parecer indisputable, de que el contagio social está en efica­cia por encima de cualquier otro sistema educativo nos demandan un esfuerzo en muy diferentes direcciones de lo que hoy seguimos para la instrucción pública.

Como pueblo agrario debemos fijar nuestra atención preferente en la constitución social de campos y aldeas. La aldea no debe continuar siendo solamente la etapa de des canso físico de una extensión geográfica, ni menos toda­vía el punto de transición entre la ciudad dominadora y el campo difuso, inconexo y melancólico. Puede ser y debe ser un centro orgánico completo en su pequeñez, amable en su diminuta perfección. Ahí la economía regional, la re­ligión, la justicia, la educación pública, la cultura social, los recursos para la salud y los medios para una sana amenidad deben poseer su representación discreta y per­manente.

La aldea puede aspirar a ser hermosa en su rustici­dad y pequeñez, no monumentalmente como las grandes urbes. No existe en la República tan desmedrada aglome­ración de campesinos que no puedan proporcionarse, me­diante algunas someras indicaciones del Estado, ciertos re­cursos elementales para su bienestar y alegría. Un rincón público de prados y boscaje, con una piscina de natación ya resuelve la mitad de los inconvenientes del aislamiento social en que se vive en las aldeas, donde para obviarlo se recurre al estanco de aguardiente o al garito, con muy gra­ves consecuencias. Parece mucho exigir el hablar de par­que público en las pequeñas aldeas colombianas, y sin embargo es cosa de iniciarlo y sin esfuerzo se le verá sur­gir poco a poco.

Debe fomentarse el deporte en «equipo». Cuatro son las ventajas que esto trae a la juventud, para decirlo en apretada síntesis: El desarrollo físico, más armónica y vi­gorosamente; la disciplina de la inteligencia, que así se habitúa a resolver con rápidas decisiones las incesantes di­ficultades de la vida cotidiana, a calcular las intenciones del adversario y los resultados de la propia iniciativa con instantaneidad de segundos; el mayor equilibrio moral, porque se adquiere un ritmo para el paso de la decisión al acto, porque es necesario encadenar las propias acciones con las ajenas, porque incesantemente se impone el re­conocimiento justo de los triunfos y capacidades del pró­jimo; de alivio o de catarsis general, en fin, pues se da a los impulsos juveniles, imaginación, pasión, ambición, in­quietud, una válvula de escape.


Cuando los párrocos se den cuenta de todo esto ya no soñarán solamente con la edificación de un templo más o menos suntuoso, sino que al lado del que ahora tienen o del que están levantando, iniciarán el parquecito de la al­dea con su piscina y campo de deportes.

Ni es del otro mundo el dotar a la aldea de una bi­blioteca diminuta para la información elemental y la dis­tracción. Una junta de institutores sensatos y de sociólo­gos escogería en menos de una semana un modelo de lo elemental, que en parte está ya hecho: cien obras de au­tores nacionales, para enaltecer el conocimiento y el amor a la patria, cien obras de autores extranjeros, unas cuan­tas cartillas de divulgación y un diccionario. Todo esto publicado oficialmente se obtendría a precios muy mode­rados, y Dios sabe a donde puede conducir esta semilla dispersa así por todo el ámbito de la República.

Diez años hace ya que invoco la excelsa comprensión de los poderes públicos para que adopten el cinematógra­fo como función de estado, creando en todos los pueble- citos un salón de representaciones donde lleguen cada ocho días, o cada mes siquiera, películas de amenidad y de instrucción que informen a ese humilde público de lo que es la dilatada vida mundial, y briznas de arte, confi­tes de ciencia, ejemplos de cultura social y doméstica. No existe en este mundo de Adán y de Eva medio educativo que pueda parangonarse con el contagio social. Lo he­mos visto en las capitales, en donde el cinematógrafo produce en un año mutaciones en las maneras sociales que antes requerían una o dos generaciones para surtir efecto. Existen películas educativas mil y una veces más emocionantes que todos los besos remedados de Ho llywood.

La radiotelefonía es aún más barata; y sujeta a un plan bien organizado e inteligentemente interpretado sería un nuevo factor de amenidad y de cultura de incalcula­bles proyecciones: Hay que pensar en lo que sería una hora diaria, al caer de la tarde, después de la comida aldeana, de lectura de las dos o tres noticias más salien­tes del día, del artículo de periódico que más interese al público, de una breve exposición sobre algún hecho his­tórico, la corta biografía del hombre que en ese momento llama la atención general, la explicación del acontecimien­to sensacional de la hora, la rápida interpretación de un libro útil....Es decir, la emoción palpitante de la vida co­tidiana, el periódico oficial hablado, sin avisos ni embustes electorales.

Un periódico que espontáneamente va surgiendo en todas las naciones cultas, esa revista semanal o mensual que copia lo mejor que aparece en la prensa mundial en artículos cortos de información científica, literaria etc., para el gran público no especializado en tales disciplinas. Crearlo oficialmente en una sección del Ministerio de Edu­cación o en la Biblioteca Nacional para distribuirlo gratui­tamente a las aldeas.

Auxiliar en ellas la permanencia de un médico cuan­do la población sea menor de cinco mil habitantes, y au­xiliarlo solamente, porque el médico oficial gratuito para todos a ninguno examinaría al fio y al cabo, abrumado por la tarea y emperezado por la carencia de remuneración individual. Médico que disponga de los recursos elemen­tales de urgencia en instrumental y drogas, y que sea un consejero en el mantenimiento de la higiene de la región respectiva.

Se puede ir hasta el romanticismo en estas materias, sin tocar en lo imposible: Se pudiera difundir una cartilla de construcciones aldeanas y rurales que atendiese a la diversidad de climas, a las diferencias económicas, a la holgura de servicios en el menor espacio posible, desde la choza de paja hasta la grande alquería del hacendado, desde la casa consistorial hasta la «villa» de suburbio. Salir de la arquitectura tradicional de tugurio y casa «de número siete», de la excesiva comunidad familiar y de la carencia de servicios rudimentarios.

Más romántica idea es, pero en manera alguna ino­perante, el sembrar árboles frutales y decorativos al mar­gen de las vías públicas, caminos de herradura y carre­teras, que a más de embellecer el paisaje sean lenitivo ocasional de viajeros fatigados: ¿Por qué nó, si la Repúbli­ca debe ser un hogar grande, acogedoramente cordial?

Hay cosas grandes que no se realizan por parecer demasiado ingenuas. Es el caso, entre muchos, por ejem­plo, del problema hasta hoy «insoluto» de la ratería que apesta las ciudades: Lo quieren resolver con prisiones y co­lonias de castigo, cuando tal vez hallariase mejor medio en otra orientación. Así puede suponerse que al ratero se le enmienda más haciéndolo propietario de un peque­ño fundo, siempre que se le acompañe de su respectiva ra­tera, porque parece un sueño de inocentes el pretender que ella en la ciudad y él en la colonia no regrese a la primera, y como ha de regresar sin recursos, por fuerza mayor reincidirá instantáneamente. Si, en contrario de tan improductivo derroche de legislación y de funcionarios de prisiones, se le va llevando a regiones colonizables y se le obliga a cultivar un predio, y a construirse en él una casucha, y cuando ambas cosas estén habitables se le re­galan con la condición de vivir en ellas con su respec­tiva consorte, quizá algo mejor resultaría. Eso lo puede ha­cer un país con seiscientos o setecientos mil kilómetros cuadrados de tierras baldías. «La propiedad y el amor son las únicas penas que curan al ladrón».

Son temas de reforma social elementales: al ver uno cuán frecuentemente se despoja a huérfanos y a viudas, a dementes e inválidos, piensa en por qué no se insti­tuye una función del Estado que sea a modo de una tu­toría de desvalidos, una sección, dijéramos, en el Banco de la República o en el Agrícola Hipotecario, que se en­cargase de cumplir las disposiciones testamentarías que favorecieren aquellas pobres gentes, aliviando a sus pa­dres o protectores del angustioso convencimiento de que, en cerrando ellos los ojos, todo se disolverá en enredos y disculpas. ¿Esta misma sección no pudiera también, oficialmente responsable, servir para la ejecución de aquellos legados de beneficencia que ve uno desmoro­narse paulatinamente o permanecer lustros y decenios en letargía sospechosa ?

Hay, cierto, alguna falta de imaginación en los pode­res públicos. Cada presidente trae su ídeíta, que el coro de los palaciegos orquesta con muchos timbales y atambores, y que las más de las veces fracasa por cualquier olvido trivial de procedimiento. Entonces se retira a la «vida privada», desengañado de su pueblo y del Palacio de Nariño, cuando en puridad de justicia fue él quien no supo atender a su pueblo ni conducirlo según su propia índole, ni menos, to­davía, reformarlo por el sendero de su naturaleza propia.

He aquí que muchos problemas sociales llaman a nues­tras puertas. Desbravemos los más arduos con esa senci­llez con que la vida teje sus grandes evoluciones. Esta na­ción colombiana es prímordialmente compesína: «pues* enaltezcamos su aldea y su agro de labor. Hagámosle me­nos ruda y cruel, menos inculta y azarosa, menos monóto­na y descepcionante, la vida a nuestros labriegos: si es que deseamos que a la postre no se vengan todos a vivir a la calle real de la Metrópoli.


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